Jack & White

Muy de tanto en tanto, ocurre.
Es un libro. Una película. A veces una canción y, en raras ocasiones, una persona. Alguien con quien has tenido el privilegio de intercambiar puntos de vista. Concepciones del mundo. Botellas lanzadas al mar que encuentran destinatarios.
En todos los casos existe un punto coincidencia, la experiencia deja sonando una nota en el aire. En tus labios queda un sabor. En la punta de tus dedos, una textura. En la piel, una vibración que no se apaga así nomás.
Esto me acaba de ocurrir con White Stripes. No es que no supiera de Jack White y su extraña hermana baterista, Meg. Hace ya 10 años que andan en la ruta del rock y el blues. Dos géneros muy suyos y dos revindicaciones para estos chicos criados en los barrios clase media baja de Detroit. No es que sus hits no se hubieran colado por mis oídos. Mis hijos ponen “Seven Nation Army” a todo volumen en la computadora directo desde youtube. Simplemente los había dejado pasar, como suele ocurrir con tantas otras maravillas. Argumentaré en mi favor que uno no puede abarcarlo todo aunque lo intente.
Fue el documental “It Might Get Loud” (en los videos se alquila bajo el nombre de “A todo volumen”) el que me puso en verdaderos antecedentes. Este filme reunió para conversar y hacer música a tres grandes guitarristas: Jimmy Page, The Edge y White. En estos años me perdí una parte de la historia de Led Zepellin, cuestión de gustos, asunto de generaciones. Sin embargo, U2 es una de las bandas que componen la banda de sonido de mi vida. Edades a parte, no estoy dispuesto a obviar a Jack y Meg White. 
La primera escena del filme, dirigido por Davis Guggenheim, muestra a Jack White en una zona rural de los Estados Unidos, vestido de impecable camisa y corbatita, fabricando una guitarra con trozos de madera y una botella de gaseosa. Con natural habilidad inserta la piezas, tensa las cuerdas y las conecta a una fuente eléctrica y a un amplificador. Luego un sordo riff de guitarra inunda la pantalla. “¿Quién dice que hay que comprarse una guitarra?”, pregunta Jack.
Sobre el escenario son sólo dos: Jack en guitarra, piano y voz, y Meg, en batería. Tal vez una breve descripción de una de sus tantas interpretaciones del tema “Icky Thump” sirva para clarificar el punto: ahí lo tienen a Jack, enarbolando un fantástico riff antes de ir al asunto. Un riff tan puro, tan rocanrolero, de inmediato mixturado con los acordes de un teclado chichón y esa voz desesperada, crucial, muy sacada de Jack, como la que usaría una histérica lady al descubrir un incendio en su mansión de la campiña inglesa: “Yah-hee, icky thump Who’d-a thunk?/Sittin’ drunk on a wagon to Mexico”. Y acto seguido, más líneas de guitarra tronando, haciendo despegar la habitación del suelo. Tiempo y espacio comprimidos en un sonido visceral. “Lalalalalalala”, tararea White mientras se retuerce como un poseso. Un demonio al cual el cuerpo que ahora es suyo le queda chico. La batería por detrás escribe su propio camino. Como si no le importara donde cuernos anda Jack: ¿está Jack en casa? Ni idea. Dios sabe de arte: de un modo mágico las piezas sueltas encajan. Jack, Meg, la guitarra haciendo saltar a los quintos infiernos los preceptos, los motivos y los valores hipócritamente comerciales que ha ido haciendo del rock and roll una música fallida, y la batería, platillazos contra la malaria, el bombo o la graciosa potencia recién llegada de la nada. ¿Algo más, chicos?: apenas si estamos revolucionando una música que hace rato necesitaba que alguien le escupa en la cara.
El gran final, la distorsión y el magma. Jack a los gritos, el eterno retorno de los acordes y el perseverante ritmo que te vuela la cabeza. Como si fuera poco la canción cierra con una tremenda declaración de principios. Escucha Arizona: “Well, Americans: What, nothin’ better to do?/ Why don’t you kick yourself out?/You’re an immigrant too”.
White Stripes, estamos de gira.

Esto que sé, lo ignoro

A lo largo de una vida se muere y se renace más de una vez. 

Nos volvemos conscientes de ello bajo la impronta de experiencias fulminantes o de una carga emocional que nos impide seguir adelante como si nada ocurriera. Después nos olvidamos de aquel vértigo durante el cual entendimos todo. Quedan fragmentarias postales. Imágenes que con los años van perdiendo su intensidad.

