Cuenta conmigo

¿Cómo se ama? ¿Haz pensado alguna vez en abandonar este mundo y huir a un refugio imaginario? ¿Ya transcurriste las peores vacaciones de tu vida? ¿Tu mejor amiga te robó al marido? ¿Tu mejor amigo se “olvidó” para siempre de su antigua deuda? ¿Conquistaste a la piba que parecía una modelo? ¿Volviste a loco al tipo de los bíceps de oro? ¿Te haz enamorado de una sirena? ¿Escribiste un poema? ¿Mentiste ayer por la noche? ¿Pasaste tu lengua por su ombligo? ¿Mordiste el lóbulo de su oreja? ¿Te hiciste creyente? ¿Juraste maldición eterna? ¿Lloraste hasta que se agotaron tus pulmones? ¿Acariciaste la superficie de la arena con la punta de tus dedos? ¿Cómo se ama? Dime cómo se ama ahora que sabes ¿No lo sabes? Yo tampoco ¿Aun crees en tus sueños? Yo, por lo general, si. También creo en ti. Creo, amigo, amiga, que puedes ir más allá. Abrir el libro de las pócimas, escribir con tu voz las próximas leyendas, inventar el mañana. Inventar una nueva forma de amar.
Estoy de tu lado, cuenta conmigo para hacer esa revolución.

Greta Franco 

Monogamia

En la vida privada la palabra nosotros es una pretensión, una exageración de la palabra yo, nosotros es el yo deseado, el yo como pandilla, como alguien más también, si la vida en pareja puede desanimar tanto es porque el otro nunca se nos une de verdad o mejor dicho quiere exactamente lo mismo pero desde un punto de vista totalmente distinto.

Adam Phillips

Del libro “Monogamia” (Anagrama)

Infidelidad

Naciste para ser infiel. De un modo u otro terminarás estrangulando el frágil cuello de la monogamia.
La chica de jeans azul, ajustados como para matar de un infarto a Satanás llevan pegados tus ojos sin que puedas hacer nada al respecto. Sus formas pueden más que dios. Sólo queda rumorear por lo bajo y dibujar calaveras en la oscuridad.
Hemos nacido para ser mucho más que dos. Y aunque sea tarde para confirmar esta verdad, la sentimos ardiendo en la piel cada vez que reprimimos el impulso de tocar lo ansiado. La hipocresía es un bien público, una necesidad, una cuestión de estado. No por eso define lo que ocurre en los subterráneos ríos del alma.
El arte se alimenta más de los deseos contenidos, de las palabras de pasión censuradas bajo la almohada, que del genio inspirador de los creadores o el esfuerzo de los seres sin demasiado talento.
Haz nacido para pecar sobre las tablas de la ley. Para llevarle la contra a Dios, al mal y María santísima. Haz venido a este mundo cruel a elegir el número menos pensado. Para ser impredecible. Si nunca sentiste el salvaje impulso de huir con la persona equivocada a una isla desierta con dos libros y una botella de vino, ya puedes postularte al cielo.

Greta Franco 

Lecturas compartidas

¿Hiciste algo hoy?, me pregunta Antonio. Nada, respondo. Aunque en realidad he hecho demasiado. Puse en orden mis papeles, busqué y rebusqué en mis lecturas preferidas. Las puse ahí, en el ciberespacio. Hablé con Lola por Chat. Después….es lo que hay. Me gusta pensar en una fogata, en un vino compartido, en un refugio. Por eso me gusta la hotelería y por eso las lecturas en voz alta. Es tarde ya.

Vino, el líquido sagrado

Cuando mi espíritu divaga y vagabundea porque llueve en mi campiña, acudo a Debussy para acompañar mis ensueños. Por supuesto, porque en sus Estampes hay una pieza titulada Jardíns sous la pluie, que fue compuesta en Orbec, cerca de mi domicilio normando, pero también porque la clase de lluvia que oigo me es familiar. Es un aguacero singular, denso y pesado, intenso y persistente, modulado y musical. Las gotas que se desploman sobre la ruta, la hierba o la grava no son las mismas que las que restallan contra los techos o los vidrios fríos de las ventanas. Tampoco son las mismas con la luz de invierno o de otoño, de primavera o de verano: lluvias glaciales, tibias o cálidas, lluvias mezcladas con la tierra, el humus, lluvias que se evaporan rápidamente por los calores estivales, lluvias tristes que acompañan la caída de las hojas y luego su descomposición. Pero todas ellas están en Debussy, que describe la melancolía y la delicadeza, la suavidad y la quietud de los diversos chaparrones.
No sé si al escribir sus Jardíns sous la pluie, Debussy tenía en mente los jeux deau de Ravel, un poco más antiguos. Es probable. En ambos casos, se habló de impresionismo; pero otros más avisados, Jankelevitch, por ejemplo, no están de acuerdo y sostienen la idea del simbolismo. En efecto, si bien la textura musical recuerda las técnicas pictóricas de Monet, las atmósferas, en cambio, remiten al misterio de Moreau. Magia y seducción, evocación y encanto.
En ambas obras, el agua aparece quebrada, dividida, fraccionada, fragmentada. Furtiva en el chaparrón, persistente en la larga tarde de diluvio, hace emerger el color de los sentimientos que inspira. Eso me induce un deslizamiento hacia Il pleut dans mon cwur de Verlame, que se puede encontrar en las Ariettes oubliées del mismo Claude de Francia. Porque cuando cae, la lluvia, que es transparente, colorea las almas. Monótona languidez, melancolía gris, tristeza sin más razón que la tristeza misma.
Para lluvias más eficaces, podrá intervenir el alma de las brumas. Los Préludes lo previeron: una pieza que celebra, sino sus virtudes, al menos su existencia. Nueva modalidad del agua, más leve, en suspensión, voladora o voluble, aérea y menos sometida que la lluvia a la caída y a la atracción hacia el miserable suelo.
No: la bruma se resiste a caer, a rebajarse en un movimiento descendente. Flota, como una singular nave fantasma, forma móvil y dotada de fingidas metamorfosis: se extiende, se pliega, se repliega, se desarrolla, se hincha y amenaza explotar o desgarrarse, y luego desaparece como llegó, discreta, delicada, silenciosa. Agua evaporada, en trance de desaparición, agua volatilizada, la bruma es un humo líquido animado por el vagabundeo melancólico, el lento nomadismo y el deambular sin limitaciones. Sus virtudes son desagradables porque es un factor de confusión: debilita los colores y las formas, les quita nitidez. Agua para miopes. Con la bruma, la noche desaparece, pero no aparece aún el día. Mundo equívoco, fronterizo y ambiguo. La bruma magnifica al agua que duerme en el aire y no logra despertar. No es extraño que envuelva al alma, se apodere del espíritu, infunda las conciencias y se lleve consigo, hacia los limbos, lo que de lucidez y sagacidad le resta al soñador.
Si por azar los nubarrones se vuelven más compactos y cobran altura, se convierten en nubes. Pero también en este caso Debussy anticipó la metamorfosis en el primer tiempo de sus Nocturnes, titulado Nuages. Cargadas de amenazas o ligeras como ovejas y cabritos, anuncian la lluvia o la difracción de la luz, o ambas cosas a la vez. La melancolía característica del compositor se diluye en el cumulus armónico, el estrato cromático o el cirro melódico. Con los contornos bien delineados o desgarrados como algodón sucio, carnosas o escuálidas, lisas o hinchadas, aprisionan un agua ya cautiva del aire, como la de las brumas. Oigo en Debussy el cielo cuando amenaza lluvia y cuando escampa, el largo gemido de los vientos y los temblores de las cuerdas. El agua se materializa como éter, se pulveriza y produce la metamorfosis química que la lleva del estado líquido al gaseoso, antes de optar por el estado sólido de las lluvias que repiquetean y rebotan sobre las superficies.
Por último, debemos hablar de las aguas abisales, material digno de comparación con el elemento terroso: el océano. Sobre esto también hizo lo necesario el padre de Pelléas. Porque La mer es un poema que me hace recordar los versos de Rimbaud -infundido de oro y lactescente- que hablan de juegos de agua y luz, fuerzas y energías marinas, olas fogosas y el eterno retorno de las mareas.
El mar es propedéutico de los saberes filosóficos: en efecto, enseña el poder, la repetición, inmensidad, el misterio. Y eso que aparece en Freud con nombre de sentimiento oceánico, es decir, la emoción consustancial con los desbordes y las experiencias místicas.
Vastedad sensación de ser microscópico en un universo sin confines, sin límites, profundidades insondables, el mar enseña a los hombres, a la manera del líquido amniótico que contiene la vid desde su origen hasta hoy, que es depósito de sentido y mitología, de verdades esenciales y sapiencias ancestrales.
Agua salada del océano está químicamente emparentada con aguas en las que se bañan los núcleos de nuestras células. Antiguos recuerdos anteriores al mundo de los hombres, anti lecciones que sigue dando el agua. Quinton, científico a manera antigua, había entusiasmado a Gourmont con su de constancia intelectual y su idea del agua de mar como dio orgánico. Actualmente, hay quienes reactivan esas mitologías disertando, en escolásticas completas, sobre la memoria agua…
Lluvias en un jardín, brumas en la campiña, nubes en el cielo de provincia, océano por doquier, el agua se declina múltiples maneras. Unas veces es río o arroyo, otras veces iceberg o casquete glaciar, torrente o cascada; alguna vez, a iris, otra vez espejismo en el desierto, llovizna a orillas mar, rocío en la costa, aguacero en la jungla, humedad en, caverna: en todas partes, metáfora nutricia y vital, materia Placentera. Sus peregrinaciones, sus aventuras y todas sus me morfosis producen los más singulares resultados. Entre otros, vino…
En efecto, no hay vino sin agua: aguas alimenticias en napas subterráneas, aguas purificadas en la savia, aguas vaporizadas en las brumas – ¡oh, la divina larva, madre de la no descomposición que producirá el yquem y otros vinos de Sauternes…!-, aguas sublimadas en la semilla de la uva, aguas ansiadas, pero moderadamente, justo lo necesario para regar con su lluvia las viñas; aguas perladas, depósito de luz en el ro sobre los racimos y las hojas del chasselas, del merlot, del bernet, del sauvignon; aguas en abundancia o escasez dentro las cubas donde deben realizarse las metamorfosis que producirán los perfumes, los sabores, los bouquets, y las graduaciones alcohólicas.
En otro libro escribí que el invento del vino por parte Noé se debió en gran parte al exceso de agua causado por famoso diluvio. Mitologías judeocrisitanas y asiáticas coinciden, por otra parte, en este punto: el vino aparece cuando h saturación de agua. La embriaguez se produce cuando, del mismo modo, se olvida el agua, símbolo de austeridad, de necesidad vital opuesta al lujo que representan las bebidas alcohólicas. No se registran locuras debidas al agua, no hay hidrófilos, como hay enófilos. Además, el agua es mineral, no, animal ni vegetal, y por lo tanto, no puede ser frutal ni floral, como los vinos.
En el líquido transparente, sólo se encontraran, minerales, metales, hierro, cinc, calcio, magnesio, potasio, sodio, nitratos, y otros. Está del lado de Apolo, el orden y la mesura, mientras que el vino es el emblema de Dionisios, locura y danza. De modo volviendo a mis ensoñaciones con Debussy, anhelando cabalgar sobre la lluvia hasta comarcas más agradables, más dionisíacas, escucho los Préludes, y más especialmente, La puerta del vino. Emocionado encuentro Les sons et les parfums quí touruent dans Vair du soir, y luego La terrasse des, Hidicuces au clair de lune, y, colmado de los placeres sensuales y voluptuosos que tanto aprecio, bendigo al agua por haberme llevado con tanta delicadeza… al vino.

