Entre niñas con cinturas altas y melenas despeinadas ahí vienes, hermosa.
Tus manos encendidas, sugieren mis contornos.
Pequeña y hermosa. Hechicera.
Buscas comprenderme.
Quieres mi huida.
Luego. Quizás luego.
Naoko, tal vez
Lost: ¿seguimos?
¿Debería importarnos lo que sucederá de ahora en más en “Lost”? ¿Deberíamos abordar la sexta temporada con la misma espectativa con que lo hicimos en la segunda? ¿Valdrá la pena soportar los comerciales y las promos de AXN a lo largo y ancho de cada capítulo? ¿O esperar una interminable semana para saber cómo sigue la historia?
Por supuesto, hay fanáticos que van al día con los Estados Unidos de la mano de internet. Sin embargo, me gusta recordar aquel sabor primigenio que tenía la serie cuando era menos célebre.
En todo caso, la respuesta a estas preguntas desesperadas es un simple “no”. De camino hacia su epígolo, “Lost” ha perdido bastas cuotas de todo aquello que la convertía en un producto televisivo excepcional.
Uno de los mayores pecados de sus productores ha sido no cumplir la promesa de fidelidad con lo real que hicieron cuando aun eran nóveles. Aseguraron que no incluirían explicaciones sobrenaturales para los hechos más insólitos que albergaba la isla. Luego, se deshicieron en réplicas tontas.
Al final de la quinta temporada debimos resignarnos a una odiosa parafernalia esotérica. Bien Hollywood.
Gran parte de la magia que caracterizó a “Lost”, al menos durante los dos primeros años, estaba relacionada precisamente con la ausencia de magia en su guión. Ahora encontramos realismo mágico y del otro a raudales. A caudales. A patadas. Hay demasiados ingredientes tirados de los pelos como para que la tensión se mantenga.
Volvamos al principio. Un grupo de hombres y mujeres aparentemente normales se enfrenta a una situación extraordinaria, como sobrevivir a un accidente de avión y, a otra más insólita aun, como la de terminar viviendo en un pedazo de tierra lleno de osos polares, entes sin consistencia pero muy violentos, seres parte de un increíble proyecto científico frustrado y más, mucho más. Sin embargo, para cada teorema había un esbozo de respuesta que no se disparaba a los quintos infiernos. Creo que fue Asimov o Bradbury el que dijo “la ciencia ficción también tiene sus reglas”. Es decir, no se puede escribir cualquier cosa y luego explicarla de cualquier manera. Eso hacía muy interesante a “Lost”. Esta marca de nacimiento, este mapa de la locura sosegada, fue desapareciendo en su tránsito hacia la gloria televisiva.
Cuando descubrimos que los argumentos alquímicos son sólo el producto de la imposibilidad de expulsar cierta lógica (algo nada fácil tomando en cuenta la base desde la que partimos) al tejido de la trama, es el momento en que el edificio literario comienza a derrumbarse. En algún momento trágico los guionistas de “Lost” aceptaron la licencia para matar a “Lost” y decir lo que sea.
Tal vez nunca llegaron a leer a Edgar Allan Poe (justamente él quien explicó una matanza “sin pies ni cabeza” perpetrada por un simio). El viejo Edgar los hubiera ayudado.
Abrir la caja de Pandora de la fantasía fue tanto una necesidad como un pecado imperdonable para los creadores de “Lost”. Pusieron el listón muy alto y ahora están pagando ese precio.
La inclusión de un orden mitológico, con supremo fantasma incluido, viajes en el tiempo, monstruos y venganzas milenarias, suman un cóctel que no se puede digerir de buenas a primeras (y ya estamos en los estertores). Es como si hubieran talado su propio árbol de la sabiduría.
Pudo ser distinto ¿Pudo? Pensemoslo así: la isla de “Lost” era básicamente un laboratorio en una zona de insondable energía, pero en la medida en que esa energía se volvió sondeable, pues, todos nos quedamos un poco perturbados por lo que encontramos. La referencia a los cambios temporales complicó tanto las cosas que algunos capítulos dan para el chiste fácil. No por nada Hurley se la pasa haciendo bromas que ironizan con su patética situación espacio-temporal.
El agotamiento de los materiales no es algo nuevo en la industria americana. Ya lo vimos en “Miami Vice”, donde los protagonistas comienzan enloquecer y el teniente Castillo, emblema del bien, se evidencia líder del mal (Edward James Olmos llegó a decir que la serie, producida por Michael Mann, carecía de total coherencia); en “La pequeña casa en la pradera”, los protagonistas literalmente hacen volar el pueblo en el que vive y ya nada se sabe de ellos (ese fue el último capítulo de una historia de amor); en “Kung Fú”, Kwai Chang Caine, encuentra y desencuentra a su hermano hasta el punto del “Who cares?” (el hermano hallado se hacía pasar por el verdadero hermano que había muerto pero, tal vez, no); y -aquí si que hablamos de un producto al que le dieron una insoportable vuelta de tuerca- ¿alguien recuerda el triste, solitario y final de “Los Expedientes X”?
Los productores de “Lost” han asegurado que no todos los enigmas serán resueltos. Ni siquiera ahora. Falta que hacía.
