Negro

Llegas y despierto. Sólo entonces me doy cuenta que estaba dormido detrás de las páginas de un libro. Hola. Hola. Vistes de negro. Perfecto, recién estrenado negro. Cheto. Lustroso. No te digo lo que siento en este preciso instante: estás hermosa. No, digo en cambio: te vez muy graciosa. Vos y tu falda negra y tu poluver negro y tus zapatitos celestes con un moño rojo. Eres las mujer más bella de este jodido mundo. Lo sufro. Tu belleza me duele. Si me invitas a un té, vamos al café de la esquina. Si me pides que te acompañe a la Luna, te sigo. Te cargo en brazos y te llevo andando. Pero no digo nada. Sería el colmo ¿Es esto amor?, me pregunto mientras te observo caminar de un sitio a otro como un pequeño animal salvaje en busca de alimentos. Quizás no sea amor. Quizás sea una obsesión. Un puzzle en 4D. No, esto es algo mucho más complicado: es un desastre.

La verdad acerca del sexo virtual

Aunque se presuponga lo contrario: no hay sexo en internet. No existe el sexo on line. Si acordamos que la sexualidad implica el establecimiento de un nexo, de una suerte de vínculo, aunque este resulte en uno perverso, el sexo virtual es apenas la métafora del sexo real. Tal vez menos que eso.
Alguien ha suspirado con alivio: con el sexo virtual se han acabado las pestes, ya no necesito usar preservativo, el sexo on line me ha liberado de todos los males, olvidando acaso que “tener” sexo virtual es “no tener” sexo en absoluto.
El sexo on line, ese que se desliza sobre la pantallla LCD, es el equivalente a manejar un Fórmula 1 en un videogame cuando, en realidad, lo que se quiere y se pretende es manejar un auto de verdad.
Pero, y aquí es donde los caminos se separan, a nadie se le ocurre que conducir un programa en 3D, es un acercamiento al circuito profesional. Es un juego, una diversión, una dispersión de la mente que no hiere a nadie. A partir de ese punto tampoco hay quien se sienta con derecho a pontificar acerca de cómo correr un Fórmula 1 o incluso un auto cualquiera. Pensemos en que un chico no le explica a su padre cómo agarrar una curva en velocidad sólo porque él lo hizo en un simulador.
El sexo virtual aparece como un consuelo a los miedos represivos, a las imposibilidades (tratables por un buen terapeuta) de quien no encuentra una salida auténtica a su deseo y como un reforzamiento de las conductas masturbatorias que en los últimos años parecen haberse expandido.
Establecer la validez de este consuelo lllevaría a un debate más aun extenso. Imagino que descubrirse parte de una caracterización (al estilo Matrix) después de haber tocado la piel ajena no debe ser una conquista menor.
Si los 60 se caracterizaron por una apertura de las costumbres sexuales, una apertura que a los latinoamericanos y a los hispanoamericanos parece haberles llegado en los 80, el nuevo siglo podría ser definido con el signo de la prevensión hipócrita.
Dudo mucho de que haya más sexo hoy que en los 80, lo que si es cierto es que a pesar de ello, ahora la sexualidad aparece revestida de empalagosos estereotipos que no se corresponden con los cuerpos y las almas de quienes  andan por la calle.
El contacto erótico está precedido por un peligroso estado de decepción. No son pocos los torpes que creen religiosamente que el continente del otro, y por lo tanto la excitación en sí, debe homenajear de un modo u otro, a Pamela Davis.
Mientras, a su vez, Pamela Davis homenajea a su cirujano plástico.
Cuanto más insistimos en un sexo moral y definitivo (ese que le pide a los curas una castidad que no pueden sostener, y a las parejas a un plan de vida monogámico que los ata para siempre incluso más allá de la muerte), más arremetidas eróticas virtuales tendremos y probablemente, más escaramuzas, dolientes y despojadas de sentido, en el universo carnal. La ferviente actividad travestil, empujada hacia automóviles veloces manejados por hombres de cuello y corbata, debe tener una explicación que anda por ese lado.
Cuanto más insistan los medios en sacralizar fragmentos corporeos de las estrellas del momento (senos operados, músculos abdominales trabajados y maquillados, pieles y expresiones revizadas por la tecnología del computador), más chicos, jóvenes y adultos tendremos pegados a las pantallas como  moscas a la luz potente de un proyector.
El padre familia obnubilado por la increíble plasticidad de una pareja de malabaristas chinos. El adolescente que no puede creer el tamaño del miembro de un actor porno. Son pasajes mentirosos tanto como una película de “King Kong” (y sabe dios cuantos King Kong andan sueltos en el “pornotube”). En tanto se queden en ese estrato, servirán como aventuras sin correlatos posteriores. Pero cuando esto se olvida, y uno puede suponer que ya está sucediendo, los prejuicios, los desengaños y la estupidez quedan a la orden del día.
El sexo irreal no nos ayuda a ver ni disfrutar del sexo a secas ¿Un disparador? Bueno, ya me dirás que tan maduros sos en el uso de tales estimulantes.
El sexo tiene virtudes que lo convierten en una epifanía: implica riesgo, descubrimiento, te desafía a transcurrir hacia lo ajeno para volverlo propio (aunque sea por un instante).
El sexo te desafía a vivir una aventura a punta de deseo.

