El último truco de Bill

david

Algún día tenía que suceder. Y fue ayer, en Bangkok. Cada uno muere en su ley, de modo que si Manuel Vázquez Montalbán se apagó como el juguete a pilas de un niño en el aeropuerto de esa agitada ciudad, abrazado al manuscrito de su última novela, David Carradine lo hizo dentro de un armario sospechosamente atado ¿En que estaba ocupando sus horas vacías, el bueno de David, mientras sus amigos lo esperaban a cenar? Se sabe, si hay un paraíso de las licencias, ese es Bangkok. Nadie podrá afirmar que su epitafio no estuvo a la altura de su leyenda.
Formó parte de los elencos de más de 100 películas a lo largo de un carrera en la que hubo de todo. David Carradine era un trabajador del oficio. Tuvo el privilegio de actuar para Ingrid Bergman, como la rutinaria tarea de batirse a tiros con cuanto villano se le cruzara en un western de baja producción. En materia de cine David no tenía un paladar exquisito pero si un estómago de hierro.
Su éxito (o la posibilidad de permanecer en el Olimpo de los actores inolvidables) devino de un robo descarado. A principios de los 80 alguien le birló una idea brillante a Bruce Lee y con el guión en mano un grupo de productores fueron a golpear la puerta siempre disponible de Carradine. Por supuesto, él aceptó y desde entonce cada vez que alguien mayor de 35 años ve el rostro amplio y curtido de David Carradine, exclama, murmura o señala sin temor a equivocarse: ¡mirá, Kung Fu!.
Curiosamente, Carradine no tenía el menor conocimiento de artes marciales hasta ese momento. Fue la serie la que cambió su carrera cinematográfica aunque se tratara de una tira de televisión (muy bien dirigida y que introdujo llamativos e innovadores recursos narrativos); y fue el personaje el que transformó el resto de su vida.
Carradine pudo encarnar muchos otros papeles. Tenía el talento y probablemente la disposición pero el signo de Kung Fu lo obligó a pasar gran parte de su existencia arriba de un caballo, disparando un arma o resolviendo a las patadas cualquier conflicto callejero. Lo hizo en los 70 con “Kung Fu”, en los 80 en diversos filmes de acción de mayor o menor envergadura, en los 90 con “Kung Fu: la leyenda continúa” y en el nuevo siglo, es público y notorio el llamado de Quentin Tarantino para “Kill Bill”.
Aun en los periodos más difíciles y de mayor sequía laboral Carradine pudo asirse de esa cadena de plata que lo sostuvo hasta lo último. Pensemos en que el actor escribió no hace tanto un libro llamado: “El espíritu del shaolín”, demostrando así una perfecta sintonía entre el personaje y la persona. Cuando Tarantino lo contrató para protagonizar la segunda parte de Kill Bill (en la primera sólo alcanzamos a ver sus manos), no hizo más que reafirmar la estructura del mito.
El desarrollo natural del actor ya transfigurado en fábula, era asumir un papel en el cual padre e hijo, es decir, David y Kwai Chang Caine, se volvieran uno sólo en la pantalla. Entonces nació Bill, un malo malísimo por el cual el espectador no puede sino sentir simpatía. Como Kwai Chang Caine, Bill fue a un monasterio y se las vio feas. Sin embargo, al contrario que Kwai, Bill tomá el camino del mal, hace dinero y espera a su destino en una lujosa mansión en compañía de su hija.
Porque si bien David es un asesino y su banda está integrada por lo más despreciable que uno pueda encontrar en esta tierra, no es menos cierto que la chica del sable le ha roto el corazón. 
Bill merece más que ningún otro ser humano morir por atrocidades como la de balear a su ex y a todos los presentes en plena capilla cuando ésta estaba por casarse con el dueño de una disquería en El Paso. Su final en “Kill Bill 2” también está vinculado al amor: se trata de un golpe letal. Un golpe al corazón emitido por la mujer que tanto ha amado.
Esta fue la muerte más gloriosa de David Carradine en la pantalla. Un viejo tramposo que se disfrazó de chino siendo tán típicamente americano (nació en Los Angeles), que engañó a varias generaciones haciéndose pasar por un luchador cuando no levantaba la patita mas allá de los 10 centímetros del piso, que tomó todo lo que la vida le dio (unas 118 películas, tantas otras series y hasta un curso en DVD de Tai Chi) y con eso hizo una fortuna.
El último truco de David todavía se puede ver en su sitio web. Un anónimo escriba se lamenta de la inesperada muerte del actor pero no demora en pedir una donación de los fanáticos. Siempre viene bien un puñado de dólares para el resto del camino.

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