Barata

En el más impensando escenario encontré una “barata de libros”. Un supermercado.
Por delante de las latas de atún y las gaseosas, entre la línea de cajas y los artículos de limpieza, los libros permanecían en una extraña postura, no excenta de dignidad, en una mesa de saldos. Alguien los había ubicado allí sin demasiada coherencia. Como si hubieran sido recuperados del sótano de una editorial. Como heredados de mala gana.
Tomando en cuenta los precios prohibitivos a los que se venden los libros en estos días, en los lugares en los tradicionalmente se comercializan libros, aproveché la oportunidad. Había apenas un clásico: “Los funerales de Mama Grande”, de Gabriel García Márquez. Pero a 25 pesos. El resto oscilaba entre los 9,50 y los 16,50. Con esos valores debí aplicarme por entero y en pocos minutos a conocer tanto al autor como el argumento de cada obra. No fuera cosa de gastar en vano.
Sin embargo, como suele ocurrir, había valiosas plumas menos célebres. Autores aun no subrayados por la gloria pero que tampoco carecían de talento. Las pistas de siempre así lo indicaban: críticas alentadoras en la contratapa, datos reveladores en la solapas, interesantes primeras líneas de primeros párrafos de primeras novelas.
Aquellos libros despojados de glamour, semejaban hombres y mujeres acomodados en una barra a la espera de una conversación interesante. Una lectura. Un poco de atención. Las personas y sus obras merecen, necesitan una oportunidad. Al menos en este sentido, todos estamos parados en el mismo lugar. Así que compro y leo. Y en las barras del sur, escucho cuentos. Historias trasnochadas. Proyectos de futuro. Mentiras piadosas.
Por muy poco me llevé la primera novela de Eric Bogosian, “En el punto de mira”. Bogosian es un muy reconocido autor teatral que además ha hecho carrera como actor secundario de cine y televisión. Luego sumé un libro de la cubana Wendy Guerra, más por su nombre y por el de la novela, “Todos se van”, que por el contenido que anticipaba la síntesis. También agregué a mi canasto “Creadores” de Paul Johnson. Un libro que tal vez nunca llegue a terminar (con análisis de gente como Durero, Eliot y Turner). Y, finalmente, compré “Una historia en bicicleta” de Ron McLarty, como Bogosian, también actor (lo recordarán en el papel de un juez en “La Ley y el Orden”) y autor de su primera novela (en rigor, Bogosian ya escribió dos más).
A “Una historia en bicicleta” le he dedicado especial atención en parte porque andar en bicicleta me parece un placer insistituible. Pero existe un elemento extra: el protagonista de la historia, un tal Smithy, es un grandote de 43 años que, una vez que ha perdido trágicamente a sus padres, inicia un extenso peregrinaje arriba de su vieja bicicleta de juventud. De una punta de la otra de los Estados Unidos. Y mientras avanza pierde peso y aliviana su triste alma.
Justo lo que necesito, pensé. Desde entonces Smithy y yo pedaleamos juntos y nos vamos haciendo amigos.

