Teorías cinematográficas acerca del fin del mundo

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No menos de catorce películas acerca del fin del mundo se han visto en la pantalla grande en los ocho años que lleva el nuevo milenio. Cada una de ellas representa una teoría apocalítica. La desgarradora imagen televisiva de las Torres Gemeral envueltas en humo y llamas dejó en el imaginario colectivo una huella profunda. Hasta ese momento, las hipótesis acerca del fin de los tiempos tenían una abundante cuota de delirio o de lejana posiblidad que nos permitía asistir al espectáculo del cine con una actitud casi infantil. Sin embargo, la edad de la inocencia en la era de los atentados suicidas y en gran escala ha quedado definitivamente sepultada.

Ahora sabemos que un hecho brutal, de colosales dimensiones, es factible. Ya sucedió una vez. Como suele decirse en estos casos: la realidad ha superado a la ficción ¿Entonces, qué?

El cine de ciencia ficción tomó nota de esta sangrienta clase que nos dejó la historia reciente. Pero avanzar sobre un terreno sin pavimentar, como lo es la flamante conciencia de lo truculento y lo desquiciado para una sociedad que cree, ahora si, haberlo visto todo, ha requerido por parte de guionistas y directores diverso tipo de esfuerzos. Había que llevar el presupuesto de la finitud hasta límites nunca vistos. Algunos, pocos, hicieron un buen trabajo, los otros se quedaron cortos o bien sus ideas no pudieron reflejar un sentimiendo universal.

Si un día la civilización se enfrentara al último de sus días ¿cómo sería eso? ¿Qué elementos intervendrían? ¿Cuales serían las razones de su ocaso? Estas preguntas seguramente no difieren mucho de las que se han hecho estrategas militares y científicos por estos años.

Curioso o no los intentos de Hollywood por recrear el apocalípsis no estuvieron enfocados en la realidad. En la mayoría de los filmes el factor creativo se vinculó con ideas básicamente estrafalarias acerca de cómo podrían concluir los días de la humanidad en el planeta tierra.

Dragones salidos de las entrañas del plantea, extraterrestes (en buen número), monstruos de toda forma, caracter y color (en abundancia también), enfermedades altamente contagiosas, sucesos inexplicables que conducen al suicidio colectiva, investigaciones destinadas a encontrar reinos infernales, tecnología fuera del control de los hombres, son algunos de los items que componen el escenario de la destrucción masiva.

El Amageddon ha tenido un morboso atractivo sobre los públicos de todas las épocas. Pero, acaso por una ironía propia de la vida, ninguna teoría cinematográfica parece acercarse a los colapsos que terminan por filtrarse en la sociedad real. El filme “The bank” pudo, al menos en parte, haber prefigurado la actual crisis financiera. Y “La guerra de los mundos” (la novela primero y la primera película después) debió servir como una metáfora parcial de las tensiones desatadas entre dos culturas de concepciones políticas y religiosas contrapuestas.

Sin embargo, ninguna mirada futurista fue capaz de anticiparse al 11-9 (si bien un grupo rapper había diseñado para la portada de su disco un avión colisionando con las Torres Gemelas), como seguramente se quedarán por fuera de los próximos guiones los conflictos entre países que hoy permanecen en una paz tensa pero que mañana podrían hacer volar un país enemigo.

A igual que la publicidad, el cine ha desmostrado ser capaz, al menos en su versión más industrial, de asistir sólo con retraso al pensamiento y a las tendencias que ocupan al mundo contemporáneo. Su mirada ha permanecido fija en un territorio conocido y hasta cierto punto señalado (terroristas de la ex URRS o de origen árabe robando bombas atómicas, laboratorios multinacionales en poder de virus letales). Hasta hoy Hollywood no buscó verdadera inspiración en China o Africa, por ejemplo, dos geografías que ya fueron visitadas por la literatura actual y que deberían ser material de lectura e hipótesis de conflicto para militares, políticos y líderes empresarios.

El director M. Night Shyamalan, el mismo que nos sorprendió con la vuelta de tuerca de “El sexto sentido”, ha sido uno de los pocos realizadores que plasmó una idea original en su último filme: “The Happening”. La película -está en los videclubes de la región- adhiere a la teoría general de que la Tierra es un organismo viviente y que los hombres, como huéspedes inesperados, han agotado su paciencia. Un día la naturaleza se tomará su revancha.

Por lo demás, los filmes de estos últimos 8 años escasamente nos iluminan acerca del tema. Algunos al menos cumplen su función principal: resultan entretenidos. Obvios, pero entretenidos.

