El rostro más oscuro de Polanski

samantha roman

Samantha Gailey y Roman Polanski en 1977, el año en que se conocieron.

El famoso director se enfrenta a la posiblidad de ser finalmente juzgado en los Estados Unidos por la violación, ocurrida en 1977, de una menor. Polanski había permanecido prófugo desde entonces pero semanas atrás la policía Suiza, que tiene tratado de extradicción con el país del norte, lo capturó en un aeropuerto. Historia del lado siniestro de un artista genial.

Ocho años después de ser víctima de un suceso atroz, Roman Polanski encendió la mecha de su propio infierno. Y el de una niña de trece años llamada Samantha Geimer (entonces Samantha Gailey). Ambos recorrerían a partir de entonces caminos distintos aunque marcados por el recuerdo de su encuentro y el exilio. Los dos querrían olvidar pero la prensa y la justicia no se los permitiría.
Lo cierto es que en 1977 Roman Polanski violó a la pequeña Samantha en la mansión de Jack Nicholson. Han pasado décadas desde entonces y las versiones se siguen tejiendo en al aire. Sin embargo, los hechos quedaron sólidamente registrados a través de diálogos y testimonios tanto de los involucrados como de personas cercanas. Palabras más palabras, palabras menos esto es lo que ocurrió:
En 1977 Samantha Geimer era una chica bastante llamativa y soñaba con hacerse un lugar en el mundo del cine. Polanski y su hermana se habían cruzado en algún pub y su propia madre estaba vinculada a la actuación, de modo que en cuanto Polanski le ofreció tomarle fotografías para la versión francesa de “Vogue” no lo dudó. Esta era la oportunidad que andaba buscando.
No sabemos si en realidad Polanski iba a usar las fotos con fines profesionales. El caso es que las tomó. ¿Dónde está ese rollo que hoy los más morbosos coleccionistas pagarían por poseer? Tal vez hasta el propio director de “El pianista” lo ignore.
El primer día de sesiones, después de sacar unas cuantas fotografías, Polanski le pidió a la chica que se quedará en topless. Geimer recordó en posteriores declaraciones que la propuesta le resultó extraña y que más tarde no se lo contaría a su madre por miedo a que esta no la dejara volver a ver a Polanski. Las imágenes mostrando la delgadez sin filtro de Samantha quedaron en el rollo y Polanski la citó para tres semanas después.
En la segunda sesión de fotografías Polanski primero llevó a la chica hasta la casa de Jaqueline Bisset, la actriz que se hizo famosa por el filme “Class”. Y esta escena es cuando menos curiosa: Bisset y Polanski le ofrecieron vino como si se tratara de un adulto. Pero ella lo rechazó. El tour continuó hasta la casa de Nicholson que no estaba. En la mansión despojada de testigos, el director le ofreció nuevamente alcohol y más tarde drogas. En el camino él le había preguntado si alguna vez había tenido sexo y ella le aseguró que si. Era mentira. Tampoco había probado drogas en toda su corta vida.
Entonces, mareada por el champagne y las drogas, el director le pidió que se desnudara y la violó. Geimer ha aclarado ya varias veces que la violación ocurrió sin forcejeos ni gritos. Una y otra vez la joven le pidió al director que no avanzara sobre ella. En medio del acto, la por entonces novia de Nicholson, Angelica Huston, llamó a la puerta y mantuvo un diálogo con Polanski. De por sí la situación era extraña ¿qué hacía Polanski en la casa de Nicholson, medio desnudo y usando el jacuzzi?. Sea lo que se hayan dicho el uno al otro, el director volvió con la chica y continuó forzándola a tener sexo con él.
Finalmente la dejó. Para entonces Samantha estaba en estado de shock. Polanski le pidió, por supuesto, que no le dijera nada a nadie. La chica lo aceptó pero no cumplió el trato. Tenía un novio de 17 años a quien por teléfono le contó lo ocurrido. Su hermano la escuchó, se lo contó a su madre y el resto es historia conocida. O no tanto como uno imagina.
Seguir con su vida después del escándalo que significó el juicio a Polanski y la reconstrucción de su figura (ahora una figura pública) como la “Lolita” que sedujo al famoso director, fue una tarea devastadora para ella. Para cuando cumplió los 17 ya tenía un bebé y se había transformado en una joven rebelde y sin causa. Si, claro, había probado drogas, alcohol y ya parecía no tener futuro. Hasta que su madre la invitó a vivir a Hawai.
Fue en una geografía idílica donde recuperó el rumbo. Y se mantuvo más o menos así, lejos de todo y todos, como una madre entrañable y una profesional de bajo perfil, hasta que Polanski fue arrestado hace unas semanas en Suiza.
“La realidad es que he sido violada. Pero siempre me he sentido incómoda con el término violación. No quiero dramatizar. Para mí violar implica algo violento y sucio. Y no sucedió nada parecido allí. Hubo sexo sin mi consentimiento, quede claro. Pero ocurrió hace muchos años, y quiero que se le deje en paz a Polanski. Ni tengo rencor ni tengo simpatía hacia él. Es un extraño”, le explicaba Geimer al Times en 2003.
Polanski nunca cambió realmente su opinión respecto de lo que sucedió ese día. Para él fue sexo consentido con una menor. Fue la falta que aceptó con el fin de no terminar en la cárcel. Su nacionalidad y un espacio lácso en el camino a su juzgamiento, le permitieron escaparse de una condena definitiva.
El director de “Chinatown” carga con un pasado que podría haber consumido a cualquier otro mortal: su madre fue deportada a Auschwitz y murió en el campo de concentración embarazada de cuatro meses. Y estaba embarazada su esposa, Sharon Tate, cuando los secuaces de Charles Mason la sacrificaron en el transcurso de un ritual satánico. Pero también es cierto que antes de violar a Samantha, Polanski había mantenido una relación amorosa con una incipiente actriz de 15 años llamada Nastassja Kinski y acerca de esa relación nadie se había atrevido a decir nada. Muy por el contrario, Kinski, aseguró que Polanski había servido para ella como una suerte de padre sustituto.
Como dato algo más que curioso hay que agregar que Nastassja es la hija del actor Klaus Kinski quien a su vez confesó en su libro “Yo necesito amor” haber mantenido relaciones sexuales con Romina Power, cuando esta tenía 13 años en la cocina de la casa de sus padres.
Ahora, Polanski se enfrenta una vez más a su destino. Un destino marcado por la tragedia y el dolor. Después de años de glamour y reconocimiento volverá a sus fuentes más amargas.

