Arnold siempre odió sus cachetes

Sus rechonchas mejillas de chocolate eran un banquete irresistible. El perfecto chico negro para una televisión blanca. Dulce, algo travieso y, por sobretodo, desposeído de toda malicia y resentimiento.
Gary Coleman era pobre pero guardaba la inocencia tan típica en los chicos cuando la adultez no es más que un país muy pero muy lejano. El programa, para él y su hermano ficticio Willys (Todd Bridges), funcionaba como una burbuja en el tiempo y una vía de escape de una realidad sin luces. Poco importaba que la escalera de Mr. Dromon fuera de madera y no de mármol. O que la abundancia fingida tuviera fecha de caducidad.
Durante ocho años Gary Coleman soportó el ajustado traje de Arnold Jackson, el pibe negro, ocurrente y desvalido, adoptado por un increíble millonario norteamericano. Cuando el show comenzó tenía 7 años y no era dueño de sus decisiones. Fueron sus padres y los productores quienes manejaron los hilos de esa singular humanidad que lo caracterizaba. Porque aunque parezca obvio decirlo ahora, Coleman no era un pibe común. Era un actor simpático, por cierto, pero su escasa envergadura física inducía a la risa de inmediato. Su don era también su maldición. Coleman padecía una enfermedad a los riñones que le impedían crecer. Su atrofia corporal lo hacía gracioso desde un punto de vista estético aunque en el fondo se escondía un grave problema de salud. A ese cuerpo inmaduro Coleman le puso magia. A esa tristeza crónica Coleman la irradió de alegría.
Hace unos años, el actor le dijo al periodista Roque Casciero que su mejor recuerdo del show televisivo era su final: un 16 de febrero de 1986. Coleman consideraba un error su participación en la exitosa serie. 
Irónicamente, la vida posterior de Coleman fue mucho más una tragedia que una comedia. Soportó dos trasplantes de riñón. Jamás creció, terminó enjuiciado por golpear a un par de personas, fue estafado por sus propios padres, y ya en la pobreza, luego de haber cosechado unos 18 millones de dólares gracias a “Blanco y Negro”, sobrevivió como guardia de seguridad en un centro comercial. Otro chiste cruel para su estatura.
Hasta el día de su muerte, se la pasó saltando de un papel minúsculo a otro para ganar unos pocos pesos y comer. Por lo general hacía de Arnold. 
“Si tuviera el tamaño y la edad, actuaría en programas o películas de aventuras o ciencia ficción, pero no doy el physique du rol. Los actores somos como figuritas: nos intercambian, nos eligen, nos venden… Así funciona el negocio”, le dijo a Casciero. 
Y no deja de resultar muy triste pensar que Gary Coleman, el actor, estaba harto ya de ridiculizarse a sí mismo. Cansado de que lo llamarán ícono por un programa que él mismo detestaba.
Arnold siempre odió esos cachetes.

Esto que sé, lo ignoro

A lo largo de una vida se muere y se renace más de una vez. 

Nos volvemos conscientes de ello bajo la impronta de experiencias fulminantes o de una carga emocional que nos impide seguir adelante como si nada ocurriera. Después nos olvidamos de aquel vértigo durante el cual entendimos todo. Quedan fragmentarias postales. Imágenes que con los años van perdiendo su intensidad.

Puedo mencionar algunas. El día en que nació mi primera hija y supe que, siendo nada, un come libros, lleno de sueños codiciosos, encontraría el modo de cuidarla y de transcurrir juntos sin la urgencia de existir.
La tarde en que a mis cinco o seis años apaleaba nieve en el sur y un automóvil marrón cruzó la ruta interrumpiendo el paisaje. Por contraposición me devolvió mi lugar en la tierra. 
El día en que los labios de una mujer me enseñaron la palabra sensualidad. Nueva York desde la ventanilla de un avión y la frase “Roma año I” cruzando mi mente. La noche en que discutí ferozmente con mi padre para nunca más volver a hablar con él. Las madrugadas en la calle, acurrucado en plazas, entradas de subtes e iglesias, reporteando a los indigentes de Buenos Aires, apenas un milímetro por debajo de mi humilde economía. El día en que mi compañera y yo volvimos de un maldito y urgente trámite, y nos abrazamos llorando porque no lo habíamos conseguido y todo parecía venirse abajo. Frágiles pero invencibles.
Hay varias de esas fotografías en mi mente. Cada una detuvo mi reloj de arena. Cada una me enseñó algo aunque yo, mal alumno al fin de cuentas, aprendí apenas un poco. 
Gracias al dolor y al placer que me produjeron me acerqué a esta certeza: que delicado es el puente de seda sobre el que vamos y venimos a las corridas. 
Comprendí que el sabor de una gota de agua en tu boca dice lo que ningún diccionario. Lo que ningún maestro. Que seremos pasado muy pronto. Que cada minuto cuenta. Que somos hijos de nuestras búsquedas antes que de nuestros hallazgos.
En este camino de excepciones y decepciones aprendí también que hay reglas que han sido establecidas para ocultar el verdadero significado de las cosas. ¿Por ejemplo? Que no se trata de amar y ser amado sino de amar y ser deseado. Que lo que parece, por lo general, es. Que en una relación de dos casi siempre hay tres. O cuatro. Que, en serio, somos antes piel que divinidad. Y que no puedes controlar las variantes de la vida. En un punto, no mucho más allá de nuestras narices, estamos sujetos a los caprichos de dios. 
Y que el único amor “para siempre” es el que guardas para tus hijos.
Pero tampoco es para tomarme en cuenta. Invocando a Alejandro Jodorowsky: esto que sé, lo ignoro. Esto que digo, ya lo he olvidado. Esto que escribo y repito me entra por una oreja y me sale por los poros. Esculpo sobre el viento. Le doy forma a un montón de antiguos conjuros. 
Si puedo apostar a que en la hora señalada, cuando la tormenta arrase, recuperaré una parte de la sabiduría milenaria. Por unos instantes me sentiré menos estúpido y más tranquilo.

