Encuentros

rubia

Entre las paredes húmedas e impregnadas con pis de gato de una librería en la que alguna vez trabajó Roberto Artl, encontré “La rubia del bar” de Raúl Nuñez. No sólo fue un hallazgo literario, fue también un encuentro amoroso. “La rubia del bar” me acompañó en años malos. Cuidó de mis heridas. Alimentó mi esperanza. Lo digo en serio. No hay lírica en este recuerdo. En el transcurso de una orilla a la otra, el libro del argentino radicado en Barcelona y fallecido en 1996, me permitió adentrarme en sus páginas con la urgencia de un amante inexperto. Una, dos, tres veces me emborraché con su historia. Me enamoré yo también de la rubia del bar y, por supuesto, ella, enigmática e indiferente, también a mi me abandonó. Entonces tenía tiempo pero no dinero. Y no tener ni tiempo ni efectivo es una de las situaciones más odiosas a las que puede someterse un hombre. Por motivos que no sería pertinente explicar aquí, ahora poseo algo de tiempo nuevamente ¿El dinero?, ya es una lucha a parte. La palabra poseo me resuena a Lejano Oriente, a genio escondido dentro de una lámpara. Pero poseo, granos de sal cayendo del reloj de arena, sin ser millonario, ni siquiera pudiente en este metafórico sentido. Conservo un par de horitas que ahora revolotean en mi bolsillo. La última vez que me ocurrió algo parecido fue cuando coincidí con “La rubia del bar”, un pequeño ejemplar publicado por Anagrama, que adquirí por un peso. Un escueto y miserable peso. De haber costado un centavo más jamás habría terminado en mi mesa de luz. Días atrás tuve otro de esos encuentros hombre-libro, aunque bien pueden extenderse a varias áreas del arte, en un kiosko del centro. Entre una pila de diarios y otra descubrí un pequeño ejemplar de una novela de Paul Auster, “La habitación cerrada”. Un libro espléndido que corresponde a las primeras etapas de la carrera del autor de “Mr. Vértigo”, “La música del azar”, entre otros títulos famosos. “9 pesos”, decía un cartelito y me lo llevé. Una vez en casa, literalmente, me zambullí en la cama como en una pileta, me quité las zapatillas y me dejé arrastrar por la historia. Fue un viaje corto y divertido. Agregaría profundo e inesperado. Un autor a la caza de otro autor. Hasta que el lector termina por sospechar que uno de los dos jamás ha existido. Un maravilloso lío de identidades muy típico en Auster. Mi horario extra, mis minutos afuera que por estos días han regresado de quién sabe que dimensión paralela, me sirvieron de pasaporte hacia este regalo de la vida. La pregunta apareció en mi mente como un acertijo de esos que se dejan caer a la mesa entre amigos. Una noche en que se hablan miles de temas, se lee el tarot y al final alguien pregunta y desafía: ¿si tuvieras una hora más a qué la dedicarías? ¿qué harías exactamente? Mi respuesta está implícita en este texto. Puede sonar un poco pretensioso pero es obvio que aquello hacia lo que vamos -caudal de energía sobrenatural-, desnuda a quienes somos en esencia. De las muchas cosas que uno puede ser, se es sobretodo la geografia hacia la cual nos dirigimos cuando una fracción de tiempo extra nos interpela.

paul

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