La lección de Obama

obama

Barack Obama quedará en la historia como una figura inaugural en muchos sentidos. Que haya sido el primer hombre de color en llegar a la presidencia de los Estados Unidos es apenas uno. La manera en que se enfrentó al desafío comunicacional de lograr la atención de las nuevas generaciones es otro y no el menos interesante.

Es sabido que los jóvenes y los jóvenes adultos no habitan los mismos espacios que los cuadros políticos más conservadores. No usan las mismas ropas ni mucho menos escuchan la misma música. No hablemos de los gustos televisivos.

En definitiva, entre un joven del siglo XXI y un político tradicional hay casi tantos puntos de coincidencia como los que existen entre un pibe cualquiera y sus abuelos. Obama y sus asesores eran fuertemente conscientes de esta brecha.

Si la montaña no va a Mahoma, pues ya se sabe cómo sigue el cuento. El punto es que los políticos de los más diversos países comienzan a dirigirse hacia el punto focal de los jóvenes. Si uno quiere ubicar a un joven ¿cuál debería ser el lugar más apropiado para encontrarlo? Pues, sí, la net.

En ese espacio onírico (o cuasi) viven, descansan, se relajan y hasta trabajan. Pensando en esto, Obama desarrolló una fuerte campaña de marketing digital que implicó la utilización de: Facebook, YouTube, MySpace y Twitter. Donde quiera que un chico de la flamante generación de potenciales votantes estuviese, ahí decía “Hello!” Obama para asegurar que “el cambio era posible”.

Obama gastó medio millón de dólares en anuncios en Facebook. Desde el fin de la campaña su popularidad siguió creciendo llegando a los 4 millones de amigos. Durante las elecciones su centro de operaciones envió cerca de 13 millones de e mails.

El formato del mensaje tampoco podía ser el mismo y en esto Obama y los suyos también hicieron escuela. El político americano siempre se mostró ante el ojo web conciso, despojado y sin intereses extraños (algo con lo que George W. Bush hizo otra escuela) ¿Desean un típica postal familiar? Ahí tienen: Ccon los pies sobre la mesa ratona mirando los noticieros, acompañado por sus hijas (que en la Casa Blanca pueden y deben hacerse la cama) y su fiel y elegante esposa.

Resulta curioso ahora recordar aquellos largos discursos que mantenían por horas y horas a los antiguos políticos sobre un púlpito. Sus exclamaciones viscerales. Sus arrebatos de ira. Su pasión denodada. Ahora en cambio, el mensaje es poco menos que el medio. Una línea de 140 caracteres, un link, un emoticón alcanzan y sobran para definir un estado de las cosas. Las grandes exclamaciones están fuera de lugar.

