El ladrón regresa: Robin Hood

“Robin Hood” es la profecía autocumplida de Ridley Scott.
Hace unos años, después de haber cosechado largamente el éxito de “Gladiator”, el director predijo la vuelta de “El Español”, aquel guerrero que antes de morir asesina al emperador Maximus con su propia espada. “No sé cómo vamos a hacer pero va a revivir”, dijo Scott, palabras más, palabras menos. Pues, aquí lo tienen, se llama Robin Hood y vive oculto en lo profundo de un bosque.

La historia del ladrón que roba a los ricos para alimentar a los pobres ha sido presentada muchas veces por el cine. Quizás demasiadas. Los resultados nunca fueron sobresalientes. A lo más, pasables. Ya encarnaron al personaje de dudosa estirpe histórica Sean Connery y Kevin Costner, sólo por mencionar dos estrellas del cine contemporáneo. Son dos esfuerzos malogrados pero, al fin del cuentas, es lo que Hollywood quiso y lo que Hollywood quiere.

Robin Hood se puede enmarcar dentro de una larga lista de nuevas versiones de películas y series que funcionaron en décadas pasadas y que comenzarán a verse a lo largo del 2010.

“Los cazafantasmas”, por ejemplo, tendrán su remake y, a menos que convenzan a Bill Murray de sumarse al elenco, seguramente será otro experimento lamentable. Ya volvió “Fama” que pasó con pena antes que gloria por la pantalla grande.

Volvamos a los orígenes del personaje que son pretéritos. En rigor, nada indica que Robin Hood haya existido. Diversos cantos populares, entre los siglos 12 y 13, lo ubican a la cabeza de un grupo de mercenarios que desquiciaban el cotidiano devenir de los miembros de la aristocracia inglesa. Se dijo de él que era un caballero devenido en justo luchador de los necesitados, un cruzado, o incluso un hombre común que llegó a transformarse en símbolo de su época con una fuerte faceta solidaria. Por llamar de algún modo su vocación por el crimen. La verdad es que su biografía está poblada de supuestos.

Muchos años después de los cánticos laudatorios, Walter Scott y Alejandro Dumas lo incluyeron en sus exitosas obras literarias. Y muchos pero muchos años más tarde alguien encontró documentos que prueban que un fugitivo del siglo 12 vendió sus muebles en York. ¿El nombre de quien figura en dichos papeles? Robin Hood.

Scott, un gran director y un buscador de experiencias adrenalínicas, no hizo demasiado por cambiar el curso del relato principal. No era necesario. Si algo sabe hacer el hombre que filmó “Aliens, el octavo pasajero”, es dejar su huella. De modo que podemos adelantar que todo está en su lugar: Robin roba, corre y lucha. Los malos hacen básicamente lo mismo pero, claro, son malos.

Es el siglo 12 y Sir Robin Longstride, un destacado arquero al servicio de Ricardo Corazón de León, lucha junto a su rey en contra de las tropas francesas. Cuando éste muere, decide volver a su lugar origen: una villa en el norte de Inglaterra. El problema, y sin problema no hay historia, es que el caballero se encuentra con que un sheriff (Matthew Macfadyen) está oprimiendo a la gente del lugar. También descubre el amor en la figura de Lady Marian (Cate Blanchett), una bella mujer que acaba de enviudar. El camino de Robin no es una picardía: convertirse en un paria, habitante de los bosques de Sherwood, empeñado en robar a los explotadores para repartir entre los humildes. Hasta le quedarán unas horas libres destinadas a seducir el noble corazón de la chica medieval de moda.

Russell Crowe ha asegurado ser un verdadero fanático del personaje, un rebelde como él mismo que en la vida real resuelve a las trompadas sus encuentros con los paparazzis, por lo que se pasó casi un año leyendo libros acerca de la leyenda.

Lo cómico del asunto es que mientras leía, se le olvidó que debía bajar los muchos kilos que había aumentado para su anterior película “Red de mentiras” (otra de Scott). Por lo que la filmación fue suspendida y tuvo que adelgazar con la ayuda de un preparador físico de la NBA enviado por la Universal. El actor también practicó cuatro meses tirando con arco y flecha, al punto de acertar en un blanco ubicado a 45 metros de distancia. Como sea, en la película se lo ve bastante gordo.

El filme fue realizado en escenarios naturales. Lugares como Freshwater West, Pembrokeshire, Wales, Ashridge Estate, Little Gaddesden, Bourne Wood, Dovedale, Ashbourne y Derbyshire forman parte de la lista. La película, producida por un estudio norteamericano de Los Ángeles, tendrá un indiscutible sabor anglo aunque su protagonista haya nacido en Nueva Zelanda y la dama en cuestión en Melbourne, Australia. ¿Dónde están los ingleses se pregunta un amante del cine en un foro dedicado a la película? Obvio, dónde.

Otro fan, que había visto un preestreno en Nueva York, asegura que la versión de Scott le había gustado porque le parecía entretenida (¿para qué está el cine sino?, se preguntaba él) pero que “el guión, los personajes, las bromas, las escenas de acción y la cinematografía toda son copias de lo que ya se ha hecho antes”. Sobran los comentarios acerca del comentario.

La lista de “Robins” es tan extensa como disparatada. Cómo olvidar aquel de los estudios Disney’s con Brian Bedford en la voz de un zorro sospechosamente parecido a Robin Hood. O al “Robin de los bosques”, con Errol Flynn. O, tal vez olvidar sería lo mejor en este caso, “El príncipe de los ladrones” con Kevin Costner, y esas flechas que ¿portaban? una minicámara capaz de reflejar su preciso andar.

A Ridley Scott el personaje nunca le entusiasmó. Cuando fue preguntado por cual era su película favorita aseguró que “Las locas aventuras de Robin Hood” (en inglés se llamaba “Hombres en medias”), de Mel Brooks sobretodo por la cómica caracterización de Cary Elwes. ¿Recuerdan el cruce a nado de Robin entre un continente y otro y que al llegar a Inglaterra (donde lo espera un cartel estilo Hollywood) grita “Home! Home!”? ¿Y cuando el joven arquero mantiene una ridícula pelea con el Pequeño Juan que termina con este último en un charco suplicando auxilio? ¿O las coreografías musicales tan cursis? ¿O de cuando él y su grupo le reparten muy femeninas medias verdes a sus futuros secuaces? ¿Si? Pero esa es otra película y para verla habrá que ir a la casa de video más cercana.

En esta, la de los estudios Universal, la del gran Ridley Scott, la protagonizada por una estrella que cobró 20 millones de dólares por poner el cuerpo (y un porcentaje en las ganancias), las cosas se tornan serias. Acá nadie se está riendo. Acá no hay chiste.

Entonces veremos a Crowe gritando sus ganas de libertad como un loco, con el rostro ensangrentado, la espada en alto y acertándole sin mirar con su flecha al ojo de un águila.

Esto sí que es Hollywood.

Publicada en Río Negro

Películas para el fin de semana

 

Asfixia
Aunque trata de mostrarse como una comedia accesible, este filme basado en una novela del, por cierto, nada accesible Chuck Palahniuk, está muy lejos de resultar un pasatiempo. Tiene humor, si, y del bueno, pero al mismo tiempo desarrolla una teoría acerca de las obsesiones que atormentan a la condición humana que a medida que avanza el argumento va volviéndose, efectivamente, asfixiante. En el protagónico, como Víctor Mancini, un enfermo del sexo, ese talentoso actor que es Sam Rockwell y junto a él Anjelica Huston y Kelly Macdonald. Dirigida por Clark Gregg.
Adoration
Un filme que viene con muchos pergaminos y buenas críticas. Lo cual, en ocasiones, no garantiza nada. Adoration es un filme bien construido. Una idea que seguramente corría por ahí desde hace años: un chico cuenta en clases que su padre es un terrorista. El problema es que aunque la trama tiene su efecto, pierde sentido en la medida en que comienza parecerse demasiado a una novela mexicana. O a la vida misma. Y la idea del cine de ficción es ser capaz de separar estos dos hemisferios. Aquí lo que al principio tiene cuotas delirantes admisibles al final se sale de rumbo. La mujer termina siendo la esposa y el hijo el ahijado de. En fin, lo de siempre. Dirigida por Atom Egoyan. Con Arsinée Khanjian.
La carretera
Indefectiblemente esta película nos lleva a pensar en “Leyenda” (aquel filme de vampiros con el rapero devenido actor Will Smith) y en “28 días”, aquella divertida película apocalíptica sobre un mundo poblado de enfermos rabiosos y hambrientos. “La carretera” también relata un planeta despojado en el que ya no queda casi nada. Excepto algunos inocentes y las bandas de terroristas que sólo quieren sobrevivir haciendo sufrir al escaso prójimo que anda suelto por ahí. La película está basada en una novela de Cormac McCarthy (¿recuerdan “No es país para viejos”?). Con la actuación correcta, como siempre, de Viggo Mortensen. Dirigida por John Hillcoat. Al final, deja un extraño sabor en la boca, más parecido al “gusto a poco” que al “gracias estoy satisfecho”.

