El enemigo de la velocidad

Había un señor impresionado por la velocidad a la que se mueve la Tierra.

-¿Pero usted sabe a cuánto andamos? -le decía cada tanto a alguno que lo veía preocupado-: a 108 mil kilómetros por hora, ¿me escuchó?

Por esta razón decía que no tenía ganas de seguir trabajando mientras la Tierra iba a esta velocidad desenfrenada por el espacio, y nosotros aquí arriba, como bobos a su merced. Decía que todos, empezando por sus compañeros de oficina, eran unos irresponsables: van por ahí a bailar o se casan sin pensarlo demasiado, alegremente, mientras la Tierra está lanzada al espacio sin control y nadie sabe cómo puede terminar todo de un momento a otro.

-Nosotros estamos locos -decía-: en teoría deberíamos estar atados con cinturones de seguridad; y en cambio vamos a la oficina y nos dan sillas que se rompen con sólo mirarlas. No es que las sillas sirvan para mucho -decía-, pero digo esto para dar un ejemplo de la vergonzosa irresponsabilidad de la empresa y de todos nosotros, incluidos los del sindicato.

Después decía que si uno sube apenas algunos kilómetros, a la estratósfera, la temperatura desciende a 55 grados centígrados bajo cero; por lo tanto con nuestra velocidad es un milagro que no nos caiga de golpe una oleada de frío glaciar contra la que no bastarían ni estufas ni termosifones.

-¡Quisiera ver -decía-, a todos esos que van al mar en verano!, ¡y todas esas lindas estúpidas de la contaduría, empezando por la señora Cammelli, que se pone desnuda en la playa!; ¡quisiera ver cómo se divierten a 55 grados bajo cero! ¡y a 108 mil kilómetros por hora!

Por eso decía que no tenía ganas de estar sentado en la oficina y hacer de cuenta que no pasaba nada junto a todos esos inconscientes, y se tomaba días de licencia en los cuales leía febrilmente un atlas astronómico y se ponía ansioso y se atormentaba por las posibilidades cada vez más inminentes de encontrarnos con asteroides vagabundos, también ellos lanzados como bólidos en todas direcciones, o de encontrarnos con el famoso polvo cósmico, que es tremendo a esta velocidad, o con la cola venenosa de un cometa, hecha de gas cianógeno con su característico olor a almendras amargas.

Decía que de cualquier forma dios era un loco y un cínico, que ponía en peligro la vida de los demás, o sea la nuestra, haciéndonos correr a 108 mil kilómetros por hora, para peor en la oscuridad más total, en medio del tránsito convulsionado de otros cuerpos lanzados sin una regla y sin la posibilidad de maniobras in extremis, salvo la de darle derecho con los ojos vendados yendo a aplastarse contra cualquier cosa.

Por la noche ya no conseguía dormir: estaba agarrado al colchón, con las orejas paradas esperando la explosión. Esto se lo contaba a su mujer, que en cambio dormía, se veía continuamente molestada por los sobresaltos de su marido cuando oía por ejemplo la puerta de la casa golpeándose por casualidad, o un chirrido o una silla que se movía en el piso de arriba. La mujer daba vueltas en la cama y él decía:

-Muévete despacio.

Porque tenía miedo de no poder oír a tiempo el encuentro de la Tierra con otro planeta proveniente, por ejemplo, de una órbita en sentido contrario. Tenía miedo de ser arrojado súbitamente del colchón, aunque reconocía que eran miedos irracionales, porque como mínimo se hubiera derrumbado también la casa, y también la ciudad, que quizás quedaba reducida a nada. De día tenía siempre los ojos entrecerrados y la cabeza baja, como uno que anda en moto y siente que el viento le da en la cara; también en la oficina estaba como un motociclista, y llevaba una bufanda en el cuello en verano y en invierno, atada con un nudo apretadísimo para no tomar frío. De hecho sufría de resfríos y ciática, y protestaba siempre por las corrientes de aire que le caían encima. En otros momentos parecía uno al que se le está por caer el techo en la cabeza y siente miedo por el cuello y la espina dorsal; entonces está tenso y clavado, y sí escribe, escribe apurado por miedo a no llegar al final del renglón. Ésta era su vida en la oficina, muy angustiante e inquieta, en la empresa Paltrinieri y Becchi de estanterías metálicas.

-Estamos sobre una bala de cañón -decía-, con una sola perspectiva muy simple; es cuestión de poco, a lo mejor horas, o minutos.

Y la mujer, que estaba cansada de esta obsesión, cada tanto, para calmarlo, le decía:

-¿Querés apostar a que no nos encontramos con nada?

Él decía que lo que estaba diciendo era una imbecilidad, algo que demostraba absoluta inconsciencia, como apostar con alguien que anduviera en ciclomotor por la avenida Vittorio Emanuele a 900 kilómetros por hora, o sea, a la velocidad de un avión a reacción:

-¿Apostarías a que no le va a pasar nada? -preguntaba.

