Cómo llegar a los 120 años

La ciencia asegura que no se trata de un cuento. En el futuro, cruzar la centena se volverá algo normal. Aunque los seres humanos para entonces no serán nada corrientes. Tomarán complementos rejuvenecedores y cargarán con válvulas y articulaciones irrompibles. La fuente de la eterna juventud, cada vez más cerca.

El artículo en Río Negro

Tu nombre en la proa

 

Como un regalo inmerecido, llega el viento a tu rostro y te invita a seguir. No sabes hacia dónde pero el sur espera. El final de los tiempos tiene la mesa servida. Hay un fajo de billetes en tus pantalones rotos. Buenas ideas dando vueltas por ahí. La vida llama. No me quiero ir sin darte las buenas noches. Sabor a tabaco. La tensión en los músculos. Viajar es perder el rumbo. Y escribir poemas se parece a buscar tesoros ocultos. Este barco tiene dibujado tu nombre y tus ojos en la proa.

Into the wild

Joven, impetuoso y soñador, Christopher McCandless partió hacia Alaska con unos pocos pertrechos. Allí murió meses después, probablemente de inanición.
Relatado de este modo suena a una de tantas vidas que se han perdido accidentalmente en medio de la naturaleza. McCandless no era un aventurero cualquiera. Al internarse en el peligroso territorio del norte no estaba pensando en volver con una pila de fotografías de impactantes paisajes o de sí mismo sosteniendo una trucha para que la vieran su hermana y sus padres. McCandless estaba harto de su núcleo y de lo que la gente esperaba de un chico de su edad.

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Extrañas la nieve

 

De pronto te quedas sin palabras.
En el medio del ruido mayor.
Y no hay novelas señaladas por las migas de pan, no hay poemas rotos, no hay cartas secretas, no hay diálogos telefónicos que ayuden.
Con las manos en los bolsillos avanzas a través de los días fríos.
La piel que fue ya no sería suficiente ahora.
Las voces que te animaron, los besos que fueron promesas incumplidas. No alcanzarían.
Extrañas la nieve. 
Los cielos azules y la vertiginosa sensación de crear un sol.
Extrañas perderte. 
Pero no haces nada al respecto. 
Esperando quién sabe qué milagros. 
Quién sabe qué nuevas canciones.

Norah Jones

 

Hay música que te lleva. Voces que tienen la inexplicable propiedad de moverte en el tiempo. Abren las ventanas que permanecen cerradas en tu interior. 
Después de todo, es lo que uno le pide al arte. Que pulverice tu rutina y transforme la palabra aburrimiento en una oportunidad de jugar con la fantasía. 
En otros escenarios, esperando para comenzar a trabajar a eso de las 5,30 de la mañana, encendía el fuego y ponía un disco de Norah Jones. La madrugada fría se perdía entre el aroma a café y la voz de la cantante y pianista estadounidense. Durante una larga temporada repetí el ciclo sagrado. 
Aunque la conocía desde antes (cómo no haberme cruzado con “Don’t know why” y “Come away with me”), fue entonces cuando realmente comencé a enamorarme de su música. Y de Norah, porqué no. Entre el admirador y el artista existe siempre un vínculo amoroso. Un deseo que resulta saciado una y otra vez en los caminos del arte. 
He pensando tantas veces en esto que supongo que en mi corazón se ha transformado en un proyecto: escuchar a Norah Jones en vivo. Mejor si es en Nueva York. Y una cosa lleva a la otra. Porque regresar a la Gran Manzana es una actividad en mi agenda de los sueños. A todo esto, “Back to Manhattan” es un bello tema que integra su último disco “The Fall”. Necesitamos de un pretexto para alcanzar las posibilidades de nuestro destino. 
Es la cadencia triste de su voz. Es la capacidad de erguir o declinar su entonación de un modo que nos hace imaginarnos a una chica que tararea junto al río. Es la forma casual con que se acompaña al piano. Como si estuviéramos a un par de acordes de irnos a dormir. 
Toda vez que escucho a Norah Jones me invade la sensación de tener las valijas hechas. De convertirme levemente en otro.
Me ha pasado con algunas pinturas. Con unos cuantos libros. Pero al único lugar que vuelvo, es al espacio donde reina Norah.
La historia del jazz posee sus innegables gigantes. Esos virtuosos ungidos por el dedo de Dios. Los conozco. Los profeso. Los respeto. Sin embargo, Norah Jones parece salida de un bonito bar de Manhattan. De hecho, fue descubierta en uno de tantos que hay en la isla. Si ciudadanía no tiene bronce.
Días atrás vi una película que protagoniza junto a Jude Law,  “My Blueberry Nights” de Wong Kar-Wai. Me sorprendió la facilidad con que encarna el personaje. El natural devenir que reflejan sus ojos. Incluso en esos delicados momentos en los que el personaje debe llorar por una ruptura o aceptar con sorpresa que ha encontrado el amor una vez más. 
Su actuación me recordó a su música. Acordes del alma inquieta. Cercanía de la piel. Dulce conversación. Norah Jones me hace creer en la belleza de las cosas.