La era del hierro

 

Un gran negocio y una resurrección. De eso hablamos cuando hablamos de la segunda parte de “Ironman”.
Un gran negocio porque aunque el foco estará puesto por unos meses en la secuela del filme dirigido por Jon Favreau, la verdadera mina de oro queda ubicada un poco más lejos. Se trata de un proyecto ambicioso y millonario del que “Ironman” forma parte como la pieza esencial de un complicado rompecabezas.
Aún no estrenada la continuación (el 30 de abril en el mundo hispano, el 7 de mayo en Estados Unidos) ya se hacen conjeturas acerca de una tercera parte que tardará en llegar. Antes de eso –en el 2012– Marvel Comics tiene pensado dar a luz el primer capítulo de “The Avengers” (“Los Vengadores”), donde reunirá a “gente” como Capitán América, Thor y Hulk (el increíble).
Pero volvamos a “Ironman 2” y a la resurrección definitiva de Robert Downey Jr.
El secreto ha sido revelado: Tony Stark es (y lo disfruta como sólo él sabe hacerlo) Ironman, el nuevo héroe de la sociedad americana.
El gobierno de Estados Unidos, sin embargo, no está demasiado feliz con la noticia. Más aún tomando en cuenta el currículum de rebelde incorregible con que carga. Dentro de cierta lógica vinculada con la seguridad nacional, en una audiencia pública le exigen al genio millonario que entregue los archivos secretos de esta flamante arma. Como es de esperar, Stark se niega: “Es mi propiedad ¡No pueden tenerla! Pero les prometo que trabajaré por la paz mundial”. Y los aplausos del numeroso público presente estallan al unísono.
Rodeado de su habitual glamour, ahora recargado con la gloria sobrehumana que le provee su armadura, Stark no imagina que entre las sombras se gesta una trama devastadora.
Mientras aparece como invitado en shows de televisión (Larry King lo entrevista como es lógico en estos casos) o asiste a exposiciones vinculadas con su excepcional invento y a cócteles varios donde las chicas de turno lo persiguen con los ojos en llamas, el siniestro Ivan Vanko (Mickey Rourke en otro papel a su medida) construye en silencio la pieza de energía maestra que alimentará otra estructura igual de poderosa que la de Stark.
La maldad de Vanko hará olvidar los truculentos planes del ya fallecido Obadiah Stane (Jeff Bridges). Desarrollará su propia versión de la armadura de Stark a la que le sumará dos látigos capaces de seccionar cualquier cosa con la que tomen contacto. Durante el Gran Premio de Montecarlo, del cual Stark participa, Vanko aparece disfrazado de asistente mecánico sólo para revelarse como un feroz contrincante que divide en dos el automóvil del millonario dejando a éste desparramado por el suelo.
Detrás del rostro y los músculos de Vanko se esconde otro enemigo temible. Se trata de Justin Hammer (el talentoso Sam Rockwell), un millonario competidor de la época en que Stark Industrias vendía armas que no puede con su envidia y sus ganas de conquistar el mundo. En el medio estarán como siempre Pepper Potts (Gwyneth Paltrow) y James “Rhodey” Rhodes (Don Cheadle), dos amigos de fierro para un hombre ídem.
También tendrá su papel en la trama SHIELD, la organización gubernamental (¿o paragubernamental?) encargada de fiscalizar el desarrollo y la aparición de nuevas armas en el mercado. Samuel L. Jackson interpretará a Nick Fury, su director; el buen actor Clark Gregg aparecerá otra vez como el agente Coulson y Scarlett Johansson interpretará a una seductora Natasha Romanoff también llamada Black Widow.
Con el paso de las horas los enemigos de Stark se volverán tan fuertes que al magnate no le quedará otro remedio que compartir su tecnología. Lo hace con su gran amigo “Rhodey”, quien ya la vez anterior se había sentido tentado de meterse en un traje a medio terminar. La batalla final es un típico lujo “made in Hollywood”.
Para cuando “Ironman 2” llegue a la pantalla grande en unos días, Marvel y Paramount habrán gastado alrededor de 100 millones de dólares sólo en promociones. Sin dudas, todos triunfarán: los estudios, Marvel Comics y, por supuesto, Robert Downey Jr., de regreso al paraíso donde viven las superestrellas.

Las razones detrás del Oscar

El hijo pródigo o por qué perdió James Cameron: Debe inferirse que Hollywood castigó este domingo a uno de sus hijos predilectos. Y lo hizo con dureza. James Cameron fue el gran perdedor de la jornada. Su millonario filme perdió la contienda frente a otro de bajo presupuesto, dirigido por Kathryn Bigelow. Mientras su figura de coloso imbatible se hundía en lo profundo de su butaca, Bigelow se convertía en una figura histórica: la primera mujer en ganar el premio a la Mejor Dirección. Ya era hora.
Pero esta ceremonia no fue una representación amable de la guerra de los sexos (aunque tuvo una pizca de ello) sino algo muy distinto. Los Oscar tenían entre manos una compleja discusión que dividía aguas. Cameron ya atravesó las fronteras de lo establecido en procura del éxito. Eso no puede negárselo nadie. El siguiente filme del director tampoco se quedará corto de presupuesto. Sin embargo, su vocación de cambio y experimentación atentan contra el componente actoral, entre otras áreas de la industria. Todo aquello que hace tan increíble a “Avatar” pone en riesgo el protagonismo de una parte del sistema de producción tradicional. Cameron comenzó una tarea que acaso un día se vuelva un mandato. Los alteregos digitales terminarán reclamando un espacio en la pantalla. Se volverán reales ¿Recuerdan la polémica que surgió a partir de “Final Fantasy”? Bueno, Cameron ha zanjado el tópico y ya puede considerarse un pionero en la materia. El otro aspecto, que define su visión como artista y empresario, está relacionado con su debilidad por los efectos especiales que le implican rodearse de diseñadores multimedia y programadores, antes que con técnicos de todo tipo: recreadores de realidades en miniatura (lo usual). Programadores o dioses de un Olimpo en donde ningún encuadre, ángulo, forma o color parecen imposibles. En su compañía, Cameron está llevando al cine hacia un nueva dimensión. Y al tiempo que avanza, abarata costos.

La primera mujer o por qué ganó Kathryn Bigelow
: Kathryn Bigelow tiene el raro honor de ser la directora de un filme de culto: “Punto de quiebre”. Y si el honor es raro, el filme protagonizado por los entonces ascendentes Keanu Reeves y Patrick Swayze, es también un ícono generacional extraño. Cuenta la historia de una suerte de profeta del surf que para financiar su estilo de vida -playas, chicas y alcohol- se dedica a asaltar bancos. La carrera de Bigelow, ha estado marcada por la variedad. Es de las pocas damas de la industria que se ha atrevido a portar armas, cinematográficamente hablando. No ha temido involucrarse en temas masculinos. Con “Vivir al límite” tenía bastante a su favor aunque la taquilla no la había favorecido. “Vivir al límite” es un filme elaborado con talento y altas dosis de tensión (unos chicos locos desactivando bombas en Medio Oriente), un detalle que siempre ha gustado en Hollywood. Su relato, un hecho hasta ahora no planteado acerca del conflicto de Irak, vino a iluminar una zona oscura de la historia militar americana. Bigelow, además, resultó elegida por la industria como la primera mujer, a horas del Día Internacional de la Mujer, en llevarse el Oscar a la Mejor Dirección. Un mérito que tuvo como anécdota subyacente su pasado matrimonio con James Cameron. Su directo competidor. Elementos, todos ellos, como para hacer otro filme interesante.

Un argentino encontrado por Hollywood o por qué ganó “El secreto de sus ojos”
: La industria televisiva y cinematográfica, pero sobretodo la primera, conocen bien a Juan José Campanella. Para más datos, Campanella dirige habitualmente episodios de “La ley y el orden”, la ya clásica serie de televisión americana que posee un récord de temporadas en el aire, y de un súper éxito como “Dr. House”. Mientras agita la varita mágica de la pantalla chica, junta plata y prestigio para dirigir en la grande. Lo ha hecho con suerte y elegancia. Campanella no es un director osado (ni mucho menos un revolucionario) sino un tipo inteligente, dotado de una especial sensibilidad, la cual le ha permitido de leer el gusto colectivo de miles y miles de latinoamericanos. Después de “El hijo de la novia” (nominada a los Oscar en 2002), “El secreto de sus ojos” es un logro de dirección aún mayor. El filme, protagonizado por el gran Ricardo Darín, funciona en varios niveles. Posee la debida cuota de textura latinoamericana, imprescindible para atraer a un jurado extranjero y a un público, ya sea nacional o foráneo, que quiere darse cada tanto una pátina de cine profundo más no soporífero, sin excluir el suspenso y la adrenalina, condimentos propios de la cultura americana. Con tales componentes Campanella hizo un filme ganador.

Publicado en “Río Negro”

