Causas perdidas

Lo que hace apasionante y dramático a las causas perdidas es que, justamente, están selladas de entrada. Sabemos cómo termina el viaje mucho antes de comenzarlo.
Una causa perdida sólo tiene sentido en la medida en que aspira alcanzar cielos inalcanzables. Para todo lo demás existe una tarjeta de crédito.
Hay otro elemento primordial en el cuerpo de una causa perdida: lo elevado de su búsqueda. En una Era signada por los juegos de artificio, capaces de nublar cualquier conciencia, pretender que esa misma sociedad, que se pierde en el discurso pasatista, con el ritmo marcado y obsesivo, en la imagen barata y empalagoza, acceda a ocupar su tiempo en un clásico del cine, una buena película o un libro que podría ayudarla a mejorar su calidad de vida, es un causa perdida con mayúsculas.
Hablar de cultura con respeto, con pasión, con idea de proyección es de antemano un fracaso aunque abunde el propio aire y el propio tiempo para defender el tópico.
Aquí nos enfrentamos al más controversial de los fenómenos que la habita: una causa perdida, aun sabiéndose derrotada en su intento, debe continuar hacia adelante. Son estas quimeras las que iluminan el rostro de la humanidad. Nos parezcan soberbias o complicadas. Extranjeras o remanidas. Anestésicas o sin sentido. Están ahí para decir lo que otros callan. Para marcar la diferencia.
Toda la belleza de un cuadro de Modigliani no alcanzará para opacar el modelo fashion de opereta moderna y decadente donde se designa el atractivo con un dedo. Una canción de Spinetta, de Bob Dylan o ¡Jack Johnson!, no prevalecerá sobre el enorme ruido que las compañías propietarias de músicos sin música son capaces de hacer por un puñado de dólares. Las novelas esenciales, profundas y conmovedoras de Mario Vargas Llosa, John Irving o Paul Auster, no retrucarán el boom editorial de las tramas seudointelectuales de verano que suman toneladas de palabras y datos odiosamente cursis. Jurando que nos dejarán información en el paladar al final nos abandonan vacíos. Jamás sucederá con Shakespeare, García Márquez o Benedetti.
Enamorarse también podría integrar la lista de causas perdidas. Buscar el perfecto amor, como buscar el paisaje exacto para reposar el alma cansada, son maravillosos delirios que nos empujan a vivir. Pero respirando ilusión, avanzando sobre el cable tenso de la voluntad es que hacemos de nuestra historia un relato espléndido. Una aventura digna de ser contada.

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Adiós a Juan Carlos Canedo

 

