Acerca del vacío

Días atrás, Jostein Gaarder, autor de “El mundo de Sofía”, hablando de estar colmado, explicaba la posibilidad del vacío. Le decía esto a los lectores de El País de España: “La tecnología es una buena herramienta para hacer un seguimiento de las especies en peligro de extinción, de los fenómenos meteorológicos… El problema más importante es el consumismo, y el consumismo de información, de Internet y de la televisión. Antes estaba vaciando la botella, ahora la botella me vacía a mí. Creo que uno puede ser vaciado por Internet y la televisión”.

Casualidad o no, ayer comencé a leer la última novela de Haruki Murakami, “De qué hablo cuando hablo de correr” (Tusquets) donde explica que nuestro espíritu no es lo suficientemente sólido para albergar el vacío. Aun así, el escritor japonés, cuenta que lo busca y lo convoca mediante extensas jornadas de “footing”. El vacío nunca llega a la cita pero el resultado siempre es beneficioso. Correr es perderse de uno mísmo. Es viajar sin cámara de fotos a un lugar impreciso.

Ver cinco horas de dibujitos o de series americanas es irse también. La diferencia está en la extraña resaca que nos deja un festín televisivo. Lo digo por experiencia propia. Subyace a la exposición una suerte de incomodidad, de malestar dentro y fuera del cuerpo que denuncia la inercia de la que fuimos partícipes por un tiempo prolongado. Aunque hayamos pasado un buen momento y tengamos uno que otro recuerdo divertido del banquete mediático, indiscutiblemente sentimos que la pantalla se ha apropiado de una pizca de nuestra alma. Es sabido que los indios americanos no permitían que les tomen fotografías por este motivo. Cada fotografía equivalía, para ellos, a relegar una fracción de su ser profundo.

Corro también aunque de un modo mucho más modesto que Murakami y que de cualquier profesional o amateur. Corro porque me he vuelto adicto a las sensaciones posteriores que deja el esfuerzo físico. Corro para atiborrarme de endorminas. Y corro porque la estética corporal es uno de los desafíos concientes de mi época.

Gaarder advierte sobre la obviedad. Dice lo que sólo le está permitido a un escritor de su éxito sin que las quejas se multipliquen. Justo Gaarder que apretó la historia de la filosofía en el pequeño espacio de una novela juvenil.

La televisión y la web en todas sus nuevas y rutilantes formas nos quitan más de lo que nos dan. Ante ciertos materiales audiovisuales el cuerpo y la mente quedan desvalidos. No hay una explicación de porqué ocurre esto.

Acaso se deba a que los estímulos ya están procesados. Son hijos de una intencionalidad que no admite lecturas singulares. Es un guión integrado de forma, color, sonido, que impiden que después de la alimentación visual, se desarrollen verdaderas ideas personales acerca de lo que se ofrece. Puede haberlas pero no es un asunto tan sencillo. Como un dulce artificial y empalagoso que ingresa a nuestro cuerpo con increíble potencia, establece reglas en función de sí mismo. Entonces somos relegados por su mensaje.

No sucede con los libros, simplemente porque en este caso la línea de texto es un componente de la explosión y no la explosión propiamente dicha. Al abrirlo, un libro no nos dice nada. Para que la “pantalla” se ilumine debemos sentarnos y leer. Lo cual equivale a poner mucho de nuestra parte.

Durante miles de años los budistas y los hinduistas han reflexionado acerca de la vacuidad. La mente es como un carro conducido por briosos caballos, grafica el Bhagavad Gita. Aplacar esa energía, domarla, es una de las grandes misiones que se adeuda cada persona. Así fue como los orientales inventaron la meditación, el yoga o la ceremonia del té. Acciones en procura de la no acción.

No poseeo fundamentos para deglosar los diversos caminos que conducen al vacío: el que procuran los medios, el que deviene de un trote prolongado o el que te transforma cuando concluyes una novela. Sólo soy dueño de la sensación. Al final de un libro me descubro lleno de ideas. Como al final de mis correrías, el dulce cansancio tiene el sabor de algo que denominamos paz.

La verdad según Truman Capote

Después de todo la “no ficción” puede haber sido apenas otra de las tantas facetas de la ficción literaria.
Probablemente las primeras dudas acerca de la veracidad de los hechos narrados por Truman Capote en su célebre “A Sangre Fría” hayan provenido de los propios habitantes del pequeño pueblo de Kansas, donde los cuatro miembros de la familia Clutter fueron asesinados. Pero o nadie los escuchó o no se dejaron oír. También ellos, muchos de ellos, terminaron cautivados por la voz seductora del gran Truman.
En noviembre del 2009 se cumplieron 50 años de este salvaje homicidio perpetrado por Dick Hickcock y Perry Smith. Como ya es sabido, Capote leyó la noticia en un diario, la recortó e inició un proyecto que cambiaría para siempre el paradigma novelístico y periodístico contemporáneo. Hacía tiempo ya que gente como Norman Mailer y Tom Wolfe venían sentenciando la muerte de la novela moderna. Pues bien, Capote decidió hacer algo al respecto. Otros también lo intentaron pero nadie llegó a tales alturas.
Coincidiendo con el medio siglo del crimen, aparecieron en los medios, por primera vez de un modo más nítido, las opiniones de algunos de los habitantes de Holcomb. Y no eran voces amables. Varios de ellos se quejaban de la falta de veracidad en los acontecimientos narrados por el escritor americano. ¿Estaban insinuando que las cosas no fueron como las describe Capote en su consagrado libro? Por supuesto, a esta altura del partido a quién le importa. Bueno, quizás a la gente de Holcomb le importe mucho. Claro, como consecuencia directa de este, cómo llamarlo, desliz poético por parte de Capote, los lectores deberíamos ir desechando la idea de lo no ficcional al menos en su obra.
Años después del caso de los Clutter, Capote trabajó en otra historia criminal. Se trataba de unos homicidios cuyas pistas, seguidas por un detective que se transformaría en amigo de Capote, conducían a la figura de un rico terrateniente. El relato “Tumbas talladas a mano”, fue incluido dentro del libro “Música para Camaleones”. A pocos se les hubiera ocurrido poner en duda lo contado por Capote. Pero hubo quien chequeó algunos datos que le dan coherencia a esa narración.
Dan Hogan, editor del sitio interjunction.org, escribió un interesante artículo llamado “The truth about non-fiction”, en el que cuenta que el periodista Peter Gillman investigó los dichos de Capote.
Según Gillman: “Es una cuestión de sentido común: si en un pequeño pueblo del Medio Oeste de los Estados Unidos se hubieran descubierto asesinatos seriales, es algo que habríamos sabido todos”.
Gillman tomó contacto con la viuda de Alvin Dewey, quien lideró la investigación del asesinato de los Clutter. Marie Dewey le dijo a Gillman: “Hay que recordar que Truman Capote era un fantasioso y mucho de lo que dijo no era cierto”. Guau.
Capote era conocido por no grabar ni tomar apuntes. Aseguraba que era capaz de recordar el 94 por ciento del contenido de las conversaciones que mantenía con sus entrevistados. Así lo hizo para su “A sangre fría”.
Gillman asegura que hay una relación directa entre las memorias de la señora Dewey y el nacimiento de “Ataúdes esculpidas a mano”. ¿Capote le robó la idea a la noble mujer?
Cuando Capote dio a la luz, de un modo doloroso y agotador, el libro con el cual alcanzaría la consagración eterna, se lo cuestionó por ir a buscar lo que su propia imaginación le había vedado. Ahora, investigaciones posteriores y Google mediante, sabemos que no, que la imaginación de Truman Capote permanecía intacta.
Fue hacia la realidad y encontró en ella un nuevo pretexto para barajar y dar de nuevo.