 

Resident Evil (2002). Dirigida por Paul WS Anderson. Con Milla Jovovich. Un filme de principio algo retorcido y que en sus secuelan va retorciéndose aun más. Una epidemia, las luchas entre facciones por perpetuarse en el poder mediante un arma letal (un virus) y una heroína que muere y reencarna cuantas veces sea necesario.

El imperio del fuego (2002). Dirigida por Rob Bowman. Con Christian Bale y Matthew McConaughey. Una muy lograda película de ficción que pasó bastante desapercibida. Una excavación en medio de una gran ciudad trae como consecuencia el despertar de un nido de dragones. El mundo no vuelva a ser el mismo y termina envuelto en llamas.

Señales (2002). Dirigida por M. Night Shyamalan. Con Mel Gibson y Joaquin Phoenix. Los extraterrestres invanden una vez más el planeta y sobre todo los Estados Unidos. Pero la colisión y el exterminio ocurren puertas afueras de una familia religiosa norteamericana atricherada y liderada por un religioso que dejó de creer. La historia deja lecciones por demás esotéricas. Una dice: todo lo que ocurre tiene un propósito.

Exterminio (2003). Dirigida por Danny Boyle. Con Cillian Murphy y Naomie Harris. Esto definitivamente podría ocurrir. Un virus que transforma a las personas en furiosos energúmenos invade Londres. Los que no mueren padecen una voraz sed de violencia. Perturbador filme que deja con un leve temblor en las manos. El DVD ofrece un final alternativo más optimista que el que finalmente dejó su director.

Terminator 3: La rebelión de las máquinas (2003). Dirigida por Jonathan Mostow. Con Arnold Schwarzenegger. Un futuro discutible y que a esta altura sólo se puede tomar con pinzas. Final de una saga que quedará en la historia y que comenzó con la entretenida “Terminator” dirigida por James Cameron.

 Amanecer de los muertos (2004). Dirigida por Zack Snyder. Con Sarah Polley. Una dulce enfermera sale de su trabajo sólo para descubrir que el mundo se ha vuelto loco. Hay algo de cotidiano en este filme que hace aun más creíbles las escenas de violencia callejeras impulsadas por una rara enfermedad que convierte a los seres humanos en muertos vivientes. Al final, sólo un puñado de personas queda indemne y deben ir en búsqueda de tierras seguras.

El día después de mañana (2004). Dirigida por Roland Emmerich. Con Dennis Quaid. Los especialistas aseguraron que los hechos que se mostraban en este filme jamás ocurrirían a esa velocidad. Aunque con los milenios, si, podrían suceder. Cuatro años después de estrenada, la Tierra nos sorprende con sus increíbles cambios de temperatura y clima en general. El debate continúa y la película sigue en los videoclubes.

La Guerra de los Mundos (2005). Dirigida por Steven Spielberg. Con Tom Cruise. Una civilización invade a otra en búsqueda basicamente de comida. Versión contemporánea del clásico literario de H.G. Wells. Este filme también hace pensar, y mucho, en el escenario real en el que un pueblo es oprimido por la violencia y las necesidades de otro mucho más poderoso.

Ultraviolet (2006). Dirigida por Kurt Wimmer. Con Milla Jovovich. Un virus mortal ocupa el cuerpo de un niño en una época en que el planeta es gobernado por un laboratorio militar. Violet una heroina, perteneciente a una facción de vampiros en decadencia, detendrá la agujas del tiempo cuando se robe al crío.

The Host (2006). Dirigida Bong Joon-ho. Excelente filme de terror de origen coreano que evidencia el desconcierto de una sociedad moderna frente a un hecho del todo inesperado. Un organismo cuelga de un puente y es fotografiado, grabado en video y más tarde alimentado como si se tratara de una atracción turística hasta que demuestra ser fatalmente hostil.

La Niebla (2007). Dirigida por Frank Darabont. Un experimento militar que la película no detalla abre una puerta hacia otra dimensión y esa dimensión es puramente infernal. Encerrados en un supermercado, un grupo de personas discute las maneras -y una de ellas es fanática- de hacer frente al miedo y a los monstruos que ocupan el espacio más allá de las vidrieras. Muy interesante adaptacion de una novela de Stephen King.

Soy leyenda (2007). Dirigida por Francis Lawrence. Con Will Smith. Hollywood siempre ha tenido predilección por los vampiros. En este caso ocurre lo obvio un virus desata una epidemia de chupasangres. Al final quedan un científico, el último hombre en el planeta, y la cura, por supuesto.

The Happening (2008). Dirigida por M. Night Shyamalan. Con Mark Wahlberg. Por motivos completamente inexplicables las personas comienzan a suicidarse en los parques de las principales ciudades del mundo. Y a mayor cantidad de gente agrupada más posibilidades de que los suicidios comiencen. Este guión de una manera o de otra podría permanecer en la agenda de actividades de la naturaleza. Varios expertos ya han apuntado teorías similares.

