La casa del Roble

A nuestra casa nunca le dijimos casa. Le decíamos, el Roble. Eso en referencia del pasaje donde quedaba ubicada. Pasaje El Roble. Fue construida prácticamente por mis padres. Ellos mismos cargaron las maderas, los clavos, las chapas para el techo y los tarros de pintura. El edificio es una rara paradoja. Porque aunque tiene dos pisos y dos baños, es pequeña. Y aunque su rostro es humilde, sus pisos de madera le dan una pátina de elegancia. Como si no encajara en ningún circuito. En ninguna categoría. Mi padre era un poco así: estoico y frugal, más siempre vestido con una formalidad rayana en el buen gusto. Sus zapatos eran únicos, negros, y sus camisas caras.Vivimos ahí por espacio de cinco años. Nunca tuve un cuarto para habitar realmente. Puesto que la que era mi habitación no me parecía un refugio agradable. De modo que dormía justo en la pieza de enfrente entre almanaques de mi padre, libros de fotografías y obras de teatro de Shakespeare y Florencio Sánchez.

Durante la mayor parte del día mis padres trabajaban. Y la casa permanecía en silencio. Yo tampoco estaba, o era la escuela o la cocina de alguna empleada que me dejaba tomar café cargado con ella. Pero el silencio no es quietud en la Patagonia. El sonido de la lluvia golpeando los techos. La furia del viento agitando las ventanas. Los elementos poseen su propio tiempo y música.

Las noches, en cambio, estaban pobladas por los gritos de mi padre, y el llanto de mi madre. Sus peleas no eran la comidilla de un barrio donde al parecer todo el mundo se odiaba. La diferencia es que ellos llegaban a las manos. Los objetos surcaban la noche como naves no identificadas por ningún radar. Una vez vi salir disparado hacia el patio un perfecto caño de agua que por el golpe se partió en varios pedazos. En otra, una escoba fue a parar a la cabeza de mi padre y le dejó una recuerdo de cinco puntos. En otra, una correa se levantó sobre la cabeza ensortijada de mi madre.

La violencia y la incomodidad de no saber quererse duró más de lo necesario. Sin embargo, un día dejamos El Roble y comenzamos una gira artística por el pueblo que duró un par de temporadas. Fui un Rolling Stones sin saberlo.

Durante años seguí durmiendo los fines de semana en esa casa triste y callada. Parecía que Dios había bajado el interruptor de la alegría y el lugar permanecía en tenues sombras desde que la dejamos. A veces salía el sol y yo aprovechaba a jugar con soldaditos junto al balcón. Al menos ya nadie gritaba por las noches. Aunque, conmigo de testigo, mi padre lloraba desconsoladamente.

Los libros permanecieron y me pasé bastante tiempo auscultando sus cuerpos. Fui un naufrago de sus palabras. No hay dolor que no pueda consolar un libro.

En el viejo televisor Bolocco (sí, existe relación con Cecilia) de El Roble, vi cien, mil veces la saga de Tarzán, y las sarta de delirios que protagonizaban Abott y Costello. En El Roble vi por primera y segunda vez “Veracruz”.

Un día decidí que no volvería a ocupar mi cama en El Roble. En el fondo, ya no era capaz de consolar la tristeza de mi padre, ni de sostenerle por las noches su pequeña mano antes de decirnos hasta mañana. Su dolor amplificaba el mío.

Siguiendo un destino marcado por la voluntad, mi padre enfermó gravemente y sufrió indecibles dolores físicos. Al final de su vida, siendo un hombre relativamente joven, optó por una de las formas que tiene el suicidio. Prefería morir antes que sentir como la enfermedad que él mismo había alentado, le aguijoneaba el cuerpo con una brutalidad que sólo eran capaces de consolar los analgésicos.

Durante su internación, cuando ya era un hecho que jamás volvería a su casa, visité El Roble. Caminé por sus pasillos estrechos, me senté en el descanso de la escalera y visité el patio que lucía muy abandonado.

Sentado en el sillón, una de las pocas inversiones de los últimos años de mi padre, me quedé dormido.

Luego de su muerte, El Roble permaneció alquilado por varios años. Hasta ahora. Mi mujer, mis tres hijos y yo la hemos ocupado, presumo que temporalmente. Incluso por unas semanas, una amiga y sus dos nenas, también han encontrado un lugar donde pasar sus vacaciones.

De modo que los mediodías y las noches uno puede escuchar una multitud de sonidos recorriendo El Roble. Algunos son gritos, pero ninguno asusta. Ahora los gritos refieren a mañas, o son risas lanzadas al aire como un ramillete de flores jóvenes.

Viéndolos comer, sentados a la mesa celeste que fue de mi padre, hace apenas unas horas a este colorido festival de energía. Viéndolos tironear como cachorros unos de los otros, no pude contener mi lágrimas. Y en silencio lo dejé ir.

Ahora El Roble les pertenece.