Versiones

Los covers, las versiones que un artista hace de la canción de otro, son exquisitos símbolos del entramado cultural sobre el que vivimos. O podríamos vivir. En un mundo ideal la convivencia pacífica, la relación que antecede posteriores relaciones, la infinita combinación de los elementos, la confusión de los colores y las formas, deberían fluir como un río. No ocurre. Por se establecen parámetros incómodos. Agresivos. Brutales. Por eso se levantan banderas. Por eso las fronteras. 
Los artistas tienen la virtud y la oportunidad de saltar las vallas que dividen los campos. Como si fuera nada. Con la impunidad de lo sencillo. La pintura, buscando en lo ancestral para convertir lo mitológico en modernidad. El cine, hurgando en los recursos menos pensados y más obvios. Filmando con el celular lo que una vez se hizo con un armatoste. La literatura, increpando a la poesía para conformar la nueva prosa. La lírica espléndida. Con autores que traducen el realismo mágico a la cruda realidad digital.
Y la música. Jamie Cullum, una de las más interesantes figuras del jazz actual, es un joven que desconoce, o pretende hacerlo amparado en su enorme talento, las barreras que un día fueron impuestas para provocar los géneros. El jazz y el flamenco emprendieron en el siglo pasado un camino de encuentro que produjo discos que quedarán como clásicos de la música contemporánea. Ketama, un grupo de avanzada de la movida gitana se adentró en el pop y desde entonces el fenómeno no hizo más que avanzar. Bebo y Cigala, Alejandro Sanz y Paco de Lucía, Ricky Martin y La Mari, y tantos otros experimentos exitosos. También el rock con el clásico. También el rock con el pop. Y la amalgama no tiene nombre. Que bien. Esa es la mata.
Cullum hizo algo bastante llamativo un par de años atrás cuando versionó, en clave de jazz, el hit de Radiohead, “Dry & High”. Una loca ocurrencia. Una fantástica pegada. En su último álbum “The pursuit” ha ido más lejos al hacer un cover del exitoso “Don’t stop the music” de Rihanna. 
Días atrás encontré a mi hija de doce años, seguidora de cuanto canal de música exista, compenetrada con el ritmo inquieto, extraño, distinto y atractivo que ha logrado desarrollar el músico británico con esta canción. En muchos sentidos “Don’t stop the music” aun está allí, su cuerpo principal no perdió ni grosor ni sentido. Sin embargo, Cullum buscó donde parecía no haber nada hasta descubrir -y abrir- un aura dramática en la melodía. Una canción hot se transforma así en un tema de amor, dramático y desesperado en cuyo momento culminante resplandece un típico fraseo de jazz “made in Jamie Cullum”. “Es una letra tan sexy. Y fui capaz de transformar la canción en algo que sonaba realmente nuevo”, dijo Cullum, que es apenas un chico, acerca de la lírica que movió sus entrañas y ahora hace lo propio con las nuestras.
Y, leyendo la trama, uno diría, pues no es la gran cosa. Aunque sumando planetas, estratósferas, líneas y sensaciones, es que terminamos por entender. Que no pare la música, entonces. Que tengamos la suerte de adentrarnos en ella abrazados a alguien y, al fin, perdernos.
O algo así dice el tema. Tendré que preguntárselo a mi hija.

El estudio que advirtió el terremoto

 