La caja de trucos baratos está al alcance de la mano y sacar conejos negros de allí es demasiado tentador.
Porque
Coches veloces y venganzas
Death proof
Una canción
Una canción llevará tu nombre. Una canción atravesará tu vida. Hará con vos el largo camino que separa el amor de la tristeza. Una canción te definirá como nadie ha podido ni podrá hacerlo jamás. Te desnudará como una lluvia inesperada. Y se quedará adherida a tu piel.
Quizás, y reconozco que lo único que hago es especular, te hayan bautizado al fuego de una melodía sagrada. O quizás, un típico rocker inglés haya escrito unos versos que te quedan tan perfectamente como un saco hecho a medida. Ahora los llevas tatuados en tu brazo.
Entenderás que tan profundo te has enamorado luego de que una canción te lo explique con desesperada calma. Escucharás esa voz y esa letra hasta que tu oídos despidan llamas.
Una canción lo hará: sin tapujos, sin medias tintas, sin remilgos, sin hipocresías. Un día una canción te volará la cabeza.
Pienso en canciones que deberían escuchar mis hijos. Imagino un CD donde cada uno de los temas funcionaría como una especie de testamento. Sería una lista enorme pero necesaria.
Ahora mismo soy capaz de apuntar “Stay” de U2, porque define de un modo delicado e intenso, el hecho de permanecer (de estar) alrededor de alguien nos obsesiona. También un puñado de temas de Ryan Adams y otro tantos de Gustavo Cerati.
Sin embargo, en estos días raros, en los que me siento más pasado de moda que de costumbre, le diría a mi pequeña casi adolescente que si el corazón la hace sufrir (y ocurrirá, claro que ocurrirá), de esa manera tan típica y premonitoria que a todos nos resulta conocida, escuche la versión “acoustic” de una canción de Stereophonics. Se llama “Dakota” y su letra y su ritmo ascendente, me inspiran y disparan en mi mente un bendito millón de postales. No hay mejor medicina para escapar a la Luna y con eso me refería a que te vuelen la cabeza.
Dice así, aunque yo la canto horrible, recomiendo escucharla en youtube:
“Pensando, pensando en vos/Verano, creo que era Junio/Si, creo que era Junio/Volviendo atrás, con la cabeza en el pasto/Chicos crecidos riéndose un poco/Si, riéndose un poco/Me hacía sentir único/Me hacía sentir único/El único/Me hacía sentir único/Me hacía sentir único/El único/Bebiendo otra vez/Bebiendo por dos/Bebiendo con vos/Y bebiendo era nuevo/Durmiendo en la parte de atrás de mi coche/Nunca fuimos muy lejos/Necesitábamos irnos lejos/Me hacía sentir único/El único/No sé dónde estamos llendo ahora/No sé dónde estamos llendo ahora ahora”.
Dakota
Esta canción de Stereophonics me impulsó a escribir el poema de abajo. La letra de “Dakota”, tiene una historia breve pero muy bien contada.
Busca la vida
Como un torrente que sale de tu cuello
Como el rayo de una tormenta que preanuncia el fin de todo
Como un beso tan húmedo que te desnuda antes de que muestres la plenitud de tu inocencia
Como el tatuaje de un dragón que cobra vida y te enfrenta con sus ojos en llamas
Como una frase mágica que abre las puertas del tesoro de Ali Babá
Como el aroma de una piel que te emborracha
Como el primer helado. Como un cigarrillo perfecto. Como un paisaje estremecedor.
Como la canción que te mueve y te dispara y te eleva.
Estalla la vida. Sigue la vida. Cruje la vida. Insiste la vida.
Busca la vida. Vive la vida.
El cronista elegante
Publicado en diario “Río Negro”
No es sencillo ni gratuito poner en pasado eventos que seguramente se prolongarán en el futuro. Me refiero a los eventos literarios y periodísticos que fueron y serán autoría de uno de lo más agudos intelectuales argentinos.
Tomás Eloy Martínez tuvo la virtud de jugar en dos campos distintos y no sentirse ajeno en ninguno. Su literatura será material de amplia discusión por parte de los críticos. Sin embargo, su obra periodística alcanza una dimensión de ningún modo inferior al de su trabajo como novelista.
Sin hacer gala de hombre de mundo, sin pontificar, Eloy Martínez se transformó en una figura de enorme peso cuando de periodismo se hablaba. Suena un poco trillado ponerlo en estos términos pero era así: Eloy Martínez representa a la vieja escuela. A esos hombres que soñaban, y tal vez alguno lo haga todavía, con parir la más precisa y preciosa de la líneas de texto a partir de un dato de la realidad.
Eloy Martínez ocupará un lugar de privilegio en el cielo de los periodistas-escritores, junto a Osvaldo Soriano, Miguel Briante, Roberto Arlt y Rodolfo Walsh, entre otros.
Su estilo periodístico era claro y profundo. Matizado con amplias dosis de lo que no dudaría en definir como erudición. Por décadas, la imagen del cronista por demás inteligente, leído, hijo de cierta bohemia, conocedor de esta y otras geografías, fue casi un estereotipo en este país. Eloy Martínez lo representaba con estilo.