Cloverfield (2008). Dirigida por Matt Reeves. Con Lizzy Caplan y Jessica Lucas. De algún sitio, por algún motivo, un monstruo invade la ciudad y lo destruye todo. Es el principio del fin de la humanidad. Una nueva metáfora acerca de lo que pasó en Nueva York y luego en Madrid y, se supone, podría desatarse en cualquier momento y ciudad del mundo. Con el sello de J.J. Abrams que la produce. Un todo filmado con una cámara testigo que hace aun más desesperante la narración.

cloverfield

Lo que soy

No recuerdo quien soy. Lo he olvidado por completo. Quizás una nube pasando más allá del cielo y los planetas. Una estrella sin retorno. La luz oscura. Un agujero negro. No recuerdo si un día nos besamos y juramos morir el uno por el otro. No recuerdo a mi familia. No recuerdo a mis amigos. Todos han desaprecido ya de mi memoria. Un shock. Una explosión. Algo. Alguien los borró. Soy una tabla rasa sin valores. Permeable al cambio. Una hoja muerta colgada del último árbol. Soy una canción no escrita. Un beso a mitad de camino. El recurso que me queda. La verdad. El camino. La vida.

Torturous

truman

“When I saw ‘All My Sons,’ I was changed — permanently changed — by that experience. It was like a miracle to me. But that deep kind of love comes at a price: for me, acting is torturous, and it’s torturous because you know it’s a beautiful thing. I was young once, and I said, That’s beautiful and I want that. Wanting it is easy, but trying to be great — well, that’s absolutely torturous.”

Lo dijo uno de los más grandes actores de la actualidad: Phillips Seymour Hoffman.

La entrevista en The New York Times

Remakes

Los goonies, Doce del patíbulo, La fuga de Logan, Robocop, Los inmortales, Laberinto, Porky’s, Los siete samurais, Los pájaros, Viernes 13, Pesadilla en Elm Street, Treinta y nueve escalones, Piraña, La humanidad en peligro, Rocky Horror Picture Show, Conan el Bárbaro, Furia de titanes, Amanecer rojo, Footlose, Los Albóndigas en remojo.

Todas estas películas tendrán su remake en los próximos dos años. Hollywood pide a gritos nuevos guiones. O no.

Un artículo en El País

El fin de la era del Zapping

La teoría del televisor como aparato unidireccional se volvió obsoleta más rápido de lo que imaginábamos. La televisión no alcanzó a ejercer su reinado sobre las nuevas generaciones por más de medio siglo. Ya en los ’90 comenzamos a vislumbrar una nueva forma de relación entre la audiencia y los medios masivos. Para entonces las posibilidades, todavía circunscriptas a la llamada “caja boba”, eran no sólo enormes sino también, en ciertas áreas, secretas. Hasta dónde podíamos llegar se preguntaban analistas y consumidores. ¿Acaso íbamos a ser capaces de elegir nuestra propia película en lugar de hacer zapping el domingo por la tarde? ¡Guau! Casi 20 años después el zapping ya es un cadáver, por lo menos para jóvenes y adolescentes. Los internautas han terminado por relegar la televisión como eje de sus consumos visuales para sumergirse en un universo fantástico que tiene a los buscadores como perfectos guías del deseo.

El zapping era un salto vacío. Un acto que de tan repetitivo se volvía agotador. Un elogio del aburrimiento existencial que firmó su sentencia de muerte el día en que la audiencia tuvo la opción de navegar. Otro acto sencillo aunque complaciente que equivale a la búsqueda de un tesoro autoinvocado. Pongamos un simple ejemplo: en un reproductor de música gratuita como Deezer, alcanza con escribir las iniciales de un artista que nos interesa para que el mismo buscador del sitio nos ofrezca decenas de músicos de similares características que podrían interesarnos. Alguien bautizó este servicio como “radio inteligente”.

En breve ocurrirá lo mismo en la red, cuando nos dispongamos a disfrutar de un clásico del cine de vaqueros y en la pantalla -arriba, abajo, al costado- nos indiquen amablemente los westerns que no deberíamos perdernos después. Genial.

Los chicos de hoy se adentran en la web pero difícilmente naufraguen. El hundimiento de los internautas fue un fenómeno muy típico de los fines de los ’90 y principios del nuevo siglo. Quienes recién se atrevían a esta aventura de múltiples opciones estaban frente a la encrucijada de entender el proceso o aburrirse. Aquel dilema ha sido barrido de plano por programas guías que hacen que cada uno encuentre un resto de su deseo o vocación entre los millones de sitios que alimentan este organismo en constante desarrollo.