Puedo mencionar algunas. El día en que nació mi primera hija y supe que, siendo nada, un come libros, lleno de sueños codiciosos, encontraría el modo de cuidarla y de transcurrir juntos sin la urgencia de existir.
La tarde en que a mis cinco o seis años apaleaba nieve en el sur y un automóvil marrón cruzó la ruta interrumpiendo el paisaje. Por contraposición me devolvió mi lugar en la tierra. 
El día en que los labios de una mujer me enseñaron la palabra sensualidad. Nueva York desde la ventanilla de un avión y la frase “Roma año I” cruzando mi mente. La noche en que discutí ferozmente con mi padre para nunca más volver a hablar con él. Las madrugadas en la calle, acurrucado en plazas, entradas de subtes e iglesias, reporteando a los indigentes de Buenos Aires, apenas un milímetro por debajo de mi humilde economía. El día en que mi compañera y yo volvimos de un maldito y urgente trámite, y nos abrazamos llorando porque no lo habíamos conseguido y todo parecía venirse abajo. Frágiles pero invencibles.
Hay varias de esas fotografías en mi mente. Cada una detuvo mi reloj de arena. Cada una me enseñó algo aunque yo, mal alumno al fin de cuentas, aprendí apenas un poco. 
Gracias al dolor y al placer que me produjeron me acerqué a esta certeza: que delicado es el puente de seda sobre el que vamos y venimos a las corridas. 
Comprendí que el sabor de una gota de agua en tu boca dice lo que ningún diccionario. Lo que ningún maestro. Que seremos pasado muy pronto. Que cada minuto cuenta. Que somos hijos de nuestras búsquedas antes que de nuestros hallazgos.
En este camino de excepciones y decepciones aprendí también que hay reglas que han sido establecidas para ocultar el verdadero significado de las cosas. ¿Por ejemplo? Que no se trata de amar y ser amado sino de amar y ser deseado. Que lo que parece, por lo general, es. Que en una relación de dos casi siempre hay tres. O cuatro. Que, en serio, somos antes piel que divinidad. Y que no puedes controlar las variantes de la vida. En un punto, no mucho más allá de nuestras narices, estamos sujetos a los caprichos de dios. 
Y que el único amor “para siempre” es el que guardas para tus hijos.
Pero tampoco es para tomarme en cuenta. Invocando a Alejandro Jodorowsky: esto que sé, lo ignoro. Esto que digo, ya lo he olvidado. Esto que escribo y repito me entra por una oreja y me sale por los poros. Esculpo sobre el viento. Le doy forma a un montón de antiguos conjuros. 
Si puedo apostar a que en la hora señalada, cuando la tormenta arrase, recuperaré una parte de la sabiduría milenaria. Por unos instantes me sentiré menos estúpido y más tranquilo.

Cuentas pendientes

Quedan por ahí, guardadas en los baúles de la memoria. Son, en su conjunto, el gran deseo subterráneo. Un bello salmón plateado que corre contra la fuerza de la corriente. Las cosas que un día nos propusimos hacer. Las metas que se llevaron parte de nuestro tiempo en el pasado. 

Algunas pocas conjugan una rara forma del presente continuo. Aún tienen una oportunidad de salir a flote. De sobrevivir a los años, a la constante distribución de energía, a las luchas cotidianas.
Sería muy injusto que se nos juzgara sólo por lo que hicimos. También somos aquello que no hicimos. Dignos hijos de las cuentas pendientes.
Soy un coleccionista de libretas y agendas donde he ido apuntando cosas que quería o aun pretendo realizar. 
A eso también me remito cuando pienso en mi configuración como persona, es la prueba de una búsqueda honesta por ser mejor. Por volar un poco más alto.
Mis deudas en este sentido son abundantes. Impagables. Pero por cada vez que tuve que declinar en el intento descubrí que había algo más por lo cual seguir adelante. Como si una decepción, por triste que esta fuera, anticipara el próximo entusiasmo. 
No niego la importancia de aprender a diferenciar la realidad de la fantasía. Los sueños de los delirios. Sin embargo, vivir atados a la cordura, caminar siempre por la vía del sentido común, puede terminar dándonos una incómoda sorpresa: el hecho de no haber sido lo suficientemente osados para tratar