Los terremotos no se predicen pero se estiman. Eso fue justamente lo que un grupo de científicos hizo cuando, en un trabajo publicado en el 2009 por el magazine “Physics of the Earth an Planetary Interior”, advirtieron de la posibilidad de que un terremoto de gran magnitud afectara la zona entre Constitución y Concepción en el “futuro cercano”.
El informe de 8 páginas, que incluye variedad de gráficos y tablas de desplazamientos, concluye de un modo irrefutable: “es posible que la parte norte de la zona entre Constitución y Concepción haya sido afectado por los terremotos de 1851, 1928 y 1939, pero eso poco probable para el área cerca de Concepción. Debemos concluir que la parte sur del área Concepción-Constitución ha acumulado un déficit de desplazamiento que es tan grande como para producir un gran terremoto de un rango de 8-8,5 grados Richter”. “Este, por supuesto, es el peor escenario, que necesita ser redefinido por trabajo adicional”, agrega. Aunque todo índica ese trabajo adicional no se realizó.
El estudio titulado “Interseismic strain accumulation measured by GPS in the seismic gap between Constitución and Concepción in Chile”, básicamente lo que registró fue la falta de movimientos sísmicos en la zona centro-sur, tomando en cuenta que, en términos históricos, por lo menos un terremoto de magnitud superior a 8 grados ocurre cada década. El fenómeno, llamado “laguna sísmica”, comenzó a cobrar fuerza y tomar sentido en los 90, cuando se descartó que el terremoto de la ciudad de Chillán de 1939, haya sido de subducción, es decir, que surge de la repentina separación de dos placas.
El trabajo, desarrollado en conjunto por especialistas de Francia, Bulgaria y Chile –en el marco del Centro Internacional de Investigación de Terremotos formado por la Universidad de Chile– comparó las mediciones de la variación de terreno con aparatos GPS y una serie de marcadores colocados en tres momentos diferentes, los años: 1996, 1999 y 2002.
Comparando los datos de los 38 puntos de interés, ubicados en la zona de la “laguna sísmica” comprendida desde la Séptima a la Novena Región, los expertos establecieron una aproximación de la velocidad con la que las placas tectónicas de Nazca y del Pacífico se movían. Lo primero que notaron fue que en la zona costera la velocidad de acercamiento era notablemente mayor que en la cordillera. Mientras la península de Arauco avanzaba a 46 milímetros por año, en los Andes se reducía a 15 milímetros.
Basándose en esto lograron determinar que la velocidad promedio con la que ambas placas se acercaban era de 68 milímetros por año, lo cual les llevó a plantear su más importante y dramática aproximación, tomando como punto de referencia que el último evento sísmico importante de la zona ocurrió en 1835.
La hipótesis de que las placas habrían permanecido “estancadas” o inmóviles por más de 170 años (aunque advierten no hay mediciones tan antiguas), o sea, que no hubiese algún movimiento que las separara (puesto que la conducta normal es que permanezcan en movimiento, en una suerte de fricción), indicaba que el sector acumulaba tensión con una convergencia estimada de 10 metros que en algún momento debería ser liberada. En otras palabras, en la zona del terremoto existía una déficit que más temprano que tarde terminaría saldando la propia tierra, con un temblor .
“No sabemos si la placa se ha movido en algunos episodios en el pasado o si se mantiene completamente inmóvil desde el último gran de terremoto de 1835. En el peor escenario, de que no exista movimiento desde 1835, a un ritmo de 68 milímetros al año, se ha acumulado un déficit de cerca de 10 metros de movimiento desde ese año”, sentencian los expertos. Para tener como referencia: el terremoto de Haití, de una magnitud de 7 grados, produjo un desplazamiento de tres metros.
El estudio denominó a esta proyección el “peor escenario”. Y el peor escenario ocurrió.

Papá Oso

 