Michel Onfray 

(*) “El deseo de ser un volcán”, Michel Onfray. Diario hedonista. Perfil Libros, 1999.

Humphrey Bogart, el éxito a los 40

Hasta sus cuarenta años, Humphrey Bogart osciló entre ser un profesional clasificado como de quinta fila y ser un profesional de segunda clase. En estos tiempos duros se casó tres veces sin éxito, y se acostumbró a beber en los bares que cerrasen más tarde (durante “la Ley Seca” en los garitos de los gangs). Luego dispuso de un,yate de sesenta toneladas, el “Santana”, fue compañero de pesca de Raoul Walsh, y fundó, con Walsh y con el productor Jack Warner (habían sido enemigos, pero estaban reconciliados) el hipódromo Hollywood Park de los Angeles (donde en seguída Walsh rodó un thriller sobre el mundo de las carreras de caballos, “Salty 0’Rourke”). Desde los cuarenta años, Bogie estuvo clasificado como actor de primera fila, y desde los 44 disfrutó de una vida conyugal feliz con Lauren Bacall. Pero siguió bebiendo. Bogart dijo una vez: “Yo no puedo tener confianza en alguien que no bebe. Instintivamente pienso que debe tener una razón oculta para no hacerlo. Quizás quienes no beben tengan miedo a dejar a su verdad descubrirse. Por supuesto, hay que poder contener al alcohol. No es conveniente que sea él quien nos sostenga”.
“Fue El último refugio (“High Sierra”) -dijo Walsh lo que hizo de Bogart una gran vedette, y eso se debió a un azar. El filme había sido escrito para George Raft, que debía morir en el desenlace. Pero Raft se había vuelto superticioso, y aquella vez se negó a morir en un filme,
fuera cual fuera el número de personajes que hubiera matado él antes. Pero la censura exigía que el gangster expiara sus crímenes. Finalmente cogimos a Bogie, a quien le era igual dejarse abatir por los policías. A diferencia de Jimmy Stewart, Gary Cooper o Gregory Peck, se puede matar a Bogart en una película. El público lo admite, y él conoce siempre sus diálogos, su oficio. No es un tipo fácil, pero si le gusta su papel, es formidable”.
En realidad, no fue sólo George Raft. También rechazaron el papel de Roy Earle en 1940 Paul Muni, James Cagney, Edward G. Robinson y John Garfield. Los cuatro primeros eran actores de primera fila de la Warner Bross, y el último “la estrella del porvenir” de la productora (lo que resultaría de una ironía patética cuando la persecución política llevó a Garfield a suicidarse). Roy Earle era el protagonista de un guión de John Huston y W.R. Burnett, que iba a rodar Walsh. En su condición de sexto recurso, Bogart recibió la manoseada oferta, y aceptó el papel. Lo hizo. El título en España, “El último refugio”, expresivo y certero, es superior al original, “High Sierra”.
Roy Earle es un fuera de la ley que va a ser descartado por una niña bien, y amado por una niña mal. Esta quiere seguir con él hasta el fin, pero Earle la mete en un autobús de carretera antes de enfrentarse en un tiroteo con la Guardia Estatal. Aunque la historia vaya de gangsters, tiene un desarrollo rural, pinos por todos lados, rifles de caza mayor en lugar de pistolas o metralletas, y no un ambiente urbano. Esto hizo que Walsh, satisfecho del resultado, pudiera rodar nueve años después -con muchas, muchas variantes- una segunda versión en western ( “Colorado Territory” o “Juntos hasta la muerte”). Y en ésta, la muchacha, Colorado, consigue correr la misma suerte que el proscrito amado.
Bogart interpretó a un pistolero medio iluso, medio descreído, y romántico al viejo estilo, al único estilo, el de Brian de Bois Gilbert, Juan Cristobal Schiller, Hatfield, Odile y Frantz y Arthur, Marian y Robin e Ivanhoc Martin. 0 sea, el pseudovillano de -Ivanhoe-, el autor de “Los bandidos”, el caballero jugador y confederado de “La diligencia”, los tres de la pandilla de “Bande á part”, la monja y el proscrito rescatador, cuyo amor inspiró la primera música inglesa, aproximadamente en el siglo XIII, los trece rondós del “Juego de Robin y Marian”, del troubadour Adam de La Halle, y el héroe jamaicano de “Caiga quien caiga” (o “The Harder They Come”). Porque Earle es mucho más parecido a los rústicos “Río Amargo” Newcomb, Jesse James o Clyde Barrow, que a un gángster organizado y poderoso de gran ciudad, a un comisionista armado o a un magnate rentista de la extorsión y los negocios sucios.
Bogart quedó por fin, después de este rodaje, colocado a dos pasos de ser una estrella del cine americano. En 1940, cuando murieron jóvenes Scott Fitzgerald y Nathanael West, y Lester Young consiguió formar un combo de jazz propio, y los nazis ocupaban Francia y bombardeaban Inglaterra, y recibían el previsto refuerzo de la Italia fascista, en USA vivían 131 millones de habitantes, y bastantes de ellos eran aficionados al cine.
Inmediatamente, Humphrey Bogart rodó como protagonista “The Waggons Roll At Night”, remake de “Kid Galahad”, en la cual, sólo cuatro años antes, había trabajado en el tercer papel, detrás del soberbio rumano Robinson, el sapo más enérgico de la Historia de la Naturaleza. Y Bogie se quedó ya a un solo paso de ser una estrella de Hollywood. Había hecho méritos para conseguirlo: “En mis últimas 34 películas fui tiroteado en doce, electrocutado o colgado en ocho, e hice de presidiario en 9” (llegó a contabilizar él mismo).
Pero también había hecho y siguió haciendo deméritos.
Era “conflictivo”. Estuvo siempre contra corriente. “¿Qué si estoy de acuerdo con la escuela (se refiere al estilo o línea) de interpretación de Laurence Olivier? Oiga, yo soy un actor. Sólo hago lo que me trae el instinto, naturalmente”.
Y a los esfuerzos de que diera una imagen más agradable y sociable a los lectores de revistas de cine, a los espectadores, Bogart contestó “la única cosa que uno le debe al público es una buena actuación”.
El caso es que entonces fue cuando Bogie hizo de Sam Spade en la tercera versión cinematográfica de “El Halcón Maltés” de S.D. Hammett (papel al que también había renunciado Raft), rodaje en el que debutaba como director el guionista Huston.
