Salinger, el mundo secreto

J.D. Salinger quitó el velo de un mundo secreto.

Como a su manera hicieron Lewis Carroll con “Alicia en el país de las Maravillas” y James Matthew Barrie con el eterno Peter Pan.

Ese mundo entre sombras, alejado de la mirada siempre recta y por lo general desdichada de los adultos, podría abarcarse con una palabra: “niñez”. O lo que la niñez es capaz de crear por un breve y delicado espacio de tiempo para terminar años más tarde aplastado bajo la suela enorme de la solemnidad y la hipocresía. Castillos en al aire.

Sin embargo, lo que Salinger hizo, o mejor dicho, lo que Holden Caulfield, el personaje central de “El guardián en el centeno”, hizo, fue describir el momento preciso en que la fantasía se abre paso entre los juegos de la infancia. Salinger encontró el tesoro de los piratas y atravesó la frontera del espejo mágico, antes de que el espejo y el tesoro fueran imaginados.

Su obra más famosa grafica el laberinto donde se desarrollan los procesos afectivos de los niños. Y no es que a los adultos nos resulte una materia totalmente vedada. Simple y tristemente nos hemos olvidado de quién un día fuimos.

En algún momento, entre los años en que vestimos pantalones cortos y aquellos en los que nos hacemos a la mar, los adultos tenemos la mala costumbre de borrar lo más puro que es capaz de proveer nuestro espíritu. Salinger consiguió el milagro: recordó (o, tal vez, optó por jamás abandonar) esa espléndida forma de entender la vida.

Es evidente que Holden Caulfield, un pibe que posee la virtud de diseccionar la realidad hasta volverla un hecho totalmente distinto al que observamos los grandulones, es por sobretodas las cosas un niño crecido. Un visionario apenas un poco más experimentado que toda esa pandilla que el desea protejer.

¿Y protejer de quien? Pues de la vida, en general, y de nosotros, en particular.

En el fondo, los adultos, al igual que Caulfield, sólo quieren preservar a sus chicos del dolor que espera allá afuera aunque siempre fracasan en el intento.

La obra de Salinger disponible en la red.

Compañero de viaje

“Jack, ¿cuanto tiempo te tomó escribir “En el camino”?”, le pregunta Steve Allen a Jack Kerouac, al tiempo que acompaña su pregunta con un acorde de jazz en el piano.
-Tres semanas, responde Kerouac.
-¿Y cuanto tiempo estuviste viajando?, retruca Allen.
-Siete años, explica el autor.
Tres semanas para dar a la luz una obra maestra de la literatura del siglo XX y, aun más, para escribir uno de los mejores compañeros de viajes que conozco.
Porque cada viaje merece su propio libro. Una suerte de manual de instrucciones. Su brújula. Y esta que es época de viajes, de vacaciones, de necesarias huidas, podría ser aprovechada también con un propósito literario.
Llevo la mochila pesada. Pero, en un debate interno con el sentido común, insisto a rajatablas: mis amigos deben ir conmigo. Necesito que me susurren al oído, mientras acomodo el cuerpo en el “sillón-cama” de un colectivo, sus historias, sus universos puertas adentro. Afuera el paisaje transcurre lejano y silencioso aunque mis oídos y mis ojos asisten a una ópera de imágenes y sonidos plenos.
He llevado alguna vez “En el camino” conmigo. Me ha servido, me ha inspirado, me ha impulsado a cruzar la frontera del espejo. Sería una persona distinta si no hubiera leído a ciertos escritores. Kerouac es uno. Hice mía su búsqueda de la libertad, su respeto por el paisaje y su intenso amor por las charlas interminables a orillas del fuego.
Hace poco que volví de mi peregrinación anual. Entre rutas interminables y obligadas esperas, me abracé a “Justine”, de Lawrence Durrell y aprendí de sus mujeres que habitan esta increíble novela, acerca del amor, el desamor, el éxtasis de la piel y la nostalgia de lo imposible.
También cargué “Elegía para un americano” de Siri Hustvedt, una sobresaliente escritora norteamericana que es conocida como “la esposa de Paul Auster”. Como siempre, a medida que lo iba leyendo, fui dejando pequeñas migas de pan entre sus páginas, minúsculas pistas de atención sobre su laberíntico camino que me permitieran el regreso. Una de las páginas que marqué dice: “No existe frontera precisa entre el recuerdo y la fantasía (…) construimos nuestros propios relatos y no podemos separar las historias que creamos de la cultura en la que vivimos”. Y en otra página: “Nuestros recuerdos siempre resultan alterados por el presente, ya que la memoria no es estable sino mutable”.
Y en eso estoy, reinventando mi pasado.