El regreso de los fantasmas

En una película ya olvidada, Tom Witzky, electricista, residente de un típico barrio clase media americana, le desliza una frase a su esposa que refleja el sentir de buena parte de la sociedad de ese país.
Decía Witzky, interpretado por el gran Kevin Bacon en un filme llamado “Ecos mortales”: “Pensé que mi vida iba ser, no sé, más interesante, no tan común”. Y el gesto que hace Kevin-Tom, la inflexión de su voz, la sinceridad con que suenan sus palabras, desarma a cualquier espectador. Alcanza para sostener una película mediocre. Poco después de esta confesión a Tom comienzan a sucederle cosas extraordinarias.
En el transcurso de una cena, una amiga lo hipnotiza y producto del trance, este trabajador del radio suburbano que soñaba con ser estrella de rock, se vuelve receptivo a las llamadas de un espíritu que no descansa en paz.
Hace diez años de aquel filme y en el medio pasaron unas cuantas cosas. Entre ellas el 11 de septiembre, las guerras consecuentes, el estado de tensión inalterable y la crisis económica mundial, y sobre todo americana.
Durante la última década Hollywood hizo su propia lectura de la realidad: todo este tiempo el enemigo estuvo afuera. Los filmes de extraterrestres son catalizadores del impulso patriótico en el país del norte.
Un ente foráneo invade fronteras, traspasa seguridades y finalmente sucumbe ante la inteligencia terrícola: la guerra contra el mal, tal como la llamó palabras más, palabras menos George W. Bush tuvo sus metáforas en la pantalla.
No es que los tiempos se hayan vuelto ni prósperos ni demasiado estables. Sin embargo, la recuperación está en marcha. O eso dicen.
Entonces, pasemos a otro tema. A otra película.
En tiempos de paz relativa, el debate interior vuelve a aflorar. Y en ese núcleo duro hecho de psicología profunda, Dios, Satanás y los ángeles de ambos, siempre tienen un guión para deslizar debajo de la puerta.
La vocación religiosa de los Estados Unidos no es una noticia caliente pero la densidad con que ésta se desarrolla tiene un correlato en las encuestas (que la avalan entre jóvenes y adultos) y en la industria del entretenimiento.
A Tom Witzky le había tocado una vida tranquila. Pero su apertura a ese “más allá”, habría de complicarle los días para que su vida no fuese tan normal. Según la industria lo peor ha pasado, ahora sólo queda esperar un cambio climático devastador, que se cumpla una profesía maya (en el 2012 estaremos en condiciones de comprobarla) o que un espíritu invada el hogar dulce hogar de todos los días (la más accesible de las hipótesis catastróficas).
Lo bueno de los espíritus es que siempre están dispuestos a hacer sufrir y sufrir ellos mismos las consecuencias de su relación con los humanos de carne y hueso. Una nueva avalancha de filmes en los que los fenómenos paranormales son protagonistas ha salido disparada de la gran factoría de ilusiones, no sin cosechar éxitos de audiencia.
La misma vieja historia
Uno pensaría que a todos nos gusta que nos cuenten una buena historia más de una vez. Aunque ésta en particular ya comienza a ponerse un poco pesada.
Un individuo común y corriente debe soportar el acoso de un espíritu que busca venganza o al menos cierto grado de reivindicación.
Eterno déjà vu guionístico: el espíritu ha sido víctima de un homicidio. Sólo en los últimos 15 años hemos visto filmes tan pero tan similares los unos a los otros: “Agua turbia” de Walter Salles, con Jennifer Connelly, la mencionada “Ecos mortales”, “Revelaciones” (What Lies Beneath), con Harrison Ford y la más reciente y última de quien dirigiera “El proyecto Blair Witch”, Daniel Myrick, “Miedo al amanecer”. En todas ocurre (exactamente) lo mismo.
El elemento esotérico
No se trata tanto de abulia creativa como de una condición argumental impuesta por la propia sociedad. El elemento esotérico viene a transfigurar lo cotidiano. Sin llamar a la revolución, el espíritu ensalza el devenir. Hace menos soporífero el vacío existencial que establecen horarios, pautas sociales e hipotecas.
“Miedo al amanecer”, de Myrick (que con este filme precisamente no ratifica su proyección como director), se suma a los flamantes “Arrástrame al infierno” de Sam Raimi, en el que eje está puesto en la maldición de una gitana (una idea que ya vimos en “Maleficio” la novela de Stephen King de la que, obvio, se hizo una película) y “Actividad paranormal” de Oren Peli, un verdadero símbolo del cine de terror contemporáneo. El filme de Peli costó miserables 15 mil dólares y se estima que recaudo unos 142 millones de dólares.
¿No les recuerda algo? Si, lo mismo ocurrió con “El proyecto Blair Witch”, y la campaña de “Actividad paranomal”, aunque internet evolucionó bastante desde que “El proyecto” hiciera su sorprendente aparición, utilizó el amplio abanico de recursos que ofrece hoy la net.
La idea de la normalidad puesta en el territorio crudo de una cámara de video ha dado una vez más buenos dividendos. Acaso porque como ningún otro truco cinematográfico éste establece una nexo fluido entre ficción y realidad.
Una parejita de simpáticos americanos se enfrenta a un espíritu que quiere robarse a uno de ellos. Robárselo de modo literal. na cámara de video es testigo de una relación que se va volviendo cada vez más virulenta.
Sin importar cuan conscientes seamos del recurso, la cámara ejerce un efecto depurador. Okay, es mentira pero es una cámara video ¿no?. La misma que se usa para registrar casamientos y cumpleaños ahora puede revelar la presencia de un demonio.
La aparición de personajes supuestamente especializados en estos menesteres y que no desean ser parte del aquelarre, ayuda a que el guión se vuelva aun más creíble. Una vez más la verdad es atravesada por la duda.
Y la realidad siempre es capaz de superar la imaginación. Pocos días después de la muerte de Michael Jackson, una cámara de CNN captó una rara sombra en el interior de Neverland.
El hecho fue comentado ampliamente en el programa de Larry King uno de los de mayor audiencia en los Estados Unidos. Realidad o simple juego de espejos, lo mismo da, lo cierto es que el fantasma como hecho ficcional, como orilla de playa de una verdad profunda, se hizo cuerpo por un segundo.

Robots, chicos malos y condenados

Terminator Salvation

Terminator es una de esas pocas sagas que resiste bien el tiempo y las sagas, claro. Después de un nada prometedor tercer capítulo “Rise of the Machines”, llega esta protagonizada por el gran Christian Bale. Bale le otorga nueva vida al personaje de John Connor. El guión lo ayuda bastante. La historia ahora involucra al legendario líder de la Resistencia y a un robot que curiosamente no sabe que es un androide con un destino marcado. Colosales escenas de acción con increíbles efectos especiales, (algunas de las persecuiones en la autopista refieren directamente a Matrix), buen trabajo actoral y una tensión que no baja un milímetro a lo largo de todo el filme, son los componentes de esta heredera de una tradición cinematográfica que empezó en los 80 con aquel filme dirigido por James Cameron. Los fans además podrán, por fin, ver en acción y en su propio medio ambiente (el futuro apocalítico) a algunos de los viejos modelos de Terminator como el T 600. Dirigida por McG. Con Christian Bale, Sam Worthington y Helena Bonham Carter (en un minúsculo papel), entre otros.

La isla de los condenados

No será ni la primera ni la última “carrera de la muerte” a la que asistamos, gentileza de Hollywood producciones. Al menos no se trata de la peor de todas. En materia de acción el filme contiene algunas horrorosas escenas que podrán disfrutar sólo aquellos adeptos a este cine de lucha libre que cada vez se acerca más al “Gore”. Sin embargo, la película contiene una interesante línea argumental: un magnate que quiere convertir una competencia mortal en un éxito no de televisión (si, no de televisión) sino de internet. Cualquier espectador que pretenda ver las alternativas de “la isla de la perdición” (habitada por 10 desquiciados a quienes se les ha dado allí su única oportunidad de salvación) debará abonar una cifra con su tarjeta de crédito. Luego de esto, que la fiesta del horror comience. Y, les aseguro, si buscan escenas truculentas las encontrarán en abundancia. En el listón siguente tenemos a Rob Zombie (que no es el mejor programa para una mantiné precisamente). Dirigida por Scott Wiper. Con Steve ‘Stone Cold’ Austin, Vinnie Jones, Robert Mammone, entre otros adoradores de la fibra y los aminoácidos.

Sangre fría (The Lost)

Esta es la historia de un chico que usaba latas de cerveza en las botas para parecer más alto. Con esta simpática advertencia da inicio el relato de uno de los personajes más antipáticos de la historia del cine. Con ustedes Ray Pye. El chico es el encargado de un motel americano y desde allí ejerce su cruel reinado. Un día quizo, por ejemplo, probar el vértigo del asesinato y no dudó en usar a dos adolescentes como conejillo de indias. Cuatro años después lo encontramos comodamente instalado en el motel de su madre dedicando sus horas a hacer lo que más le gusta perseguir: jovencitas, drogarse con la mayor cantidad de sustancias que encuentra, someter a sus amigos y obligarlos a traficar, tener sexo con él o simplemente escucharlo hablar sobre cualquier tema. “Sangre fría” es un filme independiente y por muy fuera de lo políticamente correcto y lo establecido. La crueldad de Ray puede sorprenderlos. Esta es la historia de un chico que usaba latas de cerveza en las botas para parecer más alto: quedan advertidos. Dirigida por Chris Sivertson a partir de una novela basada en hechos reales de Jack Ketchum (si, Ketchum). Con Marc Senter, Shay Astar y Alex Frost.

Río Bravo: el western perfecto

Se cumplen 50 años del estreno de “Río Bravo”, dirigida por Howard Hawks. Fue el primero de una trilogía que incluyó “El dorado” y “Río Lojo”, siempre con John Wayne como protagonistas. Para muchos se trata del wester perfecto.

