Into the wild

Joven, impetuoso y soñador, Christopher McCandless partió hacia Alaska con unos pocos pertrechos. Allí murió meses después, probablemente de inanición.
Relatado de este modo suena a una de tantas vidas que se han perdido accidentalmente en medio de la naturaleza. McCandless no era un aventurero cualquiera. Al internarse en el peligroso territorio del norte no estaba pensando en volver con una pila de fotografías de impactantes paisajes o de sí mismo sosteniendo una trucha para que la vieran su hermana y sus padres. McCandless estaba harto de su núcleo y de lo que la gente esperaba de un chico de su edad.

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Norah Jones

 

Hay música que te lleva. Voces que tienen la inexplicable propiedad de moverte en el tiempo. Abren las ventanas que permanecen cerradas en tu interior. 
Después de todo, es lo que uno le pide al arte. Que pulverice tu rutina y transforme la palabra aburrimiento en una oportunidad de jugar con la fantasía. 
En otros escenarios, esperando para comenzar a trabajar a eso de las 5,30 de la mañana, encendía el fuego y ponía un disco de Norah Jones. La madrugada fría se perdía entre el aroma a café y la voz de la cantante y pianista estadounidense. Durante una larga temporada repetí el ciclo sagrado. 
Aunque la conocía desde antes (cómo no haberme cruzado con “Don’t know why” y “Come away with me”), fue entonces cuando realmente comencé a enamorarme de su música. Y de Norah, porqué no. Entre el admirador y el artista existe siempre un vínculo amoroso. Un deseo que resulta saciado una y otra vez en los caminos del arte. 
He pensando tantas veces en esto que supongo que en mi corazón se ha transformado en un proyecto: escuchar a Norah Jones en vivo. Mejor si es en Nueva York. Y una cosa lleva a la otra. Porque regresar a la Gran Manzana es una actividad en mi agenda de los sueños. A todo esto, “Back to Manhattan” es un bello tema que integra su último disco “The Fall”. Necesitamos de un pretexto para alcanzar las posibilidades de nuestro destino. 
Es la cadencia triste de su voz. Es la capacidad de erguir o declinar su entonación de un modo que nos hace imaginarnos a una chica que tararea junto al río. Es la forma casual con que se acompaña al piano. Como si estuviéramos a un par de acordes de irnos a dormir. 
Toda vez que escucho a Norah Jones me invade la sensación de tener las valijas hechas. De convertirme levemente en otro.
Me ha pasado con algunas pinturas. Con unos cuantos libros. Pero al único lugar que vuelvo, es al espacio donde reina Norah.
La historia del jazz posee sus innegables gigantes. Esos virtuosos ungidos por el dedo de Dios. Los conozco. Los profeso. Los respeto. Sin embargo, Norah Jones parece salida de un bonito bar de Manhattan. De hecho, fue descubierta en uno de tantos que hay en la isla. Si ciudadanía no tiene bronce.
Días atrás vi una película que protagoniza junto a Jude Law,  “My Blueberry Nights” de Wong Kar-Wai. Me sorprendió la facilidad con que encarna el personaje. El natural devenir que reflejan sus ojos. Incluso en esos delicados momentos en los que el personaje debe llorar por una ruptura o aceptar con sorpresa que ha encontrado el amor una vez más. 
Su actuación me recordó a su música. Acordes del alma inquieta. Cercanía de la piel. Dulce conversación. Norah Jones me hace creer en la belleza de las cosas.

Argumentos repetidos

 

No todas pero casi todas las películas terminan repitiéndose. Y en ese casi radica uno de los sentidos de la vida.
Al tope de una imaginaria lista donde se registren los argumentos más usados deberían estar los filmes de acción, luego los de terror, luego las comedias, luego las películas de carácter humano, luego la realidad real. 
Ocurre porque es fácil. Porque la inercia sólo conduce a la inercia. Porque prueba a las almas bien pensantes que el sistema sirve, que las cosas funcionan y que la felicidad o la infelicidad, por periódicas, aberrantes o extrañas que resulten, siempre pueden ser invocadas cuando lo necesitamos. 
¿Necesitas un poco de tensión? Nada como un asesino que muere pero que renace cuchillo en mano en la ducha. ¿Un poco de risas? Ahí lo tienen al joven drogón (último animal de la fauna americana disoluta) que no entiende nada, no sabe nada pero permanece sentado, escuchando las desgracias ajenas con una sonrisa tonta en los labios y los ojos inyectados en sangre. 
La mayoría de los argumentos nos inducen al deja vú. En algún sitio, en algún momento, en algún tiempo pretérito, hemos probado ya ese plato. 
La vida imita a las películas. Torpemente pero lo hace. 
Claro, hay una diferencia sustancial con el cine: nuestro vivir carece de guión. Aunque nos esforcemos en ponerle límites al azar jamás estaremos seguros de cómo sigue y cómo acaba la historia que protagonizamos. Digo, al final todos morimos, el asunto es cómo se resuelve el trayecto de una punta a la otra. Con qué colores, bajo que escala armónica y a qué ritmo. 
Hay días en que la pregunta “cual es el sentido de esto” nos queda grande. En otros, en cambio, tenemos argumentos a mano que nos convencen y tranquilizan. Disfrutar de las pequeñas cosas, podríamos responder y sería suficiente. Y si no alcanza entrevero para la ocasión una frase de Jünger: como niños que juegan, recrear en las pequeñas cosas la creación de dios.
Ignorantes o preclaros, lo cierto es que nuestra película aun se está filmando. Estamos gestando destino. Cada mañana surge como una oportunidad de escribir con estilo y creatividad el siguiente capítulo.  
Perdidos o encontrados, tristes o dichosos, queriéndolo o no, estamos siempre en posesión de nuestros sueños. Unos entrenarán para subir un cerro, otros comenzarán a escribir un libro, alguien querrá aprender un nuevo idioma, un oficio o componer un blues. 
Sobre la página en blanco debemos anotar la primera letra.

Cosas diferentes

 

