Verónica Roig es una excelente fotógrafa del diario “Río Negro”. Puedo decir que me hizo caso, al menos en parte, y subió su propio blog de fotos. Allí podrán ver imágenes variadas, fragmentos de lo vida diaria, vistos a través del lente siempre nuevo de Vero. La mayoría están hechas con la camarita de su celular.
Vero en fotos
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El principio del fuego
Nosotros comenzamos el fuego.
No era tarde cuando Guido y yo encendimos las primeras antorchas. Era septiembre. El cielo perfectamente azul sobre nuestras cabezas. Mejor, dijo Guido, así notamos la diferencia. El día y la noche. Yo tenía mis dudas. Pero como no sabía si al final eran dudas o miedo, preferí seguir adelante. No me gusta pasar por cobarde cuando en realidad no sé si algo está bien o mal de mi parte. Don Arturo había dicho que era necesario, por lo que Guido y yo no agregamos nada. Nunca agregábamos un bocado de todos modos. Seguíamos órdenes. Ibamos a ser los primeros de muchos que harían lo mismo.
Guido había dibujado sobre un papel de embalaje un arco que pretendía anticipar lo que ocurriría. Te lo marco para que sepas, me explicó. Es que cuando empiece no va a parar más. Va a ser como si el sol cayera a pique y se enterrara en la Tierra. Verás una medialuna gigante, roja, ardiente, olas de fuego del tamaño de un cerro y un muralla de humo negra. Impenetrable. Nadie. Nada. Si queda un sólo guanaco, un puma o nosotros mismos en el área, moriremos chamuscados igual que una mariposa sobre un hierro caliente. Después de un rato, horas, no quedará un alma que respire o piense pero el sol seguirá ardiendo. No me preguntes hasta cuando. Hasta donde. Será el infierno y lo habremos despertado nosotros. Dicho esto hizo una mueca que interpreté como orgullo, satisfacción, certeza de posterioridad.
El, Guido Mansilla, y yo, Saturnino Aguilar, comenzamos el primer y más devastador incendio de la Patagonia. El fuego que destruiría los bosques del fin del mundo con el propósito de dejarle espacio a las ovejas que alimentarían el estómago de Europa. Eso dijo, Don Arturo, y a mi me sonó a cuento escosés. A demasiado, aunque era cierto y era mentira porque aun se hizo jamás llegó a cumplirse en su totalidad.
Por aquella proeza cruel, pasaríamos a los libros de historia. Dejaríamos de ser dos peones anónimos en el último confin de los mapas.
Nunca me imaginé que me convertiría en el Diablo.
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¿Y vos de donde saliste?
Llevas puesto el sombrero vaquero. Una campera de cuero negra. Y eres el bandido. Y eres el sheriff. Eres la fe en persona. El gesto duro robado de una película de los 50. Muchos otros como tú sienten lo mismo.
¿Y vos de qué película saliste?, pregunta la chica con ironía. Yo me paso la película, le respondo. Y sigo. Soñando que soy un vaquero. Que soy un escritor maldito. Que soy padre ejemplar y demonio en caída libre. Borracho redimido y religioso de la tierra de nunca jamás. ¿De qué planeta vienen los ridículos como vos?, insiste otro que parece su amigo. De un planeta paralelo, le respondo. Igual a este, salvo por leves y sustanciales diferencias. Y sigo. Tan patético y satisfecho de mi exceso. Esto más que una película, es una comedia.
No me hace faltan las opiniones ajenas. Esta es la única historia de la cual soy protagonista y no hay demasiado tiempo para desperdiciar. Es la historia que justifica tatuarse un dragón en la espalda -no es mi caso-, tanto como tener botas vaqueras y una montura pero no caballo -mi caso, sin duda-.
¿Qué sería de nosotros si no viviéramos enamorados de la propia existencia? No se vuelve uno exitoso por alcanzar un símbolo de estatus sino por ser propietario y no inquilino de sus sueños. Pueden quitarte el automóvil último modelo que acabas de comprar, más no la sensación indiscutible de que eres diferente y el autor del capítulo por venir: ese en el que miras un atardecer y masticas pasto. Si te sabes cool frente al espejo, el resto es apenas una brisa que pasa frente a tus ojos. La construcción de tu identidad es superior a las fuerzas del destino. Ni que hablar de su supremacía por sobre el sistema de compra venta. En rigor, este último se inclina frente al convencimiento de las más íntimas proezas.