Su prosa es un ejemplo de equilibrio y en ella convergen el buen gusto, la cultura y una cuota nada menor de elegancia. Unos modos que cualquier aprendiz podía comprobar con el sólo hecho de cruzárselo en una redacción, puesto que Tomás Eloy Martínez, el consagrado escritor, tenía un saludo agradable y educado para cada habitante de aquel micromundo.
La realidad puede ser dicha de muchas maneras. Eloy Martínez había conseguido ganarse el siempre esquivo reconocimiento masivo y, por eso, su crónica, su punto de vista acerca de algo que nos había tocado a todos, se hacía esperar tanto en las páginas de “La Nación”, “The New York Times” como en las de “El País”.
Su premiada novela “El vuelo de la reina” le sirvió como una verdadera herramienta de análisis. El periodista se disfrazó de escritor para reflejar la coyuntura nacional a través de la industria de los medios. Sus personajes se debaten entre el deseo, el asco y el poder. Y lo hacen en el marco de esa batahola que a veces es la redacción de un diario o una revista. Leer esta novela, aunque se trate de literatura, es una oportunidad de entender la Argentina de los 90.
Su ausencia en las página de los diarios será un hecho insalvable. Con Eloy Martínez se va un intelectual de excepción. Sin embargo, sus palabras permanecerán en los libros, en las recopilación, en los recortes de los diarios y, por supuesto, en la red.
Nuevas generaciones de buscavidas encontrarán allí pistas para sobrevivir a la aventura del lenguaje.
Rourke, espías y amor y sables
Killshot
Lo importante es que Mickey Rourke ha vuelto. Y los fanáticos, después de todos sus años de penurias, ya nos estamos acostumbrando. Esta película, en la que interpreta a un malo complejo y perturbador – “Black Bird”-, como sólo Rourke puede hacerlo, con notorias deficiencias en el guión y hasta en la edición, al menos lo tiene a él de protagonista. Su tamaño actoral hace que valga la pena el valor del alquiler mientras lo esperamos en “Sin City” y “Iron Man 2”. Dirigida por John Madden. También con la hermosa y talentosa Diane Line.
El internacional
Otra buena película de espías. Es cierto que Jason Bourne vino a establecer nuevas reglas sobre la mesa de este tradicional juego, pero aun hay filmes que logran encontrar su espacio entre la intriga y la acción sin palidecer en las odiosas comparaciones. Este es uno y que (gracias) no apela al romance. Básicamente refiere a la lucha de dos fervientes creyentes en la justicia contra la Mafia y un banco que funciona como subsidiaria de sus más oscuros manejos. Tiene lo que debe tener: correrías, tensión, un laberíntico camino criminal y un final inesperado. Dirigida por Tom Tykwer. Con Clive Owen y Naomi Watts.
Cenizas del tiempo
Versión “redux” del que compitió en Venecia de 1994. Un filme extraño por donde se lo mire. Es, al mismo tiempo, tanto una película de amor como de guerreros sin tregua. Exquisita fotografía, diálogos subterráneos, algunos muy pertinentes acerca del acto de amar, y un guión que va entrelazando tiempo y espacio de un modo cuando menos caprichoso. Una película para ver con apetito cinematográfico y que puede dejar un efecto residual inesperado. Dirigida por Wong Kar-Wai, el de “2046”. Con Leslie Cheung, Tony Leung Ka Fai, entre otros.
Salinger, el mundo secreto
J.D. Salinger quitó el velo de un mundo secreto.
Como a su manera hicieron Lewis Carroll con “Alicia en el país de las Maravillas” y James Matthew Barrie con el eterno Peter Pan.
Ese mundo entre sombras, alejado de la mirada siempre recta y por lo general desdichada de los adultos, podría abarcarse con una palabra: “niñez”. O lo que la niñez es capaz de crear por un breve y delicado espacio de tiempo para terminar años más tarde aplastado bajo la suela enorme de la solemnidad y la hipocresía. Castillos en al aire.
Sin embargo, lo que Salinger hizo, o mejor dicho, lo que Holden Caulfield, el personaje central de “El guardián en el centeno”, hizo, fue describir el momento preciso en que la fantasía se abre paso entre los juegos de la infancia. Salinger encontró el tesoro de los piratas y atravesó la frontera del espejo mágico, antes de que el espejo y el tesoro fueran imaginados.
Su obra más famosa grafica el laberinto donde se desarrollan los procesos afectivos de los niños. Y no es que a los adultos nos resulte una materia totalmente vedada. Simple y tristemente nos hemos olvidado de quién un día fuimos.
En algún momento, entre los años en que vestimos pantalones cortos y aquellos en los que nos hacemos a la mar, los adultos tenemos la mala costumbre de borrar lo más puro que es capaz de proveer nuestro espíritu. Salinger consiguió el milagro: recordó (o, tal vez, optó por jamás abandonar) esa espléndida forma de entender la vida.
Es evidente que Holden Caulfield, un pibe que posee la virtud de diseccionar la realidad hasta volverla un hecho totalmente distinto al que observamos los grandulones, es por sobretodas las cosas un niño crecido. Un visionario apenas un poco más experimentado que toda esa pandilla que el desea protejer.
