Vino, el líquido sagrado

Cuando mi espíritu divaga y vagabundea porque llueve en mi campiña, acudo a Debussy para acompañar mis ensueños. Por supuesto, porque en sus Estampes hay una pieza titulada Jardíns sous la pluie, que fue compuesta en Orbec, cerca de mi domicilio normando, pero también porque la clase de lluvia que oigo me es familiar. Es un aguacero singular, denso y pesado, intenso y persistente, modulado y musical. Las gotas que se desploman sobre la ruta, la hierba o la grava no son las mismas que las que restallan contra los techos o los vidrios fríos de las ventanas. Tampoco son las mismas con la luz de invierno o de otoño, de primavera o de verano: lluvias glaciales, tibias o cálidas, lluvias mezcladas con la tierra, el humus, lluvias que se evaporan rápidamente por los calores estivales, lluvias tristes que acompañan la caída de las hojas y luego su descomposición. Pero todas ellas están en Debussy, que describe la melancolía y la delicadeza, la suavidad y la quietud de los diversos chaparrones.
No sé si al escribir sus Jardíns sous la pluie, Debussy tenía en mente los jeux deau de Ravel, un poco más antiguos. Es probable. En ambos casos, se habló de impresionismo; pero otros más avisados, Jankelevitch, por ejemplo, no están de acuerdo y sostienen la idea del simbolismo. En efecto, si bien la textura musical recuerda las técnicas pictóricas de Monet, las atmósferas, en cambio, remiten al misterio de Moreau. Magia y seducción, evocación y encanto.
En ambas obras, el agua aparece quebrada, dividida, fraccionada, fragmentada. Furtiva en el chaparrón, persistente en la larga tarde de diluvio, hace emerger el color de los sentimientos que inspira. Eso me induce un deslizamiento hacia Il pleut dans mon cwur de Verlame, que se puede encontrar en las Ariettes oubliées del mismo Claude de Francia. Porque cuando cae, la lluvia, que es transparente, colorea las almas. Monótona languidez, melancolía gris, tristeza sin más razón que la tristeza misma.
Para lluvias más eficaces, podrá intervenir el alma de las brumas. Los Préludes lo previeron: una pieza que celebra, sino sus virtudes, al menos su existencia. Nueva modalidad del agua, más leve, en suspensión, voladora o voluble, aérea y menos sometida que la lluvia a la caída y a la atracción hacia el miserable suelo.
No: la bruma se resiste a caer, a rebajarse en un movimiento descendente. Flota, como una singular nave fantasma, forma móvil y dotada de fingidas metamorfosis: se extiende, se pliega, se repliega, se desarrolla, se hincha y amenaza explotar o desgarrarse, y luego desaparece como llegó, discreta, delicada, silenciosa. Agua evaporada, en trance de desaparición, agua volatilizada, la bruma es un humo líquido animado por el vagabundeo melancólico, el lento nomadismo y el deambular sin limitaciones. Sus virtudes son desagradables porque es un factor de confusión: debilita los colores y las formas, les quita nitidez. Agua para miopes. Con la bruma, la noche desaparece, pero no aparece aún el día. Mundo equívoco, fronterizo y ambiguo. La bruma magnifica al agua que duerme en el aire y no logra despertar. No es extraño que envuelva al alma, se apodere del espíritu, infunda las conciencias y se lleve consigo, hacia los limbos, lo que de lucidez y sagacidad le resta al soñador.
Si por azar los nubarrones se vuelven más compactos y cobran altura, se convierten en nubes. Pero también en este caso Debussy anticipó la metamorfosis en el primer tiempo de sus Nocturnes, titulado Nuages. Cargadas de amenazas o ligeras como ovejas y cabritos, anuncian la lluvia o la difracción de la luz, o ambas cosas a la vez. La melancolía característica del compositor se diluye en el cumulus armónico, el estrato cromático o el cirro melódico. Con los contornos bien delineados o desgarrados como algodón sucio, carnosas o escuálidas, lisas o hinchadas, aprisionan un agua ya cautiva del aire, como la de las brumas. Oigo en Debussy el cielo cuando amenaza lluvia y cuando escampa, el largo gemido de los vientos y los temblores de las cuerdas. El agua se materializa como éter, se pulveriza y produce la metamorfosis química que la lleva del estado líquido al gaseoso, antes de optar por el estado sólido de las lluvias que repiquetean y rebotan sobre las superficies.