Tengo un nuevo libro entre mis manos. 
No sé aun si terminará en la lista de espera de los títulos que empiezo y luego voy postergando. Son muchos los que aguardan por un mejor momento personal. A todos les digo que si pero en el fondo les miento. Continúo raudo hacia otros y otros y otros libros que van llamando mi atención. No soy continuo. No soy serio en este aspecto. Leo impunemente, con voraz apetito, frotando mis manos y con una sonrisa nerviosa en los labios. 
Sin embargo, el libro del cual les hablo tiene un par de elementos que lo hacen distinto de los demás. Se titula “Las batallas en el desierto” (Tusquets), del poeta José Emilio Pacheco. Obra reconocida y largamente vendida en todo el mundo. Es un ejemplar pequeño que tiene en su portada la fotografía de un barrendero en Ciudad de México. 
Hablaba de lo especial. Pacheco da inicio a la novela con una bella cita de L.P. Hartley, tomada de “The Go-Between”que dice: “The past is a foreing country. They do things differently there”. Que podría traducirse como: “El pasado es un país extranjero. Allí hacen las cosas de una manera diferente”.
Luego el libro comienza así: “Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél?”.
Desde entonces, es decir, desde hace un par de días, “Las batallas en el desierto” y yo, vamos por el mismo camino, ocupamos las mismas mesas en los bares y nos dormimos a la misma hora. ¿Es buena la novela?, diré que me gusta. Prefiero que otros establezcan los parámetros de su calidad.
Me gusta su aproximación. El vínculo que se va formando entre personaje y lector. La energía con la que que convoca tu atención. Hay algo en el texto que me refiere. Y, acaso de un modo muchísimo más misterioso, existe algo en mi que una vez refirió al nacimiento del texto. Que es como decir que yo también vengo del pasado.
Uno nunca sabe. Por el contrario a lo que dicta el sentido común, tiendo a suponer, como Drexler, que todo es más complejo de lo que parece.
A veces, ya muy tarde y en ese estado que no podemos definir como conciencia ni tampoco como sueño, comienzo a escuchar el funcionamiento de otro mundo. La maquinaria rumiante de una realidad ajena. No soy capaz de ver que sucede del otro lado del espejo. Mis ojos permanecen cerrados. El sonido llega fuerte y claro. Un perro hace sonar su lengua y lo siento a centímetros de mi cara. Alguien abre una puerta o mueve sillas en un imaginario cuarto que no logro distinguir. Pero todo esto sucede, puedo jurarlo.
Es posible que mi afición por las letras y las películas me estén jugando una mala pasada. La vida tal cual la conocemos ya tiene sus historias y supongo que sumergirse en los libros es una manera de saturarse.
La primera hoja de un libro es también el primer acercamiento a un universo desconocido. Su escena interior, la que atesoran sus páginas, deja de permanecer inerte en el momento que posamos nuestros ojos sobre las líneas que alguna vez perpetró un escritor. Entonces surge el sonido y el color, el aroma y la textura de unos que hechos que conviven en paralelo. O lo harán, cuando el lector así lo permita.
Como esos sueños extraños que tengo y que a veces me poseen: otra realidad surge y toma cuerpo.
“The past is a foreing country. They do things differently there”.  

Recontra enamorados

La curvatura de una espalda. El brillo de unos ojos. La expresividad de ciertas palabras. La manera, el estilo en los movimientos y en la ropa pueden desencadenar tormentas inesperadas.
La gente se enamora. Se lanza a la pileta con el último suspiro y espera que abajo todavía quede el agua suficiente para salir con la boca abierta hacia una nueva bocanada.
La ciencia no ha descifrado aun los laberintos de esta extrañísima forma de suicidio. Estas ganas de tenerlo todo bajo el riesgo de, al final, no obtener nada. No hay sortilegio. No hay conjuro que pueda contener la vocación por perderse, por apostar hasta los botones en un deseo, que albergamos los seres humanos.
Me he enterado ayer que los simios se matan unos a otros con el propósito de expandir su territorio. Una compañera de redacción me apunta que protegiendo lo suyo también los leones cometen sus pecados. Ya ven, en la parada del crimen humanos y bestias interpretan la sinfonía de la sangre.
Sin embargo, estoy convencido de que sólo nosotros somos capaces de perder la cabeza por amor. Y mejor no preguntes “de qué hablamos cuando hablamos de amor”.
El asunto es que lo hacemos, nos estregamos. Regalamos el alma en bandeja de plata. Abrimos bien grande la puerta, de par en par, y todo lo que somos, todo lo que nos constituye, todo lo que nos define, sale corriendo hacia el objeto de la pasión.
Un angelito tierno, inocente y un poco tontolín nos avisa: “mirá que que podría salir mal”.
¿Importa?. Aquí no hay espacio para el regateo. No hay dignidad que aguante. Este infierno posee su propio paraíso. Los ingredientes en juego, tanto nos hieren como curan la herida. O anestesian el dolor. En cada beso se conjuga un verbo distinto y se reinventa la vida proyectándose hacia más vida.
Quien no se ha enamorado no ha vivido.
¿Podrás encontrar a alguien más solo que al enamorado de un imposible?. Enamorado y rechazado. Que odioso resulta. Que incómoda sensación se nos queda pegada al cuerpo. Pero, ya lo dicen los piojos: “hay tanta belleza tirada en la mesa, desnuda toda rebalsada”.
Como es obvio, desconozco la cura para tan terrible mal. Aunque, desde hace unos años, tengo la teoría, y creo fervientemente en ella, de que no nos enamoramos para el otro ni siquiera del otro, sino que lo hacemos en función de nosotros mismos. Amamos, o lo que sea que esto signifique, para testificar que la maravillosa energía vive bajo nuestra piel. Que arbitramos un don. Que con fanatismo y desmesura podemos de testificar que, si, estamos listos para patear el tablero del universo y hacer el click. A un milímetro de provocar el Big Bang, una vez más.
No por nada enamorados es como se hacen los hijos y se escriben las poesías.

Veneno

Dependiendo de la distancia que tomemos de ellos, algunos tipos de veneno pueden prevenir, curar o matar. Pero la clave está en la distancia. O en la dosis, dirán. Me gusta pensar en términos un poco más poéticos: el veneno como una energía circular. Como el sol. Tirados en una playa, a ciento cincuenta millones de kilómetros, puede dejarnos un lindo bronceado. Un poco más cerca nos fulminaría sin piedad. Como el primer whisky con hielo de la noche que te invita a la charla. Ya tres te transforman en un tipo insoportable y balbuceante.

Este no es el lugar más apropiado para darle curso a una nueva perorata acerca de los excesos. Sólo apunto al hecho. ¿Tendrá razón Brian May cuando canta “Too much love will kill you”. Supongo que a ciertos niveles “demasiado amor” deja de ser amor para convertirse en otra cosa. De todos modos, es una canción que no me gusta y que si me forzaran a escucharla un día entero tal vez sí podría terminar matándome.

En el fondo, si tiras de la cuerda, el veneno es una posibilidad intrínseca a todas las cosas.

En 1990 el joven Christopher McCandless,viajó hasta Alaska donde pretendía vivir al margen de la civilización. Se atrevió por un territorio salvaje, sin el conocimiento ni el equipo necesarios, y murió poco después de hambre. Alguien encontró un cartel en su refugio donde decía que había ido a buscar frutas silvestres y que necesitaba ayuda urgente. Así fue como el mundo se enteró de su final. McCandless se tiró de cabeza hacia el centro de su deseo y paradójicamente se perdió en su propia desolación. Imagino que aun moribundo logró entender que un poco de compañía y calor humano no le hubieran venido mal. Lo irónico es que, como no llevaba ni siquiera un mapa encima, jamás supo que había un refugio equipado para amantes del trekking a pocos kilómetros de donde falleció triste y agotado.

La Fender Stratocaster que Jimmy Hendrix quemó en pleno extasis musical en 1967 no sirvió de mucho después de la proeza, aunque 40 años después llegó a ser subastada, como reliquia, en 340.000 euros. Hendrix terminó hospitalizado después del concierto debido a las quemaduras en sus dedos.

Recuerdo también al personaje de “El perfume”, de Patrick Süskind, “Jean-Baptiste Grenouille”, quien con unas gotas de su maravilloso perfume esparcidas en un pañuelo fue capaz de hipnotizar a una muchedumbre furiosa que quería su cabeza. Sin embargo, todo el frasco vertido sobre su cuerpo le resultó una apropiada forma de suicido (a la altura de su desquicio) cuando un grupo de personas atrapadas por el encanto del aroma se comieron a Jean-Baptiste Grenouille sin más preámbulos.

Buda habló del camino del medio, pero sin duda que en los extremos es donde está la diversión. Hay quien baja por las gritas de la Tierra y quien escala sus accidentes geográficos.

