La Era del Vampiro Cool

En la era del sida, los de por sí pálidos vampiros comenzaron a perder color en la industria del cine. Claro, ¿cómo explicar el incómodo hecho de que un chupasangre pudiera terminar infectado con el virus HIV luego de someter la yugular de una de sus víctimas?

Esa fue una de las tantas razones de su temporal extinción de las pantallas sobretodo en los 90. Con 10 años ya transcurridos del nuevo siglo, los vampiros tienen poderosas razones para salir de su tumba. El Sida existe pero de eso no se habla. Los guionistas subsanaron el problema del contagio con una anotación al margen. Antes de succionar, ahora los vampiros testean la sangre ajena con una simple incisión hecha por sus afiladas uñas. Prueban y dictaminan: es, buena. Y si no da, no da.

En diario “Río Negro”

La verdadera historia de Frankenstein y Drácula

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(El Frankenstein de Mary Shelley, tenía el pelo largo y citaba a Plutarco. El Drácula de Bram Stoker estaba obsesionado por dejar Transilvania y vivir en la gran ciudad: Londres)

De los clásicos presuponemos todo. O casi todo. Pero lo que realmente sabemos muchas veces nos viene de oídas, de saberes populares y de películas. Sacando a los amantes de la literatura, eruditos que llegaron al final de enciclopedias como “La guerra y la Paz” o “En busca del tiempo perdido”, los demás nos las hemos arreglados con fragmentos del basto universo ficcional. No mencionaré aquí el Cannon de occidente. Desconozco porqué pero clásico me sabe a terror. A Drácula. A Frankestein.
Muchos años antes de adentrarme en la magna obra de Bram Stoker, me dejé tentar por la excelente y perturbadora novela de Anne Rice Entrevista con el vampiro.  No fue en vano. Y a su modo la lectura del primer libro de la saga de atormentados chupasangres me sirvió de antídoto cuando hube de exponerme a su versión cinematográfica. Poco y nada de la oscura creación de Rice quedó graficado en el filme de Neil Jordan. Todo lo que Jordan insinúa, Rice lo desarrolla en su obra de un modo apabullante. La eternidad como auténtico enigma a resolver por los condenados a la sed.
Con las otras dos grandes novelas de terror de todos los tiempos: Drácula y Frankenstein, la experiencia fue distinta. Ambas estaban ahí, dando vueltas desde tiempos inmemoriales. Dibujadas a grandes trazos. Historias pendiendo de un imaginario hilo que conducía debilmente a la fuente original. La aparición del filme de Francis Ford Coppola, en teoría una revindicación de la obra de Stoker, en el fondo no hizo más que reafirmar aquello que se decía del personaje pero que estaba muy lejos de lo que el escritor había imaginado para él.
No importa lo que diga o haya dicho la publicidad oficial del filme de Coppola, el guión no sigue ni de cerca el largumento del libro de Stoker. En la novela, los verdaderos héroes son los perseguidores del vampiro, entretanto que el adinerado Conde, es reducido a una bestia hambrienta que vive y muere nostálgica de una ciudad que no conoce: Londres. Aunque hay una joven de por medio, y aunque esta es bonita y agraciada, el Conde está mucho más interesado en cambiar su oscuro castillo en Transilvania por una urbe cosmopolita, antes que por el cuello de la dama.
Con Frankenstein ocurre algo similar. La novela de Mary Shelley, llamada “Frankenstein o el moderno Prometeo”, difiere y mucho de la versión que llegó hasta nosotros. Irónicamente, también el filme de Kenneth Branagh, fue promocionado como “la película del libro”.
La creatura sin nombre, a quien Víctor Frankenstein le heredó su apellido, pero que durante gran parte del libro éste sólo llama demonio, monstruo o cosas peores, muestra dosis de compasión para con los demás al comienzo del filme para después revelarse como un auténtico y colosal hijo de perra. Un energúmeno que pudiendo ser grandioso siente tal desconsuelo por sí mismo y su fealdad, que prefiere dedicarse a ejercer el mal de la manera más cobarde posible. Víctor Frankenstein tampoco sale muy bien parado. A pesar de su condición de hombre de ciencias y apasionado hijo y amante, su caracter deja mucho que desear. Curiosamente en el mismo minuto en que consigue su propósito: darle vida a la carne, huye despavorido de su logro. Un hecho no menor que terminaría condenándolo.
Que ninguna de estas incómodas alteraciones se encuentre en las películas debería servir como aliciente para adentrarse en su génesis.