Y ya, instantáneamente, a escala nacional, Bogie fue una estrella. Precisamente el mismo año, 1941, se publicaba el libro de cuentos de Hammett, “Un hombre llamado Spade” Y también dos libros que hicieron carrera en “Hollywood ‘Mildred Pierce” del gran escritor de thrillers James Mallahan Cain, y “¿Por qué corre Sammy?” de Sculberg. La escalada de Bogie sucedió poco antes de que el ataque a Pearl Harbor por los japoneses decidiera la definitiva entrada de los Estados Unidos en la 11 Guerra Mundial.
Bogart tenía por aquellas fechas 41 años. Siempre tenía los mismos que las dos últimas cifras de cada año (más seis días), porque había nacido en la Navidad de 1899. Bogart se había esforzado con tenacidad por despegar en teatro y cine durante veinte años, con pocas y dispersas recompensas desproporcionadas con su talento, y había consumido su primera y su segunda juventud, se había alcoholizado durante la Prohibición (prohibición de expender y adquirir bebidas alcohólicas, que duró desde el 16 de enero de 1920 hasta 1933), y, después de dos matrimonios fracasados, llevaba tres años casado con Mayo
Methot (actriz que no había llegado a triunfar), que se dedicaba sin tregua a estropearle a su hombre las posibles satisfacciones del éxito profesional.
Bogart tiene una cabeza alargada y huesuda, con ancha frente y entradas, sin muchas arrugas todavía, y en sus ojos brillan alternativa o simultáneamente el cansancio y la determinación. Le gustan las fiestas y las salidas a los clubs con algunas gentes conocidas, pero está fuera (como estará siempre) de lo que Huston llama expresivamente el cocktail-circuito.

La carrera de Bogie tiene mucho que ver con Huston. Aquel hace su Primer protagonista destacado para crítica y público con un guión de Huston. El famoso crítico
Bosley Crowther comentó en su crítica del estreno de “El último refugio”. “Sí señor, el mismísimo Sigfrido nunca alcanzó cimas tan heroicas como mr. Humphrey Bogart,
el último de los grandes pistoleros, y cuando, acorralado en una escarpada montaña por un ejército de polis, dispara y grita desafiante a sus acosadores, entonces su alma noble remonta el vuelo”. Y añadió: “Mr. Bogart interpreta el papel Principal con una perfección de hirviente vitalidad …..”
Bogart aún asciende a la categoría de primer actor indiscutible en la primera película dirigida por Huston. Crowther comentó en The New York Times a propósito de “El Halcón Maltés”, “Mr. Bogart es un agudo, rudo detective con una mente cortante como una hoja de afeitar, un temperamento que a veces le traiciona y un código moral fríamente cínico”.
Huston y Bogart rodaron seis películas juntos, y éste gana un Oscar al fin por “La Reina de Africa”, Oscar ganado a pulso en Kenia y Uganda. En este rodaje, Katherine Hepburn, llevó su papel puritano demasiado lejos, interpretando escenas de guión fuera del horario de rodaje. “La dama, interpretada por miss Hepburn con su crispada facilidad para la comedia, es una caricatura de una mujer estirada con su gargantilla, delantal de lino y pulcro sombrerito de tela. Y su hombre, interpretado por mr. Bogart, es una versión burlesca del vagabundo tropical, sólo un escalón -y muy pequeño- por encima de la descamada acidez de un payaso. Nunca desde que Elsa Lanchester y Charles Laughton aparecieron en una película muy parecida, “The Beachcomber”, hace algunos años, habían sido tan aguda y humorísticamente retratadas las incongruencias de las buenas maneras sociales y educacionales -opina Crowther- “¿Mr. Allnut (Todo nuez), querido, cuál es tu nombre de pila? -pregunta educadamente la dama a su compañero a la mañana siguiente a la noche en que ella aparentemente se ha entregado a él, la quizás menos “pasional” y menos convencional escena de seducción. “Charlie”- musita él con derretidora y tímida coquetería. Así es la película de rara y demencial”.
Bogie contribuyó a los Oscar de John Huston y de su padre, el actor Walter Huston, por “El Tesoro de Sierra Madre”, la excelente versión del libro del enigmático B. Traven (escritor chicagoan de familia escandinava que había recorrido el Pacífico antes de llegar a México en 1923, donde fue un verdadero buscador de oro).
Bogart y Huston dejaron en tentativa tres proyectos, además. Uno fue en el 42, “Three Strangers”, que acabaría filmando “Negulesco”, con Peter Lorre en el papel de Bogie, conservando el guión de Huston. Otro fue “Moby Dick”, que sí rodaría Huston, pero con Gregory Peck en lugar de Bogart. Y en 1955, según un relato de Kipling, Huston había programado el rodaje de “El hombre que pudo ser rey” en la India y Afganistan, con Clark Gable y Humplirey Bogart. Bogie estuvo comprometido con otras películas, luego enfermó de cáncer y murió. En 1960, Huston continuaba con la idea, y Gable seguía de acuerdo, pero murió justo al finalizar la película común
“Vidas rebeldes” (“The Misfits”). Muchos años después, Huston logró su propósito, ya con Sean Connery y Michael Caine, en lugar de Gable y Bogart. Desde luego, “El último refugio”, “El Halcón Maltés”, “Tener y no tener”, “El sueño eterno”, “El Tesoro de Sierra Madre”, “Sin conciencia” y “La Reina de Africa”, filmes de Walsh, Huston y Hawks son de las mejores interpretaciones-películas de la carrera del actor. “El Bosque Petrificado”, de Archie Mayo, seguramente incluye el mejor papel de reparto de Bogie, seguido por el de “Una mujer marcada”. “The Roaring Twenties” es un filme excepcional de Walsh, en el que Bogart queda bajo la poderosa sombra de Cagney (éste seguramente en su mejor interpretaci6n). “Pasión ciega”, mejor conocida por bastantes aficionados como “They Drive By Night”, es otra buena colaboración Walsh-Bogart. “Callejón sin salida” (“Dead Recloning”), de Cromwell, y “En un lugar solitario ” (“In a lonely place”), de Ray, tienen un gran interés, un extraño encanto: parecen obras maestras distribuidas con discreción, como si alguien pidiera perdón por las dos maravillas que quedaban embobinadas y enlatadas. Y, por supuesto, se podrá discutir si “El Motín del Caine” es una película excepcional de Dinytryk, o sólo una buena película, pero discutir la interpretación de Bogart en Quueg es propio de cotilleos de actores envidiosos en algún bar de Hollywood durante la temporada del 54-55. “Casablanca”, por otro lado, como dijera el crítico Angel Fernández Santos, cuenta el prólogo de una estrecha amistad y grata compañía: la de Rick Blaine y el capitán Renault (Bogie y Rains).