A pesar de lo dicho, existen situaciones que no remiten a ninguna desmesura y que, sin embargo, albergan buenos momentos. Allí no puedes establecer cantidades. No se pueden circunscribir mediante estadísticas que atraviesen techos históricos. Cuando escucho, “Blue in green” con Eliana Elías al piano, por ejemplo, no se me ocurren más que imágenes fragmentarias. Postales vividas de hechos vividos e imaginarios. Me sitúo mirando al mar. Caminando sin rumbo por ahí. Acariciando una piel. Alerta, bien despierto en ese minúsculo espacio sonoro, ubicado en quién sabe qué dimensión paralela, juego a que abro puertas. A que transcurro de un modo dulce y fresco.

En lo breve también hay plenitud.

Acerca del vacío

Días atrás, Jostein Gaarder, autor de “El mundo de Sofía”, hablando de estar colmado, explicaba la posibilidad del vacío. Le decía esto a los lectores de El País de España: “La tecnología es una buena herramienta para hacer un seguimiento de las especies en peligro de extinción, de los fenómenos meteorológicos… El problema más importante es el consumismo, y el consumismo de información, de Internet y de la televisión. Antes estaba vaciando la botella, ahora la botella me vacía a mí. Creo que uno puede ser vaciado por Internet y la televisión”.

Casualidad o no, ayer comencé a leer la última novela de Haruki Murakami, “De qué hablo cuando hablo de correr” (Tusquets) donde explica que nuestro espíritu no es lo suficientemente sólido para albergar el vacío. Aun así, el escritor japonés, cuenta que lo busca y lo convoca mediante extensas jornadas de “footing”. El vacío nunca llega a la cita pero el resultado siempre es beneficioso. Correr es perderse de uno mísmo. Es viajar sin cámara de fotos a un lugar impreciso.

Ver cinco horas de dibujitos o de series americanas es irse también. La diferencia está en la extraña resaca que nos deja un festín televisivo. Lo digo por experiencia propia. Subyace a la exposición una suerte de incomodidad, de malestar dentro y fuera del cuerpo que denuncia la inercia de la que fuimos partícipes por un tiempo prolongado. Aunque hayamos pasado un buen momento y tengamos uno que otro recuerdo divertido del banquete mediático, indiscutiblemente sentimos que la pantalla se ha apropiado de una pizca de nuestra alma. Es sabido que los indios americanos no permitían que les tomen fotografías por este motivo. Cada fotografía equivalía, para ellos, a relegar una fracción de su ser profundo.

Corro también aunque de un modo mucho más modesto que Murakami y que de cualquier profesional o amateur. Corro porque me he vuelto adicto a las sensaciones posteriores que deja el esfuerzo físico. Corro para atiborrarme de endorminas. Y corro porque la estética corporal es uno de los desafíos concientes de mi época.

Gaarder advierte sobre la obviedad. Dice lo que sólo le está permitido a un escritor de su éxito sin que las quejas se multipliquen. Justo Gaarder que apretó la historia de la filosofía en el pequeño espacio de una novela juvenil.

La televisión y la web en todas sus nuevas y rutilantes formas nos quitan más de lo que nos dan. Ante ciertos materiales audiovisuales el cuerpo y la mente quedan desvalidos. No hay una explicación de porqué ocurre esto.

Acaso se deba a que los estímulos ya están procesados. Son hijos de una intencionalidad que no admite lecturas singulares. Es un guión integrado de forma, color, sonido, que impiden que después de la alimentación visual, se desarrollen verdaderas ideas personales acerca de lo que se ofrece. Puede haberlas pero no es un asunto tan sencillo. Como un dulce artificial y empalagoso que ingresa a nuestro cuerpo con increíble potencia, establece reglas en función de sí mismo. Entonces somos relegados por su mensaje.

No sucede con los libros, simplemente porque en este caso la línea de texto es un componente de la explosión y no la explosión propiamente dicha. Al abrirlo, un libro no nos dice nada. Para que la “pantalla” se ilumine debemos sentarnos y leer. Lo cual equivale a poner mucho de nuestra parte.

Durante miles de años los budistas y los hinduistas han reflexionado acerca de la vacuidad. La mente es como un carro conducido por briosos caballos, grafica el Bhagavad Gita. Aplacar esa energía, domarla, es una de las grandes misiones que se adeuda cada persona. Así fue como los orientales inventaron la meditación, el yoga o la ceremonia del té. Acciones en procura de la no acción.

No poseeo fundamentos para deglosar los diversos caminos que conducen al vacío: el que procuran los medios, el que deviene de un trote prolongado o el que te transforma cuando concluyes una novela. Sólo soy dueño de la sensación. Al final de un libro me descubro lleno de ideas. Como al final de mis correrías, el dulce cansancio tiene el sabor de algo que denominamos paz.

Jack & White

Muy de tanto en tanto, ocurre.
Es un libro. Una película. A veces una canción y, en raras ocasiones, una persona. Alguien con quien has tenido el privilegio de intercambiar puntos de vista. Concepciones del mundo. Botellas lanzadas al mar que encuentran destinatarios.
En todos los casos existe un punto coincidencia, la experiencia deja sonando una nota en el aire. En tus labios queda un sabor. En la punta de tus dedos, una textura. En la piel, una vibración que no se apaga así nomás.
Esto me acaba de ocurrir con White Stripes. No es que no supiera de Jack White y su extraña hermana baterista, Meg. Hace ya 10 años que andan en la ruta del rock y el blues. Dos géneros muy suyos y dos revindicaciones para estos chicos criados en los barrios clase media baja de Detroit. No es que sus hits no se hubieran colado por mis oídos. Mis hijos ponen “Seven Nation Army” a todo volumen en la computadora directo desde youtube. Simplemente los había dejado pasar, como suele ocurrir con tantas otras maravillas. Argumentaré en mi favor que uno no puede abarcarlo todo aunque lo intente.
Fue el documental “It Might Get Loud” (en los videos se alquila bajo el nombre de “A todo volumen”) el que me puso en verdaderos antecedentes. Este filme reunió para conversar y hacer música a tres grandes guitarristas: Jimmy Page, The Edge y White. En estos años me perdí una parte de la historia de Led Zepellin, cuestión de gustos, asunto de generaciones. Sin embargo, U2 es una de las bandas que componen la banda de sonido de mi vida. Edades a parte, no estoy dispuesto a obviar a Jack y Meg White. 
La primera escena del filme, dirigido por Davis Guggenheim, muestra a Jack White en una zona rural de los Estados Unidos, vestido de impecable camisa y corbatita, fabricando una guitarra con trozos de madera y una botella de gaseosa. Con natural habilidad inserta la piezas, tensa las cuerdas y las conecta a una fuente eléctrica y a un amplificador. Luego un sordo riff de guitarra inunda la pantalla. “¿Quién dice que hay que comprarse una guitarra?”, pregunta Jack.
Sobre el escenario son sólo dos: Jack en guitarra, piano y voz, y Meg, en batería. Tal vez una breve descripción de una de sus tantas interpretaciones del tema “Icky Thump” sirva para clarificar el punto: ahí lo tienen a Jack, enarbolando un fantástico riff antes de ir al asunto. Un riff tan puro, tan rocanrolero, de inmediato mixturado con los acordes de un teclado chichón y esa voz desesperada, crucial, muy sacada de Jack, como la que usaría una histérica lady al descubrir un incendio en su mansión de la campiña inglesa: “Yah-hee, icky thump Who’d-a thunk?/Sittin’ drunk on a wagon to Mexico”. Y acto seguido, más líneas de guitarra tronando, haciendo despegar la habitación del suelo. Tiempo y espacio comprimidos en un sonido visceral. “Lalalalalalala”, tararea White mientras se retuerce como un poseso. Un demonio al cual el cuerpo que ahora es suyo le queda chico. La batería por detrás escribe su propio camino. Como si no le importara donde cuernos anda Jack: ¿está Jack en casa? Ni idea. Dios sabe de arte: de un modo mágico las piezas sueltas encajan. Jack, Meg, la guitarra haciendo saltar a los quintos infiernos los preceptos, los motivos y los valores hipócritamente comerciales que ha ido haciendo del rock and roll una música fallida, y la batería, platillazos contra la malaria, el bombo o la graciosa potencia recién llegada de la nada. ¿Algo más, chicos?: apenas si estamos revolucionando una música que hace rato necesitaba que alguien le escupa en la cara.
El gran final, la distorsión y el magma. Jack a los gritos, el eterno retorno de los acordes y el perseverante ritmo que te vuela la cabeza. Como si fuera poco la canción cierra con una tremenda declaración de principios. Escucha Arizona: “Well, Americans: What, nothin’ better to do?/ Why don’t you kick yourself out?/You’re an immigrant too”.
White Stripes, estamos de gira.