Se llamaba Julio, pero en la intimidad todos le decíamos “Papá Oso”. Yo lo bauticé así. Siglos atrás, junto a sus hijos, Cochelo y Chacho, formábamos una pandilla de impresentables. Estaban Murci, Tito, Rosales, Chocho, y alguno más.
Era un hombre manso. Morocho intenso. De rostro duro. De abrazos sinceros. De estar en su sillón a la espera del próximo partido de fútbol. Y nosotros, chicos soñando con transformarnos un día en hombres y largarnos del pueblo, pasábamos el tiempo con él. Como si fuera el líder honorario de una cofradía donde nadie llegaba a los 16. Por eso le puse Papá Oso, porque aunque era padre de tres, dos varones y una mujer, aun tenía espacio en su corazón para entregar afecto a los demás. Hijos adoptados en el transcurso de la rutina y la carencia que traen aparejados los días. Papá en abundancia. 
No era casualidad entonces que la banda de esos “lost boys” recalara en su hogar, como lo hacen los veleros en los puertos del fin del mundo, cansados de tanto andar. Sin pedir auxilio recibíamos de su parte la dosis de atención y confianza (y de comida también hay que decirlo) que no encontrábamos en nuestros lugares de origen. Julio estaba presente en cuerpo y alma. Es una virtud que saben valorar quienes deben acostumbrarse a que sus propios padres desaparezcan en la bruma del camino que conduce al exilio de no pensar.
Nos gustaba su pose de rockero en cuarteles de invierno. Y en las épocas más frías, adorábamos el calor que se fugaba por la puerta cuando nos abría expectante. También el aroma a torta recién horneada que envolvía a la cocina donde su esposa, Sara, preparaba incontables tortas para incontables cumpleaños y casamientos. 
Con los años dejamos de usar la muletilla: ¿está Cochelo? ¿Llegó Chacho? Si él estaba alcanzaba y pasábamos. Recuerdo que el primer saludo de fin de año, después de brindar en familia, era para Papá Oso. Como una tradición, antes de salir un viernes o un sábado nos dejábamos caer por su casa, a ver en que andaba. A ver que onda. Que broma nos tenía preparada para despacharnos a la disco con una sonrisa en los labios.
En un mundo poblado de seños fruncidos, Papá Oso era un amigo. Su dedo jamás te apuntaba. Su mirada jamás te hacía sentir culpable. Albergaba en sí mismo una rara capacidad para entender a esos seres en dolorosa transición que son los adolescentes.
Entre su presencia y nuestro delirante derrotero juvenil no había interrupciones ni obstáculos. Pasábamos de su partido de fútbol o de sus disparatadas anécdotas de pesca, a la voz ginebrosa de Luca Prodán o al último disco de los Rollings Stone. El abanico de posiblidades se ampliaba en el intercambio de ambas generaciones. Bromeando acerca de nuestros raros peinados punks, burlándose de nuestros gestos de chicos aduros recién aprendidos en algún filme de Bruce Willis, nos dejaba ser. Nos mantenía intactos.
Hace unos días se fue. Todavía joven se lo llevó el cáncer. No creo en el más allá. La muerte es el silencio imperturbable. La noche perfecta. Un espejo en la nada donde el rumor de la vida cesa. Paradójicamente me lo imagino como un lugar de descanso. Un merecido descanso que ahora alberga a Julio.

Las razones detrás del Oscar

El hijo pródigo o por qué perdió James Cameron: Debe inferirse que Hollywood castigó este domingo a uno de sus hijos predilectos. Y lo hizo con dureza. James Cameron fue el gran perdedor de la jornada. Su millonario filme perdió la contienda frente a otro de bajo presupuesto, dirigido por Kathryn Bigelow. Mientras su figura de coloso imbatible se hundía en lo profundo de su butaca, Bigelow se convertía en una figura histórica: la primera mujer en ganar el premio a la Mejor Dirección. Ya era hora.
Pero esta ceremonia no fue una representación amable de la guerra de los sexos (aunque tuvo una pizca de ello) sino algo muy distinto. Los Oscar tenían entre manos una compleja discusión que dividía aguas. Cameron ya atravesó las fronteras de lo establecido en procura del éxito. Eso no puede negárselo nadie. El siguiente filme del director tampoco se quedará corto de presupuesto. Sin embargo, su vocación de cambio y experimentación atentan contra el componente actoral, entre otras áreas de la industria. Todo aquello que hace tan increíble a “Avatar” pone en riesgo el protagonismo de una parte del sistema de producción tradicional. Cameron comenzó una tarea que acaso un día se vuelva un mandato. Los alteregos digitales terminarán reclamando un espacio en la pantalla. Se volverán reales ¿Recuerdan la polémica que surgió a partir de “Final Fantasy”? Bueno, Cameron ha zanjado el tópico y ya puede considerarse un pionero en la materia. El otro aspecto, que define su visión como artista y empresario, está relacionado con su debilidad por los efectos especiales que le implican rodearse de diseñadores multimedia y programadores, antes que con técnicos de todo tipo: recreadores de realidades en miniatura (lo usual). Programadores o dioses de un Olimpo en donde ningún encuadre, ángulo, forma o color parecen imposibles. En su compañía, Cameron está llevando al cine hacia un nueva dimensión. Y al tiempo que avanza, abarata costos.

