El cometa

Se nos hizo tarde en la ruta. No era lo que queríamos pero pasó. Siempre pasa cuando emprendes travesías por el sur de más de 2 mil kilómetros: quieres volver a casa cuanto antes aunque hayas dejado tu casa atrás.
Yo no manejo de modo que Gabriela tenía ya unas cuantas horas al volante. La música comenzaba a resultar empalagosa y nuestros temas de conversación, siempre tan extensos y detallados, iban perdiendo color. Entonces lo escuché: un sonido como el que hacen los fuegos artificiales en Año Nuevo (pequeñas explosiones persiguiendo un fogonazo) y, entonces, Gabriela lo vio. Entre ambos compusimos la fotografía del todo. Cometa, meteorito de vuelo rasante, satélite descarriado de la ex URRS, piedra lanzada por Zeus, marciano en llamas, no sé de qué manera bautizar lo que presenciamos justo en el medio de la nada, en algún paraje entre Santa Cruz y Chubut.
Sólo puedo decir que fuimos testigos de una escena típica, una de esas postales que se observan en las tarjetas de saludos más cursis. Este núcleo de fuego pasó tan cerca que lo sentimos vibrar en la piel.
Estoy seguro de que ninguno de los dos pidió un deseo. Los chicos dormían en los asientos traseros lo que fue un alivio puesto que nos habrían cubierto con toneladas de preguntas sin respuesta. Cinco o seis segundos se esfumaron en el más puro de los silencio. Aun recuerdo mis primeras sensaciones: debe ser un fuego artificial, la primera. La segunda: estamos en el culo del mundo acá no hay nadie y si lo hubiera dudo mucho de que estuviera tirando cohetes chinos al cielo. La tercera, ahora cae aquí cerca y su radiación nos hace polvo ¿Así llegaba un día el fin del mundo?
Luego entendí que estába asustado. Seguimos viaje y a los 10 minutos, ahora si, pedí un deseo. El deseo acostumbrado, uno que jamás guardo en secreto: que pasen cosas buenas.
Al final tuvimos suerte y Gabriela perseveró en su talento para manejar. Llegamos sanos y salvos. La vida siguió su curso. Hablamos de la escuela de los pibes. De cambiar. De viajar. De separarnos. De ser amigos. De ver una película que ya vimos. Y, por mi cuenta, hablé y hablé y hablé: de poner un negocio. De viajar a Manhattan. De organizar un festival de jazz. Del disco de María Suárez. De un montón de libros que voy a leer. De envejecer. De no morir. Y fui al bar, donde filosofé con El Negro hasta quedarme completamente vacío. Gabriela hizo lo propio con sus amigas.
Ambos creemos que Dios es una de las formas que toma el infinito y que cada tanto, o puede que siempre, nos explica cosas. Nos muestra un camino o dos. Tampoco lo tengo muy claro. Vaya uno a saber que dice. No me da la cabeza para tanto. Soy incapaz de traducir sus maravillosas señales. Dios sabe, o debe saber, que tenemos que levantarnos a la mañana, criar, cocinar, criar, trabajar, criar, emborracharnos y perseguir nuestros sueños. Criar.
Tal vez, y no quiero sonar petulante puesto que lo soy pero no justo en este momento, lo que vimos sea una respuesta. Cada vez que salgo para el trabajo, cada vez que cruzo el sur, cada vez que emprendo algo. Cada vez que tiro los dados, digo: Padre sol, Madre tierra, guíame. Hazme fuerte.
Si, quizás sea el cometa.

Moby Dick

Todo el asunto, el secreto, es acerca de adónde te lleva el relato. A qué paisajes, a qué aventuras y con qué motivos. Cuales son esas palabras que sirven a modo pócima. De infalible seducción.
Es de noche y tirado en mi flamanete colchón que ahora llamo cama, me entretengo leyendo “Moby Dick”. Si, “Moby Dick”, la obra maestra de Herman Melville.
Me subo a su barco. Me hago arponero. Me siento al lado de ese enorme negro que fuma desde la punta de su arpón. Soy un soñador inexperto. Un cobarde y un pretencioso despojado de malicia. Un loco. Un buscador de horizontes perdidos. Un aventurero.
Se hace tarde, mis ojos inyectados se cierran. Recuerdo al pasar que Melville es pariente de Moby. Pero no sé donde tengo los buenos discos de ese músico extraño y calvo.
Cierro “Moby Dick”, le beso los pies. Nos vemos en otra madrugada, le dijo al libro. Mientras me duermo, lo añoro. Siento nostalgia del sabor de la sal del océano y el viento en mi cara.