La verdad según Truman Capote

Después de todo la “no ficción” puede haber sido apenas otra de las tantas facetas de la ficción literaria.
Probablemente las primeras dudas acerca de la veracidad de los hechos narrados por Truman Capote en su célebre “A Sangre Fría” hayan provenido de los propios habitantes del pequeño pueblo de Kansas, donde los cuatro miembros de la familia Clutter fueron asesinados. Pero o nadie los escuchó o no se dejaron oír. También ellos, muchos de ellos, terminaron cautivados por la voz seductora del gran Truman.
En noviembre del 2009 se cumplieron 50 años de este salvaje homicidio perpetrado por Dick Hickcock y Perry Smith. Como ya es sabido, Capote leyó la noticia en un diario, la recortó e inició un proyecto que cambiaría para siempre el paradigma novelístico y periodístico contemporáneo. Hacía tiempo ya que gente como Norman Mailer y Tom Wolfe venían sentenciando la muerte de la novela moderna. Pues bien, Capote decidió hacer algo al respecto. Otros también lo intentaron pero nadie llegó a tales alturas.
Coincidiendo con el medio siglo del crimen, aparecieron en los medios, por primera vez de un modo más nítido, las opiniones de algunos de los habitantes de Holcomb. Y no eran voces amables. Varios de ellos se quejaban de la falta de veracidad en los acontecimientos narrados por el escritor americano. ¿Estaban insinuando que las cosas no fueron como las describe Capote en su consagrado libro? Por supuesto, a esta altura del partido a quién le importa. Bueno, quizás a la gente de Holcomb le importe mucho. Claro, como consecuencia directa de este, cómo llamarlo, desliz poético por parte de Capote, los lectores deberíamos ir desechando la idea de lo no ficcional al menos en su obra.
Años después del caso de los Clutter, Capote trabajó en otra historia criminal. Se trataba de unos homicidios cuyas pistas, seguidas por un detective que se transformaría en amigo de Capote, conducían a la figura de un rico terrateniente. El relato “Tumbas talladas a mano”, fue incluido dentro del libro “Música para Camaleones”. A pocos se les hubiera ocurrido poner en duda lo contado por Capote. Pero hubo quien chequeó algunos datos que le dan coherencia a esa narración.
Dan Hogan, editor del sitio interjunction.org, escribió un interesante artículo llamado “The truth about non-fiction”, en el que cuenta que el periodista Peter Gillman investigó los dichos de Capote.
Según Gillman: “Es una cuestión de sentido común: si en un pequeño pueblo del Medio Oeste de los Estados Unidos se hubieran descubierto asesinatos seriales, es algo que habríamos sabido todos”.
Gillman tomó contacto con la viuda de Alvin Dewey, quien lideró la investigación del asesinato de los Clutter. Marie Dewey le dijo a Gillman: “Hay que recordar que Truman Capote era un fantasioso y mucho de lo que dijo no era cierto”. Guau.
Capote era conocido por no grabar ni tomar apuntes. Aseguraba que era capaz de recordar el 94 por ciento del contenido de las conversaciones que mantenía con sus entrevistados. Así lo hizo para su “A sangre fría”.
Gillman asegura que hay una relación directa entre las memorias de la señora Dewey y el nacimiento de “Ataúdes esculpidas a mano”. ¿Capote le robó la idea a la noble mujer?
Cuando Capote dio a la luz, de un modo doloroso y agotador, el libro con el cual alcanzaría la consagración eterna, se lo cuestionó por ir a buscar lo que su propia imaginación le había vedado. Ahora, investigaciones posteriores y Google mediante, sabemos que no, que la imaginación de Truman Capote permanecía intacta.
Fue hacia la realidad y encontró en ella un nuevo pretexto para barajar y dar de nuevo.