No te hace ganador un perfume en específico sino la convicción de que el perfume te merece. Tus atributos son una construcción por sobre cualquier estándar. Tu nariz quebrada puede ser el principio de tu sex appeal. Tus manos enormes, la nomenclatura de todos los momentos eróticos que han transcurrido por ella. Tus pies planos, una cojera que al andar habla de las guerras perdidas en el Lejano Oriente. Tus ojos tristes, la prueba del horror que has soportado y de la valentía que te fue necesario sostener en los momentos más difíciles. Tus kilos de más, un índice de tu cultura culinaria y el anticipo de posibilidades sexuales desconocidas. Tu delgadez, la muestra tu estoicismo. Tu normalidad, el secreto de uno o más dones guardados bajo siete llaves. Tus lentes culo de botella, la carta de presentación a tu intelectualidad y sapiencia.
Porque estoy más allá del palpito externo es que no me saco este sombrero. Es que parezco salido de un western. Alguien me ha matado al pingo en el peladero y ando con la montura y los aperos colgados de mis manos. Me muevo con lentitud. Hago como que me duele todo. No para alguien en especial. Como para nadie en particular oteo el horizonte inmenso y lejano. Lo hago sobretodo para mi. La intensidad es un objeto literario que construyes con imaginación.
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Tu fragmento
No hay texto que pueda ser escrito sobre tu piel. Porque la superficie de tu piel es el principio del vacío. El perfume de tu recuerdo, tampoco es un recuerdo permitido. Ni de tu piel, ni de tu aroma a tierra y libros viejos, puedo sacar conclusiones ni beneficios. Más que esquiva eres imposible. Mis palabras no conjuran tu presencia. Fantasma terco, te veo en todas partes, y te declaro amor aunque ya no te reconozco por las calles. Eres mi mentira preferida. El universo reducido a un fragmento. La posibilidad de un sueño en blanco y negro. Mi vocación de infierno.
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Líneas de la vida
Tal vez esto explique el motivo por el cual algunos poetas dijeron que la vida de los hombres y las mujeres se escriben en las estrellas.
Hay referencias alocadas aunque nada despreciables del hecho que menciono. Metáforas que nadie pretende asumir pero se asumen. Por ejemplo, toda vez que un niño juega a iluminar la noche de Año Nuevo con su estrellita titilante, esa que por unas monedas se venden en las calles, no hace más que simular el ir y venir del destino de una persona. El movimiento fugaz que impulsa su pequeño brazo, los saltos inconexos, la vocación por encender una faro en la oscuridad, representan fielmente como nace y se consume la existencia humana.
Hay otro ejemplo que me gusta. Son las luces de neón que advierten el contenido de los carteles. “Flores”, “Pizzas”, “bebidas”. Perdidos en la noche los vericuetos del neón perseveran en discutir su espacio a las penumbras. Así es como nos indican la dirección hacia la más pueril de las necesidades.
Vistos desde lo alto nuestras vidas seguramente componen extrañas formas. Alguna podrán ser interpretadas de las maneras insólitas, otras quedarán anuladas por su singular inoperancia.Una vida nunca está sola. Dos líneas se juntan para procrear una tercera, o bien, para que al menos una de las que colisiona desaparezca por violencia o indiferencia. Uno no sabe. Dos líneas son capaces de fundar una sola, más poderosa e intensa que las otras.
El entrevero definitivo no será menor ya que cada línea se justifica en la anterior y en la siguiente, y así desde el principio de los tiempos.
El amor convoca al amor como a nuevas conjeturas que llevan por cierto al amor otra vez pero también al odio.Me gusta imaginar que a pesar de nuestros desmanes somos hijos de líneas luminosas. Plenas. Listas para ejercer una influencia positiva sobre los demás. Unas tendrán el don del arte, otras la de la cura o la comprensión. No sé. Líneas como ideas, como paraísos o refugios.
Hay películas que me recuerdan el concepto. “Vidas cruzadas”, “Babel”, “Magnolia”, entre otros ejemplos. También ocurren hechos que me devuelven la mirada tal cual un espejo fiel a mis sentidos. El otro día, sin ir más lejos, creí ver a una buena amiga, pasar por afuera de una librería donde me encontraba comprando dos libros de Susan Sontag. No había terminado de pagar que salí apurado ante la delicada posibilidad de su presencia. Quería decirle “hola”, “tanto tiempo”, pero en el interín, desapareció. Se había esfumado como si nunca hubiera estado allí.
Maldije mi suerte y me consolé en la teoría de las líneas fugaces. Probablemente no era ella, me dije, o quizás, cometas solitarios los dos, pasamos uno junto al otro, sin poder colisionar, ni continuar juntos un trecho del inmenso camino.