¿Y protejer de quien? Pues de la vida, en general, y de nosotros, en particular.
En el fondo, los adultos, al igual que Caulfield, sólo quieren preservar a sus chicos del dolor que espera allá afuera aunque siempre fracasan en el intento.
The best of you
I was too weak to give in
Too strong to lose
My heart is under arrest again
My head is giving me life or death
But i can´t choose
I swear i´l never give in
I refuse
Libros sagrados
Hay más de un libro sagrado en el biblioteca personal de cada uno.
Durante años hemos escuchado que los libros sacros, aquellos dictados por los labios de Dios, son escasos y definitivos. Sin embargo, a riesgo de insinuar una religión caprichosa e individualista, diré que he encontrado otras formas de espiritualidad en tantos otros textos que no necesariamente arrastran el cuerpo de la divinidad. Algunos, de hecho, parecen tan lejos de ella como cerca de la piel de los hombres y mujeres que ejercen de personajes.
Creo que puedo avanzar un poco más en mi teoría. Si una inteligencia existe y tiene un propósito en este universo abrumador, bien es capaz de hablar a través de la voz de sus hijos más rebeldes, los más extraños e incluso los menos pensados.
Un libro con la impronta de lo infinito lleva consigo el derecho y poder de sacarnos del fango. De inspirarnos. De empujarnos más allá de nuestras penas o de nuestros exilios emocionales.
Hurgando en lo profundo de su dolor y bajo las ropas de los fantasmas del horror nazi, Primo Levi, fue capaz de revindicar la humana dignidad ¿No tuvo Neruda algo de dios mitológico cuando le cantó a cada una de sus mujeres y a cada una de las cosas de este mundo? ¿No nos enseñó Susan Sontag a entender la enfermedad como un elemento pausible de la propia existencia? Y ha sido Paul Auster quien bosquejó la telaaraña inaudita que subyace a la coincidencia de las coincidencias. Y así. Un largo, espléndido y populoso “así”.
Cuando un poema nos traslada de la oscuridad a la sombra, creo que habla dios. O un ángel. O la imitación de un ángel, que sé yo. Cuando un párrafo de un libro nos anima al cambio mientras la duda carcome. Cuando una línea luminosa nos invita a ir de viaje y aceptamos complacidos. Cuando descubrimos unos versos ajenos que incluiremos junto a un ramo de flores. Cuando subrayamos una oración que no queremos, que no debemos, olvidar porque por ella seguimos y seguiremos. Entonces, habla dios. Hablan las voces milenarias. El corazón de todos aquellos que una vez amaron.
Chile, un país sin libros
Iba a escribir: Chile es un país sin libros. Pero rectificaré sobre la marcha: Chile es un país con libros escasos y caros. Libros hay.
Y justo en este proceso de transición entre un gobierno y otro, se hace más evidente el enorme desinterés que existe en mi país por la cultura. O eso que llamábamos hace unos años: “Cultura general”. A mi, que no soy particularmente nada en lo profesional, pues carezco título, me preocupa la cultura general como una de las ecuaciones de la educación.
Les diré porqué. Mi abuelo es un hombre de casi 90 años, analfabeto, de campo, que crió a sus hijas en la idea de que estudiar podía hacer la diferencia en sus vidas. Y así fue. Ambas fueron maestras y de una de ellas, Bernardita, nací yo, un fanático de los libros. Tengo muchos, en serio. Yo creo que he llegado a los 7 mil.
El punto es que ese mismo afecto por la cultura en amplio espectro me permitió entender mi hermoso lugar de origen, Puerto Natales, recorrer luego el mundo y trabajar como periodista en distintos medios de la Argentina: Página/12, Clarín, Río Negro. También he publicado un libro de poemas, revistas y hasta he dado charlas sobre periodismo. Curioso ¿no?
Los libros, la cultura general abrieron mi mente y he sido testigo de como ha abierto el corazón y las posiblidades laborales de muchas otras personas. No, no hablo de la educación formal que tiene mucho de negocio y no demasiado de educación (sobre todo en Chile donde estudiar es un acto comercial insano). Hablo del amor por el conocimiento. Ese que lleva a una persona cualquiera a interesarse por un tema y convertirlo en un modo de vida.
Pero en Chile se discuten macropolíticas educacionales, tasas de interés, porcentajes de exportación y jamás se habla de libros. Deshonrando así a gente como Vicente Huidobro, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Nicanor Parra, Jorge Edwards, Alejandro Jodorowsky, José Donoso y tantos pero tantos otros escritores e intelectuales chilenos. Olvidandose así -el país como institución- de su exquisito pasado intelectual. Sin intelecto, sin ideas, sin cultura, no iremos más allá de lo que ya han ido algunos países orientales. Tendremos acciones en alza y cerebros vacíos.
Algunas veces cuando paso la frontera desde Argentina y debo llenar el formulario de ingreso, en el lugar en el cual debe ir PROFESION, escribo POETA o EMPRESARIO, puesto que como bien me advirtió una funcionaria de un consulado: “si usted no es titulado, no es nada”.