Comentario: “Lejos de dónde”

 

¿Dónde es lejos si no tenemos pasado al que regresar? ¿Cuál es nuestro verdadero nombre si hemos nacido bajo el signo de un personaje? ¿Tiene posibilidad de redención quien es hijo de una biografía apócrifa?
Estas y muchas otras preguntas semejantes rondan la estructura básica de la novela de Edgardo Cozarinsky, “Lejos de dónde” (Tusquets). En el relato, que abarca un tramo de tiempo que va desde la Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad y a dos personajes excluyentes, no hay respiro. No hay treguas. No abundan los llanos donde reposar. Escrita con un estilo que se sumerge en lo profundo sin olvidarse de una depurada línea estética, la novela descifra el alma de una madre y de su hijo, seres condenados por el destino, y al menos en parte, por una voluntad empecinada.
El libro de Edgardo Cozarinsky posee un vértigo desesperante que nos conduce hacia un final existencialista y definitivo. Como si la condición humana y su trágico andar pudieran reflejarse en el rostro de sus protagonistas. Ella, que trabajó como administrativa en un campo de concentración y que jamás llega a entender la dimensión del horror del cual participó ni a repensar sus creencias fascistas, decide huir a la Argentina para comenzar una nueva vida poblada de nostalgias. El, un hijo ni siquiera imaginado producto de una violación y que aun en su madurez no alcanza revelar el misterio de la verdadera identidad de su madre y, por lo tanto, de la suya misma.
Esta alemana inexpresiva, fugada de un país en llamas se deja envolver con gesto resignado por los aromas, las formas y los colores de Buenos Aires. Viva pero ausente. Convertida en un fantasma. En una voz sin eco. Muchos años después, el hijo también se convertirá en un exiliado del país que lo vio nacer.
En Europa oficiará, a cambio de dinero, de portador de quien sabe qué documentos secretos. El pibe criado entre las sombras de la memoria, ahora es un adulto que carga la cruz de saberse nadie.

Entrevista con Diego Fischerman

 

El silencio puede ser un narrador implacable.
Mucho sabe de esto Diego Fischerman, prestigioso crítico de música y escritor. Su libro “El principio del terror” (Mondadori), invoca una época de la historia nacional a través de relatos que si bien no la niegan, la omiten desde la palabra. Sin embargo, el terror y el drama están allí presentes. Su colección de relatos es una vía literaria a través de la cual acercarse al pasado. Aquí no hay precisiones accesorias ni preciosismos. Hay vida cotidiana. Sucesos naturales bajo el signo del peligro construidos con prosa limpia y económica. “El principio del terror” es una de las más interesantes novedades literarias en lo que va del año. Su lectura nos deja sumergidos en una encrucijada: entre el nerviosismo y la duda.
–Tus historias tienen como fondo omnipresente la realidad y el peso de la dictadura militar. Sin embargo, como si fuera una especie de fantasma capaz de aparecer mediante un conjuro, no lo nombras. Le quitas el poder de su apodo. ¿Cómo fue el proceso de construcción de estos relatos con esa palabra ausente aunque implícita en las narraciones?
–Siempre es mejor el silencio. Lo que no se nombra obliga a la imaginación. Y, en general, las conversaciones, las relaciones entre las personas, son largos rodeos alrededor de cosas no dichas. Por otra parte, aquello que está, de lo que no se duda, no se menciona. Como decía Borges, Mahoma no hablaba de camellos en el Corán. Quienes se sentían obligados a mencionarlos eran los turistas o los falsarios. En todo caso, eso se conectaba, para mí, de una manera directa con la vida cotidiana durante la dictadura. Con los silencios incluso ante uno mismo. Me parecía que hablar de esos años de terror implicaba hablar del silencio y hacerlo con silencios.
–Por otro lado, si bien existe un principio del terror también hay cierto juego, una ironía que no prevalece, está ahí, buscando un gesto cómplice. Hasta diría, esperando una mueca, una sonrisa mínima. ¿Te resultó difícil trabajar con un material delicado y, al mismo tiempo, darle este tipo de giros estéticos y conceptuales que menciono?
–No me gustan los retratos obvios, sin grietas, ni dobleces, ni miradas extrañas ni gestos equívocos. No me gustan los dramas donde nadie ríe ni las comedias donde falta alguna muerte o algún abandono atroz.
–¿Por qué el arte de la pesca está presente en el libro? ¿De dónde te viene y hacia dónde va como impulso narrativo?
–El apellido me condena. Fischerman significa pescador y los pescadores cuentan cuentos. Pero, sobre todo, la pesca me parece una metáfora fantástica de la literatura. Se trata, en una y en la otra, de tentar con un señuelo –la realidad, al fin y al cabo, siempre está en otra parte– y de hacer que no se lo abandone hasta el final.
–Una vez terminado el libro me quedó en el cuerpo una sensación que sólo he encontrado en algunas películas de suspenso: una tensión eléctrica, la necesidad de mirar sobre mi hombro, una sonrisa nerviosa. ¿Buscabas eso cuando escribiste estos relatos?
–Cualquier respuesta que diera sería un poco mentirosa. No escribo pensando en las reacciones. No todo es premeditado. Pero, por supuesto, creo que el arte debe ser inquietante, es decir mover a alguien desde la quietud, sacarlo de ella, y no me es indiferente si eso se logra o no.
–¿Cómo resolviste la ecuación de encontrar un ritmo y una cadencia justa para estos relatos que quedan enmarcados en un contexto histórico sombrío? ¿Es decir, cómo te transportaste al sentimiento de una época, si bien más o menos reciente, pasada?
–No es algo de lo que me haya dado cuenta. No se trató de un proceso muy meditado. Ese era el tono que quería y hasta diría que en algunos casos fue el tono el que guió a la trama. Eventualmente, escribir ese grupo de cuentos que recorren una cierta época sombría me sirvió para contar historias de soledad, de traiciones, de miedos, de sospechas, de desencuentros. Es decir historias humanas.
–Tu condición de crítico de música debe haber influido en la composición de tus historias ¿qué fondo musical les pondrías?
–No influyó tanto el escribir de música como la música en sí. Hay, creo, una percepción del ritmo y de la estructura que vienen de la música. Y, claramente, no pondría fondo musical. A lo sumo, podría haber un sonido. El de un pequeño oleaje de río, ese testarudo ir y venir del agua contra la orilla, golpeando apenas un bote atado a una soga; un bote que no dejaría nunca de balancearse y, también, de producir un cierto crujido.