Irónicamente, la nota escrita a mano mantiene cerrada la sala de cine que Juan Carlos Canedo tanto amó. “Cerrado por duelo”. Detrás se pueden ver los afiches del último estreno en el cine “Paradiso” de Roca: “Sherlock Holmes”.
“Somos gente de cine”, solía decir Canedo refiriéndose a su familia, todos involucrados en el funcionamiento de la sala. La misma que por estas horas permanece a oscuras en una suerte de homenaje a quien tanto lidió por mantenerla iluminada.
Y esa era la mayor de sus vocaciones: que un rayo de luz atravesara el espacio en sombras para proyectar un filme. Su sino y su trofeo cotidiano estaban atados a lograr que el llamado Séptimo Arte fuera también arte de la gente del lugar en donde vivía.
Canedo fue un personaje entrañable del Alto Valle. Peleó todas las batallas imaginables que suele tener estipulada la gran contienda que implica difundir cultura. Lo saben los libreros, lo saben los amantes del jazz y de la música clásica que conducen sus propios programas de radio, lo saben los dueños de los cines. Lo sabía a Canedo.
“Me gusta trabajar sobre el presente”, le había dicho hace ya algunos años a este mismo diario. Canedo era conciente de lo complejo y de lo imposible que a veces se volvía ser propietario de una sala de cine. Siempre moviéndose en una delgada línea. En un filo de navaja. De un lado, el buen gusto, la pasión por mostrar. Del otro, los deseos del público, los populares, los refinados, los alternativos. Y en el fondo, la incertidumbre. Porque administrar una sala de cine es literalmente una aventura sobre otra. La del cine. La de la vida misma.
Era oriundo de Lanús, populosa ciudad del sur de la Capital que en los noventa vivió también la desaparición de sus principales salas.
Llegó a la región en 1978 con los pergaminos de su oficio de carpintero. Uno de los trucos a los que nos tiene acostumbrados el destino lo puso en las obras que por entonces se llevaban a cabo en el Cine Belgrano. Ya en 1979 se hizo cargo de los cine Roca y Rex. En 1991 se entregó por completo al negocio en la sala Roca.
Fue un buscador. A fines de los noventas luchó y obtuvo un subsidio para que su sala “Paradiso” tuviera un mejor sonido y calefacción central. Aun en la carencia Canedo siempre pensó en el público.
En 2007 incluso se atrevió a abrir un nuevo espacio en Allen con el denominado “Paradiso 2”, que luego pasó a otras manos y finalmente cerró sus puertas semanas atrás.
Hace tiempo ya que el cine atraviesa por un proceso de cambio. Tiene una competencia feroz y lógica en la televisión, en el video y, cada vez más, en la combinación de ambas fuerzas: pantallas de gran definición y una tecnología “on line” que permite alquilar películas sin moverse del hogar.
Sin embargo, el cine, la sala, la pantalla gigante y el sonido que envuelve todo el espacio, y hasta el aroma a pochoclo, seguirán conservando una magia primigenia. A esto se refería Canedo, sin decirlo, toda vez que abría su sala.
El nombre del cine de Juan Carlos Canedo, nos retrotrae de un modo indiscutible al filme de Giuseppe Tornatore, “Cinemana Paradiso”. Y a su historia, por supuesto.
Juan Carlos, como un soñador eterno. Un explorador en una era en donde todo parece descubierto, siguió su camino. Hasta final. Hasta que el último fragmento de película hubo a travesado el espacio en negro.

Lo importante

 

Lo importante no ha sido dicho.
Hace calor en el infierno.
Y está mojado.
Hay deseo corriendo por ahí.
Hay luz y un cartel de acceso.
Lo importante:
Como una flor creciendo a pesar tu indiferencia.
Como todos los besos que debes dar antes de dejar este mundo.
Como una canción que tarareas por la noche y que cada noche reinventas.
Como una declaración de amor pendiente.
Una gorra, el tiempo a tu favor, un chocolate.
Lo importante.

Películas para el “finde”

Héroe del centro comercial. Paul Blart es un antihéroe. Un tipo patético a quien le toca enfrentar una situación bastante similar a la que resolvió con gloria el policía John Mclane interpretado por Bruce Willis en “Duro de matar”. Aunque en este caso hay una diferencia sustancial de personalidades. Paul está muy lejos para dar la talla de alguien capaz de hacer cosas extraordinarias si el destino así se lo exige. Y no las hace. Incluso así triunfa. Una comedia bien americana aunque con algunas incorrecciones morales (Blart fue dejado por una inmigrante mexicana, luego de obtener la residencia por matrimonio, quien no dudó en abandonar de paso a su hija) que lejos de volverla burda alimentan su singularidad. Dirigida por Steve Carr. Con Kevin James, el protagonista de la serie emitida por Sony: “The King of Queens”.

W. Vida y obra de George W. Bush. Un filme que hasta cierto punto podría resultar inesperado para quiene tienen a W.  por el demonio hecho carne. En parte porque su director, Oliver Stone, trata de reflejar de un modo equilibrado la personalidad de un ser, por cierto, desequilibrado. Sirve y mucho para entender al personaje y para, y sobretodo, comprender como fue que se decidió la invación a Irak y la destitución de Saddam Husseim. Dirigida por Oliver Stone. Con Josh Brolin como George W. Bush

Hell Ride. Una película verdaderamente estúpida con un puñado de malandras con pocos sesos pero, al fin y al cabo, divertida. Venganza, lujuria y desenfreno a patadas, a toneladas, a raudales en este filme dirigido, escrito y protagonizado por Larry Bishop ¿Recuerdan al drogón que no para de castigar a su empleado “sacaborrachos” (Budd “’Sidewinder”) en Kill Bill 2”, bueno, es el mismo y desagradable actor. Con el gran Michael Madsen y pequeñas apariciones de David Carradine y Dennis Hooper (arriba de una moto como en los viejos tiempos).