Esto que sé, lo ignoro

A lo largo de una vida se muere y se renace más de una vez. 

Nos volvemos conscientes de ello bajo la impronta de experiencias fulminantes o de una carga emocional que nos impide seguir adelante como si nada ocurriera. Después nos olvidamos de aquel vértigo durante el cual entendimos todo. Quedan fragmentarias postales. Imágenes que con los años van perdiendo su intensidad.

Puedo mencionar algunas. El día en que nació mi primera hija y supe que, siendo nada, un come libros, lleno de sueños codiciosos, encontraría el modo de cuidarla y de transcurrir juntos sin la urgencia de existir.
La tarde en que a mis cinco o seis años apaleaba nieve en el sur y un automóvil marrón cruzó la ruta interrumpiendo el paisaje. Por contraposición me devolvió mi lugar en la tierra. 
El día en que los labios de una mujer me enseñaron la palabra sensualidad. Nueva York desde la ventanilla de un avión y la frase “Roma año I” cruzando mi mente. La noche en que discutí ferozmente con mi padre para nunca más volver a hablar con él. Las madrugadas en la calle, acurrucado en plazas, entradas de subtes e iglesias, reporteando a los indigentes de Buenos Aires, apenas un milímetro por debajo de mi humilde economía. El día en que mi compañera y yo volvimos de un maldito y urgente trámite, y nos abrazamos llorando porque no lo habíamos conseguido y todo parecía venirse abajo. Frágiles pero invencibles.
Hay varias de esas fotografías en mi mente. Cada una detuvo mi reloj de arena. Cada una me enseñó algo aunque yo, mal alumno al fin de cuentas, aprendí apenas un poco. 
Gracias al dolor y al placer que me produjeron me acerqué a esta certeza: que delicado es el puente de seda sobre el que vamos y venimos a las corridas. 
Comprendí que el sabor de una gota de agua en tu boca dice lo que ningún diccionario. Lo que ningún maestro. Que seremos pasado muy pronto. Que cada minuto cuenta. Que somos hijos de nuestras búsquedas antes que de nuestros hallazgos.
En este camino de excepciones y decepciones aprendí también que hay reglas que han sido establecidas para ocultar el verdadero significado de las cosas. ¿Por ejemplo? Que no se trata de amar y ser amado sino de amar y ser deseado. Que lo que parece, por lo general, es. Que en una relación de dos casi siempre hay tres. O cuatro. Que, en serio, somos antes piel que divinidad. Y que no puedes controlar las variantes de la vida. En un punto, no mucho más allá de nuestras narices, estamos sujetos a los caprichos de dios. 
Y que el único amor “para siempre” es el que guardas para tus hijos.
Pero tampoco es para tomarme en cuenta. Invocando a Alejandro Jodorowsky: esto que sé, lo ignoro. Esto que digo, ya lo he olvidado. Esto que escribo y repito me entra por una oreja y me sale por los poros. Esculpo sobre el viento. Le doy forma a un montón de antiguos conjuros. 
Si puedo apostar a que en la hora señalada, cuando la tormenta arrase, recuperaré una parte de la sabiduría milenaria. Por unos instantes me sentiré menos estúpido y más tranquilo.

Cuentas pendientes

Quedan por ahí, guardadas en los baúles de la memoria. Son, en su conjunto, el gran deseo subterráneo. Un bello salmón plateado que corre contra la fuerza de la corriente. Las cosas que un día nos propusimos hacer. Las metas que se llevaron parte de nuestro tiempo en el pasado. 

Algunas pocas conjugan una rara forma del presente continuo. Aún tienen una oportunidad de salir a flote. De sobrevivir a los años, a la constante distribución de energía, a las luchas cotidianas.
Sería muy injusto que se nos juzgara sólo por lo que hicimos. También somos aquello que no hicimos. Dignos hijos de las cuentas pendientes.
Soy un coleccionista de libretas y agendas donde he ido apuntando cosas que quería o aun pretendo realizar. 
A eso también me remito cuando pienso en mi configuración como persona, es la prueba de una búsqueda honesta por ser mejor. Por volar un poco más alto.
Mis deudas en este sentido son abundantes. Impagables. Pero por cada vez que tuve que declinar en el intento descubrí que había algo más por lo cual seguir adelante. Como si una decepción, por triste que esta fuera, anticipara el próximo entusiasmo. 
No niego la importancia de aprender a diferenciar la realidad de la fantasía. Los sueños de los delirios. Sin embargo, vivir atados a la cordura, caminar siempre por la vía del sentido común, puede terminar dándonos una incómoda sorpresa: el hecho de no haber sido lo suficientemente osados para tratar y equivocarnos. Nos habremos perdido la diversión.
Mis listas siguen ahí. Algunas noches repaso quien quise ser. Son momentos en los que hago dialogar a mis viejos apuntes con esa persona en la que aun pretendo convertirme. Ahora mismo creo poder mencionar unas cuantas locuras que seguramente no haré jamás. Incluso a medias, me conducirán hacia algún sitio.
Dar la vuelta al mundo en bicicleta, acampar un mes en el Parque Nacional Torres del Paine, a la orilla de los glaciares, escribir un libro de poesía llamado: “Manual de Instrucciones para sobrevivir al Sur”, escribir el guión de una telenovela, integrar una banda de rock punk, besar a Isabelle Adjani, filmar un western en la Patagonia, construir un barco de madera que se convierta en mi casa de verano, tocar blues al piano y en un piano-bar, vestir de elegante traje y corbata y andar así por la Quinta Avenida, aprender japonés, inaugurar una cadena de “cool” almacenes, entrevistar al escritor cubano Abilio Estévez, ¡Y a Mickey Rourke!. Y tengo más.
No son grandes cosas. Pero van quedando. Igual que un vino que guardo y no me atrevo a abrir.
Entretanto, con mayor respeto y temor, me empeño en otras en las que no quisiera fracasar. No las contaré acá, por cábala.
Pero para que el asunto no quede en unos odiosos puntos suspensivos, diré que tengo una bicicleta con la que ruedo por los bordes de mi ciudad. Que de lunes a lunes entreno ejercitándome con el estómago vacío y la mirada puesta en las montañas de febrero, que mis poemas se diluyen en internet y que no dejo de fisgonear pasajes Buenos Aires-Nueva York.
Cada cual tendrá sus listas. Sus proyectos. Aferrados a un puñado de propósitos es que le damos sentido a esta vida. Hasta un pesimista como Cioran dejó un margen a las entrevistas en las que se refería al “inconveniente de existir”.
En el trayecto entre el deseo y la decepción, hay muchos placeres que merecen ser vividos. El dolor, en cambio, es el precio que pagamos por nuestro enorme apetito.