Por otro lado, existe un tipo de contacto (habrá que ver luego si es imaginario o no) entre el político y su gente, que antes estaba vedado, por actitud y por la nulidad de estas tecnologías. ¿Qué está haciendo Obama por estas horas? Pues, sólo hay que ir a su Twitter y ahí lo descubrirán velando por los destinos del planeta. O al menos eso les gusta creer a los americanos.

A Bill Clinton una camarita en la Sala Oval lo hubiera vuelto aun más popular y más réprobo, por cierto (uno puede imaginarse el YouTube de sus correrías amorosas clandestinas). A John F. Kennedy tal vez lo hubieran mostrado dándole un pellizcón a la bella Marilyn. De hecho, hay una fotografía de Richard Nixon en plena crisis del Watergate que, ¡oh Dios!, lo sintetiza absolutamente todo. Quién sabe, otras épocas.

Por supuesto, no se trata solamente de “estar” sino de “qué” decir. Es obvio que pertenecer a un universo que hasta hace muy poco quedaba muy lejos del mundo político marca la diferencia entre unos y otros pero el verdadero desafío es cómo introducir una intención confiable en ese escenario.

Una de las primeras reglas que deberían conocer los políticos, y viene de larga data pues estaba en los mandamientos que recibió Moisés, es: “No mentirás”. Porque al tiempo que los nuevos canales digitales conectan a ese político y sus posibles votantes, que no son otra cosa que la temida “Opinión Pública”, todo lo que digan, escriban o hagan quedará registrado en la web. Y ya es vox populi: en la red nada se borra, los “objetos” sólo cambian de lugar.

Pongamos el caso de Aníbal Ibarra, que hace un tiempo fue descubierto mientras organizaba una “micro” campaña de salutaciones “justo” cuando caminaba por la calle con un movilero de televisión. Su “no manden más gente”, dicho en susurros por su celular, no quedó enterrado en el horario marginal de un noticiero. A pesar de todas las desmentidas y explicaciones que dio el propio Ibarra durante días, nadie le creyó. YouTube sirvió como el hacha del verdugo. El video se reprodujo a través de miles de usuarios que consideraron inadmisible el comportamiento del político.

Habrá que ver cuántas veces el disparo de esta exquisita arma terminará saliéndole por la culata a su usuario.

Estudiar, trabajar y escuchar a Michael

michaeljackson

Esta columna fue escrita por Guillermo Muñoz, destacado periodista chileno que además trabaja en el área de Comunicación de la Universidad de Magallanes (XII Región, Chile).