Sin embargo, para ser poeta sólo se necesita escribir poesía y para ser empresario, emprender algo. Y ambas cosas he hecho para mi suerte a lo largo de mi vida.
Intelectualmente Chile presenta un panorama paupérrimo y no es resposabilidad de los artistas que hacen mucho por crecer y mostrar su obra sino de un sistema que ha borrado por completo una de las facetas más interesantes de la cultura chilena: su capacidad aunar naturaleza con ideas. De crear a partir de lo escaso. De volar a partir de una tierra enmarañada y diversa.
Las políticas culturales son débiles o invisibles. A menos que consideremos Viña del Mar un bastión de la cultura. En fin.
Leyendo justamente a Neruda es que encontré una vez más todo eso que amo de Chile, su fantástica inocencia. Sus colores. Neruda fue hijo de un ferrocarrilero y terminó convirtiéndose en una de las más importantes figuras de la literatura de todos los tiempos. Más allá de las condecoraciones, su pasado está vinculado a lo humilde y a los libros.
Me encantaría saber que en Chile los libros dejarán de tener el impuesto que los hace inaccesibles a la mayoría. Me gustaría escuchar que vamos a recuperar no tanto la alegría del préstamo personal sino la alegría de sabernos inventores de nuestro destino. Por creatividad, por empuje, por cultura.
Por cultura.
Fotos del todo
Esta es la historia de Mandy y de su celular. Mejor dicho: esta es la historia de Mandy, de su celular y el celular de su padre. O, más definitivo aun, esta es la historia de Mandy, su padre y de todas sus amigas que tienen su propio teléfono.
Mandy es un pobre niña rica que vive en un reino apenas un poco más acotado y modesto que Camelot, el barrio privado donde respira su Príncipe Azul y un grupo de chicas tan odiosas como las hermanastras de Cenicienta. Por ser quien es y como es, Mandy, debe soportar una brutal impopularidad en la escuela. Es linda pero no es hot. Y su celular, aunque la comunica, lo hace de modo deficiente puesto que es un viejo modelo “sapito” que no tiene video cámara. Todo cambia el día de su cumpleaños cuando, como por arte de magia, el chico de sus sueños la rescata de ahogarse en una pileta, y más tarde, ya recuperada (y extasiada), recibe de parte de su padre un video-celular. Sin embargo, el mismo aparato que la enaltece la encadena a su progenitor, el que la obliga a reportarse cada media hora. Condenada igual que un personaje de Sartre, la pobre Mandy, se debate entre engañar al hombre o perderse la fiesta del año a la cual fue invitada por el pibe ideal.
Muchas pero muchas de las cosas que le ocurrirán a Mandy antes de que pueda cruzar el umbral de Camelot quedarán registradas en su teléfono o en el de alguien más. Las chicas, de este o del otro bando, terminan funcionandp como faros, como cámaras de transmisión o como directoras sin censura de un reality show adolescente. Mandy es retratada cuando se abraza inocentemente a su chico, imagen que llega precisa y certera al teléfono del padre. Luego, como revancha, una amiga suya grabará en video y retrasmitirá a todo el planeta Camelot, el momento en que su cruel oponente vomita sobre una mesa. Casi ninguna obviedad quedará vedada a los ojos de los otros.
El filme se llama “Fotografía esto”, está dirigido por Stephen Herek y protagonizado por Ashley Tisdale (la mala malísima de “High School Musical”) y el muy buen actor Kevin Pollak. Aunque tiene un argumento típicamente veraniego y pasatista, contiene esta línea de pensamiento que nos revela que tan lejos hemos llegado a la hora de observar la realidad a través del prisma de una minicámara. Y que tan cómodo nos resulta, de paso.
La película tiene momentos que grafican esta tendencia de un modo brutal. Seremos testigos privilegiados de como Mandy engaña a su padre quien insiste en verla estudiando cada 30 minutos exactos. Mandy produce imágenes, de ella y sus amigas concentradas en sus deberes, especialmente para el celular de su padre. Logra verdaderos imposibles. Su creatividad es tan infinita como los recursos multimedia de su teléfono.
El padre aceptará lo que ve. En términos estrictamente técnicos la chica hace sólo lo que él le pide: que represente un papel. Al final el amor triunfará. De un modo tan inexplicable como suele desarrollarse la pasión en todas sus edades Mandy conquista a su príncipe en la fiesta de gala. Aunque la felicidad es compartida, nadie aplaude. Todos tienen sus dedos demasiado ocupados en su celular, reenviándose el beso de los novios los unos a otros.
Robots, chicos malos y condenados
Terminator Salvation
Terminator es una de esas pocas sagas que resiste bien el tiempo y las sagas, claro. Después de un nada prometedor tercer capítulo “Rise of the Machines”, llega esta protagonizada por el gran Christian Bale. Bale le otorga nueva vida al personaje de John Connor. El guión lo ayuda bastante. La historia ahora involucra al legendario líder de la Resistencia y a un robot que curiosamente no sabe que es un androide con un destino marcado. Colosales escenas de acción con increíbles efectos especiales, (algunas de las persecuiones en la autopista refieren directamente a Matrix), buen trabajo actoral y una tensión que no baja un milímetro a lo largo de todo el filme, son los componentes de esta heredera de una tradición cinematográfica que empezó en los 80 con aquel filme dirigido por James Cameron. Los fans además podrán, por fin, ver en acción y en su propio medio ambiente (el futuro apocalítico) a algunos de los viejos modelos de Terminator como el T 600. Dirigida por McG. Con Christian Bale, Sam Worthington y Helena Bonham Carter (en un minúsculo papel), entre otros.