Manolo Marinero

Humphrey Bogart”, Manolo Marinero. Ediciones JC, 1980.

Sinfonía de cuna

Una vez andando
Por un parque inglés
Con un angelorum
Sin querer me encontré

Buenos días, dijo
Yo le contesté
El en castellano
Pero yo en francés

Dites moi, don angel
Comment va monsieur.

El me dio la mano,
Yo le tomé el pie:
¡Hay que ver, señores,
Como un ángel es!

Fatuo como el cisne,
Frío como un riel,
Gordo como un pavo,
Feo como usted.

Susto me dio un poco
Pero no arranqué.

Le busqué las plumas,
Plumas encontré,
Duras como el duro
Cascarón de un pez

¡Buenas con que hubiera
Sido Lucifer!

Se enojó conmigo,
Me tiró un revés
Con su espada de oro,
Yo me le agaché.

Aquel más absurdo
Non volveré a ver.

Muerto de la risa
Dije good bye sir,
Siga su camino,
Que le pise le vaya bien,
Que la pise el auto
Que la mate un tren.

Ya se acabo el cuento,
Uno, dos y tres.

Nicanor Parra

*) Del libro “Poemas y antipoemas” (1954). Catedral. Edición de René de Costa. 1988.

Querido Chet Baker

Verano de 1952, Los Angeles. Chet Baker se entera de que esa misma tarde Charlie Parker iba a tomar audiciones para unas presentaciones. Llega al lugar con algo de retraso. Lo sacan de entre la penumbra toca y se queda con el puesto. Tenía 22 años.
Veamos el relato del propio Baker : “Fue por medio de Dick Bock. Creo que él le habló de mí a Bird y me mandó un cable avisándome de la prueba para trabajar con Bird trece semanas en el club Tiffany. Me presenté y después de estar unos minutos acostumbrándome a la penumbra, me percaté de que allí estaban todas las trompetas de Los Angeles: Jack Sheldon, los hermanos Candoli, todos… Bird acabó de tocar con uno de los trompetistas que hacía la prueba, cogió el micro y dijo: ¿Está ahí Chet Baker? Subí, tocamos juntos dos temas. Paró la audición, les dio las gracias a todos y dijo que me contrataba para este trabajo”. A Bird le quedaban tres años de vida.
A pesar de su vida apurada Baker sobrevivió. En 1968 perdió la mandíbula, una paradoja siniestra para un trompetista. Se especula con que sus “camellos” le quisieron dar una eterna lección por no haberles pagado su dosis periódica de heroína. No es  poco quitarle “esa” parte de su cuerpo a uno de los más brillantes trompetistas de todos los tiempos.
Pero con la mandíbula partida y todo, y después de un duro purgatorio en una estación de servicio donde debió trabajar para ganarse el pan mientras se recuperaba, volvió a los escenarios. Y con un sonido nuevo. Su boca maltrecha creó matices de ensueño a partir de 1973.
Grabó a partir de ese momento en Estados Unidos. Alemania, Francia. Chet estaba de vuelta. El 13 de mayo de 1988 alguien o él mismo, lo lanzó por la ventana de un hotel en Amsterdam. Fue su último golpe contra la tierra.
El sonido de Chet Baker no es estrictamente sensual aunque él fue un símbolo erótico durante su juventud. De la misma calaña que otro carilindo: James Dean.
Porque Chet era atractivo como una foto. Su rostro: un elogio a la perfección. Hay una foto insólita que lo retrata con sus gloriosos veintitantos abrazado a una morocha que mira a cámara con decepción.
Decía Chet, de su forma de tocar la trompeta, su estilo: “Opto por el lado oscuro, un poco por debajo de la tonalidad, no llegando realmente al bemol, pero sí un poco bajo. Prefiero afinar ligeramente bajo y luego tocar en el tono.
Chet sabía susurrar con la trompera, pero logrando un sonido puro (¡Dios que difícil es eso!), y también con la voz.
Fue y volvió por los caminos de la droga, el alcohol y el dolor de existir. Fue un maldito. Un redimido y por sobretodo un artista excepcional.
No una sino varias veces le ganó la partida a la muerte.
Dejó una “parba” de grandes discos, muchos con su cuarteto y otros tantos con su quinteto. Hay un verdadero clásico llamado “Chet Baker en París” que contiene algunos de los mejores momentos del músico.
También hasta hace no mucho se conseguía a buen precio en la colección “Jazz & Blues” el CD: “Chet Baker” en el que interpreta varios temas junto a Stan Getz y Al Haig.
En su autobiografía: “Como si tuviera alas. Las memorias perdidas de Chet Baker”, el músico recuerda aquel encuentro crucial con otros detalles. “Un día de verano del 52 volví a casa y me encontré un telegrama bajo la puerta. Era de Dick Bock, creo recordar, y decía que Charlie Parker iba a realizar una audición para trompetistas, pues buscaba uno para unas cuantas fechas en diversos lugares de California. La audición iba a celebrase ese mismo día a la tres de la tarde en el Tiffany Club. Me apresuré todo lo que pude y llegué con un poco de retraso; desde afuera oí a Bird repasando un tema con algún trompetista. Al entrar en la penumbra del local adiviné a Bird en el escenario, volando en pleno blues. Me quedé sentado un par de minutos, mirando a mi alrededor. Reconocí a muchos trompetistas; había bastantes conocidos que de alguna manera se habían enterado de que Bird iba a estar allí. Vi que alguien se acercaba al escenario y le decía algo a Bird. Me sentí incómodo, mejor dicho muy nervioso, cuando preguntó al gentío si estaba yo en la sala y si estaba dispuesto a subir a tocar con él. Se había saltado a un montón de instrumentistas, algunos de los cuales tenían bastante más experiencia que yo y eran capaces de leer cualquier partitura.
Tocamos dos temas. El primero fue The song is you y luego
hicimos un blues escrito por el propio Bird en clave de sol, que titulaba Cerril. Por suerte, yo lo conocía. Después de Cerril anunció que la audición había terminado, dio las gracias a todos y dijo que me contrataba para la gira. Hicimos dos semanas en el Tiffany tocando con Scatman Crothers, aunque la verdad es que bien pudo ser Harry The Hipster, no recuerdo bien. En cualquier caso, era increíble estar en el escenario con Bird”.
Nunca un grande recibe la atención que merece. Por eso no nos sorprende que José María Casalla en su “Jazz Moderno (Una guía definitiva)”, diga sencillamente de Chesney H. “Chet” Baker –aunque con mucha razón- que: “había nacido en Yale, Oklahoma, el 23/12/1929. Y –además de su trompeta influida por Miles Davis- durante mucho tiempo atrajo al público femenino con su voz y su aspecto de galán tipo James Dean. Con problemas de drogas durante toda su vida, Baker llegó a sobresalir como un solista de sonido liviano y claro, y con frases de ideas simples y hermosas. Emigrado a Europa, murió en Amsterdam, Holanda, el 13/5/1988”. Eso es todo.