Cuentas pendientes

Quedan por ahí, guardadas en los baúles de la memoria. Son, en su conjunto, el gran deseo subterráneo. Un bello salmón plateado que corre contra la fuerza de la corriente. Las cosas que un día nos propusimos hacer. Las metas que se llevaron parte de nuestro tiempo en el pasado. 

Algunas pocas conjugan una rara forma del presente continuo. Aún tienen una oportunidad de salir a flote. De sobrevivir a los años, a la constante distribución de energía, a las luchas cotidianas.
Sería muy injusto que se nos juzgara sólo por lo que hicimos. También somos aquello que no hicimos. Dignos hijos de las cuentas pendientes.
Soy un coleccionista de libretas y agendas donde he ido apuntando cosas que quería o aun pretendo realizar. 
A eso también me remito cuando pienso en mi configuración como persona, es la prueba de una búsqueda honesta por ser mejor. Por volar un poco más alto.
Mis deudas en este sentido son abundantes. Impagables. Pero por cada vez que tuve que declinar en el intento descubrí que había algo más por lo cual seguir adelante. Como si una decepción, por triste que esta fuera, anticipara el próximo entusiasmo. 
No niego la importancia de aprender a diferenciar la realidad de la fantasía. Los sueños de los delirios. Sin embargo, vivir atados a la cordura, caminar siempre por la vía del sentido común, puede terminar dándonos una incómoda sorpresa: el hecho de no haber sido lo suficientemente osados para tratar y equivocarnos. Nos habremos perdido la diversión.
Mis listas siguen ahí. Algunas noches repaso quien quise ser. Son momentos en los que hago dialogar a mis viejos apuntes con esa persona en la que aun pretendo convertirme. Ahora mismo creo poder mencionar unas cuantas locuras que seguramente no haré jamás. Incluso a medias, me conducirán hacia algún sitio.
Dar la vuelta al mundo en bicicleta, acampar un mes en el Parque Nacional Torres del Paine, a la orilla de los glaciares, escribir un libro de poesía llamado: “Manual de Instrucciones para sobrevivir al Sur”, escribir el guión de una telenovela, integrar una banda de rock punk, besar a Isabelle Adjani, filmar un western en la Patagonia, construir un barco de madera que se convierta en mi casa de verano, tocar blues al piano y en un piano-bar, vestir de elegante traje y corbata y andar así por la Quinta Avenida, aprender japonés, inaugurar una cadena de “cool” almacenes, entrevistar al escritor cubano Abilio Estévez, ¡Y a Mickey Rourke!. Y tengo más.
No son grandes cosas. Pero van quedando. Igual que un vino que guardo y no me atrevo a abrir.
Entretanto, con mayor respeto y temor, me empeño en otras en las que no quisiera fracasar. No las contaré acá, por cábala.
Pero para que el asunto no quede en unos odiosos puntos suspensivos, diré que tengo una bicicleta con la que ruedo por los bordes de mi ciudad. Que de lunes a lunes entreno ejercitándome con el estómago vacío y la mirada puesta en las montañas de febrero, que mis poemas se diluyen en internet y que no dejo de fisgonear pasajes Buenos Aires-Nueva York.
Cada cual tendrá sus listas. Sus proyectos. Aferrados a un puñado de propósitos es que le damos sentido a esta vida. Hasta un pesimista como Cioran dejó un margen a las entrevistas en las que se refería al “inconveniente de existir”.
En el trayecto entre el deseo y la decepción, hay muchos placeres que merecen ser vividos. El dolor, en cambio, es el precio que pagamos por nuestro enorme apetito.