Por último, debemos hablar de las aguas abisales, material digno de comparación con el elemento terroso: el océano. Sobre esto también hizo lo necesario el padre de Pelléas. Porque La mer es un poema que me hace recordar los versos de Rimbaud -infundido de oro y lactescente- que hablan de juegos de agua y luz, fuerzas y energías marinas, olas fogosas y el eterno retorno de las mareas.
El mar es propedéutico de los saberes filosóficos: en efecto, enseña el poder, la repetición, inmensidad, el misterio. Y eso que aparece en Freud con nombre de sentimiento oceánico, es decir, la emoción consustancial con los desbordes y las experiencias místicas.
Vastedad sensación de ser microscópico en un universo sin confines, sin límites, profundidades insondables, el mar enseña a los hombres, a la manera del líquido amniótico que contiene la vid desde su origen hasta hoy, que es depósito de sentido y mitología, de verdades esenciales y sapiencias ancestrales.
Agua salada del océano está químicamente emparentada con aguas en las que se bañan los núcleos de nuestras células. Antiguos recuerdos anteriores al mundo de los hombres, anti lecciones que sigue dando el agua. Quinton, científico a manera antigua, había entusiasmado a Gourmont con su de constancia intelectual y su idea del agua de mar como dio orgánico. Actualmente, hay quienes reactivan esas mitologías disertando, en escolásticas completas, sobre la memoria agua…
Lluvias en un jardín, brumas en la campiña, nubes en el cielo de provincia, océano por doquier, el agua se declina múltiples maneras. Unas veces es río o arroyo, otras veces iceberg o casquete glaciar, torrente o cascada; alguna vez, a iris, otra vez espejismo en el desierto, llovizna a orillas mar, rocío en la costa, aguacero en la jungla, humedad en, caverna: en todas partes, metáfora nutricia y vital, materia Placentera. Sus peregrinaciones, sus aventuras y todas sus me morfosis producen los más singulares resultados. Entre otros, vino…
En efecto, no hay vino sin agua: aguas alimenticias en napas subterráneas, aguas purificadas en la savia, aguas vaporizadas en las brumas – ¡oh, la divina larva, madre de la no descomposición que producirá el yquem y otros vinos de Sauternes…!-, aguas sublimadas en la semilla de la uva, aguas ansiadas, pero moderadamente, justo lo necesario para regar con su lluvia las viñas; aguas perladas, depósito de luz en el ro sobre los racimos y las hojas del chasselas, del merlot, del bernet, del sauvignon; aguas en abundancia o escasez dentro las cubas donde deben realizarse las metamorfosis que producirán los perfumes, los sabores, los bouquets, y las graduaciones alcohólicas.
En otro libro escribí que el invento del vino por parte Noé se debió en gran parte al exceso de agua causado por famoso diluvio. Mitologías judeocrisitanas y asiáticas coinciden, por otra parte, en este punto: el vino aparece cuando h saturación de agua. La embriaguez se produce cuando, del mismo modo, se olvida el agua, símbolo de austeridad, de necesidad vital opuesta al lujo que representan las bebidas alcohólicas. No se registran locuras debidas al agua, no hay hidrófilos, como hay enófilos. Además, el agua es mineral, no, animal ni vegetal, y por lo tanto, no puede ser frutal ni floral, como los vinos.
En el líquido transparente, sólo se encontraran, minerales, metales, hierro, cinc, calcio, magnesio, potasio, sodio, nitratos, y otros. Está del lado de Apolo, el orden y la mesura, mientras que el vino es el emblema de Dionisios, locura y danza. De modo volviendo a mis ensoñaciones con Debussy, anhelando cabalgar sobre la lluvia hasta comarcas más agradables, más dionisíacas, escucho los Préludes, y más especialmente, La puerta del vino. Emocionado encuentro Les sons et les parfums quí touruent dans Vair du soir, y luego La terrasse des, Hidicuces au clair de lune, y, colmado de los placeres sensuales y voluptuosos que tanto aprecio, bendigo al agua por haberme llevado con tanta delicadeza… al vino.

Michel Onfray 

(*) “El deseo de ser un volcán”, Michel Onfray. Diario hedonista. Perfil Libros, 1999.

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