La escena ha quedado subrayada en los libros de historia dedicados a los grandes western. El ayudante del Sheriff, Dude, víctima de una feroz resaca, entra por la puerta vaivén al bar en busca de un fugitivo al que acaba de herir en una persecusión callejera. Su amigo y jefe, John T. Chance, irrumpe desde atrás. ¡Todos quietos, las armas al suelo!. Dude, a pesar de su patético estado, asegura haber visto lo que todos niegan en el lugar. “Nadie ha entrado aquí”, le contestan con sorna. Luego comienzan las bromas pesadas. Recordando la adicción del ayudante, uno de lo parroquianos lanza una moneda a una vasija de metal, una de tantas que ha recogido Dude, en los últimos dos años, con el fin de pagarse un trago de whisky. El tiempo parece haberse detenido en el sitio incorrecto. El ayudante está a punto de quebrarse. Contrariado se acerca a la barra en la que descubre un vaso de cerveza sobre el cual ha caído una gota de sangre. “Después de todo si voy a tomarme ese trago”, le indica al cantinero y antes de que este pueda terminar de servirle, Dude gira con elegancia y velocidad y dispara certero hacia el cielo raso. Un único ¡Bang! y el fugitivo se desploma sin remedio. La conocida secuencia forma parte, por supuesto, de “Río Bravo” (1959), la primera película de la trilogía de Howard Hawks que se completa con “El Dorado” y “Río Rojo”. Cada una de ellas mantiene un mismo patrón de persanajes pero “Río Bravo” fue la primera. Y la mejor. Todo lo que se le pueda exigir a un buen western está allí. Más aun. Porque Hawks tuvo la inteligencia de sumarle elementos populares de un modo estratégico. El director apuntaló la figura emblemática de John Wayne con dos estrellas de la canción, el archiconocido Dean Martin (Dude) y el, por entonces, ídolo juvenil Ricky Nelson (“Colorado”). La trama posee un equilibrio notable entre la acción, el romance y una visión muy americana referente a los lazos afectivos que unen a los amigos. Básicamente: un malandra, hermano de un rico hacendado llamado Joe Burdette (Claude Akins), mata a un vaquero indefenso. Chace no duda en ponerlo en prisión, sin embargo, Burdette y sus muchos secuaces tiene otros planes. Sacar al pillo de las rejas por las buenas o por las malas, el primero. A partir de entonces, Chance se ve en la disyuntiva de entregar al malo del filme y ahorrarse problemas o de resistir hasta que llegue un juez con el apoyo de sus ayudantes: el borracho Dude (a quien los mexicanos llaman “borrachón” desde que se embriaga porque una mujer lo abandonó) y Stumpy (Walter Brennan), un abuelo cascarrabias, muy cómico, que no ve un burro a dos pasos y tiene problemas en una pierna. Con el paso de las horas, Chance encuentra apoyo en un nutrido y variopinto grupo de personajes, junto a los cuales, como es de esperar, finalmente triunfa. Es el turno de la bella Feathers (Angie Dickinson) y del autosuficiente “ Colorado Ryan” (Ricky Nelson). También están el dueño de un hotel (Pedro Gonzalez-Gonzalez) y su bonita esposa (Estelita Rodriguez). En “Río Bravo” los fanáticos del género tienen la posiblidad de ver a John Wayne en uno de sus mejores momentos actorales, ubicado en la edad justa para encarnar a un personaje cansado aunque sabio y listo tanto para amar como para luchar. Se lo nota realmente ágil en una serie de escenas en las que debe poner el cuerpo. El filme de Hawks fue estructurado como una sucesión de momentos de distinta intensidad que semejan el riel de una montaña rusa. Comienza en el absoluto silencio, puesto que durante toda la primera escena, en la que Dude entra a un bar poco menos que rogando por una moneda y que concluye con el disparo del hermano de Burdette a quemaropa, no se emite una sóla palabra. En contraposición, el filme termina con explosiones de dinamita y maleantes corriendo de un lado al otro. En el medio, están las bellas piernas de Angie Dickinson (alguna vez elegidas como las mejores del mundo), las risas descontroladas de Stumpy y las canciones de Dean y Ricky, una de ellas titulada: “My Rifle, My Pony, and Me”. No sería exagerado decir que estamos en presencia del western perfecto.

El Dorado y Río Lobo

Además de una gran película, “Río Bravo”, fue un buen negocio. Llegó a recaudar 5,5 millones de dólares. Es también uno de los fundamentos para que Howard Hawks filmara una segunda y hasta una tercera versión. Sin embargo, “El Dorado”, la segunda de la trilogía, se filmó recién en 1967. Su parecido con su antecesora es notable, al punto que sólo podemos entenderla como una remake. Una vez más John Wayne se rodea de un grupo de extraños personajes que lo ayudan a triunfar sobre los malos de turno. En esta oportunidad, Wayne comparte cartel con Robert Mitchum y un joven James Caan. En 1970, Hawks filmó “Río Lobo”, con un Wayne mucho más curtido. Acompañado por Christopher Mitchum (hijo de Robert), Jorge Rivero y Jennifer O ‘Neill, la misión vuelve a ser la misma aunque la caídas duelen más.

Michael Clayton

Como suele decirse en estos casos: la vida de Michael Clayton es un océano de contradicciones. Ha llegado a la mediana edad sólo para descubrir que no posee nada. Es dueño de una carrera, cierto, pero su papel como “hombre capaz de obrar milagros” en una de los bufetes más importantes del mundo, no termina de convencerlo. Clayton está muy lejos de ejercer la abogacía. Es más bien un limpiador, alguien que se dedica arreglar los desastres que hacen cada tanto los poderosos o los hijos, primos y amantes de los poderosos. Pero ya hablaremos de todo eso.
Volviendo a su situación patrimonial. Para cuando la historia comienza, Michael está tratando de salir como puede de un verdadero atoyadero. Meses antes, él y su hermano, un alcohólico redimido, habían puesto un restaurante en Manhattan. De un modo que no explica el guión, su hermano lo arruinó y el negocio se vino a pique. Ahora Clayton está 75 mil dólares abajo y su socio desaparecido en acción. No tiene el dinero, por supuesto, y ese no es el mayor de sus problemas.
Primero una urgencia: un colega del estudio llama a Clayton y le explica: tengo un cliente muy importante que acaba de atropellar a alguien. Representa la mitad de mis ingresos. ¿puedes arreglarlo, Michael?”. Si, claro que puede.
Ahora lo importante: su mejor amigo, Arthur Edens (interpretado por el excelente Tom Wilkinson) acaba de tener un brote psicótico y en una reunión en donde se diririmía parcialmente el futuro del caso más importante del estudio ha decidido desnudarse como una ofrenda a una de las demandantes. De hecho, la película comienza con la voz de Arthur, explicándole a Michael que de pronto se ha dado cuenta que no es un ser humano si no una pieza infecta expulsada por un organismo cuya única función es destruir la vida de las personas: se refiere a su bufet y se refiere a la empresa agroquímica que durante seis años él mismo ha defendido brillantemente con uñas y dientes.
También mandan a Michael a arreglar semejante desastre.
“Michael Clayton” fue escrita y dirigida por Tony Gilroy, quien tardó seis años en concretar el proyecto (si, los mismos seis años que lleva Edens facturándole horas a la empresa que representa). Se filmó en uno de los mayores estudios de abogados de Manhattan: Dewey Ballantine (hoy Dewey & LeBoeuf) ubicada en el Calyon Building de la Sexta Avenida.
El proceso de Gilroy fue largo y hasta cierto punto tortuoso. Tenía un buen guión -el hombre se especializa en ellos ha trabajado, por ejemplo, en la saga de Bourne- pero le faltaban los actores. Y, entre estos, necesitaba al menos a una estrella para obtener distribución internacional. La cosas se fueron dando: tuvo a Tilda Swinton, quien simplemente se apropió del papel en el que interpreta a una feroz ejecutiva, y luego a Tom Wilkinson, a quien le basta con ser Tom Wilkinson para llenar la pantalla. El guión le interesó a Steven Soderbergh y con él llegó George Clooney. Aquí viene lo interesante, porque aunque la producción deseaba fervientemente a un actor de la categoría de Clooney, la historia en sí requería que George Clooney actuara de cualquier otra cosa menos de George Clooney. No sé si me explico, si Clooney quería aparecer y enriquecer el filme sin dañar su delicada textura debía olvidarse que era un hombre encantador. Así fue. Con esa consigna esta estrella de Hollywood logró una de sus mejores y convincentes actuaciones. Al final, Tilda Swinton se llevó el Oscar a la mejor actriz secundaria y la película obtuvo otras nominaciones y críticas entusiastas.
Esto también suele decirse en estos casos: he visto Michael Clayton media docena de veces ¿Qué hay allí? Pues, Clayton es un homenaje a la capacidad de sobrevivir que tienen ciertas personas. Porque, en definitiva, eso es él, alguien que aun superado por las circunstancias sabe qué puertas tocar. Y cuando nada resulta, tiene un poco de suerte.
Cansado de su papel, en la bancarrota, a punto de cruzar el umbral de su presente en llamas hacia una crisis que lo enviará quién sabe a qué Purgatorios, Michael camina una fría madrugada, en el medio del campo, donde unos caballos pastan. Casi alcanza a tocarlos con las manos cuando su Mercedes Benz estalla en mil pedazos. Entonces vuelve corriendo y lo comprende todo: agarra sus documentos y su reloj y los lanza al fuego. Se vuelve un ser anónimo. Una vez más.

