Norah Jones

 

Hay música que te lleva. Voces que tienen la inexplicable propiedad de moverte en el tiempo. Abren las ventanas que permanecen cerradas en tu interior. 
Después de todo, es lo que uno le pide al arte. Que pulverice tu rutina y transforme la palabra aburrimiento en una oportunidad de jugar con la fantasía. 
En otros escenarios, esperando para comenzar a trabajar a eso de las 5,30 de la mañana, encendía el fuego y ponía un disco de Norah Jones. La madrugada fría se perdía entre el aroma a café y la voz de la cantante y pianista estadounidense. Durante una larga temporada repetí el ciclo sagrado. 
Aunque la conocía desde antes (cómo no haberme cruzado con “Don’t know why” y “Come away with me”), fue entonces cuando realmente comencé a enamorarme de su música. Y de Norah, porqué no. Entre el admirador y el artista existe siempre un vínculo amoroso. Un deseo que resulta saciado una y otra vez en los caminos del arte. 
He pensando tantas veces en esto que supongo que en mi corazón se ha transformado en un proyecto: escuchar a Norah Jones en vivo. Mejor si es en Nueva York. Y una cosa lleva a la otra. Porque regresar a la Gran Manzana es una actividad en mi agenda de los sueños. A todo esto, “Back to Manhattan” es un bello tema que integra su último disco “The Fall”. Necesitamos de un pretexto para alcanzar las posibilidades de nuestro destino. 
Es la cadencia triste de su voz. Es la capacidad de erguir o declinar su entonación de un modo que nos hace imaginarnos a una chica que tararea junto al río. Es la forma casual con que se acompaña al piano. Como si estuviéramos a un par de acordes de irnos a dormir. 
Toda vez que escucho a Norah Jones me invade la sensación de tener las valijas hechas. De convertirme levemente en otro.
Me ha pasado con algunas pinturas. Con unos cuantos libros. Pero al único lugar que vuelvo, es al espacio donde reina Norah.
La historia del jazz posee sus innegables gigantes. Esos virtuosos ungidos por el dedo de Dios. Los conozco. Los profeso. Los respeto. Sin embargo, Norah Jones parece salida de un bonito bar de Manhattan. De hecho, fue descubierta en uno de tantos que hay en la isla. Si ciudadanía no tiene bronce.
Días atrás vi una película que protagoniza junto a Jude Law,  “My Blueberry Nights” de Wong Kar-Wai. Me sorprendió la facilidad con que encarna el personaje. El natural devenir que reflejan sus ojos. Incluso en esos delicados momentos en los que el personaje debe llorar por una ruptura o aceptar con sorpresa que ha encontrado el amor una vez más. 
Su actuación me recordó a su música. Acordes del alma inquieta. Cercanía de la piel. Dulce conversación. Norah Jones me hace creer en la belleza de las cosas.

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