Comentario: “Lejos de dónde”

 

¿Dónde es lejos si no tenemos pasado al que regresar? ¿Cuál es nuestro verdadero nombre si hemos nacido bajo el signo de un personaje? ¿Tiene posibilidad de redención quien es hijo de una biografía apócrifa?
Estas y muchas otras preguntas semejantes rondan la estructura básica de la novela de Edgardo Cozarinsky, “Lejos de dónde” (Tusquets). En el relato, que abarca un tramo de tiempo que va desde la Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad y a dos personajes excluyentes, no hay respiro. No hay treguas. No abundan los llanos donde reposar. Escrita con un estilo que se sumerge en lo profundo sin olvidarse de una depurada línea estética, la novela descifra el alma de una madre y de su hijo, seres condenados por el destino, y al menos en parte, por una voluntad empecinada.
El libro de Edgardo Cozarinsky posee un vértigo desesperante que nos conduce hacia un final existencialista y definitivo. Como si la condición humana y su trágico andar pudieran reflejarse en el rostro de sus protagonistas. Ella, que trabajó como administrativa en un campo de concentración y que jamás llega a entender la dimensión del horror del cual participó ni a repensar sus creencias fascistas, decide huir a la Argentina para comenzar una nueva vida poblada de nostalgias. El, un hijo ni siquiera imaginado producto de una violación y que aun en su madurez no alcanza revelar el misterio de la verdadera identidad de su madre y, por lo tanto, de la suya misma.
Esta alemana inexpresiva, fugada de un país en llamas se deja envolver con gesto resignado por los aromas, las formas y los colores de Buenos Aires. Viva pero ausente. Convertida en un fantasma. En una voz sin eco. Muchos años después, el hijo también se convertirá en un exiliado del país que lo vio nacer.
En Europa oficiará, a cambio de dinero, de portador de quien sabe qué documentos secretos. El pibe criado entre las sombras de la memoria, ahora es un adulto que carga la cruz de saberse nadie.

Entrevista con Diego Fischerman

 

El silencio puede ser un narrador implacable.
Mucho sabe de esto Diego Fischerman, prestigioso crítico de música y escritor. Su libro “El principio del terror” (Mondadori), invoca una época de la historia nacional a través de relatos que si bien no la niegan, la omiten desde la palabra. Sin embargo, el terror y el drama están allí presentes. Su colección de relatos es una vía literaria a través de la cual acercarse al pasado. Aquí no hay precisiones accesorias ni preciosismos. Hay vida cotidiana. Sucesos naturales bajo el signo del peligro construidos con prosa limpia y económica. “El principio del terror” es una de las más interesantes novedades literarias en lo que va del año. Su lectura nos deja sumergidos en una encrucijada: entre el nerviosismo y la duda.
–Tus historias tienen como fondo omnipresente la realidad y el peso de la dictadura militar. Sin embargo, como si fuera una especie de fantasma capaz de aparecer mediante un conjuro, no lo nombras. Le quitas el poder de su apodo. ¿Cómo fue el proceso de construcción de estos relatos con esa palabra ausente aunque implícita en las narraciones?
–Siempre es mejor el silencio. Lo que no se nombra obliga a la imaginación. Y, en general, las conversaciones, las relaciones entre las personas, son largos rodeos alrededor de cosas no dichas. Por otra parte, aquello que está, de lo que no se duda, no se menciona. Como decía Borges, Mahoma no hablaba de camellos en el Corán. Quienes se sentían obligados a mencionarlos eran los turistas o los falsarios. En todo caso, eso se conectaba, para mí, de una manera directa con la vida cotidiana durante la dictadura. Con los silencios incluso ante uno mismo. Me parecía que hablar de esos años de terror implicaba hablar del silencio y hacerlo con silencios.
–Por otro lado, si bien existe un principio del terror también hay cierto juego, una ironía que no prevalece, está ahí, buscando un gesto cómplice. Hasta diría, esperando una mueca, una sonrisa mínima. ¿Te resultó difícil trabajar con un material delicado y, al mismo tiempo, darle este tipo de giros estéticos y conceptuales que menciono?
–No me gustan los retratos obvios, sin grietas, ni dobleces, ni miradas extrañas ni gestos equívocos. No me gustan los dramas donde nadie ríe ni las comedias donde falta alguna muerte o algún abandono atroz.
–¿Por qué el arte de la pesca está presente en el libro? ¿De dónde te viene y hacia dónde va como impulso narrativo?
–El apellido me condena. Fischerman significa pescador y los pescadores cuentan cuentos. Pero, sobre todo, la pesca me parece una metáfora fantástica de la literatura. Se trata, en una y en la otra, de tentar con un señuelo –la realidad, al fin y al cabo, siempre está en otra parte– y de hacer que no se lo abandone hasta el final.
–Una vez terminado el libro me quedó en el cuerpo una sensación que sólo he encontrado en algunas películas de suspenso: una tensión eléctrica, la necesidad de mirar sobre mi hombro, una sonrisa nerviosa. ¿Buscabas eso cuando escribiste estos relatos?
–Cualquier respuesta que diera sería un poco mentirosa. No escribo pensando en las reacciones. No todo es premeditado. Pero, por supuesto, creo que el arte debe ser inquietante, es decir mover a alguien desde la quietud, sacarlo de ella, y no me es indiferente si eso se logra o no.
–¿Cómo resolviste la ecuación de encontrar un ritmo y una cadencia justa para estos relatos que quedan enmarcados en un contexto histórico sombrío? ¿Es decir, cómo te transportaste al sentimiento de una época, si bien más o menos reciente, pasada?
–No es algo de lo que me haya dado cuenta. No se trató de un proceso muy meditado. Ese era el tono que quería y hasta diría que en algunos casos fue el tono el que guió a la trama. Eventualmente, escribir ese grupo de cuentos que recorren una cierta época sombría me sirvió para contar historias de soledad, de traiciones, de miedos, de sospechas, de desencuentros. Es decir historias humanas.
–Tu condición de crítico de música debe haber influido en la composición de tus historias ¿qué fondo musical les pondrías?
–No influyó tanto el escribir de música como la música en sí. Hay, creo, una percepción del ritmo y de la estructura que vienen de la música. Y, claramente, no pondría fondo musical. A lo sumo, podría haber un sonido. El de un pequeño oleaje de río, ese testarudo ir y venir del agua contra la orilla, golpeando apenas un bote atado a una soga; un bote que no dejaría nunca de balancearse y, también, de producir un cierto crujido.