Por Guillermo Muñoz

Es cerca de la medianoche cuando empiezo a escribir estas líneas y me doy cuenta son las mismas que inician la canción Thriller. Hace pocas horas se acaba de anunciar la muerte de Michael Jackson y CNN se vuelve demasiada entretenida cuando acontecen noticiones como estos. Me llama mi hermana para felicitarme por mi santo y de paso me dice que Catalina, su hija más pequeña, también le gusta Michael Jackson y le ha pedido que le regale un disco. Cualquiera. Lo importante es que sea… de Michael Jackson.
Jackson ha muerto a los cincuenta años, hermosa edad para morir. Ni más, ni menos. No fue a los 51, 60, ni 72. Inaudito sería un siglo, pero todos sabemos que no existe artista pop que dure cien años. Por eso, cincuenta está más que bien. Ni más ni menos.
Exactamente hace veinticinco años yo tenía catorce e ingresaba a la enseñanza media. Había aprendido a bailar en fiestas hace poco menos de un año con la canción “Eyes of the Tiger” del grupo Survivor que era el tema principal de Rocky 3 cuando se enfrentaba a Clubber Lang y por fin me enteraba quién era el famoso Mister T de la serie Los Magníficos que no llegaba a la televisión de Natales. Después lo haría con Flashdance, Yazoo y Stix con su famoso Mister Roboto. Aparecería nuevamente Travolta ahora dirigido por Stallone en Sobreviviendo con “Far from over” cantado por su hermano Frankie. Todo eso. Y bueno, si bien yo no era Gene Kelly, al menos sabía lo esencial: marcar el paso. Creo haber sido uno de los primeros adolescentes de natales en saber algo de Michael Jackson. Hojeando revistas casi un año antes (1983) descubrí la foto de un muchacho negro con un traje blanco atravesado de lado a lado por la palabra Thriller escrita en letras manuscritas con la iconografía de un autógrafo. Guardé silencio y recordé el nombre. Meses después a este mismo muchacho lo vería subir una y otra vez a los estrados de entrega de los Grammys en una transmisión diferida presentada por Rodolfo Roth en el Magnetoscopio Musical. Me llamó la atención el vestuario colorido y brillante, no porque lo desconociera, sino porque me recordaba irremediablamente los vestuarios que utilizábamos en la enseñanza básica para las representaciones teatrales sobre la Independencia y las arengas de Bernardo Ohiggins. Tiritas de lana colgando desde unas hombreras y el color azul azulado. Después de él aparecería Boy George, Club Country, Herbie Hancock con sus extremidades mecánicas interpretando Rock it. A pesar de lo poco que me importaban los grammys, se volvería un mundo alucinante que yo propondría como idea para elegir al estudiante más popular, el más intelectual, el profesor más simpático, la pareja más popular y que imaginaba con alfombra roja, glamour nocturno y al cual bautizamos junto a la Paola y el pato como los premios “Clase”. Lo mejor de todo, es que era en tiempo de los milicos, cuando no se podía votar y sin embargo votó todo el liceo y el premio era: un lápiz parker.En definitiva, le mandamos un gol de media cancha a las autoridades del colegio gracias a Magnetoscopio, los grammys y por supuesto..a Michael. Un mundo alucinante que después se repetiría en nuevos grammys, music awards, mtvs y todas las “awards” venidos y por haber. De ahí a natales y las fiestas liceanas solo un paso. Comenzó todo muy tímidamente. Algunos calcetines blancos, pantalones negros ajustados entre el tobillo y el peroné. Podrían ser mocasines o zapatos negros caña baja. Que más da. En la oscuridad nadie nota la diferencia. Después sería el Yoki estilo cafiche de Koyak o Las calles de San francisco y una caminata menos encorvada con leve movimiento de manos a la altura de la cintura. Nunca adherí a esa moda, por dinero e introversión. Porque estaban quienes bailaban mejor que yo y era habitual escuchar que el chico más popular del liceo era aquel que bailaba igualito a Michael Jackson, de igual forma como escuchaba años atrás en las fiestas de los amigos de mi hermana que ese otro chico bailaba a lo Travolta. Pero en la clandestinidad de mi humilde pieza y frente al espejo del comedor, bailaba como él, golpeaba la rodilla con la palma de mi mano como él y fuí el adolescente más feliz cuando aprendí ¡¡después de mucho esfuerzo!! A deslizar los pies hacia atrás ¡¡paso mágico y deslumbrante que nos hacía sentir como en la superficie de la luna!! Me fanaticé por Beat it, después Thriller y finalmente Billi Jean..seguí con Say Say Say y volvía una y otra vez a Billi Jean. Después algo nos pasó. Un poco de saturación, más información y ruido adolescente. Yo me fui hacia Duran Duran, otros marcharon a Cindy Lauper y hay quienes emigraron hacia Iron Maiden o Judas Priest. Pero también fue el tiempo que aprendí que las pandillas llegaron a Magallanes o quizás siempre existieron, pero ahora tenían símbolos y nombres del cual aferrarse y construir una identidad. Así supe de los Thriller, famosos porque destruyeron un quilombo una noche de juerga. De espaldas en los titulares de los diarios. Jóvenes que se juntaban en las esquinas y que podrían haber sido identificados simplemente como los de la dieciocho, pero decidieron llamarse como el disco y el tema que más los representaba ¿Acaso no ha de pertenecerles aquella línea que dice “It’s close to midnight and something evil’s lurking in the dark…”