Jordi de la Nuez

El enemigo de la velocidad

Había un señor impresionado por la velocidad a la que se mueve la Tierra.

-¿Pero usted sabe a cuánto andamos? -le decía cada tanto a alguno que lo veía preocupado-: a 108 mil kilómetros por hora, ¿me escuchó?

Por esta razón decía que no tenía ganas de seguir trabajando mientras la Tierra iba a esta velocidad desenfrenada por el espacio, y nosotros aquí arriba, como bobos a su merced. Decía que todos, empezando por sus compañeros de oficina, eran unos irresponsables: van por ahí a bailar o se casan sin pensarlo demasiado, alegremente, mientras la Tierra está lanzada al espacio sin control y nadie sabe cómo puede terminar todo de un momento a otro.

-Nosotros estamos locos -decía-: en teoría deberíamos estar atados con cinturones de seguridad; y en cambio vamos a la oficina y nos dan sillas que se rompen con sólo mirarlas. No es que las sillas sirvan para mucho -decía-, pero digo esto para dar un ejemplo de la vergonzosa irresponsabilidad de la empresa y de todos nosotros, incluidos los del sindicato.

Después decía que si uno sube apenas algunos kilómetros, a la estratósfera, la temperatura desciende a 55 grados centígrados bajo cero; por lo tanto con nuestra velocidad es un milagro que no nos caiga de golpe una oleada de frío glaciar contra la que no bastarían ni estufas ni termosifones.

-¡Quisiera ver -decía-, a todos esos que van al mar en verano!, ¡y todas esas lindas estúpidas de la contaduría, empezando por la señora Cammelli, que se pone desnuda en la playa!; ¡quisiera ver cómo se divierten a 55 grados bajo cero! ¡y a 108 mil kilómetros por hora!

Por eso decía que no tenía ganas de estar sentado en la oficina y hacer de cuenta que no pasaba nada junto a todos esos inconscientes, y se tomaba días de licencia en los cuales leía febrilmente un atlas astronómico y se ponía ansioso y se atormentaba por las posibilidades cada vez más inminentes de encontrarnos con asteroides vagabundos, también ellos lanzados como bólidos en todas direcciones, o de encontrarnos con el famoso polvo cósmico, que es tremendo a esta velocidad, o con la cola venenosa de un cometa, hecha de gas cianógeno con su característico olor a almendras amargas.

Decía que de cualquier forma dios era un loco y un cínico, que ponía en peligro la vida de los demás, o sea la nuestra, haciéndonos correr a 108 mil kilómetros por hora, para peor en la oscuridad más total, en medio del tránsito convulsionado de otros cuerpos lanzados sin una regla y sin la posibilidad de maniobras in extremis, salvo la de darle derecho con los ojos vendados yendo a aplastarse contra cualquier cosa.

Por la noche ya no conseguía dormir: estaba agarrado al colchón, con las orejas paradas esperando la explosión. Esto se lo contaba a su mujer, que en cambio dormía, se veía continuamente molestada por los sobresaltos de su marido cuando oía por ejemplo la puerta de la casa golpeándose por casualidad, o un chirrido o una silla que se movía en el piso de arriba. La mujer daba vueltas en la cama y él decía:

-Muévete despacio.

Porque tenía miedo de no poder oír a tiempo el encuentro de la Tierra con otro planeta proveniente, por ejemplo, de una órbita en sentido contrario. Tenía miedo de ser arrojado súbitamente del colchón, aunque reconocía que eran miedos irracionales, porque como mínimo se hubiera derrumbado también la casa, y también la ciudad, que quizás quedaba reducida a nada. De día tenía siempre los ojos entrecerrados y la cabeza baja, como uno que anda en moto y siente que el viento le da en la cara; también en la oficina estaba como un motociclista, y llevaba una bufanda en el cuello en verano y en invierno, atada con un nudo apretadísimo para no tomar frío. De hecho sufría de resfríos y ciática, y protestaba siempre por las corrientes de aire que le caían encima. En otros momentos parecía uno al que se le está por caer el techo en la cabeza y siente miedo por el cuello y la espina dorsal; entonces está tenso y clavado, y sí escribe, escribe apurado por miedo a no llegar al final del renglón. Ésta era su vida en la oficina, muy angustiante e inquieta, en la empresa Paltrinieri y Becchi de estanterías metálicas.

-Estamos sobre una bala de cañón -decía-, con una sola perspectiva muy simple; es cuestión de poco, a lo mejor horas, o minutos.

Y la mujer, que estaba cansada de esta obsesión, cada tanto, para calmarlo, le decía:

-¿Querés apostar a que no nos encontramos con nada?

Él decía que lo que estaba diciendo era una imbecilidad, algo que demostraba absoluta inconsciencia, como apostar con alguien que anduviera en ciclomotor por la avenida Vittorio Emanuele a 900 kilómetros por hora, o sea, a la velocidad de un avión a reacción:

-¿Apostarías a que no le va a pasar nada? -preguntaba.

La mujer se molestaba, él se asustaba con sus propias palabras, sudaba, y se ponía en la cabeza un casco de madera que parecía de minero,
incluso sabiendo que no servía para nada porque era anticuado y de
bicicleta; pero así podía dedicarse con mayor concentración a la lectura del atlas astronómico. Particularmente le temía a ciertos planetas
poco nombrados, con órbitas elípticas que se cruzaban con la nuestra,
de las que se informaba semanalmente por teléfono hablando con el
departamente de astrofísica de la universidad. Sobre todo estaba angustiado por un cierto Adonis, preguntaba dónde estaba en ese momento,
si se veía con el telescopio, y por el tono de la respuesta sabía si le
estaban mintiendo o si le decían la verdad, cuando ¡e respondían por
ejemplo que no tenían las tablas de las efemérides muy actualizadas, o
que en ese período Adonis no alcanzaba la magnitud once; o bien que
por teléfono no daban información a cualquiera; y ésta era la respuesta
que más lo alarmaba, pero era también la más frecuente. Entonces iba a
pasear por las calles cercanas a la universidad, a veces entraba con cualquier excusa y miraba a la cara a los empleados para entender si había señales de alarma, si podía vislumbrarse algo. si por ejemplo era inminente una catástrofe interplanetaria. Esperaba también la salida de los profesores para verles el semblante, si estaban nerviosos, si dialogaban nerviosamente o si huían en masa. Una vez vio a uno con la valija y despeinado salir de clase, saltar arriba de un auto y huir.

-¿Qué pasa?, ¡díganme qué pasa!

Y había aferrado del saco a un ayudante y le suplicaba, llorando. 0 bien seguía a los profesores por la calle, especialmente si iban de a dos, para poder escuchar algún fragmento de conversación, a lo mejor acerca de la trayectoria de Adonis. Pero parece que nunca escuchó nada interesante, únicamente charlas banales, tanto es así que pensaba que se trataba de códigos cifrados. Esperaba llegar un día a la universidad y encontrarla desierta, con todos que habían escapado a un refugio antiatómico, en medio de la ignorancia del resto del género humano, porque un asteroide no identificado proveniente de una galaxia en fuga se dirigía a la velocidad de la luz, no, esto era imposible -se decía a sí mismo, por la teoría de la relatividad; y entonces se dirigía a una velocidad inconmensurable hacia la Tierra, y la Tierra iba a su encuentro a 108 mil kilómetros por hora. Sin tener en cuenta que todo el sistema solar (y nosotros con él, como idiotas, atados al mismo destino suicida) viaja a 72 mil kilómetros por hora hacia la estrella Vega, en la constelación de la Lira. Nadie sabe qué hay en el medio, si materia opaca que se nos cae encima como una bomba de piedras o de cemento. Entonces va a ser momento de reírse de los rascacielos, de los puentes colgantes, de las autopistas hechos sólo por la estupidez humana; y va a ser el momento de reírse de los vidrios de las ventanas, incluso esos irrompibles de la empresa Paltrimeri y Becchi de estanterías metálicas. Pero también se asustaba viendo simplemente a un astrofísico asomándose a la ventana y mirar hacia arriba, para saber si iba a llover. Sentía adoración por los astrofísicos.