Palabras de siempre

 

Mi estimada amiga y poeta Ana Yalour anda con ganas de publicar un nuevo libro donde se entreveren sus poemas con los míos. Lo hizo hace unos años en un ejemplar que llamó (y el nombre me encanta) “Así de una”.
Su idea, me cuenta en un mail, es hacer una versión digital que tendrá también su pata en el papel. No lo imagino aunque estoy seguro de que me gustará.
Me anunció su propósito justo en la semana en que Apple llegó al millón de Tablets vendidas en Estado Unidos. Espero que un día nuestros poemas, y los de muchos otros, tengan también un espacio en la pantalla de Steve Job.
Lo digo con alegría porque aunque entiendo que cambiarán los soportes (sucesivas tablets se reemplazarán unas a otras), las palabras, los códigos a través de los cuales expresamos lo inexpresable, persistirán en su intento.
Por lo general, no me siento inspirado a escribir otra cosa que no sean poemas de amor. Como si fueran cartas que diseño, perfumo y luego firmo pensando en alguien o en nadie en especial. Pero incluso en un formato multimedia las palabras de amor seguirán diciendo lo mismo. Mantendrán su delicada autonomía. Infieles a sí mismas.
Están destinados los poemas del género a provocar la inquietud de un tercero y eso continuará. Demás está decir que muchos terminarán por ahí, en el buzón, en la papelera, pero algunos serán conservados como un lindo regalo. Un obsequio que sólo es capaz de hacerse el corazón abierto.
De modo que el nuevo libro en coautoría con Yalour (quien me ofrece este raro privilegio y nunca dejo de agradecérselo) destilará, en sus versiones multimedia y papel, perfume y románticas intenciones.
Encontrarán entre los versos herramientas como “piel”, “deseo”, “estrellas” y “cielo”. Palabras antiguas enmarcadas en un sistema flamante o tradicional. Palabras que recorrieron un largo y sinuoso camino en procura de convertirse en perfectos emisarios de los sentimientos. Capaces de sonar, de albergar y de definir aquello que guardamos en un rincón del espíritu.
Uno de los poemas que formarán parte del libro aun sin nombre es este:
“Porque no hay escritos sobre nosotros
Porque no tenemos una canción
Porque no somos dueños del destino
Porque hemos inaugurado algo
Porque un beso descubre secretos
Porque sobre el cristal mojado
puedes dibujar el mapa del amor
Porque no te escondes detrás de una careta cuando deseas
Porque no mientes si te entregas
Porque empezamos de cero
Porque somos milenarios
Porque la canción del tiempo nos pertenece
y siendo la misma, es diferente
Porque nos prometimos estrellas
Porque vamos
Porque volvemos pisando sobre la nieve
Porque el espacio es una metáfora
del corazón.”

El diablo en el agujero

 

Mantén al diablo en el agujero. Sólo eso y la cosa andará bien. Lo aprendí de una de las canciones que más me gustan de Tom Waits: “Way Down In The Hole”. O, sin exagerar, de la canción que más me gusta de todas las canciones que he escuchado a lo largo de mi vida, sean suyas o de otros.
No soy cristiano pero profeso la fe en Tom Waits. No creo precisamente “en dios” aunque yo, al igual que Frank (uno de los personajes de la mitología Waits), he tenido mis años salvajes y necesito perdón.
Son esos momentos oscuros los que te perfilan aunque pretendas dejarlos atrás. Sin embargo, nada habla con tanta exactitud de una persona como el modo en que esta lucha contra sus peores demonios.
Esta es mi libre interpretación. “Way Down In The Hole” trata de cómo deliberas con tus fantasmas más perversos. Quién ha sido violento y un día descubre que debe controlar su lado feroz por amor a quien tiene enfrente y por respeto a sí mismo, seguramente entiende de que estoy hablando. O aquel que luego de haber prometido no beber una gota más, discurre por un resbaladizo infierno ante un vaso whisky.
Los pecadores lo sabemos bien, una y otra vez, el diablo saldrá de su agujero para tentarnos con su poesía dulce y cruel. Ese día, esa noche, estaremos bajo sus órdenes. Tiraremos el televisor por la ventana. Beberemos mucho más de lo conveniente. Soltaremos la lengua. Cerraremos la puerta con furia. Gastaremos el dinero en una tontería. El diablo en el jardín. Tu jardín, tu casa.
Por eso, tal como canta Tom, sólo debes mantener al diablo en su agujero. Para seguir adelante, amparado en la fuerza de tu voluntad.
“Way Down In The Hole” posee, además de una letra divertida y de corte cristiano, una cadencia sexual. Dura unos tres minutos. Y al tiempo que se escapa, la sientes eterna.
Te dejo la letra de la canción que apareció en el disco “Franks Wild Years” en 1987. Podría definírselo como un moderno clásico del gospel que hace poco resucitó con la serie de televisión americana “The Wire”, en cuya apertura la versionaron distintos artistas.
Dice así: “Cuando caminas a través del jardín/Cuida tu espalda/Así que te pido perdón/Anda por la recta y estrecha vía/Si caminas con Jesús/El salvará tu alma/Tienes que mantener el diablo en el agujero/El posee el fuego y la furia y estás a sus órdenes/Así que no debes preocuparte si aferras la mano de Jesús/Todos estaremos a salvo de Satanás/Cuando el trueno llegue/Sólo tienes que ayudarme a mantener el diablo en el agujero/Todos los ángeles cantan acerca de la poderosa espada de Jesús/Ellos te protejerán con sus alas y te mantendrán cerca del Señor/No le hagas caso a la tentación/Sus manos son tan frías/Tienes que ayudarme a mantener el diablo en el agujero/Sólo tienes que me ayudarme a mantener el diablo en el agujero.”

Probablemente libres

 

No me lo creo.
Que esto sea una mera coincidencia. Que estemos hablado del más puro azar. Que las puntas de las enormes líneas de fuego, esas que nos representan, se encuentren “porque sí” para establecer un nuevo lenguaje. Que la cosa fluya como un río o brote o explote sin una razón. Sin un deseo preestablecido. Sin una voluntad milenaria que nos guíe o se burle o qué sé yo. Y qué sabe nadie.
La vida es corta, dice el galán en su película. No, corrijo, dice: “life is short”. Y va vestido de un modo elegante. Y fuma. Y mira hacia un horizonte que jamás alcanzará. 
La vida es el perfume fugaz de los dioses. Una instantánea que como la nieve va derritiéndose. Va apagando sus colores. “¡Qué poco me quedaaaa!”, exclama mi madre mientras atravesamos en camioneta el sur hacia su campito, y las montañas y los glaciares y los desiertos me resultan eternos. Tiene 66 y una vez tuvo 20. Allá vamos. 
Esta, en verdad, es una cuestión de tiempo. De aquello que queremos y no podremos hacer porque el reloj nos persigue igual que un cazador empecinado. De tiempo y voluntad. Lo que deseamos, lo que podemos, lo que decidimos, lo que intentamos.
Soy un rebelde sin causa que intenta explicar la inexplicable. Rechazo la idea de mi finitud y en el mismo esfuerzo me condeno y la confirmo. No hay dados en el aire, hay escritura sagrada, tatuaje estelar, palabras sueltas en un idioma ajeno.
Mientras tanto me entretengo. Me ocupo. Acabo de terminar tres libros a las carreras. Porque tal vez mañana. Tal vez mañana. Una novela de Serguio Olguín, “Oscura monótona sangre”, sobre la depravación y el camino al infierno de un empresario aburrido, “Cosmética del enemigo” de Amélie Nothomb, acerca de la locura y la violencia desentrañadas en la vacuidad de un aeropuerto y “Deception” de Phillip Roth, que relata el patético ocaso de un famoso actor teatral. 
Todas hablan de la muerte. De la enfermedad de la psiquis. Del paso de las horas y de los momentos que fueron dulces o agrios, pero que ahora corren a una velocidad inaudita. Atraviesan desenfrenados la mirada perdida de los protagonistas.
Sin embargo, desde su óptica sombría y desgarradora, cada uno de los libros deja abierta una puerta. 
Entre tragedias, entre penas que parecen definitivas, al menos, permanece vacante un espacio para la redención. Si este es un plan secreto, un juego en el cual interpretamos a veces peones, a veces reinas, a veces nada. Si las estrellas hablan en un lenguaje angelical y esquivo, entonces nuestro pasaporte lleva timbrada una visa que autoriza el siguiente salto. Frente a la exactitud del destino nos volvemos seres accesibles. 
La fragilidad nos permite discurrir sobre la contradicción: delicados y por lo mismo valiosos. Mortales y por eso mismo desvergonzados. Probablemente libres.