Encuentros

rubia

Entre las paredes húmedas e impregnadas con pis de gato de una librería en la que alguna vez trabajó Roberto Artl, encontré “La rubia del bar” de Raúl Nuñez. No sólo fue un hallazgo literario, fue también un encuentro amoroso. “La rubia del bar” me acompañó en años malos. Cuidó de mis heridas. Alimentó mi esperanza. Lo digo en serio. No hay lírica en este recuerdo. En el transcurso de una orilla a la otra, el libro del argentino radicado en Barcelona y fallecido en 1996, me permitió adentrarme en sus páginas con la urgencia de un amante inexperto. Una, dos, tres veces me emborraché con su historia. Me enamoré yo también de la rubia del bar y, por supuesto, ella, enigmática e indiferente, también a mi me abandonó. Entonces tenía tiempo pero no dinero. Y no tener ni tiempo ni efectivo es una de las situaciones más odiosas a las que puede someterse un hombre. Por motivos que no sería pertinente explicar aquí, ahora poseo algo de tiempo nuevamente ¿El dinero?, ya es una lucha a parte. La palabra poseo me resuena a Lejano Oriente, a genio escondido dentro de una lámpara. Pero poseo, granos de sal cayendo del reloj de arena, sin ser millonario, ni siquiera pudiente en este metafórico sentido. Conservo un par de horitas que ahora revolotean en mi bolsillo. La última vez que me ocurrió algo parecido fue cuando coincidí con “La rubia del bar”, un pequeño ejemplar publicado por Anagrama, que adquirí por un peso. Un escueto y miserable peso. De haber costado un centavo más jamás habría terminado en mi mesa de luz. Días atrás tuve otro de esos encuentros hombre-libro, aunque bien pueden extenderse a varias áreas del arte, en un kiosko del centro. Entre una pila de diarios y otra descubrí un pequeño ejemplar de una novela de Paul Auster, “La habitación cerrada”. Un libro espléndido que corresponde a las primeras etapas de la carrera del autor de “Mr. Vértigo”, “La música del azar”, entre otros títulos famosos. “9 pesos”, decía un cartelito y me lo llevé. Una vez en casa, literalmente, me zambullí en la cama como en una pileta, me quité las zapatillas y me dejé arrastrar por la historia. Fue un viaje corto y divertido. Agregaría profundo e inesperado. Un autor a la caza de otro autor. Hasta que el lector termina por sospechar que uno de los dos jamás ha existido. Un maravilloso lío de identidades muy típico en Auster. Mi horario extra, mis minutos afuera que por estos días han regresado de quién sabe que dimensión paralela, me sirvieron de pasaporte hacia este regalo de la vida. La pregunta apareció en mi mente como un acertijo de esos que se dejan caer a la mesa entre amigos. Una noche en que se hablan miles de temas, se lee el tarot y al final alguien pregunta y desafía: ¿si tuvieras una hora más a qué la dedicarías? ¿qué harías exactamente? Mi respuesta está implícita en este texto. Puede sonar un poco pretensioso pero es obvio que aquello hacia lo que vamos -caudal de energía sobrenatural-, desnuda a quienes somos en esencia. De las muchas cosas que uno puede ser, se es sobretodo la geografia hacia la cual nos dirigimos cuando una fracción de tiempo extra nos interpela.

paul

On the road

(Es deliciosa la forma y el ritmo con el cual lee Kerouac. Hacia el final, está básicamente jugando con su voz sobre la melodía del piano)

Quiero sacarme esta remera blanca, sudada. En este extraño día, ventoso e histérico. Enamorado y perdido. Quiero tirarme en la cama y leer “En el camino”.

Se cumplen 40 años de la muerte de Jack Kerouac.