La humillación de Phillip Roth

 

La pequeña geografía de un libro puede contener la vida misma. No deja de resultar sorprendente que en un espacio incluso menor al habitual alguien sea capaz de decir tanto y tan profundamente.
Por supuesto, no ha sido cualquier pluma la que ha logrado el milagro. Se trata de Phillip Roth en su último libro “La humillación” (Mondadori).
Esta es la historia de un hombre acabado que ya no busca ningún tipo de redención. A sus 65 años el actor Simon Axler ha llegado al ocaso de su carrera.
No lo saben con certeza sus admiradores a pesar de sus últimas y lamentables actuaciones, ni su círculo íntimo, que lo descubrió internado en un hospital psiquiátrico, ni su agente, quien no se resigna a perder a una de sus estrellas preferidas a manos del oscuro fantasma del pánico escénico.
En el fondo de todo Axler entiende que su fuego sagrado se ha apagado. No se trata de miedo, no se trata del temblor en las manos antes de salir a escena, no es la inexplicable incomodidad que siente tras bambalinas o las odiosas previas a cada actuación. Es algo mucho más complejo. La energía que un día movió cada uno de sus músculos interpretando clásicos de Shakespeare simplemente desapareció.
Una vez hechas las aclaraciones del caso, Axler, emprende la retirada. Se convierte en un mueble más de su cómoda mansión en las afueras de Nueva York y espera, no sin tormento, la muerte. Pero Simon Axler no es un hombre deprimido a secas. A sus años y con su basta experiencia Axler está mas moldeado por la sabiduría que por la idiotez. Mucho más, diríamos. De modo que sus reflexiones, sus puntos de vista acerca de sí mismo y de la fauna que un día lo rodeó son verdaderas piezas de inteligencia. Su alma se ha perdido pero le queda la palabra que como un morboso legado nos alcanza a sus testigos.
“No es una cuestión de confianza. En el fondo, siempre he tenido la sensación de que carecía por completo de talento. (…) No, es una cuestión de falsedad, pura falsedad, tan penetrante que no puedo hacer más que decirle al público desde el escenario: “soy un embustero, y ni siquiera sé mentir bien. Soy un fraude”, explica definitivo el actor a su agente.
La caída de este ángel, que una vez iluminó el firmamento del teatro americano, es tan brillantemente relatada que uno no puede menos que sorprenderse por el resultado filosófico, por un lado, y literario por el otro, del libro de Roth.
En el medio de la catástrofe psicológica Axler se encuentra con una mujer. Una que acaba de terminar una relación homosexual con alguien que después de un largo tiempo ha decidido convertirse en hombre. Entonces Axler se funde en un vínculo inesperado que comienza a alentar sus olvidadas ganas de vivir. El desenlace está fatalmente reñido con el optimismo. Para Axler no hay más oportunidades sobre la mesa.
La sinfonía de elementos excitantes y patéticos que caracterizan su derrotero, alcanzará aquí su clímax.
Al filo de su angustia mortuoria Axler nos entrega servido en bandeja de plata un último gesto elegante: un poco más de su concepción del mundo y de las personas.
Serán también un gesto literario puesto que uno no debería olvidarse que el dolor ajeno también puede ser una herramienta para reinventar el propio camino.

“Amores en fuga”

