Adiós, Hemingway

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Un asesinato cometido hace cuarenta años ha sido revelado en la actualidad y el autor tal vez sea el mismísimo Ernest Hemingway. De esta manera se podría sintetizar el argumento de “Adiós, Hemingway” (Tusquets) del Leonardo Padura. Se trata de un libro entretenido, ocurrente y muy bien escrito. Sin embargo, antes que destacar su faceta exclusivamente ficcional, habría que entender esta obra del cubano, también autor de otros títulos destacados donde el protagonista es su detective Conde, como un retrato biográfico de excepción.
Quien ha seguido la vida y la obra del escritor norteamericano no puede sino estar agradecido. Tantas cosas se dijeron del Gran Papá que llega un momento en que una suerte interpretación gráfica, un dibujo en colores de quien fue, no importa si en sus años finales o al principio de la gloria, resultan de gran ayuda y consuelo. Padura se ocupa de su ocaso, justo antes de Hemingway dejar la isla de Cuba para terminar, como todos ya sabemos, con tiro en la cabeza.
Ahí donde aun no ha estado el cine, Padura ofrece un espléndido retrato cinematográfico. Casi casi que podemos vislumbrar con nitidez digital el rostro cansado de Hemingway, su mirada vacía, su cuerpo grande y fofo, harto ya de su propia fama y de un pasado poblado de anécdotas que ahora pensan como el demonio.
Creo que un párrafo de Padura sirve para sostener lo que estoy diciendo con tanto entusiasmo: “Con la botella de Chianti bajo el brazo y la copa en la mano caminó hasta la ventana de la sala y miró hacia el jardín y hacia la noche. Esforzó los ojos, casi hasta sentir dolor, tratando de ver en la oscuridad, como los felinos africanos. Algo debía existir, más allá de lo previsible, más allá de lo evidente, capaz de poner algún encanto a los años finales de su vida: todo no podía ser el horror de las prohibiciones y los medicamentos, de los olvidos y los cansancios, de los dolores y la rutina. De lo contrario la vida lo habría vencido, destrozándolo sin piedad, precisamente a él, que había proclamado que el hombre puede ser destruido, pero jamás derrotado. Pura mierda: retórica y mentira, pensó, y sirvió otra copa de vino.”
Brillante. El libro de Padura continúa avanzando entre dos escenarios separados en el tiempo: el de un Hemingway torturado por la decrepitud, y el de Conde, un detective que alguna vez lo admiró y ahora se encuentra a cargo de una insólita policial: investigar si el escritor es el autor de un crimen que ocurrió en Cuba hace tantos a la fecha.
Una vez más Hemingway emerge de entre las palabras como un ídolo complejo y poderoso. Una vez más, el autor de “Fiesta”, de “El viejo y el mar”, y tantos otros clásicos de la literatura, se manifiesta como el fantasma imposible: basto, solidario, exótico y único. Eso si, Padura da un paso hacia un lugar poco explorado: la leyenda a la cual todo bohemio ha querido aspirar -la suma de los elementos: el intelecto y el vigor físico- es desnudada por una proza inteligente y definitiva. Un gran escritor sepulta en parte la mentira de otro. No es un hecho común en la literatura de estos años on line.

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