La isla de los condenados
No será ni la primera ni la última “carrera de la muerte” a la que asistamos, gentileza de Hollywood producciones. Al menos no se trata de la peor de todas. En materia de acción el filme contiene algunas horrorosas escenas que podrán disfrutar sólo aquellos adeptos a este cine de lucha libre que cada vez se acerca más al “Gore”. Sin embargo, la película contiene una interesante línea argumental: un magnate que quiere convertir una competencia mortal en un éxito no de televisión (si, no de televisión) sino de internet. Cualquier espectador que pretenda ver las alternativas de “la isla de la perdición” (habitada por 10 desquiciados a quienes se les ha dado allí su única oportunidad de salvación) debará abonar una cifra con su tarjeta de crédito. Luego de esto, que la fiesta del horror comience. Y, les aseguro, si buscan escenas truculentas las encontrarán en abundancia. En el listón siguente tenemos a Rob Zombie (que no es el mejor programa para una mantiné precisamente). Dirigida por Scott Wiper. Con Steve ‘Stone Cold’ Austin, Vinnie Jones, Robert Mammone, entre otros adoradores de la fibra y los aminoácidos.
Sangre fría (The Lost)
Esta es la historia de un chico que usaba latas de cerveza en las botas para parecer más alto. Con esta simpática advertencia da inicio el relato de uno de los personajes más antipáticos de la historia del cine. Con ustedes Ray Pye. El chico es el encargado de un motel americano y desde allí ejerce su cruel reinado. Un día quizo, por ejemplo, probar el vértigo del asesinato y no dudó en usar a dos adolescentes como conejillo de indias. Cuatro años después lo encontramos comodamente instalado en el motel de su madre dedicando sus horas a hacer lo que más le gusta perseguir: jovencitas, drogarse con la mayor cantidad de sustancias que encuentra, someter a sus amigos y obligarlos a traficar, tener sexo con él o simplemente escucharlo hablar sobre cualquier tema. “Sangre fría” es un filme independiente y por muy fuera de lo políticamente correcto y lo establecido. La crueldad de Ray puede sorprenderlos. Esta es la historia de un chico que usaba latas de cerveza en las botas para parecer más alto: quedan advertidos. Dirigida por Chris Sivertson a partir de una novela basada en hechos reales de Jack Ketchum (si, Ketchum). Con Marc Senter, Shay Astar y Alex Frost.
Compañero de viaje
“Jack, ¿cuanto tiempo te tomó escribir “En el camino”?”, le pregunta Steve Allen a Jack Kerouac, al tiempo que acompaña su pregunta con un acorde de jazz en el piano.
-Tres semanas, responde Kerouac.
-¿Y cuanto tiempo estuviste viajando?, retruca Allen.
-Siete años, explica el autor.
Tres semanas para dar a la luz una obra maestra de la literatura del siglo XX y, aun más, para escribir uno de los mejores compañeros de viajes que conozco.
Porque cada viaje merece su propio libro. Una suerte de manual de instrucciones. Su brújula. Y esta que es época de viajes, de vacaciones, de necesarias huidas, podría ser aprovechada también con un propósito literario.
Llevo la mochila pesada. Pero, en un debate interno con el sentido común, insisto a rajatablas: mis amigos deben ir conmigo. Necesito que me susurren al oído, mientras acomodo el cuerpo en el “sillón-cama” de un colectivo, sus historias, sus universos puertas adentro. Afuera el paisaje transcurre lejano y silencioso aunque mis oídos y mis ojos asisten a una ópera de imágenes y sonidos plenos.
He llevado alguna vez “En el camino” conmigo. Me ha servido, me ha inspirado, me ha impulsado a cruzar la frontera del espejo. Sería una persona distinta si no hubiera leído a ciertos escritores. Kerouac es uno. Hice mía su búsqueda de la libertad, su respeto por el paisaje y su intenso amor por las charlas interminables a orillas del fuego.
Hace poco que volví de mi peregrinación anual. Entre rutas interminables y obligadas esperas, me abracé a “Justine”, de Lawrence Durrell y aprendí de sus mujeres que habitan esta increíble novela, acerca del amor, el desamor, el éxtasis de la piel y la nostalgia de lo imposible.
También cargué “Elegía para un americano” de Siri Hustvedt, una sobresaliente escritora norteamericana que es conocida como “la esposa de Paul Auster”. Como siempre, a medida que lo iba leyendo, fui dejando pequeñas migas de pan entre sus páginas, minúsculas pistas de atención sobre su laberíntico camino que me permitieran el regreso. Una de las páginas que marqué dice: “No existe frontera precisa entre el recuerdo y la fantasía (…) construimos nuestros propios relatos y no podemos separar las historias que creamos de la cultura en la que vivimos”. Y en otra página: “Nuestros recuerdos siempre resultan alterados por el presente, ya que la memoria no es estable sino mutable”.
