Magia

Lo confieso. En el fondo de mi corazón, no pretendo dilucidar cuál es el truco del mago. Cómo es que se entromete el ilusionista con la realidad y la trastoca al punto de que ya no somos capaces de reconocerla. Bajo la piel del auténtico espectador no hay verdadero espacio para la resolución del enigma.

Dos películas han terminado por resucitar, al menos temporalmente, la poderosa influencia que a través de la historia han poseído los magos sobre su platea. Puesto que el reinado de los magos tiene épocas, no representa un número puesto en la escalada de los logros científicos o profesionales del rubro. Por años nos olvidamos de ellos hasta que un director decide filmar una nueva película o un documental al respecto. No por nada Houdini dejó una huella que a veces no es fácil de rastrear entre la bruma y el olvido.

Río Negro 

Reinventarse

Al principio el asunto tiende a resultar fácil: para bien o para mal alguien nos inventa. Lo que sigue, a pesar de que puede resultar un negocio complejo, aún nos ofrece una posibilidad de redención: es cuando nos inventamos o nos construimos como un proyecto que probablemente vaya a fracasar.

El verdadero desafío en la vida de cualquiera es el paso siguiente: reinventarse. Y al contrario que aquellos dos momentos esenciales, el proceso de convertirnos en algo inédito, para nosotros mismos o los demás, puede ocurrir cuantas veces nuestra alma lo desee. La ardua tarea de ponerse un disfraz que nos quede a medida carece de fronteras.

Estamos en condiciones de ser uno y mil y con cada historia provocar la siguiente. Esta es la prueba más rotunda de que los muchachos de Hollywood no tienen más que tierra muerta en la cabeza. Si hay algo que sobra en este mundo son los guiones. Maravillosos, dramáticos, truculentos guiones que aún esperan por su director.

Me atrapa la energía de las personas que corren un extraño maratón hacia la nada y en el medio van colocándose rostros de cera, corbatas o bien cruzan ríos profundos en completa desnudes.

Me inspira el tipo que hace un año recorrió toda Inglaterra sin más prenda que su blanca piel o aquel escritor, John Berger, que cuando ya pintaba sus años decidió cambiar la ciudad por un pueblo rural en Francia.

Me gratifica la experiencia de quien no posee una exclusiva forma de ganarse el pan sino que aspira universalizar su talento. A exprimir el coeficiente de su inteligencia.

Este es uno de los mayores argumentos que encuentro a favor de la lectura. Quienes leen y en esto tampoco me restrinjo, hablo de novelas, libros de gastronomía, administración e historia tienen ante sí una puerta que, al igual que la de Alicia, les permite adentrarse en un universo paralelo. Y este simple hecho los empuja a pegar el salto, seducidos por la voz de las sirenas.

Personalmente he sido pibe de campo, metido en los más variados arreos, periodista de economía o cultura indistintamente, barman sin talento, vendedor de cachivaches y hasta cocinero aguerrido.

Aspiro también a ser irlandés por adopción y selknam de la última hora. Primer habitante de una isla que llevará el nombre de mi mujer. Escritor inédito de una novela de terror. Y de nuevo, me imagino metido en el asunto de las ovejas y los vacunos. Y entre ríos y montañas. Tal vez para un día volver a soñar con rostro, un gesto, un brindis, un sendero que invite a la exploración.

La vida es demasiado corta, es el padre nuestro de mi religión.

Si es que no lo ha hecho ya, su inmediatez debería establecer el apetito de nuestra osadía.

Río Negro