Escrito en Mediomundo
Rendirse
Rendirse es claudicar a sabiendas de que nos queda un último impulso.
Redirse es resistir a la prudente idea de continuar incluso sin cabeza.
Rendirse es perder el aliento y suponer que no habrá más bocanadas.
Rendirse es infringir un nuevo tipo de dolor a la herida que sangra.
Rendirse es asegurar que se busca por otro lado cuando en realidad ya no se busca nada.
Rendirse es desconectar el teléfono.
Rendirse en provocar a la pelea a un gato de dos meses.
Rendirse es imaginar discusiones revindicatorias que jamás nos atreveremos a protagonizar.
Rendirse es estar inscripto en un club donde todos nos entienden.
Rendirse es entenderse a uno mismo.
Rendirse es sentir lástima por uno mismo.
Rendirse es creer que la ironía es un sinónimo de inteligencia no reconocida por los demás.
Rendirse es escribir mensajes anónimos.
Rendirse es creer que está todo bien cuando hay mucho mal por remediar.
Rendirse es dibujar la paloma de la paz.
Rendirse es levantar los dedos de la victoria sin que medie la lucha por obtener nuestros proyectos.
Rendirse es disfrazar el miedo de prudencia.
Rendirse es asegurarse incapaz de decir una palabra de amor.
Rendirse es dejar de expresar cosas bellas con los instrumentos de la belleza.
Rendirse es no leer. No ver. No escuchar.
Rendirse es mantener la puerta cerrada.
Escrito en Poetas
Años atrás, Antonio y su familia
Escrito en Postales
Flash
Apenas un click, un flash noticioso, un abrir y cerrar de ojos nos separan del futuro. El truco consiste en vivir como si no fuera tal. Como si hubiera un camino, que al igual que una alfombra roja se extendiera hasta perderse sobre un fondo oscuro. Un espejismo que pretende ocultar el extraño sonar de dedos que nos ubica aquí o allá sin que podamos darnos cuenta. No hay obra provista de mayor fantasía, no hay ilusión más cruel ni más apasionante: existir es transcurrir a una velocidad inaudita. Piensa en tus hijos. Los ángeles que hace un instante nos sacaban de quicio, dos puntos suspensivos más adelante, se han marchado dejándonos con un pañuelo en la mano y un beso en los labios. De sus narices pequeñas desaparecen las pecas y de sus ojos la inocencia que nos impulsaba a anticiparles el sabor de la amargura. Será por eso que amo el cine, porque grafica en perfecto equilibro aquello que somos y vivenciamos. Si un filme es la síntesis de una historia personal o de un hecho verdadero o ficticio, tamizado por la luz del arte, la vida es el compilado de una gigantesca sinfonía que atraviesa cada uno de nuestros átomos. Aunque sería insuficiente decir que hay refugio sólo en el cine. También están las novelas, los relatos, la música misma, los poemas. Porque producto de la intensidad que mueve al universo, saltamos de híto en hito, de fracción en fracción. Fichas avanzando y perdiéndose en un tablero de arena. Ayer recordé a un buen hombre que una vez me dijo que a cualquier lugar al que iba llevaba un libro consigo, no como arma, sino como resguardo. Si se quedaba solo, si se sentía aburrido, si tenía hambre, si se descubría perdido, allí estaba su libro, su ofrenda y su amuleto. Recuerdo además que sus palabras me provocaron ternura pero también tristeza. En ese momento su confesión me pareció un gesto de debilidad. No fui capaz de reconocerle que yo, disfrazado de héroe, llevaba unos cuantos volúmenes en los bolsillos. Y no sólo libros. También música, películas y frases poderosas anotadas en un papel. Por ejemplo, he decidido, no emprender un viaje sin llevarme grabado en los labios el sabor de la mujer que amo, y esculpido en las paredes de mi mente, la risa de mis hijos y el aroma frío del campo. Tampoco voy mucho más adelante sin un libro de Fernando Noy o de Abilio Estévez. De faltar uno, tengo el otro pero nunca presciendo de los dos. Alcanza un poema para cruzar el descampado en una noche negra. ¿Te atreves a cruzar?, me dijo él y yo siendo un niño, me interné en la oscuridad en búsqueda de unas llaves, recientando a Neruda, la Biblia y Nicanor Parra. Dos o tres frases son suficientes para erradicar todas las dudas sin que medie una explicación. Una canción nos elevado por sobre nuestra fragilidad. Una fotografía puede obrar como una clave secreta que nos regresa al dulce pasado. Dice Noy: “Colgar agua/Tender fuego/Clavar aire/Sexto dedo nuevo” y entonces lo comprendo todo sin entender absolutamente nada. Con su voz de poeta inmortal tengo de sobra hasta el próximo capítulo. Hasta la siguiente turno antes de que los dados se detengan.
