Para olvidar mejor

ray

En un futuro no muy lejano la vida es un constante deja vú inducido por la química. Un vendedor transcurre a lo largo y ancho del planeta sólo para alentar esta absurda hipótesis. Sus clientes están dispuestos a pagar cuantiosas sumas por el privilegio de olvidar selectivamente. El dolor es un trabajo a tiempo completo y hay ciertos dolores que mejor dejar atrás. El, un buen agente pero humano al fin de cuentas, también se deja llevar por el poderoso elixir que transporta en su portafolio. De modo que todas las caras y todos los lugares le resultan extrañamente familiares. Al parecer el ha estado ahí, con tal o cual. Nunca se puede estar seguro, concluye.
“Tokio ya no nos quiere” (Alfaguara), es una de las más inteligentes novelas escritas por Ray Loriga. Fue publicada originalmente en 1999 y ahora vuelve a la librerías por otra editorial y en una encuadernación distinta. Aunque, claro, se trata del mismo libro. Uno no puede más que dejar escapar una sonrisa irónica: acaso la gente de la editorial o el mismo Loriga se tomaron la pastilla del argumento y ya olvidaron que “Tokio ya no nos quiere” no es una novela flamante con deja vú incluido sino una reedición a secas.
Hay razones de peso para que volviera a la imprenta: en su momento aunque fue aclamada (hay que aclarar que algunos la catalogaron de vacía) no recibió la merecida atención. No es exagerado afirmar que estuvo adelantada a su época.
La historia fue premonitoria de una serie de películas que llegarían después al cine. Una de ellas “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos” que cuenta la vida de dos jóvenes quienes, después de una relación intensa, deciden olvidarse el uno al otro.
Es de suponer que Loriga imaginó sus propia versión cinematográfica bastante más torcida que la protagonizada por Jim Carrey. Ya llegará.
“Tokio ya no nos quiere” es una novela de amor desquiciado y libertino. También una historia de ciencia ficción que hace pensar un poco en las ocurrencias de William Gibson y sus cowboys de la super red virtual de “Neuromancer”. Por supuesto, Loriga probablemente leyó a Borges y algo del viejo sabio hay en esta su cosecha de principio de milenio.
La calidad literaria y estilística de Loriga son indudables. Una y otra vez juega con el maravilloso talento que posee para establecer comparaciones alocadas entre dos objetos tan distantes como la Tierra de una estrella (como cuando compara el final de una dosis de droga con el quedarse en una bañera vacía).
Su libro está poblado de esas frases brillantes que se suelen marcar o, posmodernidad mediante, subir a un blog. Ejemplos sobran: “Para alguien que ni siquiera sabe conducir, un parking es un sitio muy triste”, “La gente habla sin pensar, sobretodo cuando come”, “La memoria es el perro más estúpido, le lanzas un palo y te trae cualquier otra cosa” y muchas otras.
Loriga fue hace unos años el joven y rebelde representante de una generación de escritores disconformes y creativos. Su vocación por mantener el tipo lo hizo subirse a una moto (y rodar), hacerse tatuajes y dar entrevistas cerveza en mano. Todo aquello ha pasado ya, ahora Loriga luce distinto, un poco más intelectual, algo más frágil. Su prosa, bienvenida sea cuando sea, siempre ha permanecido por encima del personaje.
Lejos de olvidarla “Tokio ya no nos quiere”, persevera en la memoria como un sueño recurrente. Quién sabe, tal vez ya la hemos leído y no nos acordamos. Nunca se puede estar seguro.

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