El ladrón regresa: Robin Hood

“Robin Hood” es la profecía autocumplida de Ridley Scott.
Hace unos años, después de haber cosechado largamente el éxito de “Gladiator”, el director predijo la vuelta de “El Español”, aquel guerrero que antes de morir asesina al emperador Maximus con su propia espada. “No sé cómo vamos a hacer pero va a revivir”, dijo Scott, palabras más, palabras menos. Pues, aquí lo tienen, se llama Robin Hood y vive oculto en lo profundo de un bosque.

La historia del ladrón que roba a los ricos para alimentar a los pobres ha sido presentada muchas veces por el cine. Quizás demasiadas. Los resultados nunca fueron sobresalientes. A lo más, pasables. Ya encarnaron al personaje de dudosa estirpe histórica Sean Connery y Kevin Costner, sólo por mencionar dos estrellas del cine contemporáneo. Son dos esfuerzos malogrados pero, al fin del cuentas, es lo que Hollywood quiso y lo que Hollywood quiere.

Robin Hood se puede enmarcar dentro de una larga lista de nuevas versiones de películas y series que funcionaron en décadas pasadas y que comenzarán a verse a lo largo del 2010.

“Los cazafantasmas”, por ejemplo, tendrán su remake y, a menos que convenzan a Bill Murray de sumarse al elenco, seguramente será otro experimento lamentable. Ya volvió “Fama” que pasó con pena antes que gloria por la pantalla grande.

Volvamos a los orígenes del personaje que son pretéritos. En rigor, nada indica que Robin Hood haya existido. Diversos cantos populares, entre los siglos 12 y 13, lo ubican a la cabeza de un grupo de mercenarios que desquiciaban el cotidiano devenir de los miembros de la aristocracia inglesa. Se dijo de él que era un caballero devenido en justo luchador de los necesitados, un cruzado, o incluso un hombre común que llegó a transformarse en símbolo de su época con una fuerte faceta solidaria. Por llamar de algún modo su vocación por el crimen. La verdad es que su biografía está poblada de supuestos.

Muchos años después de los cánticos laudatorios, Walter Scott y Alejandro Dumas lo incluyeron en sus exitosas obras literarias. Y muchos pero muchos años más tarde alguien encontró documentos que prueban que un fugitivo del siglo 12 vendió sus muebles en York. ¿El nombre de quien figura en dichos papeles? Robin Hood.

Scott, un gran director y un buscador de experiencias adrenalínicas, no hizo demasiado por cambiar el curso del relato principal. No era necesario. Si algo sabe hacer el hombre que filmó “Aliens, el octavo pasajero”, es dejar su huella. De modo que podemos adelantar que todo está en su lugar: Robin roba, corre y lucha. Los malos hacen básicamente lo mismo pero, claro, son malos.

Es el siglo 12 y Sir Robin Longstride, un destacado arquero al servicio de Ricardo Corazón de León, lucha junto a su rey en contra de las tropas francesas. Cuando éste muere, decide volver a su lugar origen: una villa en el norte de Inglaterra. El problema, y sin problema no hay historia, es que el caballero se encuentra con que un sheriff (Matthew Macfadyen) está oprimiendo a la gente del lugar. También descubre el amor en la figura de Lady Marian (Cate Blanchett), una bella mujer que acaba de enviudar. El camino de Robin no es una picardía: convertirse en un paria, habitante de los bosques de Sherwood, empeñado en robar a los explotadores para repartir entre los humildes. Hasta le quedarán unas horas libres destinadas a seducir el noble corazón de la chica medieval de moda.

Russell Crowe ha asegurado ser un verdadero fanático del personaje, un rebelde como él mismo que en la vida real resuelve a las trompadas sus encuentros con los paparazzis, por lo que se pasó casi un año leyendo libros acerca de la leyenda.

Lo cómico del asunto es que mientras leía, se le olvidó que debía bajar los muchos kilos que había aumentado para su anterior película “Red de mentiras” (otra de Scott). Por lo que la filmación fue suspendida y tuvo que adelgazar con la ayuda de un preparador físico de la NBA enviado por la Universal. El actor también practicó cuatro meses tirando con arco y flecha, al punto de acertar en un blanco ubicado a 45 metros de distancia. Como sea, en la película se lo ve bastante gordo.