Malcolm

“El rock es esa cuestión de tratar de ser inmortal”. Lo dijo Malcolm McLaren, un hombre que días atrás murió de cáncer. Mclaren fue un auténtico innovador. Un precursor de modelos artísticos y comerciales alternativos. Sin embargo, pasará a la historia por haber creado a los Sex Pistols, algo que si todos los Sex Pistols vivieran y pudieran articular una palabra al unísono, negarían de plano. Pero si uno revisa con cierta dedicación la historia del punk descubrirá que la leyenda es cierta y que el título nobiliario es merecido.
Malcom McLaren inventó a los Pistols y con ello y con ellos revolucionó la forma de hacer música en el siglo XX. No le fue necesario un discurso muy profundo para tal fin. Las memorias de McLaren no están compuestas de gruesos volúmenes. No, McLaren utilizó una herramienta mucho más directa. Le bastaron unos acordes, unos colores y unas formas, una estética en definitiva, para hacer enaltecer su punto de vista.
Hasta que los Pistols aparecieron no había nada nuevo bajo el sol. Su estilo resultó tan controversial, tan impresionante que, como si tratara de inquietantes agitadores políticos, fueron perseguidos y censurados.
Antes y después de los Pistols, McLaren se reveló como el propietario de ideas que estaban destinadas a escandalizar conciencias. Incluso aquellas personas que se consideraban a sí mismas flexibles y abiertas quedaban al borde de la estupefacción toda vez que el músico, el diseñador y anfitrión de lo alternativo, salía a la vía pública a gritar su verdad.
Fue McLaren quien proyectó la energía solar del sexo sobre la piel de la moda (inauguró y cerró dos pequeñas aunque exitosas tiendas, ambas con motivos eróticos: Let It Rock y Sex). Y fue McLaren quien encontró en la música un canal de comunicación con una juventud anestesiada por el gobierno inglés de turno y por la cadencia dulzona de las estrellas de entonces. Muchas subsisten hasta hoy.
Para McLaren, Mick Jagger, Ringo Star y Rod Steward no eran más que las figuras emblemáticas de un pensamiento represivo y conservador. Su rock and roll furioso, su pop sexy y desacartonado, tenía como telón de fondo un propósito, o dos: la máquina registradora y el status quo. Ya entonces, el rock había dejado de ser peligroso.
“Por Dios, si la gente comprara los discos por la música, esto estaría muerto hace mucho”, dijo alguna vez. En la era de los archivos intercambiables y gratuitos esta idea ha cobrado un un sentido inesperado. La grandes compañías siguen sin entenderlo.
La imagen es todo. Podría haber sido uno de los himnos en el escudo familiar de McLaren. Su visión fluyó a través de la música de los Pistols el tiempo apropiado, para cuando comenzaron a transformarse en una excelente banda de rock, con todas las de la ley, él los dejó.
“The Sex Pistols no era tanto un grupo con una carrera como la materialización de una actitud que todavía molesta a la gente, porque ninguna forma de la música popular de entonces era capaz de erosionar la sociedad. Simplemente proporcionaba una excusa para suavizar el palo de la vida cotidiana. Sin embargo, The Sex Pistols aparecieron en escena para clavar el cuchillo y removerlo bien en la herida.”, explicó McLaren quien junto a ellos atravesó el umbral de la vida eterna.
Si uno entra a su sitió personal por estas horas encontrará un cartelito que lo confirma: “Malcolm will return shortly…”

Carlitos, su momento

 

Carlitos pasa por el mejor momento de su vida. Tiene 70 años y unas lindas pestañas postizas que dan la vuelta al mundo cada vez que sus párpados irrigan la superficie de sus ojos azules.
Ahora está un poco pasado de kilos pero su delgadez no miente: se encuentra en plena forma. Como todo dandy es dueño de su edad. Viste a su aire. Hoy, por ejemplo, calza jeans adornados con ositos de peluche. Arriba una delgada camisa blanca que deja entrever su pecho depilado y suave. Su pecho sin memoria.
Hace 40 años que perdió el pelo pero nadie lo sabe. Sus amigos, sus parientes se han vuelto ciegos ante la obviedad: su calvicie. Por eso aceptaron al principio sus pelucas de pelo natural compradas a precio oro en Buenos Aires. Ensortijadas, castañas y excesivas. Sin embargo, tiempo atrás optó por un modesto gorro de lana blanco. 
Fue muchas cosas o, dicho de un modo más exacto, muchas cosas fueron a través suyo. Empleado estatal en puesto clave (ese que sabe cuándo cobramos). Animador de la cruda noche del fin del mundo. Mujer in progress. Señora y señorita según corresponda. Súper hembra masculina entre los rudos machos en celo. Compañera ideal. Amiga insustituible. 
No imagino un tiempo en que no fuera una loca. Cuando era un adolescente sentía admiración por su carácter tan punk. Tan Cobain. Alguna vez lo defendí frente a los rumores (bien fundados) que indicaban que se prostituía. Pero mi tío era mí tío y a mi me parecía, aun me lo parece, todo un señor. O algo por estilo. Un algo legítimo. 
Hoy su composición facial es una mezcla de Jorge Luz (en el papel de la Porota) y Antonio Gasalla, con detalles propios que Carlitos ha ido elaborando con terquedad.
No está solo en este mundo. Anda bien acompañado por “El Trucha”. Otro bello exponente de la sexualidad cruzada que debe tener treinta y tantos. Sus anillos de oro, ubicados de manera profusa entre sus dedos, sus rulitos claros que le caen imperturbables sobre la frente y su gestualidad teatral, no dejan espacio a la duda: Trucha es gay. “Es travesti”, dice Carlitos, cuando lo que quiere expresar es que Trucha es transformista. Un actor. “Hago la Pantoja, la Durcal, la Jurado”, enumera. “Y lo hace de bien”, agrega Carlitos alargando, para siempre, el “en”. Muero por verlos. A Carlos, dando saltitos entre el público masculino, cervecero y fumador, y al Trucha reencarnado en la Pantoja o Rafaela Carrá. Qué irreprochable locura. Qué fantástica esta fiesta.
“Este me dice travesti ¿por qué me decís travesti?”, pregunta de la manera más inocente posible “El Trucha” pero Carlitos no lo atiende. Su relato ya se expande por el aire recordando-proyectando la noche de hoy: la música al palo y las chicas sobre el pequeño escenario del cabaret.
Es tu momento Carlitos.