Cada día quedan menos tópicos y palabras que no encuentren su equivalente virtual. El ingreso de los contenidos de ficción en formatos condensados y de buena calidad marcará el fin de la televisión. No es casual que muchos chicos al ver un programa en su tradicional televisor se sientan tentados de exigirle al aparato una performance que le queda grande. Entonces se fugan a la computadora (que más temprano que tarde también mutará). Muchas de las cadenas norteamericanas ya han instalado sus grillas de manera gratuita en internet.

No hay forma de detener el funcionamiento de un sistema que imita al cerebro humano y su fastuosa capacidad de elaborar alternativas. Hoy mismo ver una serie por internet implica saltarse un aviso publicitario o verlo de un modo personalizado que nos invita a pintar de rojo el auto que nos están vendiendo. Significa también poseer el tiempo y la forma sobre el contenido: el cuándo, el cómo, el qué. A esto se le suma una serie de posibilidades que ya están lejos de la ciencia ficción: mandarles un mail a los actores, charlar con otros fanáticos del programa, acceder a escenas borradas y al backstage, proponer un nuevo guión, votar el próximo show y hasta compartirlo mediante un link (vía Facebook o Blogger) con otro amigo o embeberlo en el propio blog, donde la telaraña seguirá creciendo y creciendo.

Lo que los nuevos medios están haciendo con las audiencias es, en buena medida, lo que éstas están haciendo con ellos. Como adultos, tal vez, no habría que temer tanto y postear, chatear y linkear más.

Publicado en “Río Negro”

Cuatro relatos de navidad y un poema de amor

 

1.-

Me despertaron de madrugada. Mi madre dice que temblaba. Abrí la puerta de la habitación lentamente. Me sorprendió la oscuridad. La nada. El hombre de los regalos no estaba allí. Se había ido apenas un segundo antes. Me lo imaginaba levitando. No sé. No lo recuerdo. Mi padre encendió la luz. Sobre la cama estaban los paquetes envueltos. Mis padres rieron y eso me sorprendió. En medio de su enorme océano de broncas y odios cruzados, había un pequeño espacio para estar felices. Después dejé de ser. Mi vida era pura electricidad rebotando por las paredes. Los juguetes era míos.

 

2.-

El día comenzó cuando me puse a hacer el asado. Y lo disfruté así sin apuros. Con Gaby dibujamos un mapa y con él los chicos fueron detrás de su tesoro. Tardaron un rato. Cuando lo descubrieron alcanzamos a sacar una fotografía. Sus ojos en llamas. Sus cuerpos elevados en un salto mágico por el hallazgo. Su alegría sin límites. Nosotros comimos charlando. El vino era excelente.

 

3.-

Hay salmón para la cena. Somos 15. La mitad habla en un idioma. La otra en quién sabe qué. Tocamos todos los temas posibles: del clima, de los libros, de la música, de lo lejos y de lo cerca que estamos de lo lejos y de lo cerca. Hay un par de tipos extraños, una par de chicas que uno invitaría a bailar. En el fin del planeta reinventamos la navidad. Los miro. Los espío. Todos nos parecemos en algo: buscamos calor humano.

 

4.-

Amar como la explosión de una tormenta de verano. Como el primer beso que sabe a fruta. Como la mano que atraviesa tu espalda y te hace sentir que lo bello y lo mejor se apropian de vos. Amar como un poema memorizado para decirlo en el momento más inoportuno. Como caminar por la playa de noche. Amar como una fuga y un refugio. Como la proyección de todos los hombres y todas las mujeres que fuimos, somos y que seremos. Amar por siempre. Amar hasta mañana. Amar un segundo. Regalarle al otro el paraíso y la oportunidad de viajar en el tiempo.

 

5.-No hay fronteras entre esta noche del sur y la noche eterna del infinito. Las cartas están echadas. Dicen que cada minuto es precioso en sí mismo. Y que el aroma de las flores es sabiduría y deseo. Y que un beso es la llave de todo. Cierro los ojos y de las miles de frases que atraviesan mi mente me quedo con una: que pasen cosas buenas. Que pasen cosas buenas.

Perder

Acabo de recibir la gacetilla a propósito de la salida del libro “Perder”, Premio Clarín Novela 2008. Abajo les dejo el texto de prensa.  Ya lo leeremos para dejar una opinión.

¿Por qué alguien vive si quiere matarse, por qué no logra apretar el gatillo si quiere morir, por qué de repente un hecho nimio deja al dolor en la sombra por un rato, y esos instantes van de a poco haciéndose un lugar? En esta novela en la que todos parecen perder (hay madres que pierden a sus hijos e hijos que pierden a sus madres), hay, también, algo que se gana. Al dolor no queda más que atravesarlo, y esa travesía es la que permite recuperar el deseo de vivir.

