La esencia

Son las palabras la sustancia verdadera. El maestro Zen tenía razón, esta realidad a la que aspiras y en la que confías, no existe. Puedes atravesar con tu mano una pared de ladrillos y no sería la gran cosa. O desmaterializarte y aparecer en el Festival de Edimburgo disfrazado de actor de varieté sin que resulte cómico ni asombroso. Puedes. Pero no puedes avanzar sobre las palabras. Unirás sus formas. Alterarás su velocidad y su ritmo pero seguirán su curso: reproduciéndose como un Lego frenético. No existe una reducción a la nada en este sentido. Tal vez por eso la Biblia tenga grabado a fuego aquello de “En el principio fue el verbo”. Que es como decir, antes del inicio tuvimos palabras para echarlo andar.
¿Qué hay más allá de la última curvatura del universo? Palabras. ¿Cómo defines el aparecente vacío que separa el próximo eclipse lunar del primer destello de una galaxia? Bueno, aun en el no-ahí encontrarás palabras. Con palabras mudas o dichas a los gritos. Con palabras de sonidos imposibles. Con palabras tenues como una pintura al agua. Si, con palabras construiremos los mundos por venir y tendremos el sexo que te traslada al cielo.
Usar y aprender palabras, en los idiomas que quieras, incluso en aquellos inventados que entienden nada más que vos y tu amigo secreto, amplia nuestro campo de acción. La palabras son la herencia infinita de una creación desmesurada a la cual le pertenecemos.
Déjame mostrarte este maravilloso poder con un ejemplo. Antes debo advertirte que aquello que pronuncias, aquello que constituye una posiblidad, un deseo, una chance, se vuelve herméticamente cierto, un punto consistente dentro de una dimensión que, a tus ojos, es inconsistente. Si dices: que así sea, pues, así será. Si indicas con tu dedo mágico: que se destruyan los castillos del Emperador. Pues, los castillos serán derribados. Y si expresas tu deseo de amar, el amor fluirá.
Entonces, volviendo a mi ejemplo, acabo de escribir esto:
“Ella se llamaba Johnny y él Marilyn. Vivían en un reino en sombras, iluminado por miles de luces de neón que nacían en los drugstore, las farmacias y los cines. También había luz en los escaparates de elegantes tiendas y en los faroles rústicos a la entrada de los restaurantes. Porque donde Johnny y Marilyn vivían, para que todo funcionase, siempre debía ser de noche. Diré que se amaban, pero era más que eso. Con el tiempo se habían transformado en hermanos. Con otros parecidos a ellos, que eran más que amigos y podrían ser calificados de primos, se deleitaban en el arte de la fiesta eterna”.
¿Ves? Acabo de crear un mundo. Y lo curioso del asunto, es que apartir de ahora ese mundo sigue y palpita. De este modo caprichoso hemos sido escritos también nosotros. Ya puedes ir inventando tus propios libros sagrados.

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