Escrito en Mediomundo
Andar es trabajar
Recorremos al galope la primera parte del trayecto. Llevamos carabinas. Bolsos de cuero gastados llenos de comidad y botellas que tintinean peligrosamente unas contra las otras mientras avanzamos. Hacemos carrera. Paramos. Tomamos agua de una cantimplora que Guido heredó de su abuelo, un viejo que peléo por Alemania en la primera guerra. Dice que también tiene un casco suyo con una punta afilada en el medio. Una especie de cuchilla que era el último recurso del soldado. Yo tengo puesto mi poncho negro, mi sombrero de cuero vaquero. Llevo mis botas y una bombacha negra. Parece que vas a un funeral, opina Guido. Pero a mi me gusta el negro. Como el caballo que monto: Mulato. Me gusta la noche y estar entre las sombras. Al cabo de un par de horas avanzamos lento, al paso. Entre el puesto y el valle hay por lo menos un día de caballo y nosotros nos tomaremos dos. Menos sería demasiado trabajo. Y andar ya es trabajar.
Escrito en El fuego
Accesible
Luz de verano por donde pasa el tiempo. Afuera las paredes de granito que no escalo. Adentro 10 mil libros escritos en no más de tres idiomas. Repaso mi pobre alemán. Escucho películas de un inglés imposible. El calor lo explica todo. Pero no es cierto que no eres perfecta. Arriba de una bicicleta. Perdida en la tarde mirando como cae el sol sobre un mar infinito. No es cierto que seas accesible. Tu pasaporte tiene todos los timbres que figuran en mi mapa. Afuera dos hombres construyen una pirámide. Adentro uno solo teje sus posibilidades arquitectónicas. Ron Wood toca la guitarra. La paz sea contigo. En la siguiente reencarnación será el truco y la suerte. El sonido de los árboles en la noche. Y la furia capaz de robar tu alma. En esta etapa del largo camino soy quien descubre tus fotografías y se fascina. El torpe. El intento y la búsqueda.
Escrito en Poetas
Camuflaje
Ella se ha puesto un traje de camuflaje para casarse. Conmigo. Es una prendra ajustada. Su culo ancho y redonddo, sus senos llenos, se vuelven más que evidentes. Son un crimen confeso. Vamos camino al altar pero el altar es un ropero. Antes de que digamos si quiero, lo que quiero es penetrarla. Hacerle el amor hasta que le duela.
Escrito en En la dura
Aquí
El libro infinito tiene dos palabras: “Aquí comienza”.
Escrito en Locura
Dime
Dime que no he sido yo quien te hizo sangrar. Dime que no fue mi violencia. Que no fueron mis palabras. Dime que no te he hecho daño con mi torpeza y mi ansiedad. Dime que no lo he arruinado todo llevándote de un lugar al otro detrás de sueños imposibles. Dime que soy más responsable de tu felicidad que de tu angustia. Dime que contestarás mis cartas. Mis indirectas. Dime que volveremos a brindar. Y planificaremos fines de semanas sentados en el pasto. Dime que hay tiempo.
Escrito en Poetas
Lamer
Es preciosa porque es igual a ninguna mujer que haya visto. Es dulce pero su mirada delata misterio, trucos de zorra vieja. Artesana de manzanas envenenadas. Perfecta piel. Perfectas pecas sobre la nariz. Triste naturaleza. Perdida en el círculo vicioso de la pobreza. Pechos en llamas. Firme hembra. Tensa. Intensa. Piernas y brazos proporcionados por dios. Labios malditos. Sedientos. Manos fuertes. Manos que saben aferrarse a los músculos ajenos. Voz de otro mundo. Dientes chuecos. Exactamente imprecisos. Nalgas medias lunas. Pelo negro. Luminoso negro del principio de los tiempos. Aroma a hierba de la mañana. Divino angel sin alas. Matemáticas constante del universo. Empecinada Eva. Madre soltera. Correcaminos seducido. Ceniza ardiendo. Santa esperanza. Tu. Hermana tristeza. Suerte y alegría. Mujer en busca de una tregua. Lista para arrancar. Para estallar en el aire. Para amar y ser amada. Para degustar y lamer. Para acariciar y morder. Lista para la guerra. (y yo quiero guerrear contigo)
Escrito en Placeres
No vendrías
No vendrías hasta el fin del mundo si no me quisieras. Con tu vestido de flores. Tu cabello negro al viento. Tu mirada sabia. No vendrías a conocer el temblor de las nubes que caen sobre nuestras espaldas. No vendrías a encontrarte con los imposibles que te asaltan a cada minuto en cada camino. No tendrías el gesto del primer conquistador en el rostro. La electricidad en el cuerpo de quien lo está entregando todo. El corazón. El iris de los ojos. Todo. No serías un angel en el cuerpo de un demonio. No sabrías quien soy ni quien eres tú cada mañana.
