El genio de Junior

robert

Fue el actor que, cuando desde el cielo cinematográfico el Dios Oscar preguntó: ¿quién se atreve a interpretar Chaplin?, dio un paso adelante. Y levantó la mano. Y gritó “Yo”. Ese actor tenía el mismo nombre que su padre: Robert Downey. Lo llamaron Jr.

Como todo intento de homenajear, representar e iluminar la figura de un astro de la talla de Charles Chaplin, resultaba una tarea poco probable. Imposible. Hasta que Downey Jr. protagonizó la escena. Ahí lo tienen a Downey-Chaplin, en un raro momento en que realidad y relato se entremezclan de un modo sorprendente: siendo un don nadie, Chaplin debía convencer a un grupo de productores de que sí, efectivamente, era capaz de hacer reír a cualquiera. Y Downey-Chaplin, juntos, lo consiguen. En un entremés de singular malabarismo, el dúo termina en tierra, atrapado por la ferocidad simulada de su equipaje de mano. Aplausos. Ovación. Contratados.

Ésta no sería la consagración en la carrera de Robert sino el principio de un largo y lujurioso proceso de muertes, resurrecciones y explosiones. Como Robert De Niro, como Dustin Hoffman, como Marlon Brando, Downey Jr. ha demostrado un talento camaleónico. Pocos como él han podido asumir un personaje y fundirse tan perfectamente en él. Perderse en él.

Downey Jr. se involucra de un modo que nos hace olvidar que alguna vez actuó. Es decir: uno no va al cine a ver “Iron Man” y escucha a la gente exclamar: “¡Oh, éste es el que hizo de Chaplin y ganó un Oscar!”. Más bien, nadie sabe que Robert Downey Jr. le puso el cuerpo a Carlitos. Nadie creería tampoco que ese mismo actor, que ahora luce duros abdominales y la necesaria prestancia de un muñeco de Hollywood, tuvo tantos problemas con las drogas que debió ser encerrado en una cárcel.

Sin embargo, Downey Jr. es uno de los escasos especímenes en Hollywood que no necesitan de la prensa ni de las apariciones públicas para subrayar la calidad de su trabajo. Por supuesto, Jr. tiene un lado oscuro. Toda una paradoja puesta a su servicio: es su sombra siniestra la que le facilita su capacidad de transformación. En lo relativo a su vínculo consigo mismo, Jr., brillante talento desatado, no es una excepción en el universo de las lumbreras. Él, al igual que Truman Capote, tiene un látigo que sólo usa para flagelarse.

Pero no hace falta observar las imágenes siempre crudas, oportunas, del canal “E!” para entender que su talento es también un componente básico de su maldición. Disfrutemos de “El detective cantante” y veámoslo, en proporciones tortuosamente equilibradas, sufrir y gozar. El cuadro definitivo es una actuación tan brillante que uno no entiende cómo a tipos como éstos no les inventan un premio especial. Un Oscar de titanio.

Son días luminosos. Jr. mira hacia atrás y piensa en lo duro y en lo indispensable que fue aceptar un papel de reparto en “Ally McBeal”. Un personaje que elevó hacia alturas inesperadas, que sacó de la galera, que purificó como quien alienta la vida de una buena malta que se transformará en el más secreto y perfecto de los whiskys. Entonces se llevó el Globo de Oro.

Hoy puede y quiere darse el lujo de convertirse en la parodia de Robert Downey Jr., como el actor australiano Kirk Lazarus de “Una guerra de película”, quien por alcanzar una cuota paroxística de credibilidad se hace pigmentar la piel y adquiere un acento del Harlem. En el final de esta divertida película, dirigida por Ben Stiller, Lazarus, entre lágrimas y en un ataque de sinceramiento, revela su verdadero yo: un actor de piel blanca y ojos azules. Aunque podríamos apostar a que debajo del Lazarus blanco hay un Jr. distinto. Un Robert Downey Jr que no conocemos. Alguien que actúa de alguien más.