Esta entrevista con Diana Sawyer, ocurrida en París, fue la primera que le hicieron a Polanski después de muchos años de silencio y exilio. Hacia el final del clip él habla acerca de su encuentro con Samantha y de su relación con Nastassja Kinsi.

Cómo va el caso

Para algunos la pena (judicial y emocional) de Roman Polanski podría sintetizarse así: 43 días de cárcel y 32 años de exilio por los abusos que cometió sobre la menor Samantha Geimer. Y si bien, a fines de los 70, hubo un escándalo de proporciones cuando se supo que el director estaba implicado en una violación, todo indicaba que iba a salir libre sin que la cosa, al menos en lo que a su estilo de vida concernía, llegara a mayores. Polanski había aceptado internarse como un paciente psiquiátrico y estaba dispuesto a pasar 43 días más recluido. Sin embargo, en una pausa del proceso judicial, a Polanski le fue permitido irse a Europa donde estaba desarrollando su actividad laboral. En el Viejo Continente se permitió más de un placer y hasta apareció en la prensa acompañado por jóvenes mujeres y bebiendo champagne. Esto, se dice, enfureció al juez Rittenband, quien a su regreso le juró que pasaría 50 años en la cárcel. Polanski aprovechó otro respiro y se fugó para ya no volver.
Como es sabido, hace unas semanas la justicia Suiza lo capturó en un aeropuerto cuando el director entraba a ese país para participar de un homenaje que le harían en un festival de cine. A pesar de que su estado de salud en los últimos días no ha sido el mejor, al director se le negó la libertad condicional, y ahora, Estados Unidos pidió formalmente a Suiza la extradición del director. ¿Con cuanto tiempo de reclusión pagará su antigua deuda Polanski si se produce el regreso? Eso, probablemente, se discuta aun por un buen tiempo.

* Artículo publicado en diario “Río Negro”.

