Más

Pero era más que eso.

Más que la tarde que pasamos tirados sobre el pasto.

Y el vino que nos abrió el apetito y nos ayudó a desnudarnos.

Era más que eso. Lo supe después.

Cuando como un mapa en llamas desapareciste de la atmósfera.

Cuando de tu aroma quedó un disco con canciones sacadas de diablos sabe donde.

La carretera se me hizo larga y polvorienta.

Yo, junto al camino alterno con un libro en la mano.

Tú, en ninguna parte

Fragmento de un sueño.

Nada.

Pero más que eso.

Más que eso.

Estrella del sur

Yo jamás lo hubiera imaginado pero me contaron las malas lenguas que Wendy zapateaba de lo lindo sobre las mesas, allá en el sur donde el diablo perdió el poncho. Entonces llevaba el pelo largo, rojo infierno y usaba las uñas pintadas de negro. Vestía faldas con cortes que no dejaban lugar a dudas acerca del tramado de su ropa interior. Un show.

Imitaba a Lola Flores, a la que había visto por el canal nacional, en cada uno de sus gestos y sin saberlo reinventaba el personaje hasta convertirlo en alguien completamente nuevo.

Vivió de parranda en parranda, de baile en baile, del rancho al pueblo y del pueblo al rancho, hasta que entró en su sano juicio.

Pero la pasó bien y consiguió que otros se divirtieran con ella. Cuando su carrera más o menos profesional terminó aun era una mujer joven y no había gaucho ni patrón de estancia que desconociera las artes de la Wendy. En el saldo de esta odalisca del sur se contaban cuatro hijos, cada uno de un padre distinto.

Con los años se fue quedando de forma permanente en el pueblo. Tu sabes, la escuela de los pibes, las reuniones de padres, los amigos, los vecinos, los amores furtivos.

Nunca soñó con huir a París o terminar de tapas en Madrid. No estaba en sus planes algo tan elaborado. Tan fuera de su geografía. Lo único que deseaba Wendy con brutal impunidad era continuar siendo joven, capaz de levantar polvo de las mesas hasta que la madrugada se transformara en pleno día.

Pero el tiempo es un asesino silencioso y fue acallando la energía de Wendy. Cuando debió trabajar para vivir se empleó como “señora de la casa” en el hogar de gerentes de banco, administradores de estancias, directores de empresa de petróleo. Siempre tuvo buena presencia y de uno de sus noviazgos menos intensos pero más productivos había obtenido como premio una segunda lengua: el inglés.

De modo que ahí estaba Wendy a sus treinta y tantos, bilingüe, vestida de un modo absolutamente teatral y con modales de chica de la alta sociedad de las que aparece en las novelas mexicanas. Su mayor fuente de conocimiento, su manual de uso diario.

Trabajó en estos menesteres hasta que conoció a su actual marido quien, cual un monje o un santo consagrado a única labor, se ha dedicado a cuidarla.

Ahora cada vez que se aburre de las tareas del hogar, Wendy vuelve al ruedo aunque ahora ya no la llaman para regentear casas suntuosas. Por eso busca empleo en hoteles u hosterías, donde a veces se hace pasar por la dueña aunque su verdadera labor sea realizar la limpieza del lugar.

En esas circunstancias la conocí, o mejor dicho conocí al personaje, en la puesta en escena de un papel que le quedaba a medida. No se me habría ocurrido discutir con nadie que Wendy no era la propietaria de la hostería y restaurante que atendía de no ser por el detalle de que el dueño era yo.

Una tarde la escuché hablar entre bastidores mientras atendía a un cliente, sólo para conocer una parte de su historia. En tres minutos su energía sensual atrapó al francés de turno. Le explicó en un acento extranjero de quien ha conocido diversas culturas, los “ires y venires” del negocio turístico, sin olvidar sus tardes de relax en un rinconcito de Nueva York.  ¿Qué como iban los números? Pues bien, tirando, una siempre debe comprometer la piel en este tipo de inversiones, la oí reconocer. 

Era una mujer eficiente pero odiaba los horarios, las reglas, los compromisos que implicaba lo cotidiano. Para cuando nos presentaron ya vivía medio día atrapada por las píldoras para los nervios.

Uno de sus hijos también trabajó conmigo. Un chico especial que de un año al otro se cambió el color oscuro de sus ojos por un azul intenso, y que por motivos que desconozco, fue transformando su aspecto hasta quedar convertido en un ser andrógeno: ni hombre ni mujer. Una heroína de película japonesa.

Una tarde Wendy mandó a su marido con un recetario que la eximía de trabajar por tiempo indefinido. Hace unos días la vi de nuevo por la calle: cartera de cuero rojo de exclusivo diseño, abrigo blanco impecable, cabello rubio plateado como el que caracterizó la última etapa de Marilyn Monroe, pañuelo a tono y gafas de estrella de cine de los 50. Le faltaba el convertible pero no el cigarro con pitillo que sostenían sus labios púrpura.

Por poco y le pido un autógrafo. Sin embargo, justo cuando pensé en saludarla sacó su celular y respondió un llamado. “No, ahora no puedo”, le escuché decir y pasamos de largo.

 Publicado originalmente en Río Negro

Posible oda a internet

 

Aquí, desde este recóndito lugar pispéo el mundo. Abro la ventana de Internet y veo, escucho, leo. Aquí donde me ven soy. Estudio francés, mientras repaso mi inglés en la BBC. Me apuro entre la tecnología de Mirá y me doy mi panzada semanal de talento con Orsai. Soy un rompecabezas interminable cuyas piezas van reproduciéndose y haciendo crecer un continente que a medias conozco. Pongo yo también mi granito de arena. Y apuesto a que me volveré eterno. Escribo poemas que nadie lee. Canto canciones sin acompañamiento. Pero me esfuerzo. Trato. Me revuelco en mi soledad y aprendo. De cada habitación un poco. De cada gesto un gesto. De cada sonrisa ajena una posibilidad. Un fragmento de libertad. Una vía de escape hacia la próxima galaxia digital.