Coqueto Bruno

Homofóbico, misógeno, antisemita, admirador de Stalin y sexópata. Por si se lo perdieron, ese sería Borat. Y cuando aun no se han apagado las brasas por todo lo que provocó hace tres años este supuesto reportero de televisión de Kazajistán, ahora llega Bruno. Otra perversa, estúpida y divertida creación de Sacha Noam Baron Cohen. Hoy estrenó en los Estados Unidos “Bruno” o la historia de un periodista de modas austríaco que visita el Gran País del Norte. El resultado es un esperable océano de situaciones ridículas que ponen al germano fashion (“de la tierra de Hitler”, tal cual a Bruno le gusta aclarar) en el centro de la escena. Visceral y atolondrado, Bruno carga sobre sus delicados hombros prejuicios y complejos, propios y ajenos, que en cada diálogo terminan dándose codazos entre sí, y bofetadas a todo aquel que se le pare en frente. En síntesis: Bruno es una fastuosa contradicción de valores andante. Un poco como Borat: pero al revés (o algo muy por el estilo). Porque Bruno es gay pero al mismo tiempo nazi. Aunque, claro, es padre adoptivo de un bebé negro al que bautizó “con un típico nombre afroamericano”: O.J. Su personaje tiene una mirada deforme acerca de sí mismo y eso complica mucho más las cosas. Una deformación que también caracterizaba a Borat. Es esta extraña forma de naturalidad frente al propio exabrupto lo que hace tan revulsivos y desopilantes los personajes de Sacha Cohen. La mayoría de las entrevistas realizadas por Borat para su filme no contaron con la complicidad de los entrevistados sino que estos realmente creían que Borat era un periodista de un país perdido en Asia llamado, efectivamente, Kazajistán. Preguntas teóricamente anodinas eran acompañas por aclaraciones capaces de dejar mudo a un alma bien pensante. No todos los entrevistados poseían el código moral de Charles Ingalls: en un famoso rodeo americano, le aconsejan a Borat sacarse de encima su estilo “asiático” que lo convertirá en alguien impopular, unos estudiantes borrachos hacen comentarios sexistas a diestra y siniestra, y cuando Sacha arremete contra de los judíos pocas veces encuentra oposición en sus opiniones (¿qué arma me recomienda para matar judíos”, pregunta en un negocio del rubro. “Una 9 mm”, le responden sin dudarlo y con absoluta seriedad). Probablemente por eso se escandalizó tanto la clase media americana ante semejante personaje sacando a la luz pensamientos racistas o desagradables de parte de algunos de sus líderes sociales y vecinos de enfrente. Bruno es una extensión del cuerpo de Sacha Cohen. Un periodista torpe que no toma conciencia su apariencia (vestido con un atuendo tan erótico como ridículo, Sacha le asegura a un vendedor de ropa: “yo sé que es difícil de creer pero…soy gay”), dueño de un fantástico desparpajo que lo pone, por ejemplo, junto a una banda de americanos fanáticos de las armas, en el medio de un desfile de Alta Costura del cual es despedido a los gritos luego de armar un verdadero e increíble despelote, en un hotel con un honorable señor que se escandaliza al verlo en tanga, con una señorita experta en brindar placer y dolor la que lo somete en una -¡uy!- sesión de latigazos y, finalmente, en una serie “momentos” porno eróticos junto a una colección de “muchachotes” de los que Bruno disfruta como buen lujurioso y libertino que en realidad es. Si Kazajistán tuvo sus razones para quejarse oficialmente por la aparición de Borat (desde el filme se muestra un país pobre, en donde la hermana de Borat es la cuarta mejor prostituta del país), con Bruno, Austria tendrá también tiempo de decir lo suyo. Hace poco se lo vio a Bruno en la entrega de los MTV cayendo del cielo justo sobre el rostro de Eminem, quien salió del teatro a las puteadas (después se supo que fue una típica escena de “pool fantasía” americana). También en el Show de David Letterman, al que asistió munido de un “enterito” amarillo que dejaba ver casi todo su cuerpo flacuchento y desnudo. El padre estos dos personajes diabólicos, así como de Ali G (¿recuerdan el tipo que conducía la limusina de Madonna en el video clip “Music”, ese) es Sacha Baron Cohen. Un actor nacido en una familia clase media judía. Su padre, dueño de una tienda de ropa para hombres en el famoso barrio de Piccadilly, es de Gales, mientras que su madre es originaria de Irán. Sobran las palabras: Sacha, el hijo de un maravilloso cóctel cultural se encuentra justo donde debe para reírse de los demás y de sus propios orígenes. Un monstruo, bah. ¿Por qué se sostiene un humor tan provocador en la época de las conductas políticamente correctas y los comentarios acotados? Tal vez Sacha Cohen ha descubierto que sólo ciertos choques eléctricos producen resultados sobre la máscara dura de la mayoría. El actor no se toma en serio la moralina de ir más allá del humor. Apenas si nos está diciendo: miren de esta porquería nos estamos riendo, es el prejuicio una de las bases del humor y de la sociedad. Y ya sabemos que el humor no miente. Si Borat se permite asegurar, frente a un grupo de feministas, que las mujeres no deberían manejar porque está comprobado que tienen el cerebro más chico que el hombre, Bruno no duda afirmar que la gente fea debería ser reportada a Auschwitz. Dicho por Borat o por Bruno suena tosco pero al mismo tiempo gracioso (aquí, en esta nota, sin Bruno ni Borat y sin la entonación de Sacha, suena horrible). Son caracterizaciones, modelos llevados a un punto de estiramiento que los vuelve ininputables. Lo que duele, lo que (nos) molesta e incomóda como una abeja hambrienta dando vueltas en la sala del cine, es que si, todos conocemos a alguien que lejos de ser un personaje simpático, esconde de mal modo su pequeño enano facista dentro.

Publicado en diario “Río Negro”

Epidemias en el cine

A lo largo del siglo XX, el cine siempre tuvo un lugar en su agenda para las grandes pestes que asolaron a la humanidad. De hecho, hay más de una película por cada enfermedad que se nos pueda ocurrir.
En internet el periodista Darío Lavia ha elaborado para el sitio Quintadimension.com, un completo (casi obsesivo) informe acerca de la relación entre las enfermedades y el cine para los que quieran profundizar en el tema.
En todos los casos mencionados el criterio predominante fue la realidad. Una mirada que cambió radicalmente con el pasar de los años hasta que se estableció una idea mucho más paranoica en la que se ha venido asociando enfermedad con Apocalípsis.
Filmes como “The last man on the earth”, dirigida por Ubaldo Ragona y Sidney Salkow, protagonizada por Vincent Price, y su remake “El hombre Omega”, con Charlton Heston, marcaron un camino conceptual, al punto que uno de los grandes éxitos de los últimos años en materia de vampiros -que, se sabe, infectan y hacen temblar a la humanidad- “Soy leyenda”, es una versión contemporánea de ambas.
Títulos como la saga “Resident evil”, “Exterminio” (y las secuelas de ambas), la “Trilogía de los muertos” de George Romero, hablan por sí sólos acerca del recursos que más y mejor se han utilizado en la industria del entretenimiento en los últimos años.
Hubo excepciones, siempre las hay: “Epidemia” con Dustin Hoffman, se hace eco de las epidemias de ébola que acabaron con tribus enteras en Africa en los 90; “12 monos” de Terry Gilliam, alertó sobre el accionar de ciertos grupos fundamentalistas (aunque al final la película da un giro y todo se explica distinto) capaces de usar un arma bacterológica o similar para exterminar a la sociedad moderna; la más reciente “The Happening”, plantea una disputa ¿futurista? por el espacio vital entre la madre naturaleza y las personas (con horribles consecuencias para estas últimas).
También se han visto hace poco otras opciones cinematográficas, es el caso de “La amenaza de Andrómeda”de Mikael Salomon, remake del filme del mismo nombre (1971), dirigido por Robert Wise, y basada en la novela de Michael Crichton acerca de una epidemia que dejó vivos a un niño y un anciano; “Al otro lado del mundo”,  con Edward Norton, Naomi Watts, sobre una relación amorosa que se desarrolla en medio de una epidemia en China; “Ceguera”, de Fernando Meirelles, una adaptación de la obra de José Saramago “Ensayo sobre la ceguera”.
Vaya uno a saber si se consigue en los videoclubes pero no vendría mal darle su segunda oportunidad a la versión cinematográfica de “La Peste”, de Luis Puenzo. Y si el libro de Albert Camus anda cerca ¿por qué no avanzar entre sus páginas?. La novela existencial de Camus es una obra que merece una lectura en cualquier momento del año.
Para finalizar el muestrario un filme japonés que parece hablarnos sin pelos en la lengua pero de Latinoamérica que ciencia ficción o ficción a secas. Y quizás esto sea el verdadero engendro del terror.
“Infection” de Masayuki Ochiai, relata la cotidiana y desgarradora rutina de un grupo de médicos atrapados entre las paredes y las carencias de un hospital público. En medio de la decadencia, la indiferencia y la burocracia (“¿qué sucede en este lugar que comienzan una obra y la dejan por la mitad?, se pregunta uno de los atormentados personajes que no sabe lo normal que puede ser esto a miles de kilómetro de su país), este grupo de médicos y enfermeras debe enfrentar una sobrepoblación de enfermos y hasta el principio de una devastadora epidemia.
Y si, lamentablemente el guión suena un poco conocido.

Ocaso y resurreción de Randy

Como Mickey Rourke, Randy ha estado solo muchos años. Tuvo su momento de gloría pero ya pasó. No sabemos cómo, simplemente se fue. Sin embargo, esa marea de sucesos dejó a Randy desnudo e incomunicado. El tiempo pasa facturas onerosas y para gente como Randy alguna de ellas pueden ser impagables.
Tantas batallas ha soportado que su cuerpo es hoy un perfecto tatuaje del dolor. Y son tantos los tendones rotos, los huesos trizados, las venas aplastadas bajo el peso de los oponentes, que es un milagro que la máquina siga en marcha. Es poco lo que queda pero hay. No es un secreto que la vida también hizo un buen trabajo con su corazón o, mejor dicho, con los dos corazones posibles en cada hombre, el músculo que empuja, y el otro, ese que se siente en el pecho pero que guarda sus fotografías en la parte trasera de la cabeza. Por patético que suene a este samurai sólo le quedan postales tristes en el carrete.
Su intento por recomponer su vínculo con su hija hace más evidente aun que ciertas cosas cuando se rompen se quedan así para siempre. Randy no ha cambiado mucho, su nena, ahora una joven estudiante que lo lleva en el alma como una herida, lo sabe. ¡Qué remedio! Fuck you, Randy.
“Quise borrarte, fingir que no existías pero no pude”, le confiesa en una desgarradora conversación que ambos mantienen caminando por lugares que una vez transitaron cuando ella era apenas una niña.
La suerte de Randy está echada. Un guerrero sólo sabe guerrear. El amor han golpeado su puerta demasiado tarde.
El último de sus actos será también el que mejor lo define: Randy, suspendido en el cielo del ring, haciendo el golpe que lo volvió célebre: la cornada.
Curiosamente, el ocaso de Randy proyecta la resurrección de Mickey Rourke. Bienvenido a casa, le dijo Sean Penn en la entrega de los Oscar, como una forma de premiar este increíble trabajo actoral. Eso, bienvenido seas Randy. Un gusto tenerte entre nosotros.

El cine de acción se puso lentes

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El cine de acción, finalmente, ha logrado desarrollar un perfil culto. Y es bastante más que un simple gesto intelectual. Con un estilo y una concepción cinematográfica que se abre paso entre patadas voladoras, autitos chocadores y disparos a discreción, un puñado de películas ha comenzado a reivindicar (y a sorprender) este género que parecía destinado a la repetición y el ocaso creativo.

Directores que la industria no imaginaría ocupados en estos menesteres sudorosos y sangrientos se dejaron tentar por la adrenalina sólo para mostrar que un filme que incluye golpes y balazos de alto calibre también es capaz de ofrecernos un tour por las profundidades del alma humana.