Tiempo perdido

“Todo tiempo es tiempo perdido”, leí por ahí que dijo Esteban Schmidt. Desde entonces las implicancias de esta idea me rondan. Dan vueltas alrededor de mi mente como lobos hambrientos. Me gritan al oído como suelen hacerlo los demonios en el cuerpo de un poseso.
La máxima del autor de “The Manifiesto Palermo” sirvió para recordarme que el tiempo, además, es escaso. Es una ironía que sea tan difícil establecer la edad del universo o, en otras palabras, calcular la fecha de nacimiento del infinito y, sin embargo, nosotros, vanidosos monos parlantes, genios recién salidos de la lámpara todavía borrachos de tanto oxígeno, tengamos un pequeño reloj de arena contando lo que nos queda de vida. Un odioso cronómetro sobre nuestras cabezas.
Todo tiempo es tiempo perdido porque el tiempo que nos fue otorgado, por razones misteriosas, es un tiempo único. Pueden caber muchas vidas en el transcurso de una vida pero lo cierto es que siempre hablamos de la misma. Y lo que no hagamos hoy, en este plazo caprichoso que sostenemos malamente entre las manos, no lo haremos jamás. Esta, tu historia, no continúa la próxima temporada. Hollywood no hará la segunda parte de tu biografía. Morirás brillando con la intensidad que es capaz de alimentar tu fuego íntimo. Y si no brillas. Y si no cuidas de ese fuego sagrado, cruzarás sin gloria el espacio de la indiferencia.
Con todo esto quiero decir que Schmidt me ha hecho recordar que mi tiempo es ahora. Que como cierta vez le escribió el polémico Jaime Bayly a sus hijas: debemos hacer sobretodo lo que nos dé placer. Puesto que la felicidad no existe consolémonos con el punto “G”.
Hace unos días que escucho una canción de Foo Fighter: “The Best of you”. Mi versión preferida es la que hicieron en una serie de conciertos llamada “Skin and Bones”. La letra es una declaración de principios. Lo mejor de vos, es aquello por lo que debes luchar, aquello que debería ocupar todo ese espacio que es tiempo perdido y que es tan pero tan poco.
La letra dice en uno de sus párrafos: “Tengo otra confesión que hacer/Soy tu tonto/Cada uno tiene sus propias cadenas que romper/Sosteniéndole/¿Has nacido para resistir o ser abusado?/¿Es alguien tomando lo mejor de vos?/¿Es alguien tomando lo mejor de vos?/Estaba demasiado débil para rendirme/Demasiado fuerte para perder/Mi corazón está bajo arresto de nuevo/Pero me suelto/Mi cabeza va dándome vida o muerte/Pero no puedo escoger/Juro que nunca me rendiré/Lo rechazo”.

“Todo tiempo es tiempo perdido”, leí por ahí que dijo Esteban Schmidt. Desde entonces las implicancias de esta idea me rondan. Dan vueltas alrededor de mi mente como lobos hambrientos. Me gritan al oído como suelen hacerlo los demonios en el cuerpo de un poseso.

La máxima del autor de “The Manifiesto Palermo” sirvió para recordarme que el tiempo, además, es escaso. Es una ironía que sea tan difícil establecer la edad del universo o, en otras palabras, calcular la fecha de nacimiento del infinito y, sin embargo, nosotros, vanidosos monos parlantes, genios recién salidos de la lámpara todavía borrachos de tanto oxígeno, tengamos un pequeño reloj de arena contando lo que nos queda de vida. Un odioso cronómetro sobre nuestras cabezas.