Barata

En el más impensando escenario encontré una “barata de libros”. Un supermercado.
Por delante de las latas de atún y las gaseosas, entre la línea de cajas y los artículos de limpieza, los libros permanecían en una extraña postura, no excenta de dignidad, en una mesa de saldos. Alguien los había ubicado allí sin demasiada coherencia. Como si hubieran sido recuperados del sótano de una editorial. Como heredados de mala gana.
Tomando en cuenta los precios prohibitivos a los que se venden los libros en estos días, en los lugares en los tradicionalmente se comercializan libros, aproveché la oportunidad. Había apenas un clásico: “Los funerales de Mama Grande”, de Gabriel García Márquez. Pero a 25 pesos. El resto oscilaba entre los 9,50 y los 16,50. Con esos valores debí aplicarme por entero y en pocos minutos a conocer tanto al autor como el argumento de cada obra. No fuera cosa de gastar en vano.
Sin embargo, como suele ocurrir, había valiosas plumas menos célebres. Autores aun no subrayados por la gloria pero que tampoco carecían de talento. Las pistas de siempre así lo indicaban: críticas alentadoras en la contratapa, datos reveladores en la solapas, interesantes primeras líneas de primeros párrafos de primeras novelas.
Aquellos libros despojados de glamour, semejaban hombres y mujeres acomodados en una barra a la espera de una conversación interesante. Una lectura. Un poco de atención. Las personas y sus obras merecen, necesitan una oportunidad. Al menos en este sentido, todos estamos parados en el mismo lugar. Así que compro y leo. Y en las barras del sur, escucho cuentos. Historias trasnochadas. Proyectos de futuro. Mentiras piadosas.
Por muy poco me llevé la primera novela de Eric Bogosian, “En el punto de mira”. Bogosian es un muy reconocido autor teatral que además ha hecho carrera como actor secundario de cine y televisión. Luego sumé un libro de la cubana Wendy Guerra, más por su nombre y por el de la novela, “Todos se van”, que por el contenido que anticipaba la síntesis. También agregué a mi canasto “Creadores” de Paul Johnson. Un libro que tal vez nunca llegue a terminar (con análisis de gente como Durero, Eliot y Turner). Y, finalmente, compré “Una historia en bicicleta” de Ron McLarty, como Bogosian, también actor (lo recordarán en el papel de un juez en “La Ley y el Orden”) y autor de su primera novela (en rigor, Bogosian ya escribió dos más).
A “Una historia en bicicleta” le he dedicado especial atención en parte porque andar en bicicleta me parece un placer insistituible. Pero existe un elemento extra: el protagonista de la historia, un tal Smithy, es un grandote de 43 años que, una vez que ha perdido trágicamente a sus padres, inicia un extenso peregrinaje arriba de su vieja bicicleta de juventud. De una punta de la otra de los Estados Unidos. Y mientras avanza pierde peso y aliviana su triste alma.
Justo lo que necesito, pensé. Desde entonces Smithy y yo pedaleamos juntos y nos vamos haciendo amigos.

Versiones

Los covers, las versiones que un artista hace de la canción de otro, son exquisitos símbolos del entramado cultural sobre el que vivimos. O podríamos vivir. En un mundo ideal la convivencia pacífica, la relación que antecede posteriores relaciones, la infinita combinación de los elementos, la confusión de los colores y las formas, deberían fluir como un río. No ocurre. Por se establecen parámetros incómodos. Agresivos. Brutales. Por eso se levantan banderas. Por eso las fronteras. 
Los artistas tienen la virtud y la oportunidad de saltar las vallas que dividen los campos. Como si fuera nada. Con la impunidad de lo sencillo. La pintura, buscando en lo ancestral para convertir lo mitológico en modernidad. El cine, hurgando en los recursos menos pensados y más obvios. Filmando con el celular lo que una vez se hizo con un armatoste. La literatura, increpando a la poesía para conformar la nueva prosa. La lírica espléndida. Con autores que traducen el realismo mágico a la cruda realidad digital.
Y la música. Jamie Cullum, una de las más interesantes figuras del jazz actual, es un joven que desconoce, o pretende hacerlo amparado en su enorme talento, las barreras que un día fueron impuestas para provocar los géneros. El jazz y el flamenco emprendieron en el siglo pasado un camino de encuentro que produjo discos que quedarán como clásicos de la música contemporánea. Ketama, un grupo de avanzada de la movida gitana se adentró en el pop y desde entonces el fenómeno no hizo más que avanzar. Bebo y Cigala, Alejandro Sanz y Paco de Lucía, Ricky Martin y La Mari, y tantos otros experimentos exitosos. También el rock con el clásico. También el rock con el pop. Y la amalgama no tiene nombre. Que bien. Esa es la mata.
Cullum hizo algo bastante llamativo un par de años atrás cuando versionó, en clave de jazz, el hit de Radiohead, “Dry & High”. Una loca ocurrencia. Una fantástica pegada. En su último álbum “The pursuit” ha ido más lejos al hacer un cover del exitoso “Don’t stop the music” de Rihanna. 
Días atrás encontré a mi hija de doce años, seguidora de cuanto canal de música exista, compenetrada con el ritmo inquieto, extraño, distinto y atractivo que ha logrado desarrollar el músico británico con esta canción. En muchos sentidos “Don’t stop the music” aun está allí, su cuerpo principal no perdió ni grosor ni sentido. Sin embargo, Cullum buscó donde parecía no haber nada hasta descubrir -y abrir- un aura dramática en la melodía. Una canción hot se transforma así en un tema de amor, dramático y desesperado en cuyo momento culminante resplandece un típico fraseo de jazz “made in Jamie Cullum”. “Es una letra tan sexy. Y fui capaz de transformar la canción en algo que sonaba realmente nuevo”, dijo Cullum, que es apenas un chico, acerca de la lírica que movió sus entrañas y ahora hace lo propio con las nuestras.
Y, leyendo la trama, uno diría, pues no es la gran cosa. Aunque sumando planetas, estratósferas, líneas y sensaciones, es que terminamos por entender. Que no pare la música, entonces. Que tengamos la suerte de adentrarnos en ella abrazados a alguien y, al fin, perdernos.
O algo así dice el tema. Tendré que preguntárselo a mi hija.

