Arnold siempre odió sus cachetes

Sus rechonchas mejillas de chocolate eran un banquete irresistible. El perfecto chico negro para una televisión blanca. Dulce, algo travieso y, por sobretodo, desposeído de toda malicia y resentimiento.
Gary Coleman era pobre pero guardaba la inocencia tan típica en los chicos cuando la adultez no es más que un país muy pero muy lejano. El programa, para él y su hermano ficticio Willys (Todd Bridges), funcionaba como una burbuja en el tiempo y una vía de escape de una realidad sin luces. Poco importaba que la escalera de Mr. Dromon fuera de madera y no de mármol. O que la abundancia fingida tuviera fecha de caducidad.
Durante ocho años Gary Coleman soportó el ajustado traje de Arnold Jackson, el pibe negro, ocurrente y desvalido, adoptado por un increíble millonario norteamericano. Cuando el show comenzó tenía 7 años y no era dueño de sus decisiones. Fueron sus padres y los productores quienes manejaron los hilos de esa singular humanidad que lo caracterizaba. Porque aunque parezca obvio decirlo ahora, Coleman no era un pibe común. Era un actor simpático, por cierto, pero su escasa envergadura física inducía a la risa de inmediato. Su don era también su maldición. Coleman padecía una enfermedad a los riñones que le impedían crecer. Su atrofia corporal lo hacía gracioso desde un punto de vista estético aunque en el fondo se escondía un grave problema de salud. A ese cuerpo inmaduro Coleman le puso magia. A esa tristeza crónica Coleman la irradió de alegría.
Hace unos años, el actor le dijo al periodista Roque Casciero que su mejor recuerdo del show televisivo era su final: un 16 de febrero de 1986. Coleman consideraba un error su participación en la exitosa serie. 
Irónicamente, la vida posterior de Coleman fue mucho más una tragedia que una comedia. Soportó dos trasplantes de riñón. Jamás creció, terminó enjuiciado por golpear a un par de personas, fue estafado por sus propios padres, y ya en la pobreza, luego de haber cosechado unos 18 millones de dólares gracias a “Blanco y Negro”, sobrevivió como guardia de seguridad en un centro comercial. Otro chiste cruel para su estatura.
Hasta el día de su muerte, se la pasó saltando de un papel minúsculo a otro para ganar unos pocos pesos y comer. Por lo general hacía de Arnold. 
“Si tuviera el tamaño y la edad, actuaría en programas o películas de aventuras o ciencia ficción, pero no doy el physique du rol. Los actores somos como figuritas: nos intercambian, nos eligen, nos venden… Así funciona el negocio”, le dijo a Casciero. 
Y no deja de resultar muy triste pensar que Gary Coleman, el actor, estaba harto ya de ridiculizarse a sí mismo. Cansado de que lo llamarán ícono por un programa que él mismo detestaba.
Arnold siempre odió esos cachetes.
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Esto que sé, lo ignoro

A lo largo de una vida se muere y se renace más de una vez. 

Nos volvemos conscientes de ello bajo la impronta de experiencias fulminantes o de una carga emocional que nos impide seguir adelante como si nada ocurriera. Después nos olvidamos de aquel vértigo durante el cual entendimos todo. Quedan fragmentarias postales. Imágenes que con los años van perdiendo su intensidad.