Leo digital

octavio

Para el diario “Río Negro” entrevisté hace unas semanas ya Octavio Kulesz quien fundó hace ya casi 10 años Libros del Zorzal, una muy interesante experiencia dedicada a publicar libros de temáticas originales aunque de un bajo perfil mediático. Por estos días está al frente de un nuevo proyecto: Teseo.

Esta editorial está orientada a los libros académicos integrando en este propósito avanzadas tecnologías como la impresión bajo demanda y la distribución digital de libros físicos, entre otras. Él es uno de los principales actores del nuevo escenario editorial.

Les dejo algunos subrayados de la entrevista que pueden leer completa acá.

Con los últimos dispositivos de tinta electrónica, que se iluminan con luz ambiente, la experiencia de lectura es asombrosa. 

-Es fundamental recordar que el libro tal como lo conocemos hoy tuvo su nacimiento, luego su período de esplendor y perfectamente puede entrar en decadencia si otros formatos más prácticos le hacen frente. El libro tradicional es heredero del códice medieval: son hojas encuadernadas y con una cubierta de protección. Como dispositivo de lectura, el libro tuvo antecesores, a los que destronó; me refiero en particular al formato rollo, que prevaleció en el Mediterráneo hasta alrededor del siglo III d.C. 

-Uno de los signos visibles de esta transformación es que prácticamente desapareció la carta manuscrita, un formato incluso más antiguo que el libro.

-Creo que el cambio en los formatos lleva necesariamente a un nuevo paradigma de lectura. Del texto estandarizado, que se lee en soledad y en silencio, se pasa a una lectura colaborativa y multimedial. P

El lector tradicional se mueve en un ámbito analógico: lee reseñas en la prensa gráfica, escucha comentarios de amigos sobre algún título particular, luego pasea por librerías físicas de su barrio, consulta con el librero, hojea diferentes ejemplares que descansan en las mesas del local y eventualmente compra alguno. El lector digital extremo opera en otro “universo”: recibe en su mail novedades de blogs, comparte opiniones en foros de su interés, visita revistas literarias online, averigua precios en librerías virtuales y finalmente compra el libro que buscaba, en el formato que prefiere: versión en papel (impresa a pedido) o electrónica (ebook), para leer en su Reader o en su celular. La experiencia de lectura es sin dudas tan diferente como la de compra. 

La impresión bajo demanda está evolucionando a un ritmo asombroso en todo el mundo. Los costos vienen bajando y la calidad ya es óptima. Actualmente, se pueden producir alrededor de 400 ejemplares al mismo costo que en Offset, la tecnología tradicional.

Vivirlo

“Quiero decir que en vez de supeditar mis deseos a mis medios, decidido a pagar su precio, me parecía preferible crearme los medios de mis deseos…partir del deseo para multiplicar la vida, en vez de ajustar los deseos limitándolos al dato de la vida. Para eso tenía que haber aprendido que el objeto del deseo no es satisfacer la carencia, sino que, por el contrario, la carencia es causa del deseo. Sabiéndolo, ¿por qué no tratar de vivirlo?”

PIERRE REY, “Una temporada con Lacan”

Taringa, el libro

Cómo anudarse una corbata. Cómo conseguir cervezas frías en dos minutos. Cómo levantarse a una chica haciéndose el millonario o el karateca ¿Por qué los mosquitos pican más a unas personas que otras? ¿Sabía usted que las tres Carabelas de Colón fueron sólo tres? ¿Enterraban los piratas sus tesoros? ¿Por qué los capítulos de Los Simpson son mejores ahora? Y así, la lista es interminable, creativa y hasta cierto punto insólita. Taringa, el libro merece al menos dos miradas distintas: la del fanático, la del curioso sin remedio, la del pibe que busca sólo reirse, la del aburrido que espera salir de su orfandad; y la otra, la del intelectual, el estudioso, el sociólogo, que quiere entender algo más sobre los gustos de millones de jóvenes que viven y palpitan en este país. Visto así Tartinga, el libro, es tanto el paraíso del dato inútil (aunque delicioso) como una fuente de numerosas pistas generacionales o, mejor dicho, un estudio sociológico a pesar de sí mismo.