También recuerdo a Moisés, atleta natalino de los que entrenaba Penchi, que nunca llegó a un sudamericano, tan solo a un patagónico y que lo veías correr entre la bruma natalina a eso de las once de la noche con una camiseta musculosa tal Marlon Brando escapado de la pantalla en “Un tranvía llamado Deseo”. Moisés fue leal por varios años. En él no paso ni llegó moda nueva. No llegó el heavy metal ni el rock latino. Solo fue para uno. Para él. Para Michael. Lo recuerdo llegando al funeral de Aníbal, un liceano muerto en un paseo de fin de curso. No llegó como un chico cualquiera. Mientras nosotros escoltábamos la entrada del liceo, desciende de un taxi tal artista arribando a la entrega de los premios Grammy. Iba vestido con el traje típico de él. De Michael. Y esa caminata¡¡ oh Dios!! ¡¡Y esa caminata!! Para Moisés faltaron los flashes que nunca tuvo en sus triunfos como atleta y la alfombra roja que nunca llegó cuando salió del liceo. Tampoco estuvieron cuando lo sacaron de urgencia tras haber quedado su mano atrapada en la maquina amasadora de la panadería donde trabajaba a altas horas de la noche. Las malas lenguas dicen que entre tanto footing, escuchar a Michael, estudiar y trabajar, se quedó dormido con la mano en el mentón. La misma que cayó en desgracia hacia el abismo de la expresión natalina de la revolución industrial.
Y así pasó Michael Jackson por Natales, como bien dice el título de una película italiana que anuncia que Cristo Pasó por Evoli. Se le recordó con cariño hasta antes de salir del liceo en el año 1987. En esos meses de crepúsculo, sale a la venta su disco Bad. Pero ya nada era lo mismo, nuestros vestuarios, peinados y formas de caminar. El rock latino había calado hondo en nuestras conciencias y patear piedras se convertía en una palabra peligrosa. Sin embargo, reconozco que me gustaron más sus discos, más sus singles, más sus extravagancias y no puedo desconocer que aprecié enormemente sus baladas, aunque dijera puras huevadas ¡¡que tremendas baladas!! No sé si fue Rey del Pop, porque el pop es tan cambiante que difícilmente se puede ser monarca absoluto de un reino que nunca es igual.. Así como tampoco creo que Madona sea la Reina del Pop. No..no..no..no…..Y así fue pasando Michael Jackson y lo único que escuché de él en Santiago fue el verso inspirado de Ubiergo cuando canta que “…Michael Jackson es más blanco y más negro mi pulmón…”. De ahí al 93. Estaba en Santiago, pero no tenía plata. Pronto me iría a la Ufro y cambiaría radicalmente mi vida. De ahí no supe más hasta que llegó Dangerours ¿Por qué siempre un monosílabo Thriller- bad- dangerous. Invencible- history???? y pensé ¿será rey del pop? Me respondí que no. No había escuchado a ningún otro intérprete cantar sus temas como las de Elvis, Bob Dylan o John Lennon. Solo me extrañó que Caetano Veloso sustituyera el Bossa Nova y decidiera interpretar con su guitarra una carnavalesca versión de Black and White. Y lo demás es historia conocida. Sus escándalos, fracasos y abierto descenso al mundo de su denigración. Y ese rostro de mimo resquebrajándose en el apocalipsis de la cirugía plástica. Había escuchado de sus nuevos conciertos. Serían cincuenta. No pagaría por uno de ellos. Pero pagaré por los titulares de mañana y agregaré un nuevo titular a mi colección de titulares históricos: las muertes del. 11 de septiembre del 2001, la de Christopher (Superman) Reeve y la de Pinochet. Quizás soy un morboso con la muerte ajena. Hace unos meses le regalé a mi amigo Héctor un afiche con el titular del Diario The Sun que anuncia KING ELVIS IS DEAD. No haría lo mismo con el titular de la muerte de Michael. Quizás mi hijo Samuel se lo regale a alguien en 25 años más, cuando Jackson sea lo que en pocos minutos ha comenzado a ser: un ídolo. Pero no pagaría por eso. Sí pagaría por volver a natales 25 años atrás, estar en una fiesta liceana y volver a ver a todos aquellos que hoy dicen ser metaleros hasta la muerte, madonneros hasta el final o vanguardistas hasta la inconciencia. Porque los ví en cuerpo y alma vestidos con mocasines, calcetines blancos y un joki de segunda sobre sus cabezas. Los ví caminar chocando las rodillas, levantar el pie y mover las manos como repartiendo naipes en un partido de truco. Pagaría por ese momento y después de eso recordaría la carcajada de Vincent Price que finaliza “Thriller” y anuncia que después de la medianoche los muertos se levantan de sus tumbas.

