Peluquera

El tipo era una bestia. Su cartel decía “Peluquería” y él ostentaba el título de peluquero del pueblo pero era un criminal de las lanas. Todavía no entiendo que motivos llevaron a mi madre a someterme a su impericia. A poner mi cabeza en el cepo. Desde el principio hizo todo mal y, al verme contrariado (porque a pesar de mis 8 años entendía qué estaba bien y qué mal en este rubro) se puso nervioso. Terminé convertido en un extraño fenómeno de circo. Un punk perdido en la Patagonia.
Eso fue un sábado a la mañana. Pasé todo el domingo encerrado en mi pieza. Perdido al interior de un enorme gorro de lana que juré no volver a sacarme jamás. El lunes temprano me enfrenté a la cruda realidad: debía regresar a clases y poner cara poker cuando todos, incluidos el profesor, se mataran de risa con lo que le había pasado a mi pelo. ¿Cómo me veía? Lo recuerdo bien, tenía manchones blancos por toda la circunferencia de mi cabeza. Era un pelota de fútbol a la que le había crecido un césped caótico. Entré al aula provisto de mi gorro. Por supuesto, el profesor no tardó en recriminármelo y me mostré: estaba desnudo. Sorpresivamente no escuché ninguna carcajada. Tan dramática se veía la cosa que la mayoría de mis compañeros sólo atinaron a dejar escapar un: ¡oh!. Cómo si hubieran sido testigos de una tragedía. Como si alguien hubiera errado un penal en el minuto 90. Al final, si, vinieron las cargadas que duraron lo que mi corte de pelo.
Podría pensarse que no tuve suerte. Aunque tal vez, 30 años después, yo sea capaz hacer otra lectura de los hechos.
Como era de esperar, después de semejante experiencia me negué a repetir una visita al laboratorio del Dr. Frankestein. De inmediato corrí a los brazos de una mujer. Una agradable mujer, dicho sea de paso, que administraba además de un pequeño, pequeñísimo salón de cortes (sólo entraba una persona por vez), un kiosko y un restaurante: “El Beagle”. Sin premura me atendida cada principio de mes, apenas interrumpida por un pibe que quería comprar chicles o un vecino que repetía su vaso de vino. Juntos establecimos un trato. Escribimos en el aire una ley que se mantuvo imperturbable hasta que me marché de mi pueblo: como de todos modos mi pelo crecía lentamente, ella sólo se ocupaba de mantenerlo a raya. Cada corte era un acto de jardinería. Mojaba sus manos primero y con ellas mi pelo. Podía sentir su respiración pausada. Luego, con el filo de una hoja, avanzaba lentamente por las puntas. De pronto, como si el tiempo se hubiera esfumado, terminaba. Cuando muchos años después vi “El marido de la peluquera”, me acordé de mi estimada amiga de dedos gruesos y suaves.
Vaya uno a saber porqué extraños motivos, todos estos pensamientos florecieron la pasada madrugada. Me permitieron entender algo. Un algo que me cuesta explicar aquí mismo pero que está relacionado con una sutil forma del respeto que nace al interior de las personas y emerge por los poros de su piel. Somos seres dotados de una gran capacidad de comunicación, y esta funciona incluso si la negamos o la subestimamos. Somos un relato irreprimible que se cuenta a través de las expresiones y los modos.
La peluquera que toma como un tesoro tus cabellos maltratados. El mozo que te sirve un café con una sonrisa o el profesor que le dice a sus alumnos -tal cual escuché hace unas horas- “chicos, les doy las gracias por el esfuerzo que han hecho”, conforman y equilibran el mundo. Lo vuelven en un escenario mejor.
Supongo que uno necesita de los torpes para apreciar a quienes tienen la virtud de hacernos sentir bien. Y que los malos momentos deben ser considerados pruebas para el alma. Amar no es más que la respuesta infinita a la posibilidad de odiar.

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