Argumentos repetidos

 

No todas pero casi todas las películas terminan repitiéndose. Y en ese casi radica uno de los sentidos de la vida.
Al tope de una imaginaria lista donde se registren los argumentos más usados deberían estar los filmes de acción, luego los de terror, luego las comedias, luego las películas de carácter humano, luego la realidad real. 
Ocurre porque es fácil. Porque la inercia sólo conduce a la inercia. Porque prueba a las almas bien pensantes que el sistema sirve, que las cosas funcionan y que la felicidad o la infelicidad, por periódicas, aberrantes o extrañas que resulten, siempre pueden ser invocadas cuando lo necesitamos. 
¿Necesitas un poco de tensión? Nada como un asesino que muere pero que renace cuchillo en mano en la ducha. ¿Un poco de risas? Ahí lo tienen al joven drogón (último animal de la fauna americana disoluta) que no entiende nada, no sabe nada pero permanece sentado, escuchando las desgracias ajenas con una sonrisa tonta en los labios y los ojos inyectados en sangre. 
La mayoría de los argumentos nos inducen al deja vú. En algún sitio, en algún momento, en algún tiempo pretérito, hemos probado ya ese plato. 
La vida imita a las películas. Torpemente pero lo hace. 
Claro, hay una diferencia sustancial con el cine: nuestro vivir carece de guión. Aunque nos esforcemos en ponerle límites al azar jamás estaremos seguros de cómo sigue y cómo acaba la historia que protagonizamos. Digo, al final todos morimos, el asunto es cómo se resuelve el trayecto de una punta a la otra. Con qué colores, bajo que escala armónica y a qué ritmo. 
Hay días en que la pregunta “cual es el sentido de esto” nos queda grande. En otros, en cambio, tenemos argumentos a mano que nos convencen y tranquilizan. Disfrutar de las pequeñas cosas, podríamos responder y sería suficiente. Y si no alcanza entrevero para la ocasión una frase de Jünger: como niños que juegan, recrear en las pequeñas cosas la creación de dios.
Ignorantes o preclaros, lo cierto es que nuestra película aun se está filmando. Estamos gestando destino. Cada mañana surge como una oportunidad de escribir con estilo y creatividad el siguiente capítulo.  
Perdidos o encontrados, tristes o dichosos, queriéndolo o no, estamos siempre en posesión de nuestros sueños. Unos entrenarán para subir un cerro, otros comenzarán a escribir un libro, alguien querrá aprender un nuevo idioma, un oficio o componer un blues. 
Sobre la página en blanco debemos anotar la primera letra.