Escrito en Poetas
Ser nada
De los besos que dimos. De los que nos negaron. De la piel de los otros. Del aroma del cuerpo recién salido de la ducha. De los perfumes que nos trasladan. De las palabras que atraviesan nuestra corteza cerebral. De las caminatas en silencio. De las crisis. De los hijos. De los sueños que realizamos. De los sueños pendientes. De las casas que construimos. De los deseos que se derrumban. Del vino goteando en los pezones. De la sal justa en las comidas. De la elegancia de una mujer andando. Del juego de los cielos. De los laberintos de la Tierra. De las películas que amamos. De las series que se fugan del cable. De la mentira irreconocible. De la verdad curiosa. De los paradigmas. De los relatos a oscuras. De la respiración entre demonios. De las espadas en llamas. Del propósito. Del ingenio. De ir y venir. De crecer y envejecer. De planificar e improvisar. De armar y romper. De fugarse y extrañar. De ser y ser nada.
Escrito en Quiero
Libros encontrados
Publicado en Río NegroDetrás de la vidriera de un videoclub de barrio, junto a un desordenado universo de cachibaches tales como sacapuntas, cartucheras y juguetes “Made In China”, esperan su turno al olvido libros de los más diversos autores. Deben ser unos doscientos. Pero de ellos hay por lo menos 50 a 60 títulos que reconozco. Algunos me interesan bastante, otros llaman mi atención por lo pomposo de sus nombres y los demás me dejan indiferente. No tardo en consultar si se venden como todo en este lugar tan estrecho. Se venden, claro. Y muy baratos. De inmediato compro dos que corresponden a volúmenes que alguna vez tuve y perdí o que siempre quise poseer por cuestiones personales y jamás encontré en las librerías comerciales. Uno de ellos -lo compro por 6 pesos-, es “Matar a un ruiseñor” de Harper Lee. Mis razones para fundamentar la compra son básicamente que es ella la autora ganadora del Pulitzer que acompañó a Truman Capote en su investigación por los asesinatos que luego el escritor iba a retratar en “A sangre fría”. De este simple dato me enteré tras ver las películas que salieron a propósito del tema: “Capote” e “Infamous”. No antes.
Como soy de reincidir y de ver muchas películas por semana, placer que se retroalimenta gracias a la vocación de compra de estrenos en los Estados Unidos de parte del dueño del comercio, no he dejado de adquirir libros en cada ocasión que visito el video. Ya debo ir por los 30 más o menos. Después de mi paseo habitual por las estanterías de las películas, me dirijo al sector de chucherías y veo qué libro puedo rescatar de esa prisión tan extraña. Estoy convencido de que los libros hablan, susurran, y en ocasiones hasta se esconden. Estos en particular no, estos no se esconden sino que al igual que cachorros enjaulados saltan y dan vueltas mostrándome las posibilidades que ofrecen sus hojas. Debo estar loco pero soy incapaz de resistirme a la tentación de llevarme algunos y de depositarlos junto a los muchos que tengo en mi casa. La mayoría de estos rescatados no serán leídos por mi. Sin embargo, sé que unos pocos se transformarán en material de lectura sesuda o apasionada.
Recuerdo que hace ya muchos años comencé a visitar una viejísima librería que estaba por cerrar en calle Paraná. Los libros estaban desparramados en perfecto desorden y tapados en parte por montones de basura que habían acumulado los años. El lugar décadas atrás había sido una imprenta y el aroma a aceites provenientes de la gráfica, de plomo mezclado con orín volvía insoportable permanecer allí demasiado tiempo. Pero había buenos títulos. Uno de ellos era “La rubia del bar” de Raúl Núñez. Un libro que por diversos motivos me vino a la justa medida en el momento oportuno. La novela de Nuñez relata los días grises de un buscavidas que se debate entre el hambre, el amor y la necesidad espiritual, vital, de escribir su primera novela. “La rubia del bar” está construida en un lenguaje sencillo, austero e intenso. Pensé mucho en si este libro era autobiográfico puesto que me sentí identificado con su historia y sus circunstancias. Algo que de plano nos ocurre con las novelas escritas con la sustancia de aquello que nos mueve. Por lo menos tres veces la leí de corrido en aquellos años salvajes imaginando qué sería del autor. Las palabras de Núñez lo sobrevivieron hasta mi casa para mostrarme un destino y un poco de diversión en medio de la tormenta.