Su hijo varón, que era además su único hijo, se había ido de casa a los dieciocho años porque nunca se había llevado bien con su padre. Miraba al padre como si fuera un desequilibrado y tenía con él discusiones violentísimas acerca de la velocidad en general; porque a él le gustaba andar fuerte en moto, mientras que el padre decía que las motos son peligrosísimas, que se mueven en un equilibrio precario e innatural, y que todos los que andan en moto están destinados a caer; así que no quería asumir la responsabilidad de comprarle una porque se hubiera sumado al peligro que va continuamente corremos andando a 108 kilómetros por hora a través de¡ espacio.

-Deberías estar satisfecho -le gritaba a su hijo-, si tenés tanto apuro, si te gusta andar fuerte!

Después su hijo se compró la moto y salió de la ruta casi enseguida, en una curva; el padre fue al hospital a verlo y solamente dijo que había ignorado la tuerza de la inercia aplicada a una masa en movimiento. Su hijo se compró una segunda moto, pero no sabia manejar como manejan todos, sólo quería andar tuerte, era su característica psíquica, y terminó contra una cortina metálica que por suerte lo salvó.

Lo que le paso al hijo distrajo un poco a su padre; también porque la madre estaba todo el día preocupada y cuando oía la sirena de la ambulancia decía que había pasado algo, que podía sentirlo, y quería que su marido llamara por teléfono a los hospitales o fuese a las guardias para quitarle esa ansiedad. De esta forma la velocidad de la tierra pasó a un segundo plano o, en todo caso, ya no la compartía con nadie. Después, hojeando el atlas, lo consolaba la distancia que nos separa por ejemplo de Júpiter, y el hecho de que t
fuese gaseosa, como una bola de aire o una nube. También Plutón, Neptuno, Urano y Saturno lo consolaban. La distancia en general lo consolaba; también la que nos separa de las galaxias y el hecho de que el universo, por suerte, todavía estuviese en expansión. Pero no comprendía por qué tanta velocidad, con qué propósito; por qué tanta ansiedad y tanto apuro en el cielo. También la Luna, en resumidas cuentas, lo tranquilizaba; sólo que no la comprendía y la miraba como la miraría un filósofo, esto es, como un cuerpo insensato que corre a más no poder, sin cambiar de opinión; y sobre ella decía lo mismo que decía sobre su hijo.

Los miedos le volvían cada tanto, en agosto, especialmente la noche de San Lorenzo, cuando era la época de las estrellas fugaces: se sentía -eso decía- como un sordo en un bombardeo; además -decía- no tenía noticia de que hubiera ninguna guerra.

Esta familia se llamaba Vacondio de apellido, y estaba domiciliada en via Po, en Turín.

Ermanno Cavazzoni

Extractado de “Vidas breves de idiotas”, Ermanno Cavazzoni. Eudeba 1994.

!Buaaaaahhh, qué romántico!

La vida es una cruel ironía. Dos chicos se enamoran, se apasionan hasta los tuétanos el uno con el otro. Luego se separan, ya saben, los padres, los estudios, las diferencias sociales. Uno va y vuelve de la guerra, el otro hacia un destino de lujo y protagonismo. Cada cual se auto revindica, uno con una vida romántica y adecuada, el otro remodelando una vieja casa colonial. Pero al final, siete años después de ese amor de verano, ninguno sabe muy bien quién es: para estar completos les falta el otro.
“Diario de una pasión”, Nick Cassavetes es una de las películas más románticas que haya visto jamás. Lloré, me aferré a mi pañuelo de viuda con furia y, después de todo, me entregué a los sueños. El verdadero amor se parece mucho a lo que estos chicos hicieron con su historia. Su ficción dignifica la realidad. ¡Qué churro que es Ryan Gosling!

Greta Franco

¿Vamos de paseo?

Quiero declarar este continente libre de mala onda. Quiero abrir las puertas de tan basto territorio. Están invitados. Están convidados. Tienen en sus manos mi tarjeta V.I.P. Soy una mujer en viaje con destino a tu regazo, al Oscar, al Nobel, al espacio sideral. Escucho voces. Leo lo que caiga a mis manos. Entre tanto mando cartas a los mejores y más importantes editores del mundo (a los peores y menores también), para que me acepten entre sus filas como colaboradora estelar. Quiero la gloria y nada menos. ¡Y el cafecito de Gloria que tan buen sabor tiene en las mañanas. ¿Vamos juntos de paseo, mozo?

Greta Franco

Perdido

(Colaboración espontánea para el blog de Greta Franco)

He perdido mi rumbo. Siempre he sido un descocado ¿existe esa palabra? Y ahora me falta la brújula que me ayudaba a ubicarme en el mapa.

No sé cual es el destino de esta historia. La escrito en silencio, entre el humo del cigarrillo y el amanecer tantas putas veces.

Eternidad.

J.J.

“El sur es un renacer”

Antonio Amador es profesor de filosofía. Hombre de mundo, borracho profesional como Bogart, poeta, escritor. Acaba de sacar su primer libro de ensayos dedicados al placer. De Epicúreo al más feroz de los hedonismos. Conversó con Jordi de la Nuez. Proverbial cruce de constelaciones ebrias.
De profesión “borracho”, contesta. “Antes que na”, insiste. Como Ricks, el personaje de Humphrey Bogart en “Casablanca” cuando el coronel alemán le pregunta por sus habilidades. En su tiempo libre se dedica a dar clases en una escuela municipal de Puerto Primavera, extremo sur de Chile. Mentiroso profesional. Pedante. Tierno. Borracho ¿Ya lo dijimos? Amigo de sus amigos. Enemistado con el resto. Amante de Camarón de la Isla y Pear Jam. Gitano por adopción. Payo. Tiene una hija pequeña y una mujer que lo meten en la bañera cuando la cosa pasa a mayores. Ahora, a los 35, acaba de publicar su primer libro- “El sabor del primer trago”- “un título que le robé a un tío francés, confiesa”-, donde reúne una serie de reflexiones acerca del arte, el acto de beber y el derecho a ciertos placeres terrenales. Sus alumnos lo adoran aunque jamás bebe con menores. Su adoración les viene de escucharlo en clases y verlo caminar el día a día, como hombre, como filósofo que es. Trashumante, vivió cinco años en Nueva York y cinco en Jerez, entre otros lugares que se guarda en la billetera. Extraña los climas amables y asegura que renunciará “al liceo” cuando menos lo esperen sus jefes. ¿Le pondrán falta? Ni le importa. Ya lo ha hecho antes, en otros lares, y aquí está: “muy fresco, el borrachín”.