El mérito de Marcelo Bielsa

Marcelo Bielsa lo hizo de nuevo.
Jugadores, políticos de turno y anónimos testigos de ocasión esperaban que el saludo entre el (¿ex?) entrenador de la escuadra nacional y el presidente de Chile, Sebastián Piñera, fuera unos grados más cálido que el anterior – languido y frío por parte de Bielsa, nervioso y resignado, por el de Piñera-, en las instalaciones de Juan Pinto Durán. Se trataba de una visita inversa. Era el mandatario el que recibía a la selección en el Palacio de Gobierno.
Nada cambió ente ambos. Un jefe pasó al lado del otro sin que se moviera una hoja. Para la historia del fútbol y la política trasandinos, la ausencia de mutuos afectos quedará como una anécdota más o menos menor en el marco de la hazaña deportiva y finalmente cultural que realizó este grupo de jóvenes liderados por un argentino.
Días atrás Marcelo Vega, jugador del seleccionado que participó del Mundial de 1998, dirigido por el uruguayo Nelson Acosta, abrió una polémica al tiempo que señaló una verdad. Según Vega: “La Roja del 98 fue lejos mejor que ésta”. Y agregó, feroz: “Todos en Sudamérica tenían equipazos y por eso era difícil sacar puntos afuera. Había figuras como Valderrama o Etcheverry. Ha bajado mucho el nivel. Ahora no hay un (Ronald) Fuentes, (Pedro) Reyes o (Javier) Margas. A Alexis Sánchez aún le cuesta en el Udinese y acá es figura. Acosta colocaba a los jugadores en sus puestos. Bielsa tiene el mérito de moverlos”.
Al contrario que Acosta, Bielsa ha debido moldear un plantel sin estatura, y no sólo de estatura física estamos hablando también de su alcance técnico, físico y psicológico. Si existe un mérito subrayable en este seleccionado, si existe una razón para que haya sido recibido con honores en la Casa de Gobierno, ese mérito y esa razón, le pertenecen sobretodo a Bielsa. Es cierto que Harold Mike-Nichols, presidente de la Federación Chilena de Fútbol, puso a disposición los recursos para que el entrenador trabajara a su gusto. Sin embargo, poco y nada se podía hacer con las carencias naturales de la selección chilena. Porque si Argentina tiene en cada convocatoria un abanico de posibilidades, Chile apenas puede sacar a relucir un puñado de jugadores eficientes. Salvando a uno o dos nombres, el equipo de Bielsa conforma un seleccionado de los menos malos.
Durante estos últimos dos años Chile salió a la cancha con un nombre por delante, Marcelo Bielsa, y con un propósito, dar pelea a quien se pusiera en frente. Los periodista españoles definieron a Chile como a un “equipo de autor”. De no haberlo sido, un equipo disciplinado que aceptó sin queja las coordenadas y las estrategias de su líder, probablemente no hubiera llegado tan lejos.
Chile carece de grandes figuras. La más prometedora, Humberto Suazo, comenzó lesionado el mundial y jamás se recuperó. Luego de estar a préstamo en el Zaragoza, se lo verá de regreso a otro de los tantos y ciclotímicos equipos mexicanos, el Monterrey. Y Marc González seguirá empecinado por la banda en la fría Rusia. Y Jorge Valdivia, perdido en Arabia Saudita, pujará por regresar al fútbol en serio. Y Alexis Sánchez tratará de esquivar a las soberbias defensas que frustran las pretenciones de su humilde Udinese. Y Jean Beausejour cumplirá su contrato con el América hasta que alguien pague lo poco que piden por él. Y Carlos Carmona hará un esfuerzo sobrehumano en la Fiorentina a ver si trasciende o lo ven o lo escuchan.
Chile fue una reafirmación de que el trabajo colectivo es una alternativa cuando la individualidades no destacan por su genio. No hay nada de qué avergonzarse. Cada uno iba detrás de la misma gloria y aunque fracasaron en el intento, se ganaron el respeto de los demás.
Por eso su vuelta resultó un acontecimiento y por eso Bielsa no necesitó adornar el protocolo.