Puedo mencionar algunas. El día en que nació mi primera hija y supe que, siendo nada, un come libros, lleno de sueños codiciosos, encontraría el modo de cuidarla y de transcurrir juntos sin la urgencia de existir.
La tarde en que a mis cinco o seis años apaleaba nieve en el sur y un automóvil marrón cruzó la ruta interrumpiendo el paisaje. Por contraposición me devolvió mi lugar en la tierra. 
El día en que los labios de una mujer me enseñaron la palabra sensualidad. Nueva York desde la ventanilla de un avión y la frase “Roma año I” cruzando mi mente. La noche en que discutí ferozmente con mi padre para nunca más volver a hablar con él. Las madrugadas en la calle, acurrucado en plazas, entradas de subtes e iglesias, reporteando a los indigentes de Buenos Aires, apenas un milímetro por debajo de mi humilde economía. El día en que mi compañera y yo volvimos de un maldito y urgente trámite, y nos abrazamos llorando porque no lo habíamos conseguido y todo parecía venirse abajo. Frágiles pero invencibles.
Hay varias de esas fotografías en mi mente. Cada una detuvo mi reloj de arena. Cada una me enseñó algo aunque yo, mal alumno al fin de cuentas, aprendí apenas un poco. 
Gracias al dolor y al placer que me produjeron me acerqué a esta certeza: que delicado es el puente de seda sobre el que vamos y venimos a las corridas. 
Comprendí que el sabor de una gota de agua en tu boca dice lo que ningún diccionario. Lo que ningún maestro. Que seremos pasado muy pronto. Que cada minuto cuenta. Que somos hijos de nuestras búsquedas antes que de nuestros hallazgos.
En este camino de excepciones y decepciones aprendí también que hay reglas que han sido establecidas para ocultar el verdadero significado de las cosas. ¿Por ejemplo? Que no se trata de amar y ser amado sino de amar y ser deseado. Que lo que parece, por lo general, es. Que en una relación de dos casi siempre hay tres. O cuatro. Que, en serio, somos antes piel que divinidad. Y que no puedes controlar las variantes de la vida. En un punto, no mucho más allá de nuestras narices, estamos sujetos a los caprichos de dios. 
Y que el único amor “para siempre” es el que guardas para tus hijos.
Pero tampoco es para tomarme en cuenta. Invocando a Alejandro Jodorowsky: esto que sé, lo ignoro. Esto que digo, ya lo he olvidado. Esto que escribo y repito me entra por una oreja y me sale por los poros. Esculpo sobre el viento. Le doy forma a un montón de antiguos conjuros. 
Si puedo apostar a que en la hora señalada, cuando la tormenta arrase, recuperaré una parte de la sabiduría milenaria. Por unos instantes me sentiré menos estúpido y más tranquilo.

La verdad según Truman Capote

Después de todo la “no ficción” puede haber sido apenas otra de las tantas facetas de la ficción literaria.
Probablemente las primeras dudas acerca de la veracidad de los hechos narrados por Truman Capote en su célebre “A Sangre Fría” hayan provenido de los propios habitantes del pequeño pueblo de Kansas, donde los cuatro miembros de la familia Clutter fueron asesinados. Pero o nadie los escuchó o no se dejaron oír. También ellos, muchos de ellos, terminaron cautivados por la voz seductora del gran Truman.
En noviembre del 2009 se cumplieron 50 años de este salvaje homicidio perpetrado por Dick Hickcock y Perry Smith. Como ya es sabido, Capote leyó la noticia en un diario, la recortó e inició un proyecto que cambiaría para siempre el paradigma novelístico y periodístico contemporáneo. Hacía tiempo ya que gente como Norman Mailer y Tom Wolfe venían sentenciando la muerte de la novela moderna. Pues bien, Capote decidió hacer algo al respecto. Otros también lo intentaron pero nadie llegó a tales alturas.
Coincidiendo con el medio siglo del crimen, aparecieron en los medios, por primera vez de un modo más nítido, las opiniones de algunos de los habitantes de Holcomb. Y no eran voces amables. Varios de ellos se quejaban de la falta de veracidad en los acontecimientos narrados por el escritor americano. ¿Estaban insinuando que las cosas no fueron como las describe Capote en su consagrado libro? Por supuesto, a esta altura del partido a quién le importa. Bueno, quizás a la gente de Holcomb le importe mucho. Claro, como consecuencia directa de este, cómo llamarlo, desliz poético por parte de Capote, los lectores deberíamos ir desechando la idea de lo no ficcional al menos en su obra.
Años después del caso de los Clutter, Capote trabajó en otra historia criminal. Se trataba de unos homicidios cuyas pistas, seguidas por un detective que se transformaría en amigo de Capote, conducían a la figura de un rico terrateniente. El relato “Tumbas talladas a mano”, fue incluido dentro del libro “Música para Camaleones”. A pocos se les hubiera ocurrido poner en duda lo contado por Capote. Pero hubo quien chequeó algunos datos que le dan coherencia a esa narración.
Dan Hogan, editor del sitio interjunction.org, escribió un interesante artículo llamado “The truth about non-fiction”, en el que cuenta que el periodista Peter Gillman investigó los dichos de Capote.
Según Gillman: “Es una cuestión de sentido común: si en un pequeño pueblo del Medio Oeste de los Estados Unidos se hubieran descubierto asesinatos seriales, es algo que habríamos sabido todos”.
Gillman tomó contacto con la viuda de Alvin Dewey, quien lideró la investigación del asesinato de los Clutter. Marie Dewey le dijo a Gillman: “Hay que recordar que Truman Capote era un fantasioso y mucho de lo que dijo no era cierto”. Guau.
Capote era conocido por no grabar ni tomar apuntes. Aseguraba que era capaz de recordar el 94 por ciento del contenido de las conversaciones que mantenía con sus entrevistados. Así lo hizo para su “A sangre fría”.
Gillman asegura que hay una relación directa entre las memorias de la señora Dewey y el nacimiento de “Ataúdes esculpidas a mano”. ¿Capote le robó la idea a la noble mujer?
Cuando Capote dio a la luz, de un modo doloroso y agotador, el libro con el cual alcanzaría la consagración eterna, se lo cuestionó por ir a buscar lo que su propia imaginación le había vedado. Ahora, investigaciones posteriores y Google mediante, sabemos que no, que la imaginación de Truman Capote permanecía intacta.
Fue hacia la realidad y encontró en ella un nuevo pretexto para barajar y dar de nuevo.