El juego del amor está compuesto de múltiples secretos. Para que el amor se perpetue o para que el sistema que legitima eso que llamamos amor prevalezca, las confidencias deben mantenerse en un estricto plano mental. De la boca para afuera, la verdad es un tesoro prohibido.
Lo vedado es uno de los grandes temas del libro de Bernhard Schlink, “Amores en fuga” (Anagrama). Hay amor, claro. También pasión y confusión, pero el río que subyace a cada una de las tramas de los relatos que componen esta obra del autor de “El lector”, tiene el color de los hechos silenciados.
Lo que no dicen los personajes puede condenarlos de tal manera que optan por el mutismo. Sin embargo, no se puede soslayar todo aquello que fue y aun es. No se puede dejar al margen el más intenso de los deseos ni el más poderoso de los fantasmas. Sobretodo si son fantasmas capaces de provocar una que otra mueca de pavor.
Los personajes de Schlink tienen algo muy importante que ocultar. Con esta carga transcurren hasta el presente en que son narrados. Pero nada queda atrás.
A veces son diálogos que mantuvimos o imágenes que se adhirieron con fuerza a nuestra rutina. Un aroma. Un hecho cualquiera puede taerlos a colasión: los recuerdos de quienes hemos sido permanecen en sospechosa latencia.
Ahora bien, si nuestro accionar estuvo rodeado de significación, de compromiso y de conflicto, pues, el asunto cobrará impulso y saldrá de su tumba como un monigote en el día de Brujas.
Un hombre aparentemente simple conserva la clave de su vida en la admiración de un cuadro. No entenderemos que valor tiene y que es capaz de desarrollar en su propia psiquis esta obra pictórica hasta el final del relato. En la historia del cuadro también están simbolizadas las tristezas de la guerra y el desquicio del fanatismo.
Un patético perdedor conquista a la mujer de un hombre que planifica una rara forma de venganza. Schlink procura una descripción muy vívida de este pobre tipo que existe sólo para especular con una imagen que no tiene sustenso. Su existencia se arrastra entre la carencia y la ausencia de los seres amados. “El otro”, es el mejor trabajo de Schlink en este libro.
El escritor indaga en vidas que tienen dobles fondos. Cajas arrimadas en desvanes clausurados. Lo verdaderamente interesante es que el autor nos permite vivir la dicotomía de los personajes. Sus dobles y triples discursos. Somos testigos de su ir y venir entre un paisaje y el otro. Mientras tanto sus vínculos soportan las sospechas.
En “Guisantes”, por ejemplo, asistimos al preriplo desesperante de un exitoso diseñador industrial y pintor que mantiene una serie de intensas relaciones afectivas. Un caos sensual que lo terminará enfrentado al extraño retrato de una personalidad carnívora.
El amigo informante, el objeto robado y sobre el cual pesa la vida de los inocentes, el profesional devenido en amante múltiple hasta alcanzar la categoría de falso profeta, el enamorado que prueba su amor a fuego y en su propia carne, son algunas de las líneas argumentales que atraviesa “Amores en fuga”
Es un buen libro. entretenido y revelador de la psicología alemana. Sin embargo, no por ello un libro profundo. Schlink indaga, encuentra y muestra, pero su análisis está despojado de densidad. Hay cierto placer turístico en sus historias que vuelven su literatura un ejercicio más estilístico que filosófico. Y hablando de nazis, colaboracionistas y amantes prófugos, uno tiende a sentir que hemos sido parte de un discurso superfluo. Un pecado que jamás le perdonaríamos a un escritor latinoamericano hablando de la historia de este continente.
Publicado originalmente en diario “Río Negro”

Biografía

Bernhard Schlink (Bielefeld, 1944) ejerce de juez y vive entre Bonn y Berlín. Es autor de cuatro novelas policíacas acogidas con gran éxito de público y galardonadas con diversos premios. Después publicó “El lector”, que fue saludada como un acontecimiento literario tanto en Alemania. La novela ha sido traducida a 30 idiomas, convirtiéndose así en un extraordinario best-seller internacional. Para algunos ya se trata de un clásico moderno. Fue galardonada con diversos premios, como el Hans Fallada, el Welt de literatura, el Ehrengabe de la Sociedad Heinrich Heine, así como el Grinzane Cavour en Italia y el Laure Bataillon en Francia. En 2008 el director británico Stephen Daldry realizó una adaptación al cine de El lector. (Fuente: Anagrama)

Salinger, el mundo secreto

J.D. Salinger quitó el velo de un mundo secreto.

Como a su manera hicieron Lewis Carroll con “Alicia en el país de las Maravillas” y James Matthew Barrie con el eterno Peter Pan.

Ese mundo entre sombras, alejado de la mirada siempre recta y por lo general desdichada de los adultos, podría abarcarse con una palabra: “niñez”. O lo que la niñez es capaz de crear por un breve y delicado espacio de tiempo para terminar años más tarde aplastado bajo la suela enorme de la solemnidad y la hipocresía. Castillos en al aire.

Sin embargo, lo que Salinger hizo, o mejor dicho, lo que Holden Caulfield, el personaje central de “El guardián en el centeno”, hizo, fue describir el momento preciso en que la fantasía se abre paso entre los juegos de la infancia. Salinger encontró el tesoro de los piratas y atravesó la frontera del espejo mágico, antes de que el espejo y el tesoro fueran imaginados.

Su obra más famosa grafica el laberinto donde se desarrollan los procesos afectivos de los niños. Y no es que a los adultos nos resulte una materia totalmente vedada. Simple y tristemente nos hemos olvidado de quién un día fuimos.

En algún momento, entre los años en que vestimos pantalones cortos y aquellos en los que nos hacemos a la mar, los adultos tenemos la mala costumbre de borrar lo más puro que es capaz de proveer nuestro espíritu. Salinger consiguió el milagro: recordó (o, tal vez, optó por jamás abandonar) esa espléndida forma de entender la vida.

Es evidente que Holden Caulfield, un pibe que posee la virtud de diseccionar la realidad hasta volverla un hecho totalmente distinto al que observamos los grandulones, es por sobretodas las cosas un niño crecido. Un visionario apenas un poco más experimentado que toda esa pandilla que el desea protejer.

¿Y protejer de quien? Pues de la vida, en general, y de nosotros, en particular.

En el fondo, los adultos, al igual que Caulfield, sólo quieren preservar a sus chicos del dolor que espera allá afuera aunque siempre fracasan en el intento.

La obra de Salinger disponible en la red.

Compañero de viaje

“Jack, ¿cuanto tiempo te tomó escribir “En el camino”?”, le pregunta Steve Allen a Jack Kerouac, al tiempo que acompaña su pregunta con un acorde de jazz en el piano.
-Tres semanas, responde Kerouac.
-¿Y cuanto tiempo estuviste viajando?, retruca Allen.
-Siete años, explica el autor.
Tres semanas para dar a la luz una obra maestra de la literatura del siglo XX y, aun más, para escribir uno de los mejores compañeros de viajes que conozco.
Porque cada viaje merece su propio libro. Una suerte de manual de instrucciones. Su brújula. Y esta que es época de viajes, de vacaciones, de necesarias huidas, podría ser aprovechada también con un propósito literario.
Llevo la mochila pesada. Pero, en un debate interno con el sentido común, insisto a rajatablas: mis amigos deben ir conmigo. Necesito que me susurren al oído, mientras acomodo el cuerpo en el “sillón-cama” de un colectivo, sus historias, sus universos puertas adentro. Afuera el paisaje transcurre lejano y silencioso aunque mis oídos y mis ojos asisten a una ópera de imágenes y sonidos plenos.
He llevado alguna vez “En el camino” conmigo. Me ha servido, me ha inspirado, me ha impulsado a cruzar la frontera del espejo. Sería una persona distinta si no hubiera leído a ciertos escritores. Kerouac es uno. Hice mía su búsqueda de la libertad, su respeto por el paisaje y su intenso amor por las charlas interminables a orillas del fuego.
Hace poco que volví de mi peregrinación anual. Entre rutas interminables y obligadas esperas, me abracé a “Justine”, de Lawrence Durrell y aprendí de sus mujeres que habitan esta increíble novela, acerca del amor, el desamor, el éxtasis de la piel y la nostalgia de lo imposible.
También cargué “Elegía para un americano” de Siri Hustvedt, una sobresaliente escritora norteamericana que es conocida como “la esposa de Paul Auster”. Como siempre, a medida que lo iba leyendo, fui dejando pequeñas migas de pan entre sus páginas, minúsculas pistas de atención sobre su laberíntico camino que me permitieran el regreso. Una de las páginas que marqué dice: “No existe frontera precisa entre el recuerdo y la fantasía (…) construimos nuestros propios relatos y no podemos separar las historias que creamos de la cultura en la que vivimos”. Y en otra página: “Nuestros recuerdos siempre resultan alterados por el presente, ya que la memoria no es estable sino mutable”.
Y en eso estoy, reinventando mi pasado.