El escritor argentino murió en 1996 -yo compré el libro justo ese año- a los 50 años y no me enteré hasta hace muy poco de su fallecimiento. Quién diría que un libro entrañable iba a ser encontrado en un lugar tan patético. Más raro aun es que meses después de mi compra, un artículo de “Clarín” reveló que aquella oscura librería, ex imprenta, había sido uno de los primeros lugares de trabajo de Roberto Artl, con lo cual el bodegón sin mística perdió su anonimato y sus libros subieron de precio.
A principios del 2007 una señora, que heredó una casa al lado de la de mi madre, le hizo un pregunta que la conmovió: “¿Le gustaría quedarse con unos libros que encontramos en el entretecho?”. La respuesta fue un enorme si, y como era lógico, estos vinieron a recalar a mi biblioteca. ¿Que hacían cerca de 50 libros escritos en inglés en un entretecho? ¿Quién los había comprado? ¿Y por qué los habían abandonado? No me tomé el trabajo de averiguarlo aunque sé que la antigua dueña del lugar era de origen escocés. Violeta. Muchos tienen alrededor de 50 años o más. Hay varios de Agatha Christie. Uno de ellos que estoy observado en este momento, “4.50 From Paddington”, tiene tapas verdes, fue editado en 1957 y pertenece a un Club de Lectores de Londres. Del video club también rescaté un libro de la dama del misterio inglesa, “El pudding de Navidad”, pero en castellano, entre otros de Jack London, Henry Miller y Robert L. Stevenson. Una firma al comienzo de cada novela indica que le pertenecieron a Francisco Cárcamo, quien por algún motivo se deshizo de sus pequeño tesoro. Yo también he vendido muchos alguna vez. Son cosas que hice para alivianar cargas aunque no tardé en ponerme nuevos volúmenes en la mochila.
Los libros siempre terminan convocándose unos a otros.
Escrito en Mediomundo
El hijo del acordeonista
Me acaba de llegar este mail de la editorial Santillana.
La novela El hijo del acordeonista, del escritor vasco Bernardo Atxaga, ha sido elegida ganadora del Premio Grinzane Cavour, en la categoría de narrativa extranjera, según informó ayer la organización del galardón. Además, Atxaga (Asteasu, Guipúzcoa, 1951) disputará la distinción de ganador absoluto de la 28ª edición de este premio, promovido por la región italiana del Piamonte y la Fundación CRT, con el alemán Ingo Schulze, que concurre con Vidas nuevas, y con la rusa Luzmila Ulitskaya, que compite con Sinceramente suyo, Shúrik. La novela El hijo del acordeonista fue publicada por la editorial Alfaguara en el otoño del año 2004. El nombre del ganador de esta distinción especial se decidirá con los votos de un conjunto de 27 jurados de colegios, en Italia y otros países, junto a los de otro de críticos literarios. Otros escritores españoles que han logrado el Grinzane Cavour son Rosa Montero (2005), Fernando Savater (2004), Javier Cercas (2003), Javier Marías (2000), Manuel Vázquez Montalbán (también en 2000, el galardón Una vida para la literatura), Alfredo Conde (1990) y Eduardo Mendoza (1998). Asimismo, el editor Jorge Herralde, fundador de Anagrama, obtuvo en 2005 el premio Grinzane-Editoriales. Con el conflicto del País Vasco de fondo, El hijo del acordeonista es la historia de una amistad que recorre toda la segunda mitad del siglo XX.
Sobre el autor
Bernardo Atxaga (Asteasu, Gipuzkoa, País Vasco, 1951) se licenció en Ciencias Económicas y desempeñó varios oficios hasta que, a comienzos de los ochenta, consagró su quehacer a la literatura. La brillantez de su tarea fue justamente reconocida cuando su libro Obabakoak recibió el Premio Euskadi, el Premio de la Crítica, el Prix Millepages y el Premio Nacional de Narrativa. A Obabakoak le siguieron novelas como El hombre solo o Esos cielos, y libros de poesía como Poemas & Híbridos (cuya versión italiana obtuvo el Premio Cesare Pavese de 2003). Su obra ha sido traducida a veinticinco lenguas. La edición en euskera de El hijo del acordeonista ha recibido el Premio de la Crítica 2003 y el Premio Euskadi de Plata. Bernardo Atxaga es ya uno de los creadores de mayor hondura y originalidad en el panorama literario de este principio de siglo.