Y en eso estoy, reinventando mi pasado.
Naoko, ¿desde Buenos Aires?
Con mis gajitos de naranja rocé tu boca.
Y fueron tuyos por última vez.
Por última vez los saboreaste. Y deliciosos jugaron.
Jugamos por lo que ya no tendríamos.
Y exquisitos fuimos. Exquisitos por última vez.
Manu Chao, en gira eterna
Más que explorador de un mundo en sombras, Manu Chao ha devenido en sumo sacerdote de la mixtura cultural tan propia del siglo XXI.
El músico de origen vasco-francés criado en Francia ha entendido mejor que nadie el impresionante fenómeno de la fusión racial y las consecuencias que esto podría traer aparejadas en materia artística. A contramano de las ideologías restrictivas, de los “focus group” del marketing y de la recuperación obsesiva de las raíces regionales, Manu Chao se ha dejado atravesar por una multitud de expresiones culturales que luego él mismo transformó en canciones.
Durante largo tiempo políticos, empresarios y especialistas musicales han tratado de dilucidar los verdaderos motivos que mueven a una personalidad como la de Manu Chao. Convocante pero alternativa. Sin embargo, el músico no parece estar casado con ninguna causa social o movimiento estético. No guarda fidelidad a los estatutos. En su largo viaje tanto por la música como por los países que quieren escuchar su voz no establece bases sino que improvisa escalas y anda liviano.
Su música no necesita definiciones justamente porque es, sobre todo, una mixtura, un encuentro de voces y mi- radas.
Manu Chao es un adelantado a su tiempo, un visionario que ya encontró respuestas para preguntas que aún no fueron formuladas.
Su música suena a cumbia, a rock, a rap, a bolero, a melodía pop, a vals, a jazz, a rumba, a ska. Suena y resuena. Como un espejo mágico sobre el cual pueden rebotar las pulsaciones del planeta para, a partir de allí, encontrar nuevas decodificaciones y converger en otros cuerpos.
De hecho, su trabajo junto a Mano Negra, donde ofició de líder y creador, resultaba bastante más predecible que lo que terminó haciendo en solitario. Mano Negra, otro grupo multirracial, tenía deudas y rendía homenajes muy anteriores a su fecha de nacimiento que, por ejemplo, se remontaban al rock punk inglés.
Sería injusto olvidar que The Clash se mostró seducida por la música de geografías tan distantes entre sí como Latinoamérica y África. Se sabe que el punk inglés tenía cierto respeto por el reggae. De ellos también tomó elementos Manu Chao, quien junto a su grupo transitó un ritmo a ratos frenético aunque matizado por insospechadas vertientes culturales.
Su búsqueda en soledad ha sido controvertida. Por un lado, su papel como promotor de consignas políticas que, desde la marginalidad, la independencia y hasta la clandestinidad reivindican derechos de los pueblos. No obstante, Manu Chao se niega a ser reconocido como un líder de la contracultura. Apenas como uno más que indica con el dedo las injusticias del sistema. Por otro, su búsqueda artística. No toda su obra como solista se encuentra atada a la experimentación y la variación rítmico-melódica. Uno podría incluso sospechar que Manu Chao escribe un hit justo cuando lo necesita. Porque, si bien es un artista de escasas concesiones, cada tanto sus canciones son material predilecto de las radios “mainstream”. También para las independientes, claro. Manu Chao sabe qué teclas apretar para que la industria funcione.
Siendo un aventurero, un poeta y un trotamundos, Manu Chao no se ha negado a disfrutar del elixir de la gloria. Lejos, muy lejos, está de encarnar al artista atormentado e incomprendido. Temas ineludibles como “Me gustas tú” y “Clandestino” son la prueba de que el músico es un mago capaz de hacer y deshacer a su antojo.
“Para mí, cada disco debe ser un viajecito que te lleve de un punto a otro. Cuando quieres cerrar un disco, descubres que falta, no sé, un nudo que te permita pasar de un bloque a otro. Idealmente, los cuarenta o cincuenta minutos de un álbum deben ser como una sola canción que fluya sin sobresaltos. Suelo escucharlo de noche, en la cama. Sin los ruidos de afuera, sin llamadas, compruebas si sobra o falta algo”, ha dicho a la prensa.
Desde esta óptica resulta también difícil establecer la temperatura de su obra. ¿Es su último disco mejor que el anterior? Manu Chao indaga, transcurre, se mete y se compromete. Es una tela sobre la cual las pinturas y las “sangres” de los otros son derramadas una y otra vez. Al final quedamos en presencia de una obra intensa, laberíntica y abismal.
Por estas horas presenta en la Argentina, junto a su banda Radio Bemba, su nuevo trabajo “Baionanera”. Y al menos en esto sí hay un concepto permanente: cada recital de Manu Chao, ya sea guitarra en mano junto al fuego o en un gran estadio frente a miles, es un rito sagrado donde deseo, placer y desquicio se her- manan.
