Elogio de la brevedad infinita

Las pantallas de celulares y redes sociales acaban de estrenarnos un nuevo desafío: el texto breve. Lo que antes era dicho, sobre el papel de una carta tradicional y en un basto número de  palabras que anudaban infinitas frases y eternos conceptos, ahora puede, y debe, ser dicho en un puñado de caracteres. Apenas 140 en Twitter. No muchos más en Facebook. No hablemos de la exigüa geografía de la pantalla del teléfono celular. Se podría alegar aquí mismo que los blogs, por el contrario, son capaces de contener novelas victorianas. Es cierto, pero no imagino quien se detendría a leer un párrafo extenso, no ya una novela, en las actuales circunstancias electrónicas.
No es algo de lo cual sorprenderse. Son pocos los escritores, incluso los consagrados, que se animan hoy a entregar a su editor una novela del tamaño de “La Guerra y la Paz”.
La modernidad ha terminado rindiendo un homenaje permanente y definitivo a la máxima: una imagen vale por mil palabras. Aunque ahora las imágenes han transfigurado en íconos y estos en pasaportes hacia impensados paisajes narrativos.
Se pueden hacer muchas cosas en el minúsculo espacio de una línea de texto. Las generaciones que nacieron con un teléfono en la mano lo saben mejor que ninguna otra.
Sólo un dato: desde hace unas semanas la prestigiosa revista “The New Yorker” viene presentando “acuarelas” digitales hechas por distintos artistas con una aplicación del Iphone.
En el micro espacio de lo virtual la palabra se convierte en un gesto que a su vez estalla en un concepto. Entonces la profundidad del simbolismo online no tiene límites.
En términos estrictamente literarios. Pienso en un cuento de Augusto Monterroso, según he leído se trata del más corto de cuantos se hayan escrito: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.
Si este cuento formara parte de un mensaje de texto de Facebook, podría estar encadenado al nombre del autor en Wikipedia. Así como también a una página especialmente dedicada a los cuentos breves que se han escrito a lo largo de la historia. Ni que hablar que el relato debería llevarnos además a un nano video en You Tube inspirado en el relato original (y esto no es ficción tal “dino” video existe) y de ahí al archivo comprimido de una banda de rock indie y, porqué no, al site de un restaurante de comida exótica llamado: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.
¿Brevedad o puerta de una cadena expresiva infinita?

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