El filme fue realizado en escenarios naturales. Lugares como Freshwater West, Pembrokeshire, Wales, Ashridge Estate, Little Gaddesden, Bourne Wood, Dovedale, Ashbourne y Derbyshire forman parte de la lista. La película, producida por un estudio norteamericano de Los Ángeles, tendrá un indiscutible sabor anglo aunque su protagonista haya nacido en Nueva Zelanda y la dama en cuestión en Melbourne, Australia. ¿Dónde están los ingleses se pregunta un amante del cine en un foro dedicado a la película? Obvio, dónde.

Otro fan, que había visto un preestreno en Nueva York, asegura que la versión de Scott le había gustado porque le parecía entretenida (¿para qué está el cine sino?, se preguntaba él) pero que “el guión, los personajes, las bromas, las escenas de acción y la cinematografía toda son copias de lo que ya se ha hecho antes”. Sobran los comentarios acerca del comentario.

La lista de “Robins” es tan extensa como disparatada. Cómo olvidar aquel de los estudios Disney’s con Brian Bedford en la voz de un zorro sospechosamente parecido a Robin Hood. O al “Robin de los bosques”, con Errol Flynn. O, tal vez olvidar sería lo mejor en este caso, “El príncipe de los ladrones” con Kevin Costner, y esas flechas que ¿portaban? una minicámara capaz de reflejar su preciso andar.

A Ridley Scott el personaje nunca le entusiasmó. Cuando fue preguntado por cual era su película favorita aseguró que “Las locas aventuras de Robin Hood” (en inglés se llamaba “Hombres en medias”), de Mel Brooks sobretodo por la cómica caracterización de Cary Elwes. ¿Recuerdan el cruce a nado de Robin entre un continente y otro y que al llegar a Inglaterra (donde lo espera un cartel estilo Hollywood) grita “Home! Home!”? ¿Y cuando el joven arquero mantiene una ridícula pelea con el Pequeño Juan que termina con este último en un charco suplicando auxilio? ¿O las coreografías musicales tan cursis? ¿O de cuando él y su grupo le reparten muy femeninas medias verdes a sus futuros secuaces? ¿Si? Pero esa es otra película y para verla habrá que ir a la casa de video más cercana.

En esta, la de los estudios Universal, la del gran Ridley Scott, la protagonizada por una estrella que cobró 20 millones de dólares por poner el cuerpo (y un porcentaje en las ganancias), las cosas se tornan serias. Acá nadie se está riendo. Acá no hay chiste.

Entonces veremos a Crowe gritando sus ganas de libertad como un loco, con el rostro ensangrentado, la espada en alto y acertándole sin mirar con su flecha al ojo de un águila.

Esto sí que es Hollywood.

Publicada en Río Negro

Cambiando el mundo

 

Hay que cambiar el mundo, me dijo ella. 
Voy a cambiarlo, puntualizó.
¿vienes conmigo?, me propuso.
Y yo que estaba perdido por sus ojos, por su piel y sus formas curvas, me sumé.
Recorrimos las casas del pueblo a la búsqueda de vacías botellas de vidrio que luego mandaríamos a…no tengo idea.
A las afueras, donde comienza la estepa y la nada, recolectamos bolsas de plástico.
Limpiamos la costa de pañales. Las calles de cigarrillos apagados.
En un bote tratamos de comunicarnos con las ballenas para advertirles que no confiaran en japoneses, islandeses ni noruegos.
Un día se me ocurrió decir, como al pasar, que me gustaría tener un hijo.
¿Un hijo?, preguntó, exclamó y se azoró.
Si el mundo ya esta lleno de gente y no hay alimento para todos ni espacio suficiente, fundamentó.
Aquí hay mucho, la contradije yo, y abrí mis brazos patagónicos que pretendía abarcar lo inmenso.
En mi país no, dijo y cerró. Ella era suiza o galesa, no recuerdo bien.
A la mañana siguiente se fue, a Africa o el caribé, no lo sé.
Y yo me quedé solo.
Pensando en cosas que jamás iban a pasar.
Pensando en que el mundo es una mierda.
Y en que me importan un pepino las ballenas, los pañales y los cigarrillos a medio terminar. 