Encuentros

rubia

Entre las paredes húmedas e impregnadas con pis de gato de una librería en la que alguna vez trabajó Roberto Artl, encontré “La rubia del bar” de Raúl Nuñez. No sólo fue un hallazgo literario, fue también un encuentro amoroso. “La rubia del bar” me acompañó en años malos. Cuidó de mis heridas. Alimentó mi esperanza. Lo digo en serio. No hay lírica en este recuerdo. En el transcurso de una orilla a la otra, el libro del argentino radicado en Barcelona y fallecido en 1996, me permitió adentrarme en sus páginas con la urgencia de un amante inexperto. Una, dos, tres veces me emborraché con su historia. Me enamoré yo también de la rubia del bar y, por supuesto, ella, enigmática e indiferente, también a mi me abandonó. Entonces tenía tiempo pero no dinero. Y no tener ni tiempo ni efectivo es una de las situaciones más odiosas a las que puede someterse un hombre. Por motivos que no sería pertinente explicar aquí, ahora poseo algo de tiempo nuevamente ¿El dinero?, ya es una lucha a parte. La palabra poseo me resuena a Lejano Oriente, a genio escondido dentro de una lámpara. Pero poseo, granos de sal cayendo del reloj de arena, sin ser millonario, ni siquiera pudiente en este metafórico sentido. Conservo un par de horitas que ahora revolotean en mi bolsillo. La última vez que me ocurrió algo parecido fue cuando coincidí con “La rubia del bar”, un pequeño ejemplar publicado por Anagrama, que adquirí por un peso. Un escueto y miserable peso. De haber costado un centavo más jamás habría terminado en mi mesa de luz. Días atrás tuve otro de esos encuentros hombre-libro, aunque bien pueden extenderse a varias áreas del arte, en un kiosko del centro. Entre una pila de diarios y otra descubrí un pequeño ejemplar de una novela de Paul Auster, “La habitación cerrada”. Un libro espléndido que corresponde a las primeras etapas de la carrera del autor de “Mr. Vértigo”, “La música del azar”, entre otros títulos famosos. “9 pesos”, decía un cartelito y me lo llevé. Una vez en casa, literalmente, me zambullí en la cama como en una pileta, me quité las zapatillas y me dejé arrastrar por la historia. Fue un viaje corto y divertido. Agregaría profundo e inesperado. Un autor a la caza de otro autor. Hasta que el lector termina por sospechar que uno de los dos jamás ha existido. Un maravilloso lío de identidades muy típico en Auster. Mi horario extra, mis minutos afuera que por estos días han regresado de quién sabe que dimensión paralela, me sirvieron de pasaporte hacia este regalo de la vida. La pregunta apareció en mi mente como un acertijo de esos que se dejan caer a la mesa entre amigos. Una noche en que se hablan miles de temas, se lee el tarot y al final alguien pregunta y desafía: ¿si tuvieras una hora más a qué la dedicarías? ¿qué harías exactamente? Mi respuesta está implícita en este texto. Puede sonar un poco pretensioso pero es obvio que aquello hacia lo que vamos -caudal de energía sobrenatural-, desnuda a quienes somos en esencia. De las muchas cosas que uno puede ser, se es sobretodo la geografia hacia la cual nos dirigimos cuando una fracción de tiempo extra nos interpela.

paul

On the road

(Es deliciosa la forma y el ritmo con el cual lee Kerouac. Hacia el final, está básicamente jugando con su voz sobre la melodía del piano)

Quiero sacarme esta remera blanca, sudada. En este extraño día, ventoso e histérico. Enamorado y perdido. Quiero tirarme en la cama y leer “En el camino”.

Se cumplen 40 años de la muerte de Jack Kerouac.

Leo digital

octavio

Para el diario “Río Negro” entrevisté hace unas semanas ya Octavio Kulesz quien fundó hace ya casi 10 años Libros del Zorzal, una muy interesante experiencia dedicada a publicar libros de temáticas originales aunque de un bajo perfil mediático. Por estos días está al frente de un nuevo proyecto: Teseo.

Esta editorial está orientada a los libros académicos integrando en este propósito avanzadas tecnologías como la impresión bajo demanda y la distribución digital de libros físicos, entre otras. Él es uno de los principales actores del nuevo escenario editorial.

Les dejo algunos subrayados de la entrevista que pueden leer completa acá.

Con los últimos dispositivos de tinta electrónica, que se iluminan con luz ambiente, la experiencia de lectura es asombrosa. 

-Es fundamental recordar que el libro tal como lo conocemos hoy tuvo su nacimiento, luego su período de esplendor y perfectamente puede entrar en decadencia si otros formatos más prácticos le hacen frente. El libro tradicional es heredero del códice medieval: son hojas encuadernadas y con una cubierta de protección. Como dispositivo de lectura, el libro tuvo antecesores, a los que destronó; me refiero en particular al formato rollo, que prevaleció en el Mediterráneo hasta alrededor del siglo III d.C. 

-Uno de los signos visibles de esta transformación es que prácticamente desapareció la carta manuscrita, un formato incluso más antiguo que el libro.