Comentario: “Lejos de dónde”

 

¿Dónde es lejos si no tenemos pasado al que regresar? ¿Cuál es nuestro verdadero nombre si hemos nacido bajo el signo de un personaje? ¿Tiene posibilidad de redención quien es hijo de una biografía apócrifa?
Estas y muchas otras preguntas semejantes rondan la estructura básica de la novela de Edgardo Cozarinsky, “Lejos de dónde” (Tusquets). En el relato, que abarca un tramo de tiempo que va desde la Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad y a dos personajes excluyentes, no hay respiro. No hay treguas. No abundan los llanos donde reposar. Escrita con un estilo que se sumerge en lo profundo sin olvidarse de una depurada línea estética, la novela descifra el alma de una madre y de su hijo, seres condenados por el destino, y al menos en parte, por una voluntad empecinada.
El libro de Edgardo Cozarinsky posee un vértigo desesperante que nos conduce hacia un final existencialista y definitivo. Como si la condición humana y su trágico andar pudieran reflejarse en el rostro de sus protagonistas. Ella, que trabajó como administrativa en un campo de concentración y que jamás llega a entender la dimensión del horror del cual participó ni a repensar sus creencias fascistas, decide huir a la Argentina para comenzar una nueva vida poblada de nostalgias. El, un hijo ni siquiera imaginado producto de una violación y que aun en su madurez no alcanza revelar el misterio de la verdadera identidad de su madre y, por lo tanto, de la suya misma.
Esta alemana inexpresiva, fugada de un país en llamas se deja envolver con gesto resignado por los aromas, las formas y los colores de Buenos Aires. Viva pero ausente. Convertida en un fantasma. En una voz sin eco. Muchos años después, el hijo también se convertirá en un exiliado del país que lo vio nacer.
En Europa oficiará, a cambio de dinero, de portador de quien sabe qué documentos secretos. El pibe criado entre las sombras de la memoria, ahora es un adulto que carga la cruz de saberse nadie.