Haber perdido algo siempre oculta la esperanza de volver a encontrarlo. Perder es una historia de orfandad que habla de la persistencia de la vida y de la extraordinaria capacidad humana de recuperación.



“Una espiral de sentimientos y emociones en ascenso permanente, trabajada con un estilo y calidad singular.”

José Saramago


“Una deslumbrante disección del dolor y de la pérdida, y una conmovedora apuesta final por nuestra capacidad de supervivencia.”

Rosa Montero



Raquel Robles nació en Santa Fe en 1971. Es docente y se ha desempeñado también como periodista. Actualmente dirige el Instituto San Martín, que aloja chicos de 13 a 15 años con causas penales. Coordina el proyecto “El poder de la imaginación”, donde niños y jóvenes se forman como escritores y narradores orales. Por su trabajo con jóvenes en situación de riesgo, recibió en 2007 la Beca Ashoka para emprendedores sociales. Es autora también de dos novelas inéditas: Mariposas muertas y Bananas.

Noche de disco y jazz

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Fue una noche para andar de gira. Y así lo hicimos. Puntualmente a las 22,30 Walter Lusarreta, protagonizó su regreso anual al Alto Valle. Como es sabido este excelente saxofonista hace varios años que se encuentra radicado en España.
Uno no deja de sorprenderse, y gratamente, cuando es testigo de su crecimiento. A pocos metros de él, escuché sus fraseos claros, desarrollados con exquisita soltura. Estuvo muy bien acompañado por Ernesto Pugni en batería, Andrés Furh en contrabajo y Ernesto Amstein en piano.
Abundaron los pasajes de un jazz sobresaliente y despreocupado que sólo buscaba expandirse por la noche y entre el público. Lusarreta tuvo un gesto de caballero e invitó para cerrar su presentación a un inspirado Luis Andrade que, si, terminó rockeando con sus amigos, guitarra acústica en mano. Fue un final para repetir. Por supuesto, le agradecimos a Luis por sacar de donde quiera que la guarde esa faceta suya que tanto admiramos sus seguidores.
Atención habrá más Walter en este boletín y el jueves próximo volverá al bar de Calle Pampa.
Pero faltaba mucho para decir adiós. Apenas un rato después Torito Freak festejaba en el bar de Avenida Roca y Tucumán, la salida de su segundo disco “Desparrama Alegría Remix”, un CD producido junto a la gente de Leche. Si algo no faltó en este recital fue alegría. Torito Freak hizo lo que sabe y, mejor aun, fue más allá de esos límites suyos que son realmente amplios. Se prodigó hasta las 4 de la mañana interpretando sus hits que un público de unas 300 personas se ocupó de corear.
Qué maravillosa paliza nos dieron los Torito Freak. Qué fantástica la performance de su línea de vientos (con arreglos del pianista Mauricio Lusardi) a la que se sumó, si, si, si Walter Lusarreta. Un hombre que no brilló no una sino varias veces en la madrugada roquense.
Había chicos y no tanto (como el señor mayor que les habla). Había ropas extrañas y raros peinados nuevos. Una señorita, por ejemplo, en vestidito estilo 50s con el pelito corto en onda triángulo de las Bermudas. Pibes de jean “pos carpinteros” con remeras sueltas de colores insinuantes y de mirada canchera. Animos desatados. Piel llamas. Espíritu caliente.
Detrás Torito Freak y todo lo que estos tipos representan en un lugar del mundo tan especial como este ¿Dónde sino podría nacer una banda de gente tan distinta, tan única, tan lúcidamente entregada a su obra? Patagonia, man.
Deberíamos nombrarlos a ellos y a algunos otros artistas, que nos embellecen con su arte y embellecen a la sociedad en que viven, hijos ilustres. Deberían –el municipio, una fundación, una empresa que quiera amortiguar sus impuestos, nosotros en una colecta en serio- darles una beca, un subsidio, algo, para que sigan creando, para que no cesen en su búsqueda.
Todo eso pensé mientras saltaba, mientras a los gritos coincidía con otros que ni idea quienes eran: ¡que capos! ¡que no se vayan! Y dale que va.
Una hora después, a eso de las 5 AM, Renzo, el cantante, vino y se sentó conmigo en los sillones ubicados vereda. Fue un grato honor. Nos abrazamos y sentenció: “Loco, Torito Freak sos vos, somos todos los que pasamos bien hoy”.
Me bastó para alimentar mi ego y marcharme silbando un tema que dice: “i am so cool”.
El lunes también habrá Torito Freak cuando el bar de calle Pampa festeje un nuevo cumpleaños. Sean puntuales. Empieza temprano porque a las doce se apaga el sonido.

