Cambiando el mundo

 

Hay que cambiar el mundo, me dijo ella. 
Voy a cambiarlo, puntualizó.
¿vienes conmigo?, me propuso.
Y yo que estaba perdido por sus ojos, por su piel y sus formas curvas, me sumé.
Recorrimos las casas del pueblo a la búsqueda de vacías botellas de vidrio que luego mandaríamos a…no tengo idea.
A las afueras, donde comienza la estepa y la nada, recolectamos bolsas de plástico.
Limpiamos la costa de pañales. Las calles de cigarrillos apagados.
En un bote tratamos de comunicarnos con las ballenas para advertirles que no confiaran en japoneses, islandeses ni noruegos.
Un día se me ocurrió decir, como al pasar, que me gustaría tener un hijo.
¿Un hijo?, preguntó, exclamó y se azoró.
Si el mundo ya esta lleno de gente y no hay alimento para todos ni espacio suficiente, fundamentó.
Aquí hay mucho, la contradije yo, y abrí mis brazos patagónicos que pretendía abarcar lo inmenso.
En mi país no, dijo y cerró. Ella era suiza o galesa, no recuerdo bien.
A la mañana siguiente se fue, a Africa o el caribé, no lo sé.
Y yo me quedé solo.
Pensando en cosas que jamás iban a pasar.
Pensando en que el mundo es una mierda.
Y en que me importan un pepino las ballenas, los pañales y los cigarrillos a medio terminar.