-¿Frío?
-Como el agua del río.
-¿Cómo se soporta siendo sapo de otro charco?
-Pues con chalecos, camperas, jerseys, con lo que mierda sea, tío.
-¿Qué le impulsó venir hasta aquí?
-El extremo.
-¿El extremo sur?
-Y el extremo del dolor y la droga. Estaba cansado de tanto jaleo. Soy jodón ya por cuestiones genéticas.
-¿Y que tal el dolor por estos días?
-Bien gracias, pa ser quien soy…todavía me despierto a las mañanas con una sensación de ataque cardiaco.
-¿Y le da?
-Ni que hablar. Corro y levanto fierros como un perdio pa desmentir mi obsesión.
-¿Y la desmiente?
-Un poco pero no alcanza. Uno es el territorio de sus sueños, como dijo mi amigo Carlos Sampayo y el de sus pesadillas también, agregaría.
-¿Extraña?
-Mira, extraño a los gitanos, extraño el flamenco.
-Pero…
-Pero estoy en esto, ya llegará mi hora, too tiene su motivo decía Alí.
-¿Qué escribe?
-Pues…de amar, del mar, perder, beber, soltar amarras, ser fuerte, cobarde, gordo, flaco, sincero y mentiroso. De too y de na.
-De la vida entonces.
-De la vida, ni más ni menos. El resto lo ignoro.
-¿Es un hedonista?
-Debe estar en el diccionario.
-Tiene que ver con el placer, la sangre, la carne. El pecado, si.
-El pecado pesa. No, revitaliza, como el demonio, te carga de odio y el odio empuja, eso también lo decía otro amigo mío, mi querido Abilio Estévez.
-Conoce mucha gente Antonio.
-Lo coperos se conocen.
-¿El sur es su final?
-Debería ser un nuevo comienzo, un renacer. Lázaro, etc.
-Levántate y anda.
-Aunque sea levántate, tío.
-¿Qué hacía en España?
-Bebía un poco más, bailaba. Era un payo.
-Qué le puedo decir, aun no entiendo que tiene ver eso con esto.
-En la intensidad. El flamenco también es un extremo.
-¿Conoció a Camarón?.
-Lloro por él de tanto en tanto. Yo era un crío, estaba en un bar, en la barra, él apareció. Se armó un revuelo terrible, cantó esa noche y yo estuve a cinco metros. Lo vi como quien ve a Cristo.
-¿Hubo milagro?
-Reprodujo los panes. Cambio mi vida.
-Sus alumnos lo quieren, el maestro, le dicen.
-Dicen, pero no saben lo que dicen.
-Por algo será el apodo.
-Porque vivo y dejo vivir.
-Morena, su hija, conocerá la tierra de su padre.
-Mi tierra son también este silencio y las montañas azules, el archipiélago, los canales, la promesa de un sur más profundo. La Ultima Esperanza como bautizaron a esta provincia. No sé, ella hará lo que quiera.
-Le gustan los extremos.
-Lo llevamos los tres, Lola, mi mujer, la More y yo. Hay otros amigos en España y en la Patagonia que me dejan parao igual. La pasión primero, tráela pa qui (indica su corazón) y vívela.
-Exquisita filosofía.
-Buen sabor.
-Salud.
-Siempre, salud.

Jordi de la Nuez (from Patagonia)

Llegó carta

Estimada Greta:

Te agradezco sinceramente por tu carta. Me ha emocionado la intensidad que pones en cada palabra y me hace recordar a mis primeros años en el periodismo.

Lamentablemente (y no quiero que tomes esto como un no definitivo), no estamos tomando colaboraciones espontáneas en este momento. En un futuro es probable. Leí algunas cosas de tu blog y me parecieron interesantes ¿Son amigas tuyas las colaboradoras? Me pareció especialmente gracioso todo lo referido a tus diálogos con Antonio, ¿tu esposo? (deduzco que si).

Bueno, estemos en contacto, y seguiré las alternativas de tu blog.

Arístides S. Avendaño

Editor de Corp Magazine S.A.

A tus pies Robbie

No sé que le veo. Tal vez lo mismo que todos las adolescentes del mundo le ven. Con la salvedad de que hace rato que ya no soy una adolescente de pezones parados.
Terminó de conquistarme el día en que ví por A&E Mundo un recital que dio en Inglaterra. Hubo dos momentos en los que de haberlo tenido enfrente le hubiera besado los dedos de sus pies. En el primero que viene a mi memoria le canta al oído a una chica que era a todas luces una de sus mayores fanáticas. La nena aprovecha a besar con intensidad de novela romántica los labios de su cantante. Al tiempo que no pierde ni un segundo de su fugaz contacto y con la mano derecha se aferra al culo de la estrella. El, ningún tarado, hace lo suyo con sus senos.
La segunda postal que recuerdo de ese mega recital, es cuando en medio del espectáculo, entre una canción y otra, se dedica a conversar con una pareja. ¿Están casados? ¿Hace cuanto que están juntos? Son algunas de las preguntas que le hace a la pareja de enamorados. ¡Hay 100 mil almas allí esperando a la siguiente canción!
Al final, ella le regala una remera ¿La lavaste?, bromea el galán y se la devuelve. Segundos más tarde le dedica la siguiente canción y le regala a la mujer su campera. Ella se pierde en los brazos de su marido. Llora desconsoladamente. La función debe continuar.
Desde entonces no he dejado de escuchar varias veces a la semana algunas de las canciones que tan singularmente interpreta Robbie Williams. De mis preferidas: “Angels”, “Eternety”, “Rock Dj”, por supuesto, que bailé como una poseída en un pub de Londres hace unos años, y “Feel”.

Lola Aguilar
(¿te dije gracias Greta por este espacio?)

¡Y una novela también!

Le he dicho a Antonio que no se puede escribir con este calor insoportable. Hace un rato no más estaba rompiéndome los cojones con eso de “qué había pasado con mi rutilante carrera periodística”. Y yo, nada. Lee que te lee. Hasta me atreví a decirle que estaba pensando en escribir una novela. ¿Una novela y desde cuando sabes escribir novelas? No sé, pero estoy aprendiendo con un curso on line, le dije y ya en un tono patoteríl le dije: ¡voy a ganar el premio Alfaguara, cabeza de chorlito! ¿El qué…? Anyway. Con este calor de mierda no puedo poner mis dedos sobre el teclado. Aprovecho para leer y redactar mentalmente cartas a editores de todo el mundo para que acepten mis artículos. No sé si alguno responderá. Cruzo los dedos y las piernas.

Greta Franco

Palabras bonitas

Nieve: entonces nevaba en los campos del sur. Enormes extensiones de blanco cubrían lo que antes era pasto. Jugábamos a caminar y en enterrarnos con mi prima. Empezábamos muñecos de nieve que nunca terminábamos. El aire frío se habría paso hacia nuestros pequeños y tibios pulmones. Una oveja trataba de hacer su ruta. Los árboles lucían como viejos de enormes barbas. Yo no sabía nada y por eso lo sabía casi todo.

Suave: la mejilla de una novia. El misterioso sexo de una mujer. El beso de las buenas noches. Las páginas de un enorme libro de William Shakespeare. El aroma de la tierra mojada justo después de la lluvia. La mirada de un hermano. La vida con un vaso de vino tinto en el cuerpo.

Brujería: obsesionado, pensando en el mismo rostro toda la noche y la madrugada. Llorando. Perdido. Sintiéndome maldito y poseído por oscuros poderes amatorios.

Pócima: un elemento indispensable de la brujería.

Lágrimas: esas que ruedan por casualidad mientras escuchamos una canción, o por despecho, o ira, o amor. Incontrolables, plenas.

Sur: un estado del alma. La soledad, el invento cotidiano que descifra y contiene la avalancha del fin del mundo.

Desnuda: todas las divas que he imaginado sin sus ropas. Sólo alguna me otorgaron el honor de quitarse en la pantalla hasta la última pluma. Las más bellas: Luvine Sagnier, Juliete Binoche, Brigitte Bardot, Isabelle Huppert. Todas francesas, todas musas.

Viento: una palabra que implica muchas otras bellas palabras como espíritu.

Vos: mejor que el tú.

Sangre: la palabra y la metáfora que nos remite a la pasión gitana, la que parece que todo lo puede. La que habla del verso y dolor. La furia y el deseo. Cada vez que fui y vine por los caminos de Camarón de la Isla, entendí que es la sangre. Y como se hermana con el amor.