Escrito en Tragalibros
Luca
Publicado originalmente en diario ”Río Negro”
Hace veinte años, desvastado por el alcohol y las drogas, murió uno de los más emblemáticos músicos del rock nacional, Luca Prodan. Su vida se ha transformado en leyenda y su música aun suena en las radios y en la intimidad de las casas. Luca no ha muerto dicen sus fans y, en algún sentido, tienen razón. Su rebeldía aun inspira corazones en llamas.
” I’m always breaking glasses, in other people’s rooms … ”
Luca Prodan atesoraba una frase crítica para cada cosa y, sobretodo, para cada artista nacional. De Luis Alberto Spinetta, decía que personalmente no le entendía sus letras y que estaba seguro de que nadie más lo hacía. De Fito Páez que usaba 10 notas para expresar algo que a él le llevaba una. De Gustavo Cerati y Federico Moura, que no eran capaces de colgarse una guitarra acústica y emocionar.
Incluso llegó a defenestrar el movimiento rasta del cual Sumo se mostraba tan cercano en sus comienzos. Acerca de esto dijo literalmente: “”Pienso que el reggae es una boludez. Al principio me gustó, pero después me di cuenta de que no eran de verdad. La mayoría de esos que se dicen rastas son unos ladrones… unos hijos de una gran puta… ¡Quieren volver a Etiopía! Andá a Etiopía, se están cagando de hambre. Murieron dos millones en los últimos años y esos idiotas de Jamaica quieren volver a Etiopía, están locos. Encima todas las rastas tratan re mal a sus mujeres. La mujer es totalmente sometida. Tiene que tener un turbante, no se puede soltar el pelo, tiene que tener polleras por os tobillos, tiene que estar con el nene en la cocina mientras los hombres bailando, fumándose 80.000 porros y cagandose de risa…, Váyanse a, la mierda…”.
Definitivo ¿no? Sobra agregar que Luca era un todo o nada.
Del personaje ahora quedan cientos de anécdotas que quizás jamás puedan ser corroboradas. Una que aprendí en la redacción de un diario de labios de un periodista que lo entrevistó en reiteradas oportunidades, asegura que Luca cazaba palomas en la plaza que se encuentra frente al Palacio Pizzurno en Buenos Aires, y no con fines pacifistas sino para más tarde comérselas asadas.
Otra, por mencionar dos entre muchas, lo ubica justo la tarde siguiente a llenar un Estadio Obras durmiendo la siesta en el portal de un edificio cualquiera.
Si existe una condición para que un artista se transforme en leyenda es el número y la calidad de sus historias personales. Elvis Presley y Jim Morrison, llegaron al punto máximo del anecdotario cuando fans de todas partes del planeta comenzaron a asegurar haberlos vistos en acción, vivitos y coleando, después de muertos.
De modo que volver sobre los pasos de Luca Prodan es prácticamente un ejercicio entre histórico y literario. Tal cual ocurre con Pericles u Homero, uno nunca está muy seguro de qué es real y qué pura imaginación de quienes lo conocieron. También es cierto que a esta altura son millones los que declaran haber sido compañeros de ronda del pelado más maldito de la historia del rock nacional.
" El ser humano es un bicho feo, malo, y para peor piensa más que los animales..."
En internet existen en la actualidad algunos sitios dedicados en su mayor parte a relatar los comienzos de la vida de Luca. Todo ese conjunto de datos que componen su biografía antes de que desembarcara en la Argentina. Algunos hechos se repiten y son de público conocimiento. Uno señala que viene de una familia acomodada europea que sufrió, como tantas otras, las alternativas de la Segunda Guerra Mundial. Prodan asistió a un exclusivo colegio secundario, el mismo en el que se educó el Principe Carlos, del que se escapó harto de la disciplina, para terminar mendigando en la calle donde fue encontrado por su madre meses más tarde.
Siendo un chico fue testigo de algunos de los más grandes recitales de rock de la historia. De allí a agarrar la guitarra hubo sólo un paso. Su vínculo con las drogas lo llevó a la adicción y, según él mismo explicó incontables veces, se fugó del Viejo Continente con el único propósito de abandonar la droga de las drogas (la más adictiva), la heroína.