Links

Especial de The Guardian

Paralelos entre la vida del director y sus películas por Axel Kuschevatzky

Samantha recuerda el día de su encuentro con Polanski en “People”

El último truco de Bill

david

Algún día tenía que suceder. Y fue ayer, en Bangkok. Cada uno muere en su ley, de modo que si Manuel Vázquez Montalbán se apagó como el juguete a pilas de un niño en el aeropuerto de esa agitada ciudad, abrazado al manuscrito de su última novela, David Carradine lo hizo dentro de un armario sospechosamente atado ¿En que estaba ocupando sus horas vacías, el bueno de David, mientras sus amigos lo esperaban a cenar? Se sabe, si hay un paraíso de las licencias, ese es Bangkok. Nadie podrá afirmar que su epitafio no estuvo a la altura de su leyenda.
Formó parte de los elencos de más de 100 películas a lo largo de un carrera en la que hubo de todo. David Carradine era un trabajador del oficio. Tuvo el privilegio de actuar para Ingrid Bergman, como la rutinaria tarea de batirse a tiros con cuanto villano se le cruzara en un western de baja producción. En materia de cine David no tenía un paladar exquisito pero si un estómago de hierro.
Su éxito (o la posibilidad de permanecer en el Olimpo de los actores inolvidables) devino de un robo descarado. A principios de los 80 alguien le birló una idea brillante a Bruce Lee y con el guión en mano un grupo de productores fueron a golpear la puerta siempre disponible de Carradine. Por supuesto, él aceptó y desde entonce cada vez que alguien mayor de 35 años ve el rostro amplio y curtido de David Carradine, exclama, murmura o señala sin temor a equivocarse: ¡mirá, Kung Fu!.
Curiosamente, Carradine no tenía el menor conocimiento de artes marciales hasta ese momento. Fue la serie la que cambió su carrera cinematográfica aunque se tratara de una tira de televisión (muy bien dirigida y que introdujo llamativos e innovadores recursos narrativos); y fue el personaje el que transformó el resto de su vida.
Carradine pudo encarnar muchos otros papeles. Tenía el talento y probablemente la disposición pero el signo de Kung Fu lo obligó a pasar gran parte de su existencia arriba de un caballo, disparando un arma o resolviendo a las patadas cualquier conflicto callejero. Lo hizo en los 70 con “Kung Fu”, en los 80 en diversos filmes de acción de mayor o menor envergadura, en los 90 con “Kung Fu: la leyenda continúa” y en el nuevo siglo, es público y notorio el llamado de Quentin Tarantino para “Kill Bill”.
Aun en los periodos más difíciles y de mayor sequía laboral Carradine pudo asirse de esa cadena de plata que lo sostuvo hasta lo último. Pensemos en que el actor escribió no hace tanto un libro llamado: “El espíritu del shaolín”, demostrando así una perfecta sintonía entre el personaje y la persona. Cuando Tarantino lo contrató para protagonizar la segunda parte de Kill Bill (en la primera sólo alcanzamos a ver sus manos), no hizo más que reafirmar la estructura del mito.
El desarrollo natural del actor ya transfigurado en fábula, era asumir un papel en el cual padre e hijo, es decir, David y Kwai Chang Caine, se volvieran uno sólo en la pantalla. Entonces nació Bill, un malo malísimo por el cual el espectador no puede sino sentir simpatía. Como Kwai Chang Caine, Bill fue a un monasterio y se las vio feas. Sin embargo, al contrario que Kwai, Bill tomá el camino del mal, hace dinero y espera a su destino en una lujosa mansión en compañía de su hija.
Porque si bien David es un asesino y su banda está integrada por lo más despreciable que uno pueda encontrar en esta tierra, no es menos cierto que la chica del sable le ha roto el corazón. 
Bill merece más que ningún otro ser humano morir por atrocidades como la de balear a su ex y a todos los presentes en plena capilla cuando ésta estaba por casarse con el dueño de una disquería en El Paso. Su final en “Kill Bill 2” también está vinculado al amor: se trata de un golpe letal. Un golpe al corazón emitido por la mujer que tanto ha amado.
Esta fue la muerte más gloriosa de David Carradine en la pantalla. Un viejo tramposo que se disfrazó de chino siendo tán típicamente americano (nació en Los Angeles), que engañó a varias generaciones haciéndose pasar por un luchador cuando no levantaba la patita mas allá de los 10 centímetros del piso, que tomó todo lo que la vida le dio (unas 118 películas, tantas otras series y hasta un curso en DVD de Tai Chi) y con eso hizo una fortuna.
El último truco de David todavía se puede ver en su sitio web. Un anónimo escriba se lamenta de la inesperada muerte del actor pero no demora en pedir una donación de los fanáticos. Siempre viene bien un puñado de dólares para el resto del camino.