Todo tiempo es tiempo perdido porque el tiempo que nos fue otorgado, por razones misteriosas, es un tiempo único. Pueden caber muchas vidas en el transcurso de una vida pero lo cierto es que siempre hablamos de la misma. Y lo que no hagamos hoy, en este plazo caprichoso que sostenemos malamente entre las manos, no lo haremos jamás. Esta, tu historia, no continúa la próxima temporada. Hollywood no hará la segunda parte de tu biografía. Morirás brillando con la intensidad que es capaz de alimentar tu fuego íntimo. Y si no brillas. Y si no cuidas de ese fuego sagrado, cruzarás sin gloria el espacio de la indiferencia.

Con todo esto quiero decir que Schmidt me ha hecho recordar que mi tiempo es ahora. Que como cierta vez le escribió el polémico Jaime Bayly a sus hijas: debemos hacer sobretodo lo que nos dé placer. Puesto que la felicidad no existe consolémonos con el punto “G”.

Hace unos días que escucho una canción de Foo Fighter: “The Best of you”. Mi versión preferida es la que hicieron en una serie de conciertos llamada “Skin and Bones”. La letra es una declaración de principios. Lo mejor de vos, es aquello por lo que debes luchar, aquello que debería ocupar todo ese espacio que es tiempo perdido y que es tan pero tan poco.

La letra dice en uno de sus párrafos: “Tengo otra confesión que hacer/Soy tu tonto/Cada uno tiene sus propias cadenas que romper/Sosteniéndole/¿Has nacido para resistir o ser abusado?/¿Es alguien tomando lo mejor de vos?/¿Es alguien tomando lo mejor de vos?/Estaba demasiado débil para rendirme/Demasiado fuerte para perder/Mi corazón está bajo arresto de nuevo/Pero me suelto/Mi cabeza va dándome vida o muerte/Pero no puedo escoger/Juro que nunca me rendiré/Lo rechazo”.

El cielo y el infierno desatados

El cine de Kusturica es un salto al vacío. No hay redes allí abajo. Si después del impulso aun caes parado te esperará una fiesta: alcohol, música y una troup de singulares personajes en éxtasis permanente. Más que un cine de “cámara en mano”, el de Kusturica es un trabajo realizado al amparo de una enorme, gigantesca energía espiritual. Sin que en la pantalla resulte obvio, hay algo sacro, una búsqueda de la santidad por medio del desenfreno.

Su obra ha terminado, al fin de cuentas, por elaborar una suerte de religión con sus propios santos colgando del techo. No era para menos. El impacto que significó “Underground” en el panorama de la cinematografía internacional sólo puede ser comparado con el que produjo “Tiempos violentos” de Quentin Tarantino. El cine de Kusturica es excesivo, delirante, poderoso y desenfrenado. Los personajes que el director convoca van adquiriendo contornos tan propios que en ocasiones uno siente que van a fugarse de la pantalla. Hay vida en la obra de la Kusturica.

La explosión -el estallido de emociones, colores y texturas-, a lo largo de sus películas no es un recurso sino un elemento constitutivo. Un destino arrollador. En Kusturica la existencia se puebla de posibilidades. Nadie puede ser dado por muerto. Como si el director de “Gato negro, gato blanco” dejara siempre abierta la puerta de la redención. ¿Nos reímos o lloramos con Kusturica? ¿Es la muerte una puerta hacia una geografía distinta? ¿Es decisión o destino lo que descubrimos en el camino de sus personajes? ¿Son estos entrañables o repulsivos? ¿Estúpidos o maravillosos bebedores de lo que llamamos tan tímidamente pasión?

Es cierto que desde “Underground” cada filme de Kusturica ha ido perdiendo vigor. Como si el trotamundos y el músico, se hubieran ido comiendo el alma del director. Sin embargo, su cine aun resiste una mirada crítica. Su vocación todavía es pura como un vaso de vino.