Historia de Moby Dick

Por si lo quieren leer en inglés

La frontera del espejo

La vida, ese extraño e indescifrable lugar donde nos hospedamos.

Recibo el mail de un amigo donde me cuenta que se ha ido a vivir con su pareja. Se lo escucha alegre. Pleno. Poco después converso con alguien que me da la noticia de su separación. Pero todo bien: nos hemos reinventado, me aclara. Una mujer muy simpática, a la que no conozco en persona, me escribe preguntándome dónde estoy, que si me he perdido. Entonces me doy cuenta de que no tengo la menor idea de donde se encuentra ella ni cual es su rostro o su tono de voz.

Acabo de empezar un libro de Haruki Murakami (“Kafka en la orilla”) con la seguridad de que otra persona ha terminado justo hoy el suyo en un lejano rincón del planeta. Mientras observo en sueños el fuego de mi chimenea, un completo desconocido (con el cual nos debemos una charla) alimenta una fogata al pie de las montañas.

La muerte es el prólogo de una existencia que recién despierta a la luz con ojos asustados. Un castillo de naipes derrumbándose nos habla de todos los proyectos con los que estamos en deuda y que debemos construir. La caricia fría del océano explica el calor de los brazos de una madre. La velocidad ultrasónica de un jet, el andar centenario de la tortuga y del anciano.

Somos porque vamos en procura de no ser nunca más esto que somos. Seremos pero distintos. Nos fugamos para encontrarnos en el camino. Olvidamos para comenzar a digerir nuevos recuerdos.

No estamos realmente destinados a la desaparición. Tampoco al descenso a los infiernos. Probablemente el Paraíso tampoco exista. Transcurrimos. Vos y yo, como agua que un día será residuo cósmico, como partículas dentro de partículas dentro de partículas.

La fragilidad de esto que llamamos vida antes que una contraindicación es un consejo. Podemos acceder a la alegría porque reconocemos la textura de la desgracia. Reímos aprendiendo a llorar. Amando es que nos transformamos en un corazón despechado. Odiamos porque adoramos.

Somos poemas breves. La siguiente página del libro. La letra. La tinta. El primer gesto del autor.

Esta insólita paradoja -fugaces aunque intensos- es una invitación a la aventura. De un modo muy poco solemne se nos ha otorgado el pasaporte para atravesar la frontera del espejo.

Fragilidad y aventura

La vida, ese extraño e indescifrable lugar donde nos hospedamos.

Recibo el mail de un amigo donde me cuenta que se ha ido a vivir con su pareja. Se lo escucha alegre. Lleno. Poco después converso con otro quien me da la noticia de que se ha separado. Pero todo bien: nos hemos reinventado, me aclara. Una mujer muy simpática, a la que no conozco en persona, me escribe preguntándome dónde estoy, que si me he perdido. Entonces me doy cuenta de que no tengo la menor idea de donde se encuentra ella ni cual es su rostro o su tono de voz.

Acabo de empezar un libro de Haruki Murakami (“Kafka en la orilla”) con la seguridad de que alguien ha terminado justo hoy el suyo en algún lejano rincón del planeta. Mientras observo en sueños el fuego de mi chimenea un completo desconocido (con el cual nos debemos una charla) apura una fogata al pie de las montañas.

La muerte es el prólogo de una existencia que recién despierta a la luz con ojos asustados. Un castillo de naipes derrumbándose nos habla de todos los proyectos con los que estamos en deuda y que debemos construir. La caricia fría del océano explica el calor de los brazos de una madre. La velocidad ultrasónica de un jet, el andar centenario de la tortuga y del anciano.

Somos porque vamos en procura de no ser nunca más esto que somos. Seremos pero distintos. Nos fugamos para encontrarnos en el camino. Olvidamos para comenzar a digerir nuevos recuerdos.

No estamos realmente destinados a la desaparición. Tampoco al descenso a los infiernos. Probablemente el Paraíso tampoco exista. Transcurrimos. Vos y yo, como agua que un día será tierra, como partículas dentro de partículas dentro de partículas.

La fragilidad de esto que llamamos vida antes que una contraindicación es un consejo. Podemos acceder a la alegría porque reconocemos la textura de la desgracia. Reímos aprendiendo a llorar. Amando es que nos transformamos en un corazón despechado. Odiamos.

Vivimos a corto plazo. Somos poemas breves. La siguiente página del libro. La letra. La tinta. El primer gesto del autor.

Esta insólita paradoja es una invitación a la aventura. De un modo muy poco solemne se nos ha otorgado el pasaporte para atravesar la frontera del espejo.