Jordi de la Nuez 

Emilio Fernández Cicco, un gusto

El tiempo dirá si Emilio Fernandez Cicco pasará a la posterioridad como el creador del periodismo “Border” o como un periodista brillante, distinto y ácido hasta lo insano que un día se hizo cuerpo en un medio periodístico argentino aquejado gravemente de solemnidad. Una de las enfermedades más complejas que pueda soportar la inteligencia.
Cicco vino, como usualmente se dice en estos casos, a patear el tablero. Y de que modo lo hizo. En los últimos 5 años ha hecho enfurecer a una tropa de celebridades y una cantidad no menor de lectores. Este es el sello de Cicco, conducir su existencia de acuerdo a un conjunto de leyes que no siempre condicen con las buenas maneras que gobiernan la cotidianidad. Lo odiarás, lo amarás, pero jamás pasará desapercibido.
Cicco es un pecador por naturaleza, mucho más que un Contreras un guerrero de un reino lejano que no se ha tomado la molestia de taparse el rabo u ocultar la espada. En el peor de los casos Cicco ha llegado para iluminarnos, en el peor para achicharrarnos como moscas narcotizada por un poderoso haz de luz.
Su libro “Yo fui un porno estar”, debe figurar entre en las mejores libros periodísticos recopilatorios que se hayan escrito en esta país. Lo pongo en el mismo estatus que “Artista, locos y criminales”, de Osvaldo Soriano, si bien para escribir Cicco el suyo ha debido poner en cada línea, además del alma, también el cuerpo.
En un plano más íntimo y por lo poco que conozco a la persona que sostiene al personaje periodista, diré que Cicco me resulta un alma sensible, un tipo elástico como un puente colgante de la china, es, sin ofender, una flor capaz de soportar tempestades y salir airosa incluso de entre mierda de camello.
El periodismo nacional ya puede dar esta buena noticia: Cicco es un hombre joven e intelectualmente ambicioso. Para alegría de unos y fastidio de otros, la fiesta que lo tiene por protagonista está en pañales.

Dolores Aguilar

Beber según el Diablo

Echar un trago, ponerse en curda, chupar, empinar el codo, mamarse, embriagarse. El individuo que se da a la bebida es mal visto, pero las naciones bebedoras ocupan la vanguardia de la civilización y el poder. Enfrentados con los cristianos, que beben mucho, los abstemios mahometanos se derrumban como el pasto frente a la guadaña. En la India cien mil habitantes británicos comedores de carne y chupadores de brandy con soda subyugan a doscientos cincuenta millones de abstemios vegetariamos de la misma raza aria. ¡Y con cuánta gallardía el norteamericano bebedor de whisky desalojó al moderado español de sus posesiones! Desde la época en que los piratas nórdicos asolaron las costas de Europa occidental y durmieron, borrachos, en cada puerto conquistado, ha sido lo mismo: en todas partes las naciones que toman demasiado pelean bien, aunque no las acompañe la justicia.
Ambrose Bierce

“Diccionario del diablo” de Ambrose Bierce. Edimat Libros. 1998. Traducción de Rodolfo Walsh

Mutantes

Detesto profundamente al comic, pero mucho más a los adultos que profesan el culto, los que sostienen que el comic es arte –o puede serlo–, y le encuentran recónditas significaciones epocales –no olvidarse de decir esta palabra–, y lo consideran a la altura de la novela. Los motivos no son misteriosos: estamos ante infradotados mentales que no han dejado atrás la edad del pavo y prefieren, claro está, leer historietas –que así se llaman, no comics– a leer novelas, o a leer historia. En el culto al comic subyace lo peor de la infantilización progresiva de la sociedad, ese nuevo estado donde la adolescencia se prolonga hasta entrados los treinta años, a partir de los cuales empieza a operar una especie de rejuvenecimiento permanente.
Los amantes del comic sostienen una operación de rescate, o de redescubrimiento, como si fuera posible rescatar o redescubrir lo que nunca existió. Cuarentones y cincuentones disfrazados, en perenne juvenilia, de jeans gastados y rotos, zapatillas blancas cada vez más sucias y la infaltable colita de pelo gris rematando la nuca de una cabeza cada vez más calva, disfrutan como púberes hurgando en los comercios especializados, emprenden esotéricas buscas por Internet tratando de conseguir esos garabatos “de culto” impresos en un desaparecido taller gráfico en Chicago en el año 1936, se excitan como los “CRASH!”, “BOING!” y “BOOOOOOOMMM!” que salpican vistosamente las peripecias de sus superhéroes de chicos coleccionistas de figuritas. (De paso, nada les gusta más que intercambiar incunables “de culto” con chicos de verdad.)
El mundo de los admiradores del comic se integra con facilidad a esa alegre y tediosa cofradía de cursis de la primavera alfonsinista que proclamaba, los ojos en blanco, cosas como: “Todo es cultura, desde los libros que leemos hasta la comida que comemos y la ropa que nos ponemos, ¿viste?”. Entre ellos quedaba muy bien, por ejemplo, ser científico y consultar a una clarividente o lectora de las palmas de la mano, postrarse ante las enseñanzas del Don Juan de Castaneda –”Te va a volar la cabeza”, advertían, como si eso fuera algo bueno– e interesarse por los ritos curativos del médico brujo de una remota tribu del Brasil. Otros hits: el viaje iniciático para probar ayahuasca y otras porquerías entre tristes trópicos; la moda de los mimos, zancudos y estatuas vivientes en la calle Florida; la consabida visita a la feria dominical en la Plaza Dorrego de San Telmo –porque “es un paseo lindo para hacer, sobre todo si hay solcito”–; los admiradores del Teatro Negro de Praga, de la Fura dels Baus catalana y de la pulp fiction, el hard-boiled y el black mask norteamericanos. O algo por el estilo (no olvide pronunciar estas cosas así, en bastardilla).
Dentro de esta enfermedad, ha surgido una especie de metástasis al cubo, que es la adaptación de comics al cine. No me refiero aquí al Batman de Tim Burton, porque su desmesura le posibilitó salir de los “¡pim, pam, pum!” de rigor hacia la construcción de una pesadilla expresionista poco accesible para la comprensión cabal del cómico cuarentón promedio. En cambio no pude encontrar ningún placer en la recientemente estrenada X-Men –salvo, es cierto, la contemplación del rostro de la actriz Famke Janssen, y esto por razones ajenas a la película. En realidad, y como diría un crítico de cine, “es una película ideal para chicos de todas las edades, desde los ocho hasta los ochenta años”, frase que describe magníficamente la parábola que va de la ingenuidad infantil al reblandecimiento senil. Sin embargo, la película es “sólo apta para mayores de 13 años”: justo la edad a partir de la cual su atractivo debería cesar.
Pero vayamos al argumento: una raza de mutantes de poderes excepcionales irrumpe a los ojos de una detestable humanidad de seres comunes, epitomizados por un senador norteamericano más malo que pegarle a la madre. Dos bandos se perfilan entre los mutantes: uno quiere destruir a la humanidad; el otro simplemente aspira a que ésta se acostumbre a ellos, aprenda a convivir con “lo diferente”. Hay un genio del Bien y un geniodel Mal. El primero, como para subrayar lo bueno que es, anda en silla de ruedas. De hecho, todos los buenos tienen algún defecto, algún talón de Aquiles (o sea que se parecen bastante a los repulsivos humanos): hay un “buen salvaje” manos de tijera; una adolescente que no puede tocar a nadie sin extraerle la fuerza; también alguien que no puede andar sin sus mortíferos lentes colorados, que tiene la inmerecida suerte de ser el novio de Famke Janssen. Insólitamente, la película se pone de parte de esta banda de buenudos. También insólitamente, la lucha final es entre los mutantes buenos y los mutantes malos, en lugar de unirse contra la humanidad –como más de un personaje sensatamente sugiere–. El clímax va a darse en una conferencia de la ONU en Nueva York, donde el genio del Mal se propone destruir –o convertir a la “mutancia”– a los poderosos reunidos.
Uno hace fuerza para que ganen los malos.

Claudio Uriarte

Originalmente publicado en Página 12