“Sigue hambriento, sigue alocado”

Son días difíciles para una de las mentes más brillantes que haya dado el siglo pasado. Este discurso fue pronunciado en la Universidad de Standord, durante una cerememonia de graduación. Steve Jobs, quien recuerda que él sólo pasó unos meses en la universidad y luego siguió otro camino, relata tres historias maravillosas. Son algunas de las palabras más inspiradoras que haya escuchado en mucho tiempo. Hace un par de años lo leí, pero oir su voz, justo ahora, marca la diferencia.

Torturous

truman

“When I saw ‘All My Sons,’ I was changed — permanently changed — by that experience. It was like a miracle to me. But that deep kind of love comes at a price: for me, acting is torturous, and it’s torturous because you know it’s a beautiful thing. I was young once, and I said, That’s beautiful and I want that. Wanting it is easy, but trying to be great — well, that’s absolutely torturous.”

Lo dijo uno de los más grandes actores de la actualidad: Phillips Seymour Hoffman.

La entrevista en The New York Times

Dos hombres, dos historias profundas

 holy

Steffen Schmidt/European Pressphoto Agency

Uno supone que hay quienes viven por fuera de las reglas de la finitud, la pobreza o la enfermedad. Probablemente porque se los ha visto tanto tiempo en el cielo olímpico que, bueno, resulta imposible imaginárselos en otro ambiente. Pero esta vida extraña se nos muestra irónica y cruel cuando menos lo esperamos. Dos tipos notables atraviesan sus infiernos personales. O sus tormentas.

Evander Holyfield y Steve Jobs son dueños de esas vidas que más temprano que tarde llegan al cine. Ambos a su modo han sido luchadores y una vez que alcanzaron su época de esplendor no dudaron en seguir peleando para perpetuarla.

Apple no sería sin Jobs y el boxeo tendría un gran ausente sin Holyfield. Sin embargo, la fragilidad es una materia en el camino de la vida. Este año Jobs no participará de la famosa Expo que realiza su empresa. Un hecho que está relacionado con su salud. Los comentarios se han hecho fuertes y en cuanto se supo que el genio de las computadoras estaría ausente en el encuentro, las alarmas se encendieron y las acciones, claro, cayeron.

Hace unos años que Jobs superó un cáncer de páncreas y todo indica que el mal está de vuelta. En sus últimas apariciones se lo notó agotado y en el mundo de los negocios dar una buena imagen es clave. Nadie se imagina que una empresa, especialmente una volcada a la creatividad en alta tecnología, pueda competir en un mercado donde la salud, la inteligencia y la sensibilidad para olfatear la posibilidad de nuevos productos, son ingredientes prioritarios.

La desaparición del Jobs del escenario podría ser, más en épocas de crisis, un verdadero problema para Apple.

Como si su vida fuera una prueba del Eterno Retorno, Evander Holyfield, vuelve este sábado a los rings para pelear una vez más por un título del mundo. Y van. El boxeador asegura que ya no lo mueve el dinero sino algo vinculado a su imagen como padre. Lo cierto es que Holyfield tiene 11 hijos y gasta unos 500 mil dólares en mantenerlos. A ellos y sus ex compañeras con los cuales los tuvo. Por sus manos poderosas han pasado ya unos 200 millones de dólares que no alcanzaron para asegurarle un futuro. De manera que el campeón que perdió parte de su oreja luchando contra Mike Tyson, ahora debe volver al ring con 46 años. La plata grande, de todos modos, es también parte de su pasado glorioso.

jobs

Paul Sakuma/AP

Un artículo del legendario campeón de boxeo en The New York Times

Un artículo acerca de Steve Jobs en The Guardian

Vero en fotos

Verónica Roig es una excelente fotógrafa del diario “Río Negro”. Puedo decir que me hizo caso, al menos en parte, y subió su propio blog de fotos. Allí podrán ver imágenes variadas, fragmentos de lo vida diaria, vistos a través del lente siempre nuevo de Vero. La mayoría están hechas con la camarita de su celular.

Verónica Roig