Probablemente todo esto dio inicio hace ya muchos años con los policiales negros en los que Humphrey Bogart no necesitaba alzar el puño para imponer su ley. Una idea que se perfeccionó en el rostro de Clint Eastwood, brutal pero sufriente protagonista de auténticos dramas teatrales resueltos mediante el monólogo atronador de un revólver.

Sin embargo, fueron los noventa los que nos permitieron asistir a una de las más extrañas y perturbadoras películas de acción de los últimos 30 años: “El perfecto asesino”, de Luc Besson. En ella, León (un sicario de la Mafia que Besson había perfilado en “Nikita”, especialmente para su amigo el actor Jane Reno), se enamora de una preadolescente dejando un tendal de muertos en procura de un amor imposible. “El perfecto asesino” consagró a Reno y dio a conocer a Natalie Portman, pero pasó sin pena ni gloria frente a los ojos de la industria. El conflicto de León no ayudaba mucho, sin duda.

Besson es un gran conocedor del tema. Ha trabajado en el papel de productor y guionista en otros filmes que dejaron su marca en el universo de los tiros, tales como: “El transportador” y “Ríos color púrpura”.

A fines de los ´90, otro director independiente sorprendió al mundo del cine con una película que poco tenía que ver con sus anteriores creaciones. Jim Jarmusch había filmado “Extraños en el paraíso” y “Bajo el peso de la ley” (con la participación de Tom Waits), sobresalientes y originales obras hijas de un mismo tono y estilo visual que terminó siendo interrumpido por una búsqueda en una nueva dirección: “El camino del samurai”, protagonizada por el enorme, en todos los sentidos, Forest Whitaker.

Whitaker interpreta a “Ghost dog” un asesino que eventualmente trabaja para una familia mafiosa y que en pleno fin de milenio sigue los preceptos samurai tal cual si viviera en la Edad Media japonesa. Por un conflicto de intereses, que sólo tiene sentido para este grupo de criminales irracionales y patéticos, es condenado a muerte por sus propios contratantes. Pero “Ghost dog” decide que antes de aceptar su destino y dejarse matar por su maestro (un mafioso que le salvó la vida una década atrás) pondrá patas arriba la organización. Resulta delicioso dejarse llevar por la música de RZA compuesta para el filme.

Mucho más acá en el tiempo, David Mamet, un nombre sin mancha en el universo del cine norteamericano, se atrevió a filmar una película protagonizada por militares, agentes especiales y asesinos, todos bajo el mando de alguna operación o contraoperación, de una organización o contraorganización del gobierno de Estados Unidos. La historia cuenta las andanzas de un militar de amplia experiencia interpretado por Val Kilmer que sin ningún tipo de presentaciones oficiales al espectador (es la idea) va desarrollando diversos tipos de actividades de inteligencia. Desde un interrogatorio con cuotas de tortura hasta investigaciones oscuras entre agencias, pasando por el rescate de la hija del presidente. Un cóctel conocido aunque planteado de una manera tan dinámica que requiere por parte del espectador no una sino dos miradas sobre ciertas escenas para comprender su verdadero significado.

Antoine Fuqua ya nos había ofrecido un policial bastante duro hace unos años llamado “Día de entrenamiento”, en el cual se observan conductas corruptas por parte de los agentes de la ley que los emparentan fuertemente con las más tradicionales organizaciones delictivas. En “El tirador”, Mark Wahlberg interpreta al ex soldado y especialista en disparos desde distancias poco menos que siderales Bob Lee Swager, que es reclutado por una supuesta agencia de seguridad nacional para proteger la vida del presidente. El militar termina siendo engañado e inculpado de un intento de magnicidio y entonces la ruta empieza a teñirse de sangre. El filme hace pensar y mucho en la excelente saga de Jason Bourne, encarnada por Matt Damon. Aunque en este caso el protagonista se revela mucho más cruel que el desmemoriado Bourne. El filme, por un lado presenta la psicología torturada de un guerrero que quiere vivir lejos del ruido de las armas de guerra y, por otro, impone escenas de acción que sólo pueden encontrarse en las grandes producciones de Hollywood. Rara combinación.

Y, claro, cómo olvidarnos de Bourne y su doloroso camino hacia sí mismo -con la participación de un director brillante como Paul Greengrass, el de “Domingo sangriento”- y del policial de policiales “Fuego contra fuego” dirigido por Michael Mann (el hombre detrás de “Miami Vice”, la serie y la película) y protagonizado por Al Pacino y Robert De Niro. En el filme de Mann se produce este histórico contrapunto de actores y personajes. El director nos relata las vidas paralelas de un policía devastado por su trabajo y la de un ladrón metódico y genial que quiere abandonar el crimen y la soledad que le imponen sus acciones.

Hace poco Liam Neeson se involucró en un género sin antecedentes para él (aunque uno puede pensar en la ya lejana “Darkman” como una aproximación). Pero el hombre tiene la presencia necesaria, la estructura muscular y la mirada del tiburón que requieren estas travesías. La película, con guión de Luc Besson, dista mucho de ser excelente, sin embargo, pone a Neeson en un papel que le calza bien: un policía paranoico y salvaje que se enfrenta al peor de sus terrores. Y con más terror aún resuelve su problemita.

“Cinturón rojo” es la última “locura” de Mamet. Sus allegados dicen que el director de “Investigación de un homicidio” y guionista de “Los intocables” se sumergió en el mundo de las artes marciales mixtas durante cuatro años, un trabajo de investigación que desembocó en un filme de guerreros samurais posmodernos y televisados en vivo y en directo. Lo curioso del filme es que si se hace una segunda lectura uno descubrirá que Mamet, en realidad, no habla de Jiu-Jitsu sino de la industria del cine.

La historia relata el accidentado y doloroso camino que un humilde maestro de artes marciales debe soportar mientras a su lado le aparecen oportunidades de vender su integridad por dinero y cambiar su declinante posición económica. Al final, la pureza del guerrero prevalece contra todos los pronósticos y oponentes que le van surgiendo (hay escenas que quedarán entre lo mejor del cine de artes marciales de la historia) hasta llegar al centro del ring para testimoniar su verdad en respetuoso silencio.

¿No suena un poco a la historia del director que no sucumbe a las malas producciones cinematográficas que ven oportunidades comerciales en todo y arruinan vidas, carreras y excelentes guiones por un comercial de papas fritas? Bueno, algo de eso hay. Aunque aquí los huesos rotos y las narices sangrantes sirven para simbolizar el cuerpo a cuerpo que caracteriza la existencia como Mamet.

Publicado originalmente en diario “Río Negro”

El genio de Junior

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Fue el actor que, cuando desde el cielo cinematográfico el Dios Oscar preguntó: ¿quién se atreve a interpretar Chaplin?, dio un paso adelante. Y levantó la mano. Y gritó “Yo”. Ese actor tenía el mismo nombre que su padre: Robert Downey. Lo llamaron Jr.

Como todo intento de homenajear, representar e iluminar la figura de un astro de la talla de Charles Chaplin, resultaba una tarea poco probable. Imposible. Hasta que Downey Jr. protagonizó la escena. Ahí lo tienen a Downey-Chaplin, en un raro momento en que realidad y relato se entremezclan de un modo sorprendente: siendo un don nadie, Chaplin debía convencer a un grupo de productores de que sí, efectivamente, era capaz de hacer reír a cualquiera. Y Downey-Chaplin, juntos, lo consiguen. En un entremés de singular malabarismo, el dúo termina en tierra, atrapado por la ferocidad simulada de su equipaje de mano. Aplausos. Ovación. Contratados.

Ésta no sería la consagración en la carrera de Robert sino el principio de un largo y lujurioso proceso de muertes, resurrecciones y explosiones. Como Robert De Niro, como Dustin Hoffman, como Marlon Brando, Downey Jr. ha demostrado un talento camaleónico. Pocos como él han podido asumir un personaje y fundirse tan perfectamente en él. Perderse en él.

Downey Jr. se involucra de un modo que nos hace olvidar que alguna vez actuó. Es decir: uno no va al cine a ver “Iron Man” y escucha a la gente exclamar: “¡Oh, éste es el que hizo de Chaplin y ganó un Oscar!”. Más bien, nadie sabe que Robert Downey Jr. le puso el cuerpo a Carlitos. Nadie creería tampoco que ese mismo actor, que ahora luce duros abdominales y la necesaria prestancia de un muñeco de Hollywood, tuvo tantos problemas con las drogas que debió ser encerrado en una cárcel.

Sin embargo, Downey Jr. es uno de los escasos especímenes en Hollywood que no necesitan de la prensa ni de las apariciones públicas para subrayar la calidad de su trabajo. Por supuesto, Jr. tiene un lado oscuro. Toda una paradoja puesta a su servicio: es su sombra siniestra la que le facilita su capacidad de transformación. En lo relativo a su vínculo consigo mismo, Jr., brillante talento desatado, no es una excepción en el universo de las lumbreras. Él, al igual que Truman Capote, tiene un látigo que sólo usa para flagelarse.

Pero no hace falta observar las imágenes siempre crudas, oportunas, del canal “E!” para entender que su talento es también un componente básico de su maldición. Disfrutemos de “El detective cantante” y veámoslo, en proporciones tortuosamente equilibradas, sufrir y gozar. El cuadro definitivo es una actuación tan brillante que uno no entiende cómo a tipos como éstos no les inventan un premio especial. Un Oscar de titanio.

Son días luminosos. Jr. mira hacia atrás y piensa en lo duro y en lo indispensable que fue aceptar un papel de reparto en “Ally McBeal”. Un personaje que elevó hacia alturas inesperadas, que sacó de la galera, que purificó como quien alienta la vida de una buena malta que se transformará en el más secreto y perfecto de los whiskys. Entonces se llevó el Globo de Oro.