Tablet: el diario del futuro, hoy

La noticia perfila el futuro. 
La Tablet Ipad de Apple alcanzó, al mes de su lanzamiento, el millón de unidades vendidas.
El éxito de la Tablet subraya el definitivo principio del fin de la versión papel de los diarios. Y digo de su versión papel, exclusivamente, porque los diarios en tanto organismos propulsores de información continuarán vivos. Sin embargo, la Tablet ha llegado para acelerar el proceso y darle curso.
Nadie quiere comprar el pan de ayer. Tampoco hay razones para suponer que la gente seguirá haciendo esto mismo con los diarios papel en los años por venir.
El dispositivo de Apple sirve para muchas cosas, pero una de ellas, acaso la más significativa, es que permite leer los medios que aun son gráficos y que están en transición hacia el multimedia, de un modo completamente distinto. Jamás un lector en la historia de los medios masivos se había encontrado con tan exquisita plataforma de lectura.
Un video que adjunto acá es ilustrativo del punto de vista y, en esta oportunidad, vale más que mil palabras.
La lógica indica que en breve los grandes medios comenzarán a cerrar los accesos free a sus contenidos on line y ofrecerán en conjunto un paquete premium (The New York Times, The Guardian, El País de Madrid, El Mundo, entre otros monstruos editoriales con vaivenes financieros vinculados a la caída de la publicidad y las ventas) para los lectores de este tipo de aparatos, sean de Steve Jobs o de otros precursores de modelos tablets. Cuando esto ocurra difícilmente el lector de “medios tablet” pagará también por una versión papel que ofrecerá noticias que habrán perdido su actualidad.
¿Se podrá tomar el café de las mañanas leyendo nuestro diario preferido en una tablet? Por supuesto, y con esta simple afirmación estamos estableciendo un cambio de paradigma en la industria.
Por cierto, hay un lector papel y ese lector papel se verá seducido por la locuacidad y practicidad de su época (el mismo principio se aplica a las máquinas de escribir versus las computadoras a la hora de redactar una carta o un cuento). La tablet es un soporte económico, más fácil de manejar que una PC, más sencilla en tanto estructura (posee muchos menos comandos) y, a la vez, constituye una ventana hacia un nuevo tipo de medio.
Si el diario papel es el diario de ayer, rigurosamente de ayer, los medios en versión digital para tablet son el diario del día en curso. El real time sin maquillaje ni espera.
El ritmo de crecimiento de la tablet demuestra a qué velocidad están cambiando los procesos culturales. Entre la creación del concepto “tevé por cable” y su desarrollo masivo pasaron unos 35 años. Entre la presentación en sociedad de la tablet y su boom de ventas apenas días.
Pensemos en que ese millón de personas se convertirán en flamantes lectores de medios digitales. Medios, ante todo, multimedia. Estos lectores han pagado ya su pasaje en la máquina del tiempo que tiene una sóla dirección. No volverán a sus orígenes.

Palabras de siempre

 

Mi estimada amiga y poeta Ana Yalour anda con ganas de publicar un nuevo libro donde se entreveren sus poemas con los míos. Lo hizo hace unos años en un ejemplar que llamó (y el nombre me encanta) “Así de una”.
Su idea, me cuenta en un mail, es hacer una versión digital que tendrá también su pata en el papel. No lo imagino aunque estoy seguro de que me gustará.
Me anunció su propósito justo en la semana en que Apple llegó al millón de Tablets vendidas en Estado Unidos. Espero que un día nuestros poemas, y los de muchos otros, tengan también un espacio en la pantalla de Steve Job.
Lo digo con alegría porque aunque entiendo que cambiarán los soportes (sucesivas tablets se reemplazarán unas a otras), las palabras, los códigos a través de los cuales expresamos lo inexpresable, persistirán en su intento.
Por lo general, no me siento inspirado a escribir otra cosa que no sean poemas de amor. Como si fueran cartas que diseño, perfumo y luego firmo pensando en alguien o en nadie en especial. Pero incluso en un formato multimedia las palabras de amor seguirán diciendo lo mismo. Mantendrán su delicada autonomía. Infieles a sí mismas.
Están destinados los poemas del género a provocar la inquietud de un tercero y eso continuará. Demás está decir que muchos terminarán por ahí, en el buzón, en la papelera, pero algunos serán conservados como un lindo regalo. Un obsequio que sólo es capaz de hacerse el corazón abierto.
De modo que el nuevo libro en coautoría con Yalour (quien me ofrece este raro privilegio y nunca dejo de agradecérselo) destilará, en sus versiones multimedia y papel, perfume y románticas intenciones.
Encontrarán entre los versos herramientas como “piel”, “deseo”, “estrellas” y “cielo”. Palabras antiguas enmarcadas en un sistema flamante o tradicional. Palabras que recorrieron un largo y sinuoso camino en procura de convertirse en perfectos emisarios de los sentimientos. Capaces de sonar, de albergar y de definir aquello que guardamos en un rincón del espíritu.
Uno de los poemas que formarán parte del libro aun sin nombre es este:
“Porque no hay escritos sobre nosotros
Porque no tenemos una canción
Porque no somos dueños del destino
Porque hemos inaugurado algo
Porque un beso descubre secretos
Porque sobre el cristal mojado
puedes dibujar el mapa del amor
Porque no te escondes detrás de una careta cuando deseas
Porque no mientes si te entregas
Porque empezamos de cero
Porque somos milenarios
Porque la canción del tiempo nos pertenece
y siendo la misma, es diferente
Porque nos prometimos estrellas
Porque vamos
Porque volvemos pisando sobre la nieve
Porque el espacio es una metáfora
del corazón.”