-Creo que el cambio en los formatos lleva necesariamente a un nuevo paradigma de lectura. Del texto estandarizado, que se lee en soledad y en silencio, se pasa a una lectura colaborativa y multimedial. P

El lector tradicional se mueve en un ámbito analógico: lee reseñas en la prensa gráfica, escucha comentarios de amigos sobre algún título particular, luego pasea por librerías físicas de su barrio, consulta con el librero, hojea diferentes ejemplares que descansan en las mesas del local y eventualmente compra alguno. El lector digital extremo opera en otro “universo”: recibe en su mail novedades de blogs, comparte opiniones en foros de su interés, visita revistas literarias online, averigua precios en librerías virtuales y finalmente compra el libro que buscaba, en el formato que prefiere: versión en papel (impresa a pedido) o electrónica (ebook), para leer en su Reader o en su celular. La experiencia de lectura es sin dudas tan diferente como la de compra. 

La impresión bajo demanda está evolucionando a un ritmo asombroso en todo el mundo. Los costos vienen bajando y la calidad ya es óptima. Actualmente, se pueden producir alrededor de 400 ejemplares al mismo costo que en Offset, la tecnología tradicional.

Vivirlo

“Quiero decir que en vez de supeditar mis deseos a mis medios, decidido a pagar su precio, me parecía preferible crearme los medios de mis deseos…partir del deseo para multiplicar la vida, en vez de ajustar los deseos limitándolos al dato de la vida. Para eso tenía que haber aprendido que el objeto del deseo no es satisfacer la carencia, sino que, por el contrario, la carencia es causa del deseo. Sabiéndolo, ¿por qué no tratar de vivirlo?”

PIERRE REY, “Una temporada con Lacan”

Taringa, el libro

Cómo anudarse una corbata. Cómo conseguir cervezas frías en dos minutos. Cómo levantarse a una chica haciéndose el millonario o el karateca ¿Por qué los mosquitos pican más a unas personas que otras? ¿Sabía usted que las tres Carabelas de Colón fueron sólo tres? ¿Enterraban los piratas sus tesoros? ¿Por qué los capítulos de Los Simpson son mejores ahora? Y así, la lista es interminable, creativa y hasta cierto punto insólita. Taringa, el libro merece al menos dos miradas distintas: la del fanático, la del curioso sin remedio, la del pibe que busca sólo reirse, la del aburrido que espera salir de su orfandad; y la otra, la del intelectual, el estudioso, el sociólogo, que quiere entender algo más sobre los gustos de millones de jóvenes que viven y palpitan en este país. Visto así Tartinga, el libro, es tanto el paraíso del dato inútil (aunque delicioso) como una fuente de numerosas pistas generacionales o, mejor dicho, un estudio sociológico a pesar de sí mismo.

Para olvidar mejor

ray

En un futuro no muy lejano la vida es un constante deja vú inducido por la química. Un vendedor transcurre a lo largo y ancho del planeta sólo para alentar esta absurda hipótesis. Sus clientes están dispuestos a pagar cuantiosas sumas por el privilegio de olvidar selectivamente. El dolor es un trabajo a tiempo completo y hay ciertos dolores que mejor dejar atrás. El, un buen agente pero humano al fin de cuentas, también se deja llevar por el poderoso elixir que transporta en su portafolio. De modo que todas las caras y todos los lugares le resultan extrañamente familiares. Al parecer el ha estado ahí, con tal o cual. Nunca se puede estar seguro, concluye.
“Tokio ya no nos quiere” (Alfaguara), es una de las más inteligentes novelas escritas por Ray Loriga. Fue publicada originalmente en 1999 y ahora vuelve a la librerías por otra editorial y en una encuadernación distinta. Aunque, claro, se trata del mismo libro. Uno no puede más que dejar escapar una sonrisa irónica: acaso la gente de la editorial o el mismo Loriga se tomaron la pastilla del argumento y ya olvidaron que “Tokio ya no nos quiere” no es una novela flamante con deja vú incluido sino una reedición a secas.
Hay razones de peso para que volviera a la imprenta: en su momento aunque fue aclamada (hay que aclarar que algunos la catalogaron de vacía) no recibió la merecida atención. No es exagerado afirmar que estuvo adelantada a su época.
La historia fue premonitoria de una serie de películas que llegarían después al cine. Una de ellas “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos” que cuenta la vida de dos jóvenes quienes, después de una relación intensa, deciden olvidarse el uno al otro.
Es de suponer que Loriga imaginó sus propia versión cinematográfica bastante más torcida que la protagonizada por Jim Carrey. Ya llegará.
“Tokio ya no nos quiere” es una novela de amor desquiciado y libertino. También una historia de ciencia ficción que hace pensar un poco en las ocurrencias de William Gibson y sus cowboys de la super red virtual de “Neuromancer”. Por supuesto, Loriga probablemente leyó a Borges y algo del viejo sabio hay en esta su cosecha de principio de milenio.
La calidad literaria y estilística de Loriga son indudables. Una y otra vez juega con el maravilloso talento que posee para establecer comparaciones alocadas entre dos objetos tan distantes como la Tierra de una estrella (como cuando compara el final de una dosis de droga con el quedarse en una bañera vacía).
Su libro está poblado de esas frases brillantes que se suelen marcar o, posmodernidad mediante, subir a un blog. Ejemplos sobran: “Para alguien que ni siquiera sabe conducir, un parking es un sitio muy triste”, “La gente habla sin pensar, sobretodo cuando come”, “La memoria es el perro más estúpido, le lanzas un palo y te trae cualquier otra cosa” y muchas otras.
Loriga fue hace unos años el joven y rebelde representante de una generación de escritores disconformes y creativos. Su vocación por mantener el tipo lo hizo subirse a una moto (y rodar), hacerse tatuajes y dar entrevistas cerveza en mano. Todo aquello ha pasado ya, ahora Loriga luce distinto, un poco más intelectual, algo más frágil. Su prosa, bienvenida sea cuando sea, siempre ha permanecido por encima del personaje.
Lejos de olvidarla “Tokio ya no nos quiere”, persevera en la memoria como un sueño recurrente. Quién sabe, tal vez ya la hemos leído y no nos acordamos. Nunca se puede estar seguro.