La primera mujer o por qué ganó Kathryn Bigelow
: Kathryn Bigelow tiene el raro honor de ser la directora de un filme de culto: “Punto de quiebre”. Y si el honor es raro, el filme protagonizado por los entonces ascendentes Keanu Reeves y Patrick Swayze, es también un ícono generacional extraño. Cuenta la historia de una suerte de profeta del surf que para financiar su estilo de vida -playas, chicas y alcohol- se dedica a asaltar bancos. La carrera de Bigelow, ha estado marcada por la variedad. Es de las pocas damas de la industria que se ha atrevido a portar armas, cinematográficamente hablando. No ha temido involucrarse en temas masculinos. Con “Vivir al límite” tenía bastante a su favor aunque la taquilla no la había favorecido. “Vivir al límite” es un filme elaborado con talento y altas dosis de tensión (unos chicos locos desactivando bombas en Medio Oriente), un detalle que siempre ha gustado en Hollywood. Su relato, un hecho hasta ahora no planteado acerca del conflicto de Irak, vino a iluminar una zona oscura de la historia militar americana. Bigelow, además, resultó elegida por la industria como la primera mujer, a horas del Día Internacional de la Mujer, en llevarse el Oscar a la Mejor Dirección. Un mérito que tuvo como anécdota subyacente su pasado matrimonio con James Cameron. Su directo competidor. Elementos, todos ellos, como para hacer otro filme interesante.

Un argentino encontrado por Hollywood o por qué ganó “El secreto de sus ojos”
: La industria televisiva y cinematográfica, pero sobretodo la primera, conocen bien a Juan José Campanella. Para más datos, Campanella dirige habitualmente episodios de “La ley y el orden”, la ya clásica serie de televisión americana que posee un récord de temporadas en el aire, y de un súper éxito como “Dr. House”. Mientras agita la varita mágica de la pantalla chica, junta plata y prestigio para dirigir en la grande. Lo ha hecho con suerte y elegancia. Campanella no es un director osado (ni mucho menos un revolucionario) sino un tipo inteligente, dotado de una especial sensibilidad, la cual le ha permitido de leer el gusto colectivo de miles y miles de latinoamericanos. Después de “El hijo de la novia” (nominada a los Oscar en 2002), “El secreto de sus ojos” es un logro de dirección aún mayor. El filme, protagonizado por el gran Ricardo Darín, funciona en varios niveles. Posee la debida cuota de textura latinoamericana, imprescindible para atraer a un jurado extranjero y a un público, ya sea nacional o foráneo, que quiere darse cada tanto una pátina de cine profundo más no soporífero, sin excluir el suspenso y la adrenalina, condimentos propios de la cultura americana. Con tales componentes Campanella hizo un filme ganador.

Publicado en “Río Negro”