Terapia de vidas pasadas

Podríamos haber sido un vikingo navegando hacia nuevos horizontes. Un ayudante de cocina en un pueblito de Francia. Un selk´nam en el fin del mundo. Podríamos. La reencarnación aún es tema de debate y fe.

Hay quien la da por sentada. Y no hablamos sólo de budistas e hinduistas practicantes sino de profesionales de la psicología que por años han indagado en la personalidad humana buscando rastros de vidas pasadas que, para colmo, tendrían incidencias en la actual.

Acaso la fobia que atenaza la existencia de un pobre Juan tenga mucho más que ver con una muerte en la horca, en un ajusticiamiento en la España medieval, que con la figura de un padre sobreprotector. Aquí es donde la Terapia de Vidas Pasadas y el psiconálisis comienzan a separarse de un modo radical.

La TVP se convirtió en objeto de discusión masiva gracias a la obra de Brian Weiss (el mismo que visitó la anterior Feria del Libro). Sus libros “A través del Tiempo” y “Muchas vidas, muchos maestros” son best seller indiscutibles.

Aunque el proceso de reencarnación, si es que existe, es complejo y ciertamente vinculado a lo divino, las consecuencias de tal tránsito resultan factibles de encontrar a flor de piel.

Weiss asegura que la TVP “es una prueba científicamente comprobada de que la reencarnación existe. Por lo tanto nunca morimos, nuestra alma es inmortal y la muerte es sólo un paso entre una lección de vida y otra”.

¿Pero cómo podemos detectar si hemos vivido en otras épocas, en otros cuerpos? Weiss, entre otros investigadores como Ian Stevenson, explica que hay claves ineludibles: marcas de nacimiento, talentos para ciertos idiomas, conocimientos varios que no deberían estar ahí.

Stevenson -autor de “Twenty Cases Suggestive of Reincarnation” y “Children Who Remember Previous Lives”- es uno de los más respetados pero al mismo tiempo controversiales estudiosos del tema.

El hombre se tomó la molestia de recorrer el mundo entero y de clasificar más 3 mil casos de niños en los que encontró evidencia definitiva de que habían vivido otras vidas.

Tanto Weiss como Stevenson relatan historias capaces de dejar perplejo al más descreído. Por ejemplo, Stevenson relata el caso de un pibe en Beirut que aseguraba haber sido un mecánico que murió a los 25 años en un accidente de tránsito.

El chico llegó al punto de decir cuál era su nombre y los nombres de sus parientes más cercanos, así como el lugar donde ocurrió el accidente. Absolutamente todo esto fue confirmado a lo largo de distintas entrevistas: nombres, fechas y hasta la muerte de un mecánico años antes del nacimiento del chico. Creer o reventar.

Como es de suponer, el extenso trabajo de Stevenson, quien hasta su retiro en 2002 estuvo al frente de la Division Perceptual Studies de la Universidad de Virginia, fueron refutados y menospreciados.

Sin embargo, Stevenson, y esto debe ser aclarado, no realizaba TVP.

En los últimos 10 años, la actividad terapéutica ha crecido de un modo sorprendente. Y la medicina tiene su precio. Una consulta que incluye la posibilidad de descifrar quién fuimos y por qué estamos padeciendo lo que padecemos ronda los 300 pesos.

“¿Qué es para usted la regresión a vidas pasadas?”, le preguntó el periodista Luis Aubele del diario “La Nación” a la psicóloga (UBA) y discípula de Weiss. La terapeuta respondió: “Una herramienta valiosísima que permite observar el pasado para disfrutar el presente. Es recordar para no repetir”.

¿Y qué sucede si alguien termina descubriendo que fue Napoleón? Henry Bolduc, uno de los más célebres hipnoterapeutas, conservaba una respuesta para este esperable argumento: “En mis tres décadas de regresión activa, ninguna vez me he encontrado a alguna persona famosa en una vida pasada. Una regresión verdadera revela a gente común y corriente realizando actividades cotidianas para su época”.

Pero si uno anda buscando soluciones a dolores presentes que se gestaron en un ayer remoto, siempre tendrá a mano alternativas más expeditivas y baratas.

El sitio http://www.misabueso.com incluye un buscador de vidas pasadas. Por medio de un cálculo numérico, elaborado con la fecha y hora de nacimiento, el sitio ofrece una perspectiva de quién fuiste.

A este servidor, por ejemplo, le salió esto: “Muy probablemente pasaste los últimos momentos de tu vida en algún lugar cerca de Corea o sus alrededores, aproximadamente en el año 1779. El nombre por el que se te conoció en esa vida pudo haber sido algo como Hea o Min. Es posible que tu ocupación en esa vida fuera algo relacionado con químico, alquimista, fabricante de venenos”.

Nada mal para alguien que ama los fideos de arroz, y la salsa de soja.

Entrevista con Claudia Sirito, especialista en Terapia de Vidas Pasadas.