Anthony Bourdain: punk chef

bourdain

http://www.anthonybourdain.net/

http://en.wikipedia.org/wiki/Anthony_Bourdain

Hace ya nueve años que Anthony Bourdain cometió una transgresión capital, viniendo sobre todo del universo de la gastronomía, escribió el mayor manifiesto anti cocina publicado hasta hoy. En verdad, lo que Bourdain hizo fue relatar el Lado B de la Alta Cocina. Poner al frente todo aquello que sucede detrás de la barra de caoba y aun más allá.
¿Y qué ocurre más allá? Pues todo lo que usted no querría saber de un restaurante donde los platos arracan en los 300 dólares. Cómo era de esperar, o no, el libro fue un suceso de ventas y a su vez convirtió a un hasta entonces respetado cocinero en una celebridad. Corría el 2000.

Luego de la celebridad, le llegaron la fama, las entrevistas tontas con preguntas ignorantes, el divorcio, (veinte años de casado), sus cambios de hábitos nada saludables por otros apenas saludables (como pasar de tres paquetes de cigarrillos al día por ninguno) aunque conservando una notable capacidad para beber. En fin, fue bautizado con el síndrome que aqueja a toda estrella pop.
Bueno, no tanto. Porque Anthony Bourdain continúa saltando de un mercado de comidas al otro con la contagiosa alegría de un chico al cual le han regalado un vale de compras en la mayor juguetería del planeta.
¡Ah!, pero cómo: ¿aun no sabe quién es Anthony Bourdain? ¡Bourdain, el de “Sin Reservas” que pasan por Travel & Living! El flaco alto, canoso, con voz de locutor trasnochado. El que escucha punk rock mientras cocina. Ese tipo extraño que hizo de su pasión por la comida un programa de televisión, y de la televisión una vidriera que lo volvió tan popular como a algunos de los mejores chefs del mundo. Un hecho por demás curioso porque a él no parece interesarle una estrella Michellin. “Cocinar es tener control. A eso he dedicado mi vida. Pero viajar y comer es dejar que las cosas pasen”, dijo alguna vez Bourdain.
Aunque su apellido es de origen francés, Bourdain es tan americano como un talk show. De tantos otros chefs parlantes que habitan y han habitado la pantalla, es el que mejor se las arregla para continuar ahí, en un escenario intergaláctico que todos queremos fisgonear. Un típico gringo curioso, hispano parlante, abierto y temerario a la hora de escoger sus comidas. Ya lo ha asegurado Bourdain, él es de aquellos pocos capaces de comerse un pez globo -uno de los platos más peligrosos que existen- justo antes de tomarse un avión.
“La comida es la forma más rápida y sencilla de acostumbrarse a un nuevo lugar o a una cultura desconocida. Cuando te sientas con la gente y pruebas su comida, el mundo se te abre de una forma poco habitual. La gastronomía es, después de todo, lo que mejor puede representar a un país, a una cultura, a una determinada región o a la personalidad de alguien”, ha dicho el chef.
Estudió en un famoso instituto americano y antes, en el medio y después trabajó en la coqueta costa americana donde se recibió de muchas otras cosas que están indirectamente relacionadas con la cocina. Por ejemplo, se tituló de yonqui. Su pasión por la heroina lo tuvo a mal traer cerca de una década hasta que un chef excepcional,  lo sacó del mal camino. En el restaurante de su mentor, Bourdain encontró fuerzas secretas para continuar haciendo lo que mejor sabe: cocinar y andar por ahí.
Trabajó en cuantos tugurios y restoranes, desde decentes hasta lujosos, uno pueda imaginar. Y aquí su historia recuerda, aunque sea levemente, a la de Tom Waits mucho antes de volverse el Tom Waits que todos conocemos y amamos. En una de sus tantas anécdotas, el cantante recordaba una época en la que trabajaba en un casino de mala muerte. Cada noche él estaba al piano rodeado de tristes perdedores. Hasta que un día los dueños pintaron la pileta de negro con la idea de tapar lo obvio. “Ese día renuncié”, dijo alguna vez Waits a la televisión brasilera. Bourdain también tuvo no una sino varias veces su “pileta negra” de la cual salió nadando a toda marcha.
Su periodo de oscuridad antes de la redención no fue corto. Bourdain, como los viejos rockers, vivió para contarla. Poco a poco comenzó a escalar lugares en el difícil universo de los cocineros.
Su paso por la universidad de la calle y un viaje iniciático por Europa le sirvieron de mucho. Bourdain aprendió no sólo de drogas, también de supervivencia, presupuestos inflados o imposibles, conspiradores de turno y mafiosos italianos seducidos por el sueño del restaurante propio. Aunque su lección más importante fue que “en” la cocina sobreviven los avispados y aquellos espartanos que al final del día aun están de pie. Antes que los cien metros planos, Bourdain concluye que la alta cocina tiene mucho de maratón.

Adiós, Hemingway

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Un asesinato cometido hace cuarenta años ha sido revelado en la actualidad y el autor tal vez sea el mismísimo Ernest Hemingway. De esta manera se podría sintetizar el argumento de “Adiós, Hemingway” (Tusquets) del Leonardo Padura. Se trata de un libro entretenido, ocurrente y muy bien escrito. Sin embargo, antes que destacar su faceta exclusivamente ficcional, habría que entender esta obra del cubano, también autor de otros títulos destacados donde el protagonista es su detective Conde, como un retrato biográfico de excepción.
Quien ha seguido la vida y la obra del escritor norteamericano no puede sino estar agradecido. Tantas cosas se dijeron del Gran Papá que llega un momento en que una suerte interpretación gráfica, un dibujo en colores de quien fue, no importa si en sus años finales o al principio de la gloria, resultan de gran ayuda y consuelo. Padura se ocupa de su ocaso, justo antes de Hemingway dejar la isla de Cuba para terminar, como todos ya sabemos, con tiro en la cabeza.
Ahí donde aun no ha estado el cine, Padura ofrece un espléndido retrato cinematográfico. Casi casi que podemos vislumbrar con nitidez digital el rostro cansado de Hemingway, su mirada vacía, su cuerpo grande y fofo, harto ya de su propia fama y de un pasado poblado de anécdotas que ahora pensan como el demonio.
Creo que un párrafo de Padura sirve para sostener lo que estoy diciendo con tanto entusiasmo: “Con la botella de Chianti bajo el brazo y la copa en la mano caminó hasta la ventana de la sala y miró hacia el jardín y hacia la noche. Esforzó los ojos, casi hasta sentir dolor, tratando de ver en la oscuridad, como los felinos africanos. Algo debía existir, más allá de lo previsible, más allá de lo evidente, capaz de poner algún encanto a los años finales de su vida: todo no podía ser el horror de las prohibiciones y los medicamentos, de los olvidos y los cansancios, de los dolores y la rutina. De lo contrario la vida lo habría vencido, destrozándolo sin piedad, precisamente a él, que había proclamado que el hombre puede ser destruido, pero jamás derrotado. Pura mierda: retórica y mentira, pensó, y sirvió otra copa de vino.”
Brillante. El libro de Padura continúa avanzando entre dos escenarios separados en el tiempo: el de un Hemingway torturado por la decrepitud, y el de Conde, un detective que alguna vez lo admiró y ahora se encuentra a cargo de una insólita policial: investigar si el escritor es el autor de un crimen que ocurrió en Cuba hace tantos a la fecha.
Una vez más Hemingway emerge de entre las palabras como un ídolo complejo y poderoso. Una vez más, el autor de “Fiesta”, de “El viejo y el mar”, y tantos otros clásicos de la literatura, se manifiesta como el fantasma imposible: basto, solidario, exótico y único. Eso si, Padura da un paso hacia un lugar poco explorado: la leyenda a la cual todo bohemio ha querido aspirar -la suma de los elementos: el intelecto y el vigor físico- es desnudada por una proza inteligente y definitiva. Un gran escritor sepulta en parte la mentira de otro. No es un hecho común en la literatura de estos años on line.