Para iniciar el viaje

“El miedo te proteje o te obnubila”, me susurra Martín al oído y se va dejándome más solo que nunca. Lo del susurro es una imagen literaria puesto que, en realidad, Martín habla fuerte y claro. Como si estuviera encaramado al mastil de un barco, a punto de descubrir América, y fuera el encargado de gritar en español antiguo: “¡Tierra a la vista!”.
Antes de marcharse, me advierte:“hacé una columna con eso”. Y la hago pensando en que no hay desorden, en que no hay verdadero caos sino piezas de un gigantesco puzzle disparadas al infinito a una velocidad, si, infinita colapsando y calzando unas con otras. No creo en las casualidades. No creo que uno viva por capricho en un lugar y tenga los amigos que el azar le ha impuesto. Martín estaba allí y dijo justo lo que yo necesitaba. Para entender los siguientes metros de mi camino, para albergar un buen pretexto y así escribir lo que sigue. Me apropié de su sabiduría.
Lo que emprendemos y lo que dejamos de intentar está apasionadamente vinculado con el instinto de preservación. El miedo es el factor de alerta. El cartel que nos obliga a pensar en una estrategia. La timidez, el lío y el desorden son otras caras del miedo. Otras formas de mantener un sistema de emergencia encendido.
¿Qué tan lejos podemos saltar si nos lo proponemos? ¿cual es el límite de nuestra voluntad? ¿de qué color está hecha la locura que albergamos? ¿somos soñadores o desquiciados? ¿puerto o velero?
Aunque los procesos existen, descreo de ellos. Muchos procesos apenas si sirven para aletargar decisiones importantes. Son excusas bucrocráticas que nos alejan de los verdaderos objetivos. Son distractores. Sin embargo, adhiero a los planes. Nunca salen como uno los escribe sobre la hoja de papel pero tienen un sentido profundo: alejar los fantasmas que nos señalan como inmerecedores de una vida mejor.
Si avanzar implica equivocarse, entonces sufrir y consolarse, caer y levantarse, son parte del mismo juego. Porque, sin duda alguna, este es un juego. Acaso inventado por dios. O por más de uno. Nos encontramos en el medio del tablero con ciertas herramientas y no podemos negarle tal placer al cielo.
Si algo te ha sido dado, pues, úsalo. Así lo siento. Por eso escribo. Por eso discurro. Como otros cocinan o andan en patín. Cada cual puede darde curso a sus propias armas con el fin de modelar su historia.
Me hubiera gustado ser pianista y carpintero. No fue el miedo lo que me detuvo sino la certeza de mi incapacidad para tales oficios. Pero ante la obviedad de que me ha sido otorgado el talento para otros, me debato de un modo distinto con mis temores. Debo honrar esas virtudes. El corazón dicta y la mente sabe. Con eso alcanza para iniciar un viaje.