Así fue como Luca, con una postal grabada en su mente, la que le envió un amigo y ex compinche de andanzas nocturnas, desde las Sierras de Córdoba, se vino a la Argentina.
"La música me sale fácil. Es una manera fácil de ganarme la vida. Si yo quiero en dos horas hago diez temas, pero de que sirvieron. Sabes por que no lo hago? Por que soy un vago. A mi me sale fácil. No le tengo miedo al escenario y con la música haces guita, trabajas poco, tenés tiempo para hacer otras cosas, viajás..."
Sumo antes de ser la más emblemática banda del rock under de los 80, se fragmentó en al menos otras dos aun menos conocidas. En ese entonces, Luca tenía otra imagen de los rastafaris, de modo que siguiendo una conducta muy punk, él y los suyos intercalaron rock punk con reggae.
Aunque a la distancia parece un poco mezquino aseverar que el trabajo de Luca como compositor y de quienes lo acompañaron en distintas épocas se restringía a estos dos géneros. Sumo desmostró que sus intereses creativos iba del reggae al punk pero pasando por una gran cantidad de vertientes musicales que lo ponían a la vanguardia de la movida nacional y a la altura de cualquier otra banda joven en Europa o Estados Unidos.
En lo estrictamente vocal, además, Luca mixturaba el inglés con el italiano con el español dándole un estilo a Sumo que lo emperantaba a las agrupaciones que hoy patentan el World Music.
Alguna vez Prodan dijo en una entrevista que todo el arte musical se reducía a ser capaz de lograr una sensación en el otro con la ayuda frugal de una guitarra acústica. Su búsqueda de lo primario que luego se encausaba por los sonidos de su Era dieron como resultado un trabajo complejo, poseido de un ritmo infernal, y que funcionaba a nivel compositivo en muchos niveles.
Porque Sumo hizo reggae con el mismo entusiasmo con que se divirtió haciendo disco o baladas rock que cualquier FM de la actualidad no dudaría en usar de telón de fondo. “La rubia tarada” es una síntesis de la metamorfosis contante de Sumo de banda de culto a banda top. Dos extremos que prefirió soslayar para seguir su propio camino.
No hay un desgaste evidente de la capacidad creativa de Luca Prodan a lo largo de su calvario personal a través del alcohol y las drogas. A medida que encontró un punto de equilibrio en la Argentina democrática, Prodan se fue evidenciando más y más inteligente, más y más atrevido y comprometido con su arte. Luca les estaba enseñando a los demás (y los demás eran público y artistas) algo que luego sería una máxima generacional: la música era un estilo de vida.
Tal cual sucedió con la última etapa de los Sex Pistols, Sumo, dedicó una enorme cantidad de horas a perfeccionar sus canciones. Finalmente el trabajo de ensayo (que Luca desmentía al jurar que jamás preparaban un tema) se vio gratificado en escena. Sumo se convirtió en la banda de mejor performance en vivo.
“Yo soy un guerrero. En cada tribu hubo un hechicero, un sabio…, un puto, las mujeres que cuidaban a los niños y hacían la comida, también los guerreros y los cazadores. A veces los guerreros y los cazadores hacían las dos cosas a la vez… Y yo, yo me considero eso, como un guerrero y un cazador.”
La llegada de Luca Prodan al país fue un hecho, en lo que al rock local se refiere, rodeado de una intensa aura mística. El rock argentino no sería en parte lo que es sin la presencia de este músico excepcional. Por supuesto que abundan las lumbreras que nada o escasa relación tuvieron con el líder de Sumo pero también es cierto que al menos una generación de músicos sobresalientes (basta nombrar a los intregrantes de Divididos y Las Pelotas), se vieron atrapados por el credo de Luca.
Una de las primeras barreras que vino a quebrar Proda fue la de la expresividad tanto sobre el escenario como en la intimidad de la sala de ensayo. Prodan no tenía empachos, ni prejuicios, ni tablas de valores que le impusieran frenar sus deseos más profundos a la hora de componer.
Era capaz de desquiciar su impuslo irónico para travestirlo de salvajismo eléctrico. Un acto de magia del que pueden dar testimonio Tom Waits, Lou Reed y, como no, Charly García.
En ese aspecto, como diría Spinetta, Luca era efectivamente un niño que escribía en el cielo.
Su destino estuvo marcado con el mismo signo dramático que se erigió sobre las cabezas doradas de Jim Morrison, Kurt Cobain, Elvis Presley y tantos otros.
Fue hermoso, desquiciado y murió joven.
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