Entrevista con Diego Fischerman

 

El silencio puede ser un narrador implacable.
Mucho sabe de esto Diego Fischerman, prestigioso crítico de música y escritor. Su libro “El principio del terror” (Mondadori), invoca una época de la historia nacional a través de relatos que si bien no la niegan, la omiten desde la palabra. Sin embargo, el terror y el drama están allí presentes. Su colección de relatos es una vía literaria a través de la cual acercarse al pasado. Aquí no hay precisiones accesorias ni preciosismos. Hay vida cotidiana. Sucesos naturales bajo el signo del peligro construidos con prosa limpia y económica. “El principio del terror” es una de las más interesantes novedades literarias en lo que va del año. Su lectura nos deja sumergidos en una encrucijada: entre el nerviosismo y la duda.
–Tus historias tienen como fondo omnipresente la realidad y el peso de la dictadura militar. Sin embargo, como si fuera una especie de fantasma capaz de aparecer mediante un conjuro, no lo nombras. Le quitas el poder de su apodo. ¿Cómo fue el proceso de construcción de estos relatos con esa palabra ausente aunque implícita en las narraciones?
–Siempre es mejor el silencio. Lo que no se nombra obliga a la imaginación. Y, en general, las conversaciones, las relaciones entre las personas, son largos rodeos alrededor de cosas no dichas. Por otra parte, aquello que está, de lo que no se duda, no se menciona. Como decía Borges, Mahoma no hablaba de camellos en el Corán. Quienes se sentían obligados a mencionarlos eran los turistas o los falsarios. En todo caso, eso se conectaba, para mí, de una manera directa con la vida cotidiana durante la dictadura. Con los silencios incluso ante uno mismo. Me parecía que hablar de esos años de terror implicaba hablar del silencio y hacerlo con silencios.
–Por otro lado, si bien existe un principio del terror también hay cierto juego, una ironía que no prevalece, está ahí, buscando un gesto cómplice. Hasta diría, esperando una mueca, una sonrisa mínima. ¿Te resultó difícil trabajar con un material delicado y, al mismo tiempo, darle este tipo de giros estéticos y conceptuales que menciono?
–No me gustan los retratos obvios, sin grietas, ni dobleces, ni miradas extrañas ni gestos equívocos. No me gustan los dramas donde nadie ríe ni las comedias donde falta alguna muerte o algún abandono atroz.
–¿Por qué el arte de la pesca está presente en el libro? ¿De dónde te viene y hacia dónde va como impulso narrativo?
–El apellido me condena. Fischerman significa pescador y los pescadores cuentan cuentos. Pero, sobre todo, la pesca me parece una metáfora fantástica de la literatura. Se trata, en una y en la otra, de tentar con un señuelo –la realidad, al fin y al cabo, siempre está en otra parte– y de hacer que no se lo abandone hasta el final.
–Una vez terminado el libro me quedó en el cuerpo una sensación que sólo he encontrado en algunas películas de suspenso: una tensión eléctrica, la necesidad de mirar sobre mi hombro, una sonrisa nerviosa. ¿Buscabas eso cuando escribiste estos relatos?
–Cualquier respuesta que diera sería un poco mentirosa. No escribo pensando en las reacciones. No todo es premeditado. Pero, por supuesto, creo que el arte debe ser inquietante, es decir mover a alguien desde la quietud, sacarlo de ella, y no me es indiferente si eso se logra o no.
–¿Cómo resolviste la ecuación de encontrar un ritmo y una cadencia justa para estos relatos que quedan enmarcados en un contexto histórico sombrío? ¿Es decir, cómo te transportaste al sentimiento de una época, si bien más o menos reciente, pasada?
–No es algo de lo que me haya dado cuenta. No se trató de un proceso muy meditado. Ese era el tono que quería y hasta diría que en algunos casos fue el tono el que guió a la trama. Eventualmente, escribir ese grupo de cuentos que recorren una cierta época sombría me sirvió para contar historias de soledad, de traiciones, de miedos, de sospechas, de desencuentros. Es decir historias humanas.
–Tu condición de crítico de música debe haber influido en la composición de tus historias ¿qué fondo musical les pondrías?
–No influyó tanto el escribir de música como la música en sí. Hay, creo, una percepción del ritmo y de la estructura que vienen de la música. Y, claramente, no pondría fondo musical. A lo sumo, podría haber un sonido. El de un pequeño oleaje de río, ese testarudo ir y venir del agua contra la orilla, golpeando apenas un bote atado a una soga; un bote que no dejaría nunca de balancearse y, también, de producir un cierto crujido.