Poemas en fotos

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Mi amiga y poeta Ana Yalour, colgó, hace unos días, poemas de los árboles de Las Grutas. Más poético imposible. Mi poema “Eres” fue de la partida y se agitó con el viento pendiendo de las ramas igual que una hoja. Una razón de orgullo.

Eres

Eres, perdón por decirlo frente a tanta gente, la imagen que no pueden congelar mis palabras.

La fotografía que perdura. El aroma que me recuerda quien soy, cuando me encuentro lejos.

Eres el fuego que me consume en lenta espera.

El beso con sabor a frutas que eriza mi piel.

La definición perfecta de todo lo que tiene sentido.

Y el infierno hecho un minúsculo pasaje mientras te poseo. Y el color del cielo inmenso la tarde en que el invierno dice adiós por última vez.

Eres, perdón amor por dejarlo aquí escrito, la flor por la que lucho. La copa por la que levanto mi espada. Mi vocación. Mi patria. Mi exilio.

¿Vendrás a mí un día?

¿Dejarás que mis sueños se cuelen por entre tu pelo negro?

¿Seré el que provoque tu perdón y tu pecado?

Tú eres, dulce pasión, la respuesta pendiente.

El único propósito.

Sabes

Tu sabes que los besos no bastan. Como no basta una palabra. O una canción. O un poema. Hemos vivido demasiado para ser precisos y exactos. No hay números que avalen la desesperación que siento cuando estoy por llegar a tu sexo. No hay estadísticas para matizar el sabor de lo inexpresado. No hay viento. No hay playas. No hay tiempo.

Resaca

La verdad es que no tengo idea de donde salió la fotografía. Apareció un día en la cocina de mi casa y ahí se quedó. Pasa tanta gente por acá que cualquiera pudo haberla perdido. De cuando en cuando la hojeo. No soy afecto a las fotos, sin embargo, de esta en especial algo me ha cautivado.

La imagen muestra a dos chicos adolescentes bailando un lento. Están rodeados por una corte de otros pibes que no hacen más que mirar. Unos ríen, otros permanecen en la luna. Puedo apostar a que hay dos chicas a un costado y que una de ellas llora a mares. No lo sé, debe ser la fracción de una fiesta de cumpleaños. Una de las cosas que me atrae de la situación es la lozanía de quienes ocupan el primer plano con su baile. No es una fotografía antigua pero en breve lo será. Estamos a sólo un chasquido de los dedos de la nada.

No pretendo adivinar que irá a suceder con la vida de esos querubines o si algún día se acordarán que bailaron acaso por primera vez un lento con una persona a la que ya no recuerdan. Al menos en mi caso, no he olvidado a mi estimada Emma, la chica que me enseñó el breve arte de no pisarle los zapatos al compañero de turno.

Días atrás, en la casa de unos amigos, otra fotografía llamó mi atención. En esta ocasión un par de jovenzuelos, en sus veintitantos, posaba abrazados para la cámara. El tenía pelo abundante, ensortijado, en tanto que ella lucía una figura delgada y su sonrisa luminosa se fugaba del cuadro como un cometa lo hace de los contornos de la noche.

No eran los mismos flacos que luego me presentaron. El había perdido el pelo y la chica, su línea. Durante el almuerzo muy pocas la vi sonreír. Y el brillo de esa sonrisa que me había cautivado unos minutos antes, lo sentí así, había desaparecido quizás para siempre. De aquella pareja que parecía ocupar un lugar en el mundo no quedaba más que esa fotografía.

Este verano, en medio del vendaval, se me ocurrió mirarme al espejo con una cuota importante de sinceridad. No con la actitud David Crockett del tercer mundo, después de los ravioles, que caracteriza mis incursiones en ese ámbito tan complejo. Me percibí cansado, panzón, mal añejado, un animal herido, en definitiva. “Estás viviendo la resaca de tu vida”, dijo la voz que pasó justo en ese preciso momento detrás de mis espaldas.

¿Qué puedo alegar frente a semejante argumento? Si, aunque no debo ser el único hombre o mujer que transcurre por la resaca de su vida, esta, la que va de aquí hasta el fondo, es la mía.

Las resacas suelen ser aleccionadoras. Nos recuerdan lo estúpido que hemos sido, lo inútil de nuestra vanidad y lo ridículos e insufribles que podemos volvernos después de  una copa de más. En general, se sobrevuelan malamente, con bastante sueño, agua mineral, pastillas para el dolor de cabeza y la absoluta ausencia de alcohol.

A pesar de su condena representan una oportunidad para poner las cosas en claro: la sobriedad no es otra cosa que el producto destilado de una perfecta borrachera. Sin una no estaríamos muy seguros de que existe la otra.

En principio, y en honor a los jóvenes y soñadores que hemos sido (y que por tozudez y convicción seguiremos siendo), he decidido tomarme mi cuarto de hora, mi día off. Un disco de Jamie Cullum (“Catching Tales”) suena en mis oídos mientras me preparo para una ducha tibia y una posterior limpieza facial que incluye una crema rejuvenecedora. Por la noche iré con mi hija a un lindo restaurante. No  sé si todo esto aliviará en algo la carga que soporta mi espíritu o si sólo apuntalará mi patetismo. Da igual, estoy remontando una resaca. Sólo queda subir.