Adiós al rey del pop

Dormido en su cápsula del tiempo Michael Jackson soñaba con vivir hasta los 150 años. No pudo ser. Se fue ayer de un paro cardiaco a los 50 y su final estuvo precedido por una interminable secuencia de transformaciones fantasmales. Dicen que cuando la noticia se hizo pública en Times Square de Nueva York se escuchó un gemido colectivo que venía de la gente apostada en la calle.
De Jackson se dijeron muchas cosas y hasta unos días atrás ninguna buena. Hubo un tiempo en que su vida estuvo colmada de alabanzas. Entonces se erigió sobre un trono tan vasto y millonario que aun en su decadencia post fin de milenio conservaba aire para no abandonar la carrera de los elegidos.
Justo en su momento de mayor gloria comenzó a cambiar. Subió una y mil veces al escenario de los Grammys para romper un récord de estatuillas en los ’80.
Pero Michael nunca se sintió conforme consigo mismo. Pronto se echaron a correr los rumores. Las fotografías lo revelaban cada vez más blanco. Su nariz fue perdiendo grosor. Su rostro se volvió tenso y brillante.
Michael Jackson inauguró el verdadero mito bizarro de su persona el día en que dio a conocer que dormía en una cámara especial que le permitiría preservarse más de un siglo. Con ese argumento justificaron sus conocidos el “desteñimiento” y con una obsesión por su hermana -La Toya- la rarísima operación nasal.
De adulto joven a niño eterno. De superestrella excéntrica a pervertido. De cantante vendedor a figura ausente de los charts para las nuevas generaciones. De exótico a patético. De negro a blanco.
Hace unos años un chiste radial decía que la policía norteamericana había encontrado sólo una cosa rara en la propiedad de Michael Jackson… Michael Jackson.
Su rostro payasesco, una careta ridículamente similar a la de “El Guasón”, sus acciones de hombre psíquicamente enfermo, sus obsesiones de artista “quemado”, borraron a medias una carrera artística increíble.
Existe un paralelo entre estos cambios físicos y la decadencia su carrera. Después de “Bad” fuimos testigos de constantes recopilaciones (alguien en la industria había confesado que sólo con sus recopilaciones Michael tendría dinero por muchos muchos años): “History: Past, Present and Future – Book I” (1995), “Invincible” (2001), “Number Ones” (2003), “The Ultimate Collection” (2004), “The Essential Michael Jackson” (2005), “Visionary – The Video Singles” (2006), “Thriller: 25th Anniversary Edition” (2007) y “King of Pop” (2008).
Jackson fue uno de los últimos dioses del pop que habían llegado a la cúspide sobre todo por sus enormes cualidades naturales antes que por los aparatos de marketing que hoy hacen, construyen y elaboran hasta las últimas consecuencias a un ser denominado estrella.
A través de su vida y de su carrera Michael Jackson nunca dejó de ser un genuino Michael Jackson. Y esa fue su gloria y su perdición.

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