Andar es trabajar

 

Recorremos al galope la primera parte del trayecto. Llevamos carabinas. Bolsos de cuero gastados llenos de comidad y botellas que tintinean peligrosamente unas contra las otras mientras avanzamos. Hacemos carrera. Paramos. Tomamos agua de una cantimplora que Guido heredó de su abuelo, un viejo que peléo por Alemania en la primera guerra. Dice que también tiene un casco suyo con una punta afilada en el medio. Una especie de cuchilla que era el último recurso del soldado. Yo tengo puesto mi poncho negro, mi sombrero de cuero vaquero. Llevo mis botas y una bombacha negra. Parece que vas a un funeral, opina Guido. Pero a mi me gusta el negro. Como el caballo que monto: Mulato. Me gusta la noche y estar entre las sombras. Al cabo de un par de horas avanzamos lento, al paso. Entre el puesto y el valle hay por lo menos un día de caballo y nosotros nos tomaremos dos. Menos sería demasiado trabajo. Y andar ya es trabajar.

Accesible

Luz de verano por donde pasa el tiempo. Afuera las paredes de granito que no escalo. Adentro 10 mil libros escritos en no más de tres idiomas. Repaso mi pobre alemán. Escucho películas de un inglés imposible. El calor lo explica todo. Pero no es cierto que no eres perfecta. Arriba de una bicicleta. Perdida en la tarde mirando como cae el sol sobre un mar infinito. No es cierto que seas accesible. Tu pasaporte tiene todos los timbres que figuran en mi mapa. Afuera dos hombres construyen una pirámide. Adentro uno solo teje sus posibilidades arquitectónicas. Ron Wood toca la guitarra. La paz sea contigo. En la siguiente reencarnación será el truco y la suerte. El sonido de los árboles en la noche. Y la furia capaz de robar tu alma. En esta etapa del largo camino soy quien descubre tus fotografías y se fascina. El torpe. El intento y la búsqueda.

Dime

Dime que no he sido yo quien te hizo sangrar. Dime que no fue mi violencia. Que no fueron mis palabras. Dime que no te he hecho daño con mi torpeza y mi ansiedad. Dime que no lo he arruinado todo llevándote de un lugar al otro detrás de sueños imposibles. Dime que soy más responsable de tu felicidad que de tu angustia. Dime que contestarás mis cartas. Mis indirectas. Dime que volveremos a brindar. Y planificaremos fines de semanas sentados en el pasto. Dime que hay tiempo.

No vendrías

No vendrías hasta el fin del mundo si no me quisieras. Con tu vestido de flores. Tu cabello negro al viento. Tu mirada sabia. No vendrías a conocer el temblor de las nubes que caen sobre nuestras espaldas. No vendrías a encontrarte con los imposibles que te asaltan a cada minuto en cada camino. No tendrías el gesto del primer conquistador en el rostro. La electricidad en el cuerpo de quien lo está entregando todo. El corazón. El iris de los ojos. Todo. No serías un angel en el cuerpo de un demonio. No sabrías quien soy ni quien eres tú cada mañana.

Ser nada

De los besos que dimos. De los que nos negaron. De la piel de los otros. Del aroma del cuerpo recién salido de la ducha. De los perfumes que nos trasladan. De las palabras que atraviesan nuestra corteza cerebral. De las caminatas en silencio. De las crisis. De los hijos. De los sueños que realizamos. De los sueños pendientes. De las casas que construimos. De los deseos que se derrumban. Del vino goteando en los pezones. De la sal justa en las comidas. De la elegancia de una mujer andando. Del juego de los cielos. De los laberintos de la Tierra. De las películas que amamos. De las series que se fugan del cable. De la mentira irreconocible. De la verdad curiosa. De los paradigmas. De los relatos a oscuras. De la respiración entre demonios. De las espadas en llamas. Del propósito. Del ingenio. De ir y venir. De crecer y envejecer. De planificar e improvisar. De armar y romper. De fugarse y extrañar. De ser y ser nada.

Libros encontrados

Publicado en Río NegroDetrás de la vidriera de un videoclub de barrio, junto a un desordenado universo de cachibaches tales como sacapuntas, cartucheras y juguetes “Made In China”, esperan su turno al olvido libros de los más diversos autores. Deben ser unos doscientos. Pero de ellos hay por lo menos 50 a 60 títulos que reconozco. Algunos me interesan bastante, otros llaman mi atención por lo pomposo de sus nombres y los demás me dejan indiferente. No tardo en consultar si se venden como todo en este lugar tan estrecho. Se venden, claro. Y muy baratos. De inmediato compro dos que corresponden a volúmenes que alguna vez tuve y perdí o que siempre quise poseer por cuestiones personales y jamás encontré en las librerías comerciales. Uno de ellos -lo compro por 6 pesos-, es “Matar a un ruiseñor” de Harper Lee. Mis razones para fundamentar la compra son básicamente que es ella la autora ganadora del Pulitzer que acompañó a Truman Capote en su investigación por los asesinatos que luego el escritor iba a retratar en “A sangre fría”. De este simple dato me enteré tras ver las películas que salieron a propósito del tema: “Capote” e “Infamous”. No antes.