Nota: las fotografías no corresponden a los espectáculos. Ya lo resolveré.

Pensando en Murakami

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La literatura de Haruki Murakami está profundamente conectada al hecho musical. Como a Julio Cortazar, como a Nick Hornby, a Murakami, la música -en su caso y en el del autor de “Final del juego”, el jazz; en el de Hornby, el pop y el rock-lo guía, lo empuja e inspira hacia la construcción de escalas sonoras que se sirven no de notas específicamente sino de palabras.

Probablemente esta cadencia onmipresente, disparada por la virtud de generaciones enteras de músicos de jazz, sea una de las claves de la escritura del gran autor japonés.

Sus historias prefiguran una intención musical. Son un proyecto literario nacido en las aguas fluctuantes de lo no escrito. La literatura de Murakami, suave, simple y atrevida en sus líneas argumentales, se desarrolla cual una obra jazzística que ha encontrado un espacio perfecto donde crecer y refugiarse.

Murakami ha contado en varias ocasiones que al igual que sucede en el jazz él no se autoimpone un intinerario. Sencillamente parte de una idea (en el caso de “After Dark” todo nació con la imagen de una chica en un bar y su conversación con un joven músico) y luego improvisa. Sigue adelante.

“Aún hoy, al sentarme frente al teclado de la computadora, pienso que estoy ante un piano y me pongo a tocar, y ya tres décadas después de haberme vuelto un escritor profesional, sigo aprendiendo mucho de la escritura de la buena música. Por ejemplo, todavía tomo la constante autorrenovación de la música de Miles Davis como modelo literario”, dijo hace unos meses en una entrevista realizada por Juana Libedinsky para el diario “La Nación”.

Sus novelas son generalmente atravesadas por elementos ficcionales o que uno podría suponer no aferrados al mundo real. Poseen una cuota de existencialismo moderno que las ubica en un lugar distinto al del realismo literario pero también una pizca de delirio posmoderno que las aleja del subrrealismo. Y nadie podría alegar que Murakami es un autor varguardista.

Su trabajo se impone a través de la textura de las frases, siempre cálidas y amables incluso en el drama, el elemento disparador que permite ese salto a la estructura de lo cotidiano, y el ritmo y contraritmo implícitos en su estructuras. En ocasiones, Murakami avanza a gran velocidad mediante el uso de extensos e iluminados diálogos para luego poner frenor a ese devenir en la forma del retrato minucioso de una escena o del viaje fantástico al interior de alguno de sus personajes.

El misterio es una de las constantes en la obra de Murakami, y no es un misterio radicado específica o exclusivamente en la trama de sus novelas sino en la extraña ansiedad que provoca en el lector. Leer a Murakami es en parte querer desentrañar un enigma que trasciende la historia misma.

“Porque, seguro, algo raro sucede entonces, algo muy particular y que no pasa con ningún otro autor que yo recuerde. Uno empieza a leer un nuevo Murakami y se siente un poco incómodo y hasta irritado por ciertos tics y guiños al lector que se supone cómplice de entrada. Y cuando uno comienza a preguntarse si se habrá terminado el amor o uno ya estará más allá de todo esto, algo hace click (algo que hasta es posible que se trate de una cuestión no decididamente literaria) y nos descubrimos, otra vez, rendidos y encantados y con una sonrisa en la boca mientras pasan las páginas”, ha escrito Rodrigo Fresán.

En la actualidad no hay otro autor en el mundo comparable a Murakami. La extrema inteligencia de su estilo asociada a la tensión constante de unas historias que no resultan finalmente ni dramáticas ni angustiantes -un rasgo que lo emparenta a Raymond Carver, otro de los autores que Murakami ha dado a conocer en Japón mediante traducciones- componen un frente expresivo sin competencia.

Electricidad, sentimiento y enigma, componen la perfecta geometría de su arte.

Dos hombres, dos historias profundas

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Steffen Schmidt/European Pressphoto Agency

Uno supone que hay quienes viven por fuera de las reglas de la finitud, la pobreza o la enfermedad. Probablemente porque se los ha visto tanto tiempo en el cielo olímpico que, bueno, resulta imposible imaginárselos en otro ambiente. Pero esta vida extraña se nos muestra irónica y cruel cuando menos lo esperamos. Dos tipos notables atraviesan sus infiernos personales. O sus tormentas.

Evander Holyfield y Steve Jobs son dueños de esas vidas que más temprano que tarde llegan al cine. Ambos a su modo han sido luchadores y una vez que alcanzaron su época de esplendor no dudaron en seguir peleando para perpetuarla.