El regreso de los fantasmas

En una película ya olvidada, Tom Witzky, electricista, residente de un típico barrio clase media americana, le desliza una frase a su esposa que refleja el sentir de buena parte de la sociedad de ese país.
Decía Witzky, interpretado por el gran Kevin Bacon en un filme llamado “Ecos mortales”: “Pensé que mi vida iba ser, no sé, más interesante, no tan común”. Y el gesto que hace Kevin-Tom, la inflexión de su voz, la sinceridad con que suenan sus palabras, desarma a cualquier espectador. Alcanza para sostener una película mediocre. Poco después de esta confesión a Tom comienzan a sucederle cosas extraordinarias.
En el transcurso de una cena, una amiga lo hipnotiza y producto del trance, este trabajador del radio suburbano que soñaba con ser estrella de rock, se vuelve receptivo a las llamadas de un espíritu que no descansa en paz.
Hace diez años de aquel filme y en el medio pasaron unas cuantas cosas. Entre ellas el 11 de septiembre, las guerras consecuentes, el estado de tensión inalterable y la crisis económica mundial, y sobre todo americana.
Durante la última década Hollywood hizo su propia lectura de la realidad: todo este tiempo el enemigo estuvo afuera. Los filmes de extraterrestres son catalizadores del impulso patriótico en el país del norte.
Un ente foráneo invade fronteras, traspasa seguridades y finalmente sucumbe ante la inteligencia terrícola: la guerra contra el mal, tal como la llamó palabras más, palabras menos George W. Bush tuvo sus metáforas en la pantalla.
No es que los tiempos se hayan vuelto ni prósperos ni demasiado estables. Sin embargo, la recuperación está en marcha. O eso dicen.
Entonces, pasemos a otro tema. A otra película.
En tiempos de paz relativa, el debate interior vuelve a aflorar. Y en ese núcleo duro hecho de psicología profunda, Dios, Satanás y los ángeles de ambos, siempre tienen un guión para deslizar debajo de la puerta.
La vocación religiosa de los Estados Unidos no es una noticia caliente pero la densidad con que ésta se desarrolla tiene un correlato en las encuestas (que la avalan entre jóvenes y adultos) y en la industria del entretenimiento.
A Tom Witzky le había tocado una vida tranquila. Pero su apertura a ese “más allá”, habría de complicarle los días para que su vida no fuese tan normal. Según la industria lo peor ha pasado, ahora sólo queda esperar un cambio climático devastador, que se cumpla una profesía maya (en el 2012 estaremos en condiciones de comprobarla) o que un espíritu invada el hogar dulce hogar de todos los días (la más accesible de las hipótesis catastróficas).
Lo bueno de los espíritus es que siempre están dispuestos a hacer sufrir y sufrir ellos mismos las consecuencias de su relación con los humanos de carne y hueso. Una nueva avalancha de filmes en los que los fenómenos paranormales son protagonistas ha salido disparada de la gran factoría de ilusiones, no sin cosechar éxitos de audiencia.
La misma vieja historia
Uno pensaría que a todos nos gusta que nos cuenten una buena historia más de una vez. Aunque ésta en particular ya comienza a ponerse un poco pesada.
Un individuo común y corriente debe soportar el acoso de un espíritu que busca venganza o al menos cierto grado de reivindicación.
Eterno déjà vu guionístico: el espíritu ha sido víctima de un homicidio. Sólo en los últimos 15 años hemos visto filmes tan pero tan similares los unos a los otros: “Agua turbia” de Walter Salles, con Jennifer Connelly, la mencionada “Ecos mortales”, “Revelaciones” (What Lies Beneath), con Harrison Ford y la más reciente y última de quien dirigiera “El proyecto Blair Witch”, Daniel Myrick, “Miedo al amanecer”. En todas ocurre (exactamente) lo mismo.
El elemento esotérico
No se trata tanto de abulia creativa como de una condición argumental impuesta por la propia sociedad. El elemento esotérico viene a transfigurar lo cotidiano. Sin llamar a la revolución, el espíritu ensalza el devenir. Hace menos soporífero el vacío existencial que establecen horarios, pautas sociales e hipotecas.
“Miedo al amanecer”, de Myrick (que con este filme precisamente no ratifica su proyección como director), se suma a los flamantes “Arrástrame al infierno” de Sam Raimi, en el que eje está puesto en la maldición de una gitana (una idea que ya vimos en “Maleficio” la novela de Stephen King de la que, obvio, se hizo una película) y “Actividad paranormal” de Oren Peli, un verdadero símbolo del cine de terror contemporáneo. El filme de Peli costó miserables 15 mil dólares y se estima que recaudo unos 142 millones de dólares.
¿No les recuerda algo? Si, lo mismo ocurrió con “El proyecto Blair Witch”, y la campaña de “Actividad paranomal”, aunque internet evolucionó bastante desde que “El proyecto” hiciera su sorprendente aparición, utilizó el amplio abanico de recursos que ofrece hoy la net.
La idea de la normalidad puesta en el territorio crudo de una cámara de video ha dado una vez más buenos dividendos. Acaso porque como ningún otro truco cinematográfico éste establece una nexo fluido entre ficción y realidad.
Una parejita de simpáticos americanos se enfrenta a un espíritu que quiere robarse a uno de ellos. Robárselo de modo literal. na cámara de video es testigo de una relación que se va volviendo cada vez más virulenta.
Sin importar cuan conscientes seamos del recurso, la cámara ejerce un efecto depurador. Okay, es mentira pero es una cámara video ¿no?. La misma que se usa para registrar casamientos y cumpleaños ahora puede revelar la presencia de un demonio.
La aparición de personajes supuestamente especializados en estos menesteres y que no desean ser parte del aquelarre, ayuda a que el guión se vuelva aun más creíble. Una vez más la verdad es atravesada por la duda.
Y la realidad siempre es capaz de superar la imaginación. Pocos días después de la muerte de Michael Jackson, una cámara de CNN captó una rara sombra en el interior de Neverland.
El hecho fue comentado ampliamente en el programa de Larry King uno de los de mayor audiencia en los Estados Unidos. Realidad o simple juego de espejos, lo mismo da, lo cierto es que el fantasma como hecho ficcional, como orilla de playa de una verdad profunda, se hizo cuerpo por un segundo.