Moby Dick

Todo el asunto, el secreto, es acerca de adónde te lleva el relato. A qué paisajes, a qué aventuras y con qué motivos. Cuales son esas palabras que sirven a modo pócima. De infalible seducción.
Es de noche y tirado en mi flamanete colchón que ahora llamo cama, me entretengo leyendo “Moby Dick”. Si, “Moby Dick”, la obra maestra de Herman Melville.
Me subo a su barco. Me hago arponero. Me siento al lado de ese enorme negro que fuma desde la punta de su arpón. Soy un soñador inexperto. Un cobarde y un pretencioso despojado de malicia. Un loco. Un buscador de horizontes perdidos. Un aventurero.
Se hace tarde, mis ojos inyectados se cierran. Recuerdo al pasar que Melville es pariente de Moby. Pero no sé donde tengo los buenos discos de ese músico extraño y calvo.
Cierro “Moby Dick”, le beso los pies. Nos vemos en otra madrugada, le dijo al libro. Mientras me duermo, lo añoro. Siento nostalgia del sabor de la sal del océano y el viento en mi cara.

Historia de Moby Dick

Por si lo quieren leer en inglés

La verdadera historia de Frankenstein y Drácula

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(El Frankenstein de Mary Shelley, tenía el pelo largo y citaba a Plutarco. El Drácula de Bram Stoker estaba obsesionado por dejar Transilvania y vivir en la gran ciudad: Londres)

De los clásicos presuponemos todo. O casi todo. Pero lo que realmente sabemos muchas veces nos viene de oídas, de saberes populares y de películas. Sacando a los amantes de la literatura, eruditos que llegaron al final de enciclopedias como “La guerra y la Paz” o “En busca del tiempo perdido”, los demás nos las hemos arreglados con fragmentos del basto universo ficcional. No mencionaré aquí el Cannon de occidente. Desconozco porqué pero clásico me sabe a terror. A Drácula. A Frankestein.
Muchos años antes de adentrarme en la magna obra de Bram Stoker, me dejé tentar por la excelente y perturbadora novela de Anne Rice Entrevista con el vampiro.  No fue en vano. Y a su modo la lectura del primer libro de la saga de atormentados chupasangres me sirvió de antídoto cuando hube de exponerme a su versión cinematográfica. Poco y nada de la oscura creación de Rice quedó graficado en el filme de Neil Jordan. Todo lo que Jordan insinúa, Rice lo desarrolla en su obra de un modo apabullante. La eternidad como auténtico enigma a resolver por los condenados a la sed.
Con las otras dos grandes novelas de terror de todos los tiempos: Drácula y Frankenstein, la experiencia fue distinta. Ambas estaban ahí, dando vueltas desde tiempos inmemoriales. Dibujadas a grandes trazos. Historias pendiendo de un imaginario hilo que conducía debilmente a la fuente original. La aparición del filme de Francis Ford Coppola, en teoría una revindicación de la obra de Stoker, en el fondo no hizo más que reafirmar aquello que se decía del personaje pero que estaba muy lejos de lo que el escritor había imaginado para él.
No importa lo que diga o haya dicho la publicidad oficial del filme de Coppola, el guión no sigue ni de cerca el largumento del libro de Stoker. En la novela, los verdaderos héroes son los perseguidores del vampiro, entretanto que el adinerado Conde, es reducido a una bestia hambrienta que vive y muere nostálgica de una ciudad que no conoce: Londres. Aunque hay una joven de por medio, y aunque esta es bonita y agraciada, el Conde está mucho más interesado en cambiar su oscuro castillo en Transilvania por una urbe cosmopolita, antes que por el cuello de la dama.
Con Frankenstein ocurre algo similar. La novela de Mary Shelley, llamada “Frankenstein o el moderno Prometeo”, difiere y mucho de la versión que llegó hasta nosotros. Irónicamente, también el filme de Kenneth Branagh, fue promocionado como “la película del libro”.
La creatura sin nombre, a quien Víctor Frankenstein le heredó su apellido, pero que durante gran parte del libro éste sólo llama demonio, monstruo o cosas peores, muestra dosis de compasión para con los demás al comienzo del filme para después revelarse como un auténtico y colosal hijo de perra. Un energúmeno que pudiendo ser grandioso siente tal desconsuelo por sí mismo y su fealdad, que prefiere dedicarse a ejercer el mal de la manera más cobarde posible. Víctor Frankenstein tampoco sale muy bien parado. A pesar de su condición de hombre de ciencias y apasionado hijo y amante, su caracter deja mucho que desear. Curiosamente en el mismo minuto en que consigue su propósito: darle vida a la carne, huye despavorido de su logro. Un hecho no menor que terminaría condenándolo.
Que ninguna de estas incómodas alteraciones se encuentre en las películas debería servir como aliciente para adentrarse en su génesis.