Como soy de reincidir y de ver muchas películas por semana, placer que se retroalimenta gracias a la vocación de compra de estrenos en los Estados Unidos de parte del dueño del comercio, no he dejado de adquirir libros en cada ocasión que visito el video. Ya debo ir por los 30 más o menos. Después de mi paseo habitual por las estanterías de las películas, me dirijo al sector de chucherías y veo qué libro puedo rescatar de esa prisión tan extraña. Estoy convencido de que los libros hablan, susurran, y en ocasiones hasta se esconden. Estos en particular no, estos no se esconden sino que al igual que cachorros enjaulados saltan y dan vueltas mostrándome las posibilidades que ofrecen sus hojas. Debo estar loco pero soy incapaz de resistirme a la tentación de llevarme algunos y de depositarlos junto a los muchos que tengo en mi casa. La mayoría de estos rescatados no serán leídos por mi. Sin embargo, sé que unos pocos se transformarán en material de lectura sesuda o apasionada.

Recuerdo que hace ya muchos años comencé a visitar una viejísima librería que estaba por cerrar en calle Paraná. Los libros estaban desparramados en perfecto desorden y tapados en parte por montones de basura que habían acumulado los años. El lugar décadas atrás había sido una imprenta y el aroma a aceites provenientes de la gráfica, de plomo mezclado con orín volvía insoportable permanecer allí demasiado tiempo. Pero había buenos títulos. Uno de ellos era “La rubia del bar” de Raúl Núñez. Un libro que por diversos motivos me vino a la justa medida en el momento oportuno. La novela de Nuñez relata los días grises de un buscavidas que se debate entre el hambre, el amor y la necesidad espiritual, vital, de escribir su primera novela. “La rubia del bar” está construida en un lenguaje sencillo, austero e intenso. Pensé mucho en si este libro era autobiográfico puesto que me sentí identificado con su historia y sus circunstancias. Algo que de plano nos ocurre con las novelas escritas con la sustancia de aquello que nos mueve. Por lo menos tres veces la leí de corrido en aquellos años salvajes imaginando qué sería del autor. Las palabras de Núñez lo sobrevivieron hasta mi casa para mostrarme un destino y un poco de diversión en medio de la tormenta.

El escritor argentino murió en 1996 -yo compré el libro justo ese año- a los 50 años y no me enteré hasta hace muy poco de su fallecimiento. Quién diría que un libro entrañable iba a ser encontrado en un lugar tan patético. Más raro aun es que meses después de mi compra, un artículo de “Clarín” reveló que aquella oscura librería, ex imprenta, había sido uno de los primeros lugares de trabajo de Roberto Artl, con lo cual el bodegón sin mística perdió su anonimato y sus libros subieron de precio.

A principios del 2007 una señora, que heredó una casa al lado de la de mi madre, le hizo un pregunta que la conmovió: “¿Le gustaría quedarse con unos libros que encontramos en el entretecho?”. La respuesta fue un enorme si, y como era lógico, estos vinieron a recalar a mi biblioteca. ¿Que hacían cerca de 50 libros escritos en inglés en un entretecho? ¿Quién los había comprado? ¿Y por qué los habían abandonado? No me tomé el trabajo de averiguarlo aunque sé que la antigua dueña del lugar era de origen escocés. Violeta. Muchos tienen alrededor de 50 años o más. Hay varios de Agatha Christie. Uno de ellos que estoy observado en este momento, “4.50 From Paddington”, tiene tapas verdes, fue editado en 1957 y pertenece a un Club de Lectores de Londres. Del video club también rescaté un libro de la dama del misterio inglesa, “El pudding de Navidad”, pero en castellano, entre otros de Jack London, Henry Miller y Robert L. Stevenson. Una firma al comienzo de cada novela indica que le pertenecieron a Francisco Cárcamo, quien por algún motivo se deshizo de sus pequeño tesoro. Yo también he vendido muchos alguna vez. Son cosas que hice para alivianar cargas aunque no tardé en ponerme nuevos volúmenes en la mochila.

Los libros siempre terminan convocándose unos a otros.