Cuentas pendientes

Quedan por ahí, guardadas en los baúles de la memoria. Son, en su conjunto, el gran deseo subterráneo. Un bello salmón plateado que corre contra la fuerza de la corriente. Las cosas que un día nos propusimos hacer. Las metas que se llevaron parte de nuestro tiempo en el pasado. 

Algunas pocas conjugan una rara forma del presente continuo. Aún tienen una oportunidad de salir a flote. De sobrevivir a los años, a la constante distribución de energía, a las luchas cotidianas.
Sería muy injusto que se nos juzgara sólo por lo que hicimos. También somos aquello que no hicimos. Dignos hijos de las cuentas pendientes.
Soy un coleccionista de libretas y agendas donde he ido apuntando cosas que quería o aun pretendo realizar. 
A eso también me remito cuando pienso en mi configuración como persona, es la prueba de una búsqueda honesta por ser mejor. Por volar un poco más alto.
Mis deudas en este sentido son abundantes. Impagables. Pero por cada vez que tuve que declinar en el intento descubrí que había algo más por lo cual seguir adelante. Como si una decepción, por triste que esta fuera, anticipara el próximo entusiasmo. 
No niego la importancia de aprender a diferenciar la realidad de la fantasía. Los sueños de los delirios. Sin embargo, vivir atados a la cordura, caminar siempre por la vía del sentido común, puede terminar dándonos una incómoda sorpresa: el hecho de no haber sido lo suficientemente osados para tratar y equivocarnos. Nos habremos perdido la diversión.
Mis listas siguen ahí. Algunas noches repaso quien quise ser. Son momentos en los que hago dialogar a mis viejos apuntes con esa persona en la que aun pretendo convertirme. Ahora mismo creo poder mencionar unas cuantas locuras que seguramente no haré jamás. Incluso a medias, me conducirán hacia algún sitio.
Dar la vuelta al mundo en bicicleta, acampar un mes en el Parque Nacional Torres del Paine, a la orilla de los glaciares, escribir un libro de poesía llamado: “Manual de Instrucciones para sobrevivir al Sur”, escribir el guión de una telenovela, integrar una banda de rock punk, besar a Isabelle Adjani, filmar un western en la Patagonia, construir un barco de madera que se convierta en mi casa de verano, tocar blues al piano y en un piano-bar, vestir de elegante traje y corbata y andar así por la Quinta Avenida, aprender japonés, inaugurar una cadena de “cool” almacenes, entrevistar al escritor cubano Abilio Estévez, ¡Y a Mickey Rourke!. Y tengo más.
No son grandes cosas. Pero van quedando. Igual que un vino que guardo y no me atrevo a abrir.
Entretanto, con mayor respeto y temor, me empeño en otras en las que no quisiera fracasar. No las contaré acá, por cábala.
Pero para que el asunto no quede en unos odiosos puntos suspensivos, diré que tengo una bicicleta con la que ruedo por los bordes de mi ciudad. Que de lunes a lunes entreno ejercitándome con el estómago vacío y la mirada puesta en las montañas de febrero, que mis poemas se diluyen en internet y que no dejo de fisgonear pasajes Buenos Aires-Nueva York.
Cada cual tendrá sus listas. Sus proyectos. Aferrados a un puñado de propósitos es que le damos sentido a esta vida. Hasta un pesimista como Cioran dejó un margen a las entrevistas en las que se refería al “inconveniente de existir”.
En el trayecto entre el deseo y la decepción, hay muchos placeres que merecen ser vividos. El dolor, en cambio, es el precio que pagamos por nuestro enorme apetito.