El debería

La escena es un poco incómoda. Vi a un chico que creo no valora lo suficiente a su chica. Y yo le escribí esto a ella. Aunque nunca se lo di, claro. Se refiere a lo que un hombre “debería” ser y hacer para su compañera de ruta.

Debería escucharte. Debería verte. Debería cuidarte. Es más, debería protejerte. Debería hacerte reir. Debería dejarte llorar. Debería ir más allá de vos y entrar en vos como nadie ha podido antes. Debería regalarte la Luna o en su defecto un libro o un disco o un poema con la palabra Luna adentro. Debería preguntarte si quieres ir de viaje y, si quieres, llevarte con él. Debería dejarse traspasar por tu mirada. Debería decir la verdad. Debería querer caminar con vos por las calles de tu ciudad y que los demás sepan que vos estás con él, mucho más de que él lo está contigo. Debería crear un mundo de la nada y ponerlo en tus manos. Debería construir un espacio vital y proponerte llenarlo juntos. Debería amar tu sonrisa. Debería comprarte una flor y colocarla en tu pelo. Debería cocinarte como un ángel. Debería abrazarte mientras el sol se pone. Y cuidar tu sueño mientras duermes. Debería irse para siempre y volver al minuto siguiente. Quedarse y encender el fuego. Arder con vos. Morir con vos. Pensar en vos como en un cometa. Perderse en tus ojos. Aprender de memoria el sabor de tus labios. Debería escribirte una carta y tu nombre en la arena. Debería transcurrir por tu piel como el agua fresca de un río y traducir te amo como te amo.

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No sabes

No lo sabes. Porqué te enamoras y sigues sin señales. Sin indicios. Porqué entregas o quieres entregar el alma a quien no lo necesita. Miras a alguien que a su vez mira para otro lado. No sabes cómo es el juego interno. Sólo posees el conocimiento de la superficie. Un lugar extraño donde todos mienten, mientras la verdad, el deseo crucial, fluye por debajo como un río luminoso y negro. Si, luminoso y negro. Y todos los te quiero. Y todos los me gustaría que vos. Y todos los elogios. Y toda tu voluntad de que el otro sea un poco más feliz a través tuyo. Caen al vacío. Se vuelven cenizas en tu mano. Porque no lo sabes. No sabes nada. Sólo que amas y sufres. Tal vez, el sentido del juego sea ese. Pero, para qué reconocerlo ¿no?

Otro poema de amor

El amor como una experiencia sin sentido. Como un combate cuerpo a cuerpo. Como una tormenta desgarrando tus pupilas. Como un beso que huye. Como un volcán en erupción. Como un camaleón. Como un monstruo invisible que se disfraza en tantos cuerpos. Como la piel. Como el río que fluye montaña abajo. Como un cartel de neón en la ruta. Como un libro subrayado a tres colores. Como un teorema que no puedes resolver. Como un mantra perpetuo que te anula. Como la promesa de Buda vertida sobre el sexo de tu amante. Como el anillo perfecto que compraste a la persona perfecta pero que jamás le regalarás. Como las cartas sin remitente. Como una canción que no puedes dejar de escuchar. Como el primer avión que te tomas para olvidar y permanecer. Como un cigarrillo en ayunas. Como el vaso de whisky sobre la barra que alguien borracho se ha olvidado. Como la conversación que da vuelta todas las fichas. Y donde había blanco, ahora sólo hay negro. Y música en lugar de silencio. Como el laberinto en el que te metiste y del que no podrás salir. Como el dolor que causaste pensando que dabas amor y del amor que recibiste inmerecidamente. Como una promesa dicha una tarde gris y aburrida. Como una tela en blanco que debes comenzar a pintar ahora mismo. Mientras lloras y respiras.

El amor imposible

El ideario del amor en pareja es relativamente nuevo. De ahí que aun subsista en el presente milenio con notable fuerza. Incluso en Europa, donde la gente ha decidido dejar de traer hijos al mundo, todavía se casan. La comunidad homosexual lo hace insistiendo en los votos que fidelidad y compromiso tal como seguramente se lo dejaron establecido sus padres heterosexuales.
Hasta donde sabemos las culturas antiguas no tenía muy en alto la relación monogámica y excluyente entre dos personas. Los griegos preferían la compañía masculina -en “El banquete” queda demostrado y, en este sentido, Kitto, si bien no apuntala la teoría del desinterés por las chicas, confiesa que hay poco material al respecto- y tenían a la mujer recluida en la cocina.
Pasarían cientos de años de reclusión, luchas denodadas por fracciones de poder tanto en Europa como en Oriente, sin que el vínculo amoroso fuera protagonista de la historia. Nos gusta pensar que si. Que el Cantar de los Catares, en realidad, refiere al deseo de un hombre por una mujer, que Cleopatra amó a Marco Antonio, y que las páginas de Oriente están pobladas de metáforas como esta, pero basta con repasar los libros de historia para comprender que el matrimonio hasta hoy pocas veces fue más que un acto de conveniencia, una transacción comercial, un recurso jurídico o político. Príncipes y princesas de edades muy desiguales se unieron con el sólo propósito de, a su vez, unir territorios. Ricos hombres se encargaron de que sus bellas o poco dotadas descendientes, se casaran con el hijo del último conde de la cuadra a fin de que el apellido comenzara a transitar el camino del abolengo. Pensemos, sin ir más lejos, en “El cadáver de la novia” de Tim Burton que tan perfectamente retrata este tipo de arreglos ausente de amor. Sin embargo, tanto hemos escuchado, visto y leído acerca de la necesidad, la virtud y lo entretenido que puede resultar el matrimonio, que dos o tres generaciones enteras han terminado por creérselo.
En esto tuvo que ver la religión, y sus contratos eternos estipulados para personas que no lo son, y la literatura, que estableció parámetros al mito del amor incondicional. Ayudaron los Hermanos Grimm, los que inventaron la leyenda del príncipe valiente y la princesa dormida, ayudó y mucho, William Shakespeare autor de uno de los mayores dramas amorosos de la ficción: “Romeo y Julieta”. Y, claro, ayudó el cine. De todos los filmes románticos apenas uno que podría contribuir a esta discusión. Uno que hace pensar en que si, el amor es posible. No como en “Love Story” o “Top Gun” o “Nueve semanas y media” (una relación que pudo funcionar pero ahí estaba el gran dictamen de lo que se debe y lo que no para arruinar una bella pareja sexualmente perversa) o “Casablanca” (en la que el amor sincero sucumbe a la causa).
No, en cada uno de estos casos uno puede apostar a que llegará el día en que los protagonistas agoten el caudal de su pasión.
Excepto en “Como si fuera la primera vez” con Drew Barrymore y Adam Sandler. En inglés se la llamó “50 primeras citas”. Cuenta la historia de un chico que se enamora de una chica que debido a un accidente pierde la memoria cada vez que se va a dormir. Al día siguiente reconoce algunas cosas esenciales pero básicamente no sabe quien es. El personaje de Sandler, la conoce en un bar y sin pretenderlo llama su atención y se enamoran. Por supuesto 24 horas después ella lo ha olvidado todo. Entonces él, empecinado en lograr un imposible, emprende la compleja tarea de enamorarla, hasta que la muerte los separe, como si se tratara de la primera vez.
Y no diré que fueron felices para siempre. Pero si al menos un día a la vez.

Libros que he leído acerca del amor o temas relacionados

La guerra del amor, Tomás Abraham

Monogamia, Adam Phillips

Breve historia del sexo, Béatrice Bantman