Bien lo ha expuesto ya el periodista español Diego A. Manrique: “Uno de los misterios de Manu Chao es la divergencia entre lo que ofrece en directo y sus discos de estudio. ´Clandestino´, ´Última estación´… ´Esperanza´ y, ahora, ´La Radiolina´ son cuidados collages, seductores rompecabezas donde encaja elementos sonoros captados en sus viajes. En vivo no hay margen para sutilezas: plantea una descarga de punk, ska y reggae para botar. Como si sus dos principales vocaciones, la de creador y la de animador pachanguero, siguieran trayectorias paralelas de imposible coincidencia”.
Este sábado, una vez más, Manu Chao descubrirá con sus canciones el secreto fuego de la humanidad.
Buscando
Cocinero de un barco mercante que atraviesa el Estrecho de Magallanes. Pintor de brocha gorda en Atlanta.
Encargado de una tanguería en Hamburgo.
El más humilde colaborador de un “high magazine” de la buena vida.
Poeta de una banda de rock punk.
Eterno aprendiz de arriero en los campos del sur.
Son apenas un puñado de las muchas vidas, de los incontables personajes, que me hubiera gustado encarnar.
Digo más, aún no he rendido mis armas. Aún pretendo ser quien no soy.
Mi vocación por el absoluto tiende a ponerme en constante ridículo pero, al fin de cuentas, la mía es una actitud romántica. Y eso, me vuelve inimputable.
El tipo que quiere hacerlo todo, que tiene una llave para cada puerta y un poema para cada malestar del alma es, antes que nada, un optimista.
Un caso perdido.
Carecer de vergüenza no es el menor de los requerimientos para este ir y venir por intenciones y oficios varios.
Además, el apetito por la multiplicidad, por la variedad y la mixtura trae aparejado un nada despreciable grado de frustración.
Por cuestiones de tiempo, energía o simple talento, los que así pensamos, estamos destinados a contemplar desde la vereda, cual niños pobres escrutando con sus narices el bienestar ajeno, como otros hacen a la perfección lo que para nosotros es un sueño.
Al menos conservamos el deseo y no es poco.
“Tantos libros y tan poco tiempo para leer”, creo que fue Bod Dylan quien lo dijo. Lo mismo puede aplicarse a otras facetas de nuestra vida. Tantos países, tantas aventuras, tantos sabores por probar.
Es cierto que nos ha sido concedido un privilegio, un destello dorado, pero en el marco de un plazo muy determinado.
Apenas unos segundos, tomando en cuenta el tamaño y la historia del infinito. En el espacio que ocupa una flor nos fue entregada en bandeja de plata la oportunidad de reinventarnos.
Nadie que yo sepa nació con el manual de la existencia debajo del brazo, sin embargo, presumo que la imaginación es un puente hacia números ocasos y otros tantos amaneceres. Una historia termina, sólo para que comience a rodar la siguiente. El saldo, la experiencia, en este sentido siempre nos saldrá a favor.
El día que aprendí hacer pan con mis propias manos y con mi propio sello, sentí que tocaba la piel de un tesoro perdido. Y estoy convencido de que en los libros que nos inspiran, en las película que nos disparan un pensamiento revelador, en las canciones que nos ubican a la velocidad de la luz en una ciudad que quisiéramos recorrer, hay mapas subterráneo hacia una mejor vida.
Hay una canción religiosa que U2 recuperó para su álbum “The Joshua Tree”. Siempre la recuerdo. Siempre pienso en ella como en un emblema. Dice: “I have climbed the highest mountains/I have run through the fields/I have run, I have crawled/I have scaled these city walls/These city walls/I Still Haven´t Found What I´m Looking For”.
Sí, supongo que de eso se trata.
Fuego, cruza mi cielo
El fuego atraviesa el cielo
y la llamarada feroz espanta a los ángeles.
Tristes caritas-trenzas chamuscadas.
Perdemos en la guerra más de lo queremos.
Pierdo el alma en el intento.
Sin pena, avanzo sobre el camino de piedras orientales.
Hay árboles fantasmas que lloran
Hay fantasmas verdaderos que mienten de cabo a rabo.
ojos negros, bocas de hierro
Y el fuego estalla en el cielo.
Entro al bar,
La cerveza está tibia en el Cadalso,
Llevo una corbata roja con un nudo mal hecho,
Y el fuego divide el cielo en dos.
A una chica boca-dulce-de-leche.
Le pido un café derretido.
Le pago, retendo un segundo su mano y se enoja.
Sos un vago, dice, y la imagino bailando sobre mi cama.
Como un boomerang
con delicada pero férrea ironía siento que la vida se ríe de mi
Y mis ojos buscan tesoros ocultos
Y mis ojos buscan ojos secretos
Y mi alma urga en el templo del deseo.
Extraño sin conocer
extraño extrañar
extraño amar
el aroma de la comida juega con mis narices
y un beso viene de Escocia
un beso húmedo que cambia los mapas
que magnetiza mi brújula de oro.
Bello dios
hazme creer que la vida es hermosa
Bellos dios
encuentra lo que he perdido siendo un tonto
dime que existen los campos eternos
y la nieve eterna
y mi piel es mi piel sobre el cuerpo desnudo del viento.