Apple no sería sin Jobs y el boxeo tendría un gran ausente sin Holyfield. Sin embargo, la fragilidad es una materia en el camino de la vida. Este año Jobs no participará de la famosa Expo que realiza su empresa. Un hecho que está relacionado con su salud. Los comentarios se han hecho fuertes y en cuanto se supo que el genio de las computadoras estaría ausente en el encuentro, las alarmas se encendieron y las acciones, claro, cayeron.

Hace unos años que Jobs superó un cáncer de páncreas y todo indica que el mal está de vuelta. En sus últimas apariciones se lo notó agotado y en el mundo de los negocios dar una buena imagen es clave. Nadie se imagina que una empresa, especialmente una volcada a la creatividad en alta tecnología, pueda competir en un mercado donde la salud, la inteligencia y la sensibilidad para olfatear la posibilidad de nuevos productos, son ingredientes prioritarios.

La desaparición del Jobs del escenario podría ser, más en épocas de crisis, un verdadero problema para Apple.

Como si su vida fuera una prueba del Eterno Retorno, Evander Holyfield, vuelve este sábado a los rings para pelear una vez más por un título del mundo. Y van. El boxeador asegura que ya no lo mueve el dinero sino algo vinculado a su imagen como padre. Lo cierto es que Holyfield tiene 11 hijos y gasta unos 500 mil dólares en mantenerlos. A ellos y sus ex compañeras con los cuales los tuvo. Por sus manos poderosas han pasado ya unos 200 millones de dólares que no alcanzaron para asegurarle un futuro. De manera que el campeón que perdió parte de su oreja luchando contra Mike Tyson, ahora debe volver al ring con 46 años. La plata grande, de todos modos, es también parte de su pasado glorioso.

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Paul Sakuma/AP

Un artículo del legendario campeón de boxeo en The New York Times

Un artículo acerca de Steve Jobs en The Guardian

La alegría remix

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Poco después de festejar su cumpleaños, “Torito Freak”, estrena un nuevo disco llamado “Desparrama Alegría Remix” que tiene varias sorpresas, entre ellas una poderosa línea de vientos que podrá disfrutarse en su presentación. Los amantes del sonido fiestero de la banda roquense podrán escucharlos hoy a las 22 en Roca.

Con cinco años en la ruta “Torito Freak” ha decidido revisitarse. Lo hace a través de un espléndido disco llamado “Desparrama Alegría Remix” (producido en sociedad con la revista “Leche”), un hecho artístico que merece celebrarse. No por nada se presentan hoy a las a las 22 en Urbano de Roca. Y si, la alegría seguramente hará estallar las ventanas.
Uno lo recuerda a Renzo tan cabal y pleno en el escenario que no quedan dudas al respecto: él debe ser la voz cantante también fuera del escenario. Pero no, “Torito Freak” nos tiene reservadas un par de sorpresas. Una de ellas es la verborragia disparatada de su excelente guitarrista Martín Zárraga. La otra, la fila de vientos que se han sumado especialmente para la grabación del nuevo CD y que estarán  formando parte de la banda hoy por la noche. 
Pero volvamos a Martín. Su guitarra le otorga un espíritu entre salvaje y divertido a todas las canciones de “Torito Freak”. Buena parte del característico sabor que deja en el paladar el sonido de la banda está relacionada con el talento y el buen criterio que tiene Martín para condimentar los temas. Sus solos embellecen las composiciones y las vuelven ágiles. De modo que, hecha esta advertencia, uno le perdona todo. “Río Negro” conversó con él, Mauricio Lusardi (piano), Renzo (vocalista) y Cuky (guitarrista) horas antes del recital. Gustavo Giannini (bajo) estuvo pero permaneció en silencio. Fernanda Archanco (coros) y Guillermo Ochonga (batería), ausentes con aviso.
-¿Cómo se genera esa ya reconocida química entre ustedes y la gente, puesto que los va a ver un público diverso y numeroso?
-Martín: mirá, eso pasa por mi. O sea, yo me pongo a tocar con dos borrachos que encontré en la esquina y ya está, loco, viene la gente sola. (risas)
-Cuky: este Martín (el guitarrista mueve la cabeza como negando, pronuncia el “este Martín” con el tono de un padre resignado). Si, es verdad, este Martín…
-Renzo: la gente viene dispuesta a divertirse. Aunque nos sigue un público que nos resulta familiar es muy lindo cuando nos felicitan personas que no conocemos. Tenemos una onda contagiosa.
-Cuky: son varios elementos los que confluyen el estilo disco, el funk, logramos una música contagiosa y que no tiene edad.
-El clima fiestero es una de las caracteristicas de “Torito Freak”.
-Cuky: en el cumpleaños de Roca vimos como la gente al toque se ponía a bailar, vienen predispuestos.
-¿Pueden hablarme de la energía que emana del grupo y que se hace evidente durante los shows?
-Martín: primero somos amigos. Amigos que tocan. Venimos de compartir asados, picadas. Muchas veces antes de ir a tocar estamos charlando y pasándola bien. En el escenario se mantiene lo que tenemos ahí, antes del recital.
-¿Qué me cuentan de este nuevo disco?
-Cuky: Surgió la posibilidad de hacerlo con la revista “Leche”, algo que también nos permite mayor difusión. Básicamente son nuestros temas, los del disco “Desparrama alegría”, pero remixados con una línea de vientos que engordó el sonido y una producción que nos ayudó a plasmar más ideas.
-Mauricio Lusardi: Hicimos crecer el sonido y eso enriqueció la música.
-¿Cómo es el trabajo compositivo de la banda en general?
(aquí todos miran a Cuky y sonríen sin malicia con una complicidad evidente entre buenos muchachos)
-Renzo: Cuky es quien compone todo. Después lo trae al grupo. Para el disco fue distinto porque Mauricio fue quien hizo los arreglos y se encargó de los vientos.
-Martín: ¡grande Mauricio! (gritos y aplausos)
-Y vos Martín soleas.
-Y claro, es lo que me gusta hacer.
-¿Qué le dice “Torito Freak” a los chicos que se inician en esta ruta?
-Martín: que toque lo que les venga en gana.
-Renzo: si y que lo hagan con amor.
-Martín: que toquen con ganas de tocar, que no se encasillen, que busquen.
-Después de esto ¿hay material para otro disco de temas originales de “Torito Freak”?
-Cuky: ya tenemos 6 temas nuevos y dos covers preparados, así que esperamos que pronto Torito, que por los años que cumplió ya es un Toro, saque un nuevo disco.