Papá Oso

 

Se llamaba Julio, pero en la intimidad todos le decíamos “Papá Oso”. Yo lo bauticé así. Siglos atrás, junto a sus hijos, Cochelo y Chacho, formábamos una pandilla de impresentables. Estaban Murci, Tito, Rosales, Chocho, y alguno más.
Era un hombre manso. Morocho intenso. De rostro duro. De abrazos sinceros. De estar en su sillón a la espera del próximo partido de fútbol. Y nosotros, chicos soñando con transformarnos un día en hombres y largarnos del pueblo, pasábamos el tiempo con él. Como si fuera el líder honorario de una cofradía donde nadie llegaba a los 16. Por eso le puse Papá Oso, porque aunque era padre de tres, dos varones y una mujer, aun tenía espacio en su corazón para entregar afecto a los demás. Hijos adoptados en el transcurso de la rutina y la carencia que traen aparejados los días. Papá en abundancia. 
No era casualidad entonces que la banda de esos “lost boys” recalara en su hogar, como lo hacen los veleros en los puertos del fin del mundo, cansados de tanto andar. Sin pedir auxilio recibíamos de su parte la dosis de atención y confianza (y de comida también hay que decirlo) que no encontrábamos en nuestros lugares de origen. Julio estaba presente en cuerpo y alma. Es una virtud que saben valorar quienes deben acostumbrarse a que sus propios padres desaparezcan en la bruma del camino que conduce al exilio de no pensar.
Nos gustaba su pose de rockero en cuarteles de invierno. Y en las épocas más frías, adorábamos el calor que se fugaba por la puerta cuando nos abría expectante. También el aroma a torta recién horneada que envolvía a la cocina donde su esposa, Sara, preparaba incontables tortas para incontables cumpleaños y casamientos. 
Con los años dejamos de usar la muletilla: ¿está Cochelo? ¿Llegó Chacho? Si él estaba alcanzaba y pasábamos. Recuerdo que el primer saludo de fin de año, después de brindar en familia, era para Papá Oso. Como una tradición, antes de salir un viernes o un sábado nos dejábamos caer por su casa, a ver en que andaba. A ver que onda. Que broma nos tenía preparada para despacharnos a la disco con una sonrisa en los labios.
En un mundo poblado de seños fruncidos, Papá Oso era un amigo. Su dedo jamás te apuntaba. Su mirada jamás te hacía sentir culpable. Albergaba en sí mismo una rara capacidad para entender a esos seres en dolorosa transición que son los adolescentes.
Entre su presencia y nuestro delirante derrotero juvenil no había interrupciones ni obstáculos. Pasábamos de su partido de fútbol o de sus disparatadas anécdotas de pesca, a la voz ginebrosa de Luca Prodán o al último disco de los Rollings Stone. El abanico de posiblidades se ampliaba en el intercambio de ambas generaciones. Bromeando acerca de nuestros raros peinados punks, burlándose de nuestros gestos de chicos aduros recién aprendidos en algún filme de Bruce Willis, nos dejaba ser. Nos mantenía intactos.
Hace unos días se fue. Todavía joven se lo llevó el cáncer. No creo en el más allá. La muerte es el silencio imperturbable. La noche perfecta. Un espejo en la nada donde el rumor de la vida cesa. Paradójicamente me lo imagino como un lugar de descanso. Un merecido descanso que ahora alberga a Julio.

Para iniciar el viaje

“El miedo te proteje o te obnubila”, me susurra Martín al oído y se va dejándome más solo que nunca. Lo del susurro es una imagen literaria puesto que, en realidad, Martín habla fuerte y claro. Como si estuviera encaramado al mastil de un barco, a punto de descubrir América, y fuera el encargado de gritar en español antiguo: “¡Tierra a la vista!”.
Antes de marcharse, me advierte:“hacé una columna con eso”. Y la hago pensando en que no hay desorden, en que no hay verdadero caos sino piezas de un gigantesco puzzle disparadas al infinito a una velocidad, si, infinita colapsando y calzando unas con otras. No creo en las casualidades. No creo que uno viva por capricho en un lugar y tenga los amigos que el azar le ha impuesto. Martín estaba allí y dijo justo lo que yo necesitaba. Para entender los siguientes metros de mi camino, para albergar un buen pretexto y así escribir lo que sigue. Me apropié de su sabiduría.
Lo que emprendemos y lo que dejamos de intentar está apasionadamente vinculado con el instinto de preservación. El miedo es el factor de alerta. El cartel que nos obliga a pensar en una estrategia. La timidez, el lío y el desorden son otras caras del miedo. Otras formas de mantener un sistema de emergencia encendido.
¿Qué tan lejos podemos saltar si nos lo proponemos? ¿cual es el límite de nuestra voluntad? ¿de qué color está hecha la locura que albergamos? ¿somos soñadores o desquiciados? ¿puerto o velero?
Aunque los procesos existen, descreo de ellos. Muchos procesos apenas si sirven para aletargar decisiones importantes. Son excusas bucrocráticas que nos alejan de los verdaderos objetivos. Son distractores. Sin embargo, adhiero a los planes. Nunca salen como uno los escribe sobre la hoja de papel pero tienen un sentido profundo: alejar los fantasmas que nos señalan como inmerecedores de una vida mejor.
Si avanzar implica equivocarse, entonces sufrir y consolarse, caer y levantarse, son parte del mismo juego. Porque, sin duda alguna, este es un juego. Acaso inventado por dios. O por más de uno. Nos encontramos en el medio del tablero con ciertas herramientas y no podemos negarle tal placer al cielo.
Si algo te ha sido dado, pues, úsalo. Así lo siento. Por eso escribo. Por eso discurro. Como otros cocinan o andan en patín. Cada cual puede darde curso a sus propias armas con el fin de modelar su historia.
Me hubiera gustado ser pianista y carpintero. No fue el miedo lo que me detuvo sino la certeza de mi incapacidad para tales oficios. Pero ante la obviedad de que me ha sido otorgado el talento para otros, me debato de un modo distinto con mis temores. Debo honrar esas virtudes. El corazón dicta y la mente sabe. Con eso alcanza para iniciar un viaje.

Causas perdidas

Lo que hace apasionante y dramático a las causas perdidas es que, justamente, están selladas de entrada. Sabemos cómo termina el viaje mucho antes de comenzarlo.
Una causa perdida sólo tiene sentido en la medida en que aspira alcanzar cielos inalcanzables. Para todo lo demás existe una tarjeta de crédito.
Hay otro elemento primordial en el cuerpo de una causa perdida: lo elevado de su búsqueda. En una Era signada por los juegos de artificio, capaces de nublar cualquier conciencia, pretender que esa misma sociedad, que se pierde en el discurso pasatista, con el ritmo marcado y obsesivo, en la imagen barata y empalagoza, acceda a ocupar su tiempo en un clásico del cine, una buena película o un libro que podría ayudarla a mejorar su calidad de vida, es un causa perdida con mayúsculas.
Hablar de cultura con respeto, con pasión, con idea de proyección es de antemano un fracaso aunque abunde el propio aire y el propio tiempo para defender el tópico.
Aquí nos enfrentamos al más controversial de los fenómenos que la habita: una causa perdida, aun sabiéndose derrotada en su intento, debe continuar hacia adelante. Son estas quimeras las que iluminan el rostro de la humanidad. Nos parezcan soberbias o complicadas. Extranjeras o remanidas. Anestésicas o sin sentido. Están ahí para decir lo que otros callan. Para marcar la diferencia.
Toda la belleza de un cuadro de Modigliani no alcanzará para opacar el modelo fashion de opereta moderna y decadente donde se designa el atractivo con un dedo. Una canción de Spinetta, de Bob Dylan o ¡Jack Johnson!, no prevalecerá sobre el enorme ruido que las compañías propietarias de músicos sin música son capaces de hacer por un puñado de dólares. Las novelas esenciales, profundas y conmovedoras de Mario Vargas Llosa, John Irving o Paul Auster, no retrucarán el boom editorial de las tramas seudointelectuales de verano que suman toneladas de palabras y datos odiosamente cursis. Jurando que nos dejarán información en el paladar al final nos abandonan vacíos. Jamás sucederá con Shakespeare, García Márquez o Benedetti.
Enamorarse también podría integrar la lista de causas perdidas. Buscar el perfecto amor, como buscar el paisaje exacto para reposar el alma cansada, son maravillosos delirios que nos empujan a vivir. Pero respirando ilusión, avanzando sobre el cable tenso de la voluntad es que hacemos de nuestra historia un relato espléndido. Una aventura digna de ser contada.