La mujer se molestaba, él se asustaba con sus propias palabras, sudaba, y se ponía en la cabeza un casco de madera que parecía de minero,
incluso sabiendo que no servía para nada porque era anticuado y de
bicicleta; pero así podía dedicarse con mayor concentración a la lectura del atlas astronómico. Particularmente le temía a ciertos planetas
poco nombrados, con órbitas elípticas que se cruzaban con la nuestra,
de las que se informaba semanalmente por teléfono hablando con el
departamente de astrofísica de la universidad. Sobre todo estaba angustiado por un cierto Adonis, preguntaba dónde estaba en ese momento,
si se veía con el telescopio, y por el tono de la respuesta sabía si le
estaban mintiendo o si le decían la verdad, cuando ¡e respondían por
ejemplo que no tenían las tablas de las efemérides muy actualizadas, o
que en ese período Adonis no alcanzaba la magnitud once; o bien que
por teléfono no daban información a cualquiera; y ésta era la respuesta
que más lo alarmaba, pero era también la más frecuente. Entonces iba a
pasear por las calles cercanas a la universidad, a veces entraba con cualquier excusa y miraba a la cara a los empleados para entender si había señales de alarma, si podía vislumbrarse algo. si por ejemplo era inminente una catástrofe interplanetaria. Esperaba también la salida de los profesores para verles el semblante, si estaban nerviosos, si dialogaban nerviosamente o si huían en masa. Una vez vio a uno con la valija y despeinado salir de clase, saltar arriba de un auto y huir.

-¿Qué pasa?, ¡díganme qué pasa!

Y había aferrado del saco a un ayudante y le suplicaba, llorando. 0 bien seguía a los profesores por la calle, especialmente si iban de a dos, para poder escuchar algún fragmento de conversación, a lo mejor acerca de la trayectoria de Adonis. Pero parece que nunca escuchó nada interesante, únicamente charlas banales, tanto es así que pensaba que se trataba de códigos cifrados. Esperaba llegar un día a la universidad y encontrarla desierta, con todos que habían escapado a un refugio antiatómico, en medio de la ignorancia del resto del género humano, porque un asteroide no identificado proveniente de una galaxia en fuga se dirigía a la velocidad de la luz, no, esto era imposible -se decía a sí mismo, por la teoría de la relatividad; y entonces se dirigía a una velocidad inconmensurable hacia la Tierra, y la Tierra iba a su encuentro a 108 mil kilómetros por hora. Sin tener en cuenta que todo el sistema solar (y nosotros con él, como idiotas, atados al mismo destino suicida) viaja a 72 mil kilómetros por hora hacia la estrella Vega, en la constelación de la Lira. Nadie sabe qué hay en el medio, si materia opaca que se nos cae encima como una bomba de piedras o de cemento. Entonces va a ser momento de reírse de los rascacielos, de los puentes colgantes, de las autopistas hechos sólo por la estupidez humana; y va a ser el momento de reírse de los vidrios de las ventanas, incluso esos irrompibles de la empresa Paltrimeri y Becchi de estanterías metálicas. Pero también se asustaba viendo simplemente a un astrofísico asomándose a la ventana y mirar hacia arriba, para saber si iba a llover. Sentía adoración por los astrofísicos.

Su hijo varón, que era además su único hijo, se había ido de casa a los dieciocho años porque nunca se había llevado bien con su padre. Miraba al padre como si fuera un desequilibrado y tenía con él discusiones violentísimas acerca de la velocidad en general; porque a él le gustaba andar fuerte en moto, mientras que el padre decía que las motos son peligrosísimas, que se mueven en un equilibrio precario e innatural, y que todos los que andan en moto están destinados a caer; así que no quería asumir la responsabilidad de comprarle una porque se hubiera sumado al peligro que va continuamente corremos andando a 108 kilómetros por hora a través de¡ espacio.

-Deberías estar satisfecho -le gritaba a su hijo-, si tenés tanto apuro, si te gusta andar fuerte!

Después su hijo se compró la moto y salió de la ruta casi enseguida, en una curva; el padre fue al hospital a verlo y solamente dijo que había ignorado la tuerza de la inercia aplicada a una masa en movimiento. Su hijo se compró una segunda moto, pero no sabia manejar como manejan todos, sólo quería andar tuerte, era su característica psíquica, y terminó contra una cortina metálica que por suerte lo salvó.

Lo que le paso al hijo distrajo un poco a su padre; también porque la madre estaba todo el día preocupada y cuando oía la sirena de la ambulancia decía que había pasado algo, que podía sentirlo, y quería que su marido llamara por teléfono a los hospitales o fuese a las guardias para quitarle esa ansiedad. De esta forma la velocidad de la tierra pasó a un segundo plano o, en todo caso, ya no la compartía con nadie. Después, hojeando el atlas, lo consolaba la distancia que nos separa por ejemplo de Júpiter, y el hecho de que t
fuese gaseosa, como una bola de aire o una nube. También Plutón, Neptuno, Urano y Saturno lo consolaban. La distancia en general lo consolaba; también la que nos separa de las galaxias y el hecho de que el universo, por suerte, todavía estuviese en expansión. Pero no comprendía por qué tanta velocidad, con qué propósito; por qué tanta ansiedad y tanto apuro en el cielo. También la Luna, en resumidas cuentas, lo tranquilizaba; sólo que no la comprendía y la miraba como la miraría un filósofo, esto es, como un cuerpo insensato que corre a más no poder, sin cambiar de opinión; y sobre ella decía lo mismo que decía sobre su hijo.

Los miedos le volvían cada tanto, en agosto, especialmente la noche de San Lorenzo, cuando era la época de las estrellas fugaces: se sentía -eso decía- como un sordo en un bombardeo; además -decía- no tenía noticia de que hubiera ninguna guerra.

Esta familia se llamaba Vacondio de apellido, y estaba domiciliada en via Po, en Turín.

Ermanno Cavazzoni

Extractado de “Vidas breves de idiotas”, Ermanno Cavazzoni. Eudeba 1994.

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