Hoy puede y quiere darse el lujo de convertirse en la parodia de Robert Downey Jr., como el actor australiano Kirk Lazarus de “Una guerra de película”, quien por alcanzar una cuota paroxística de credibilidad se hace pigmentar la piel y adquiere un acento del Harlem. En el final de esta divertida película, dirigida por Ben Stiller, Lazarus, entre lágrimas y en un ataque de sinceramiento, revela su verdadero yo: un actor de piel blanca y ojos azules. Aunque podríamos apostar a que debajo del Lazarus blanco hay un Jr. distinto. Un Robert Downey Jr que no conocemos. Alguien que actúa de alguien más.

Filosofía de un archienemigo

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El titular del “Gotica Times” diría algo así como: “El Guasón mató a Heath Ledger”. O, incluso, “Famoso actor de Hollywood, torturado y asesinado por El Guasón” o bien “El Guasón apagó una nueva estrella”. Todo depende de la creatividad y el sentimentalismo de quien lo redacte.

De este lado del espejo, sin embargo, debemos admitir que El Guasón no mató a Heath Ledger sino que fue el propio Heath Ledger quién terminó con su vida de un modo bastante extraño. Pastillas a granel. Todas para dormir.

Un par de semanas antes de su deceso en su departamento de Nueva York, Ledger le había advertido a una periodista de “The Guardian”, que hacía un tiempo -tiempo que coincidía con su trabajo interpretando a El Guasón- no lograba pegar un ojo por más de dos horas y encima, mal dormidas. Entonces los frasquitos, los sonmíferos y el colapso sin testigos.

La historia hará un día su compleja, voluminosa e infinita devolución de los acontecimientos. Pero Ledger evidenció, con cada uno de sus papeles, ser un hombre sensible y por lo mismo permeable al dolor. Fue un caballero medieval y lo vitoreamos mientras se debatía sin armadura. Luego, un vaquero gay, y nos hicimos sus amigos confidentes. Lo entendimos aunque no hiciera falta. Hasta que se transformó en El Guasón y quizás, sólo quizás, pudo obvervar con sus propios ojos la primera playa del infierno que se desarrollaba al interior del personaje.

Sus declaraciones al respecto, aquellas que explicaban el proceso de asimilación del veneno, la metamorfosis que lo llevaría a encarnar a un sociópata a todo color y en alta definición, no hacían pensar que Ledger estaba siendo sometido a algún tipo de martirio por parte de El Guasón. Nada que no pudiera manejar.

Nos basamos en un testimonio suyo acerca de cómo reconstruyó al archienemigo de Batman. Dijo Ledger: “Este personaje no tiene empatía por sus acciones, nada lo intimida; mi voz, mis líneas de diálogo, todo es muy exagerado. Me encantó interpretarlo, porque está loco. Trabajé de esa manera por cuatro meses. Fue soñado. Pasé cuatro semanas encerrado en una habitación de hotel, caminando como un loco e intentando encontrar una voz nueva, porque es fácil caer en la imitación. Después de un tiempo, encontré la veta: mi Guasón iba a ser más siniestro, un psicópata, un sociópata.”

Y su sueño, obviamente, tuvo elementos posteriores que lo acercaron a una pesadilla. Hay razones que en parte pueden explicar la intensidad con que el personaje invadió a la persona pero sobretodo hay razones para explicar porqué El Guasón de Ledger es el más perturbador todos los que se han representado hasta hoy.

Este Guasón no es tanto un emergente lógico de la ficción más pura nacida en la mente de tres caricaturistas de legendario talento, como un reflejo deforme, y no por eso consolador, de una época y de su desquiciado y atroz habitante, que si, lamentablemente sospechamos existe. El policía fiel interpretado por Gary Oldman advierte en una de las líneas más inteligentes del filme de Chris Nolan: hay gente que quiere lograr mediante sus acciones: dinero, poder o sexo. Y otra que lo único que desea es ver el mundo arder. Ese es El Guasón.

La contingencias políticas y sociales de las sociedades en las que vivimos nos han preparado para: luchas entre culturas, batallas promovidas por intereses supuestamente democráticos que esconden fundamentos de orden energético, escaramuzas crueles pensadas para ocupar fracciones de territorio, de hecho, nada nos sorprendería demasiado si un día nos invanden los extraterrestres, pero un loco obsesionado con incinerar el mundo hasta convertirlo en una estrella declinante: pues he ahí material de alta originalidad. Por supuesto, el copyright lo tiene un tal Nerón.

Un desquiciado con una bomba nuclear en la mochila, o con un virus letal en un frasquito presurizado que cabe en el bolsillo del saco, o un genio de las finanzas introduciendo números falsos en cuentas virtuales capaces de crear un hoyo negro financiero y hacer caer a la banca europea. Pueden ser. Y siguen las ideas apocalípticas de última generación.

Ledger encontró el corazón, el sentido último de este personaje que sin poseer ningún superpoder, es capaz de utilizar su desquiciada inteligencia como un arma propulsora del caos. Su atrevimiento, su osadía sin límites lo ponen por encima de todos los otros malos (que en esta segunda parte, intentan hacer una colecta para matarlo) y del propio Batman, quien no tiene herramientas suficientes para predecir su conducta esquiva. Justo él que se ha hiperconectado a cada uno de los habitantes de ciudad Gótica mediante un polémico programa de vigilancia.

Recordemos un episodio entre muchos: El Guasón llega de improviso a la reunión de capos mafiosos. Y antes de que comiencen a interrumpirlo les avisa: ¡voy a hacer un acto de magia!. Ubica un lapiz parado sobre la mesa y en cuanto uno de los matones viene a sacarlo de la escena, este lo empuja contra el lápiz y lo mata: ¡taran!, grita el Guasón. Magia, el lápiz ha desaparecido.

El Guasón no tiene un origen biográfico concreto. Los enciclopedistas del personaje han terminado por admitir que carece de un pasado verificable y que sus referencias familiares son cambiantes. El Guasón siempre reinterpreta su propia historia. De sus cicatrices aun hay discusiones abiertas. La versión oficial explica que hace varias décadas, en plena lucha cuerpo a cuerpo con Batman, fue a caer a un estanque lleno de productos químicos del cual salió con el pelo verde, la piel muy blanca y el rostro desfigurado. Más desfigurado aun por la intervención de un cirujano de poca monta que trató de ayudarlo.
No obstante, El Guasón de Ledger tiene una versión distinta de los hechos. Mejor dicho, dos versiones. La primera que aparece en el filme, es la más escalofriante de todas y es la que recordaremos. Tan brutal y, al mismo tiempo, atractiva es que en internet se han formado sitios y foros donde se debate la calidad de la escena. Una vez más: El Guasón entra al cuartel general de un grupo de mafiosos. Los mismos que habían ofrecido 500 mil dólares por capturarlo muerto. Los secuaces del Guasón traen el cuerpo del chiflado envuelto en bolsas de plástico y mientras lo malos (menos malos que él, por supuesto) disfrutan de su triunfo, el Guasón revive, toma del cuello al jefe de la banda y relata la anécdota más o menos así: Mi padre era un borracho y un maldito. Una de las noches en que atacaba a mi madre con un cuchillo, se me quedó mirando y me dijo (y aquí mejor conservar la frase original en inglés): Why so serious?. Puso el cuchillo en mi boca y…Why so serious?, se le escucha decir al Guasón, después de interrumpir el flashback para tajear, en el presente, a su enemigo.

El Guasón es el personaje que mejor representa la locura de una era. Un demente pero antes que eso un animal pensante. El instigador de fastuosos banquetes tragicómicos. El Guasón no hace más que recordarnos que debajo de su piel de psicópata, hay un corazón. Oscuro, pero corazón, al fin.

Why so seriuos?

Why so serious?

whyso

La más perturbadora escena en un filme poblado de escenas pertubadoras. El Joker cuenta por primera vez durante la película su versión acerca de cómo obtuvo esa horripilante sonrisa hecha a punta de cuchillo.
Why so serious?, le pregunta el padre al hijo. Why so serious?, insiste. Hasta que la violenta escena se hace obvia y se traslada al plano actual donde el Joker tiene la misma duda para con un maleante: Why soy serious?, le pregunta antes del final.
Heath Ledger desarrolla en “Caballero de la Noche” una brillante actuación que seguramente se llevará el Oscar. Será en su memoria.

http://www.whysoserious.com/

Teorías cinematográficas acerca del fin del mundo

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No menos de catorce películas acerca del fin del mundo se han visto en la pantalla grande en los ocho años que lleva el nuevo milenio. Cada una de ellas representa una teoría apocalítica. La desgarradora imagen televisiva de las Torres Gemeral envueltas en humo y llamas dejó en el imaginario colectivo una huella profunda. Hasta ese momento, las hipótesis acerca del fin de los tiempos tenían una abundante cuota de delirio o de lejana posiblidad que nos permitía asistir al espectáculo del cine con una actitud casi infantil. Sin embargo, la edad de la inocencia en la era de los atentados suicidas y en gran escala ha quedado definitivamente sepultada.

Ahora sabemos que un hecho brutal, de colosales dimensiones, es factible. Ya sucedió una vez. Como suele decirse en estos casos: la realidad ha superado a la ficción ¿Entonces, qué?

El cine de ciencia ficción tomó nota de esta sangrienta clase que nos dejó la historia reciente. Pero avanzar sobre un terreno sin pavimentar, como lo es la flamante conciencia de lo truculento y lo desquiciado para una sociedad que cree, ahora si, haberlo visto todo, ha requerido por parte de guionistas y directores diverso tipo de esfuerzos. Había que llevar el presupuesto de la finitud hasta límites nunca vistos. Algunos, pocos, hicieron un buen trabajo, los otros se quedaron cortos o bien sus ideas no pudieron reflejar un sentimiendo universal.

Si un día la civilización se enfrentara al último de sus días ¿cómo sería eso? ¿Qué elementos intervendrían? ¿Cuales serían las razones de su ocaso? Estas preguntas seguramente no difieren mucho de las que se han hecho estrategas militares y científicos por estos años.