Pequeñas reglas sobre el amor

El deseo del otro. Aquel sobre el que depositamos nuestro deseo siempre desea a otro. A otra. Es una ironía de las tantas a las que nos tiene acostumbrados la vida.  Ese alguien sobre el que mantenemos firme la mirada hace exactamente lo mismo pero con alguien más. Miramos pero no somos mirados por quien miramos. No somos nunca enteramente correspondidos. Hay ocasiones, raras, en que dos desconocidos terminan mirándose entre sí. Y sostienen esa posición por un tiempo hasta que la energía decae. Se agota. Entonces nuevamente iniciamos una búsqueda con similares resultados. Somos amantes obsesivos de seres que no pretenden devolver el gesto. No tienen porqué. Esto tiene un explicación: este sistema doloroso hace fluir el amor, el deseo, la ansiedad de la piel ajena, como quieran llamarlos. Es un llamado superior que nos induce a prolongarnos. De otra manera estaríamos encerrados en un círculo y, al fin de cuentas, perdidos.

Elige una canción. Las canciones pueden representar historias y personalidades reales. No nos equivocamos cuando decimos “esa canción parece escrita para mi”. Porque en verdad que lo está. Las canciones, especialmente las de amor, nos susurran al oído y expresan lo que somos incapaces de decir de un modo absoluto: música más poesía. Dedicarle a alguien una canción continúa siendo uno de los actos más dulces que un ser humano pueda hacer por otro. Una canción nos dispara hacia un espacio secreto al interior de nosotros mismos donde guardamos la fotografía de quien amamos.

El amor es un viaje. Una travesía que podemos compartir. Un día comienza y un día termina. Desconozco porqué en muchas ocasiones nos empecinamos en suponer que no hay un final para aquello que una vez se inició con tanta inocencia. Quisieramos que como una borrachera de verano, el amor encuentre un caudal hacia lo infinito. Pero todo viaje tiene sus paradas, sus mejores y peores momentos. Quien hoy avanza junto a vos de la mano quizás un día opte por tomar un desvío. O quizás vos mismo decidas que ya han disfrutado de suficientes paisajes y pequeñas historias. Amar es viajar, mejor si el mapa no nos sugiere demasiado. Con despreocupada alegría hacemos el camino.

No hay eternidad. Como tampoco hay futuro. La construcción del amor es un juego del presente que se prolonga en la forma de una apuesta. Pero en el fondo, no sabemos. No podemos jurar que mañana estaremos unidos. Que mantendremos la misma idea, el mismo sabor, la mismas ganas. Esta obviedad es lo que pretende negar el matrimonio: que cambiamos y fluimos y en eso nos hace impredecibles. Si esto parece un poco pesimista, se podría pensar desde otro lugar: el sabernos hijos de un destino no escrito, el hecho de vivir el amor como una aventura, colabora en buena parte a que la pasión no decaiga. No tan rápido, al menos.