Curioso o no los intentos de Hollywood por recrear el apocalípsis no estuvieron enfocados en la realidad. En la mayoría de los filmes el factor creativo se vinculó con ideas básicamente estrafalarias acerca de cómo podrían concluir los días de la humanidad en el planeta tierra.

Dragones salidos de las entrañas del plantea, extraterrestes (en buen número), monstruos de toda forma, caracter y color (en abundancia también), enfermedades altamente contagiosas, sucesos inexplicables que conducen al suicidio colectiva, investigaciones destinadas a encontrar reinos infernales, tecnología fuera del control de los hombres, son algunos de los items que componen el escenario de la destrucción masiva.

El Amageddon ha tenido un morboso atractivo sobre los públicos de todas las épocas. Pero, acaso por una ironía propia de la vida, ninguna teoría cinematográfica parece acercarse a los colapsos que terminan por filtrarse en la sociedad real. El filme “The bank” pudo, al menos en parte, haber prefigurado la actual crisis financiera. Y “La guerra de los mundos” (la novela primero y la primera película después) debió servir como una metáfora parcial de las tensiones desatadas entre dos culturas de concepciones políticas y religiosas contrapuestas.

Sin embargo, ninguna mirada futurista fue capaz de anticiparse al 11-9 (si bien un grupo rapper había diseñado para la portada de su disco un avión colisionando con las Torres Gemelas), como seguramente se quedarán por fuera de los próximos guiones los conflictos entre países que hoy permanecen en una paz tensa pero que mañana podrían hacer volar un país enemigo.

A igual que la publicidad, el cine ha desmostrado ser capaz, al menos en su versión más industrial, de asistir sólo con retraso al pensamiento y a las tendencias que ocupan al mundo contemporáneo. Su mirada ha permanecido fija en un territorio conocido y hasta cierto punto señalado (terroristas de la ex URRS o de origen árabe robando bombas atómicas, laboratorios multinacionales en poder de virus letales). Hasta hoy Hollywood no buscó verdadera inspiración en China o Africa, por ejemplo, dos geografías que ya fueron visitadas por la literatura actual y que deberían ser material de lectura e hipótesis de conflicto para militares, políticos y líderes empresarios.

El director M. Night Shyamalan, el mismo que nos sorprendió con la vuelta de tuerca de “El sexto sentido”, ha sido uno de los pocos realizadores que plasmó una idea original en su último filme: “The Happening”. La película -está en los videclubes de la región- adhiere a la teoría general de que la Tierra es un organismo viviente y que los hombres, como huéspedes inesperados, han agotado su paciencia. Un día la naturaleza se tomará su revancha.

Por lo demás, los filmes de estos últimos 8 años escasamente nos iluminan acerca del tema. Algunos al menos cumplen su función principal: resultan entretenidos. Obvios, pero entretenidos.

 

Resident Evil (2002). Dirigida por Paul WS Anderson. Con Milla Jovovich. Un filme de principio algo retorcido y que en sus secuelan va retorciéndose aun más. Una epidemia, las luchas entre facciones por perpetuarse en el poder mediante un arma letal (un virus) y una heroína que muere y reencarna cuantas veces sea necesario.

El imperio del fuego (2002). Dirigida por Rob Bowman. Con Christian Bale y Matthew McConaughey. Una muy lograda película de ficción que pasó bastante desapercibida. Una excavación en medio de una gran ciudad trae como consecuencia el despertar de un nido de dragones. El mundo no vuelva a ser el mismo y termina envuelto en llamas.

Señales (2002). Dirigida por M. Night Shyamalan. Con Mel Gibson y Joaquin Phoenix. Los extraterrestres invanden una vez más el planeta y sobre todo los Estados Unidos. Pero la colisión y el exterminio ocurren puertas afueras de una familia religiosa norteamericana atricherada y liderada por un religioso que dejó de creer. La historia deja lecciones por demás esotéricas. Una dice: todo lo que ocurre tiene un propósito.

Exterminio (2003). Dirigida por Danny Boyle. Con Cillian Murphy y Naomie Harris. Esto definitivamente podría ocurrir. Un virus que transforma a las personas en furiosos energúmenos invade Londres. Los que no mueren padecen una voraz sed de violencia. Perturbador filme que deja con un leve temblor en las manos. El DVD ofrece un final alternativo más optimista que el que finalmente dejó su director.

Terminator 3: La rebelión de las máquinas (2003). Dirigida por Jonathan Mostow. Con Arnold Schwarzenegger. Un futuro discutible y que a esta altura sólo se puede tomar con pinzas. Final de una saga que quedará en la historia y que comenzó con la entretenida “Terminator” dirigida por James Cameron.

 Amanecer de los muertos (2004). Dirigida por Zack Snyder. Con Sarah Polley. Una dulce enfermera sale de su trabajo sólo para descubrir que el mundo se ha vuelto loco. Hay algo de cotidiano en este filme que hace aun más creíbles las escenas de violencia callejeras impulsadas por una rara enfermedad que convierte a los seres humanos en muertos vivientes. Al final, sólo un puñado de personas queda indemne y deben ir en búsqueda de tierras seguras.

El día después de mañana (2004). Dirigida por Roland Emmerich. Con Dennis Quaid. Los especialistas aseguraron que los hechos que se mostraban en este filme jamás ocurrirían a esa velocidad. Aunque con los milenios, si, podrían suceder. Cuatro años después de estrenada, la Tierra nos sorprende con sus increíbles cambios de temperatura y clima en general. El debate continúa y la película sigue en los videoclubes.

La Guerra de los Mundos (2005). Dirigida por Steven Spielberg. Con Tom Cruise. Una civilización invade a otra en búsqueda basicamente de comida. Versión contemporánea del clásico literario de H.G. Wells. Este filme también hace pensar, y mucho, en el escenario real en el que un pueblo es oprimido por la violencia y las necesidades de otro mucho más poderoso.

Ultraviolet (2006). Dirigida por Kurt Wimmer. Con Milla Jovovich. Un virus mortal ocupa el cuerpo de un niño en una época en que el planeta es gobernado por un laboratorio militar. Violet una heroina, perteneciente a una facción de vampiros en decadencia, detendrá la agujas del tiempo cuando se robe al crío.

The Host (2006). Dirigida Bong Joon-ho. Excelente filme de terror de origen coreano que evidencia el desconcierto de una sociedad moderna frente a un hecho del todo inesperado. Un organismo cuelga de un puente y es fotografiado, grabado en video y más tarde alimentado como si se tratara de una atracción turística hasta que demuestra ser fatalmente hostil.

La Niebla (2007). Dirigida por Frank Darabont. Un experimento militar que la película no detalla abre una puerta hacia otra dimensión y esa dimensión es puramente infernal. Encerrados en un supermercado, un grupo de personas discute las maneras -y una de ellas es fanática- de hacer frente al miedo y a los monstruos que ocupan el espacio más allá de las vidrieras. Muy interesante adaptacion de una novela de Stephen King.

Soy leyenda (2007). Dirigida por Francis Lawrence. Con Will Smith. Hollywood siempre ha tenido predilección por los vampiros. En este caso ocurre lo obvio un virus desata una epidemia de chupasangres. Al final quedan un científico, el último hombre en el planeta, y la cura, por supuesto.

The Happening (2008). Dirigida por M. Night Shyamalan. Con Mark Wahlberg. Por motivos completamente inexplicables las personas comienzan a suicidarse en los parques de las principales ciudades del mundo. Y a mayor cantidad de gente agrupada más posibilidades de que los suicidios comiencen. Este guión de una manera o de otra podría permanecer en la agenda de actividades de la naturaleza. Varios expertos ya han apuntado teorías similares.

Cloverfield (2008). Dirigida por Matt Reeves. Con Lizzy Caplan y Jessica Lucas. De algún sitio, por algún motivo, un monstruo invade la ciudad y lo destruye todo. Es el principio del fin de la humanidad. Una nueva metáfora acerca de lo que pasó en Nueva York y luego en Madrid y, se supone, podría desatarse en cualquier momento y ciudad del mundo. Con el sello de J.J. Abrams que la produce. Un todo filmado con una cámara testigo que hace aun más desesperante la narración.

cloverfield

Torturous

truman

“When I saw ‘All My Sons,’ I was changed — permanently changed — by that experience. It was like a miracle to me. But that deep kind of love comes at a price: for me, acting is torturous, and it’s torturous because you know it’s a beautiful thing. I was young once, and I said, That’s beautiful and I want that. Wanting it is easy, but trying to be great — well, that’s absolutely torturous.”

Lo dijo uno de los más grandes actores de la actualidad: Phillips Seymour Hoffman.

La entrevista en The New York Times

Remakes

Los goonies, Doce del patíbulo, La fuga de Logan, Robocop, Los inmortales, Laberinto, Porky’s, Los siete samurais, Los pájaros, Viernes 13, Pesadilla en Elm Street, Treinta y nueve escalones, Piraña, La humanidad en peligro, Rocky Horror Picture Show, Conan el Bárbaro, Furia de titanes, Amanecer rojo, Footlose, Los Albóndigas en remojo.

Todas estas películas tendrán su remake en los próximos dos años. Hollywood pide a gritos nuevos guiones. O no.

Un artículo en El País

Magia

Lo confieso. En el fondo de mi corazón, no pretendo dilucidar cuál es el truco del mago. Cómo es que se entromete el ilusionista con la realidad y la trastoca al punto de que ya no somos capaces de reconocerla. Bajo la piel del auténtico espectador no hay verdadero espacio para la resolución del enigma.

Dos películas han terminado por resucitar, al menos temporalmente, la poderosa influencia que a través de la historia han poseído los magos sobre su platea. Puesto que el reinado de los magos tiene épocas, no representa un número puesto en la escalada de los logros científicos o profesionales del rubro. Por años nos olvidamos de ellos hasta que un director decide filmar una nueva película o un documental al respecto. No por nada Houdini dejó una huella que a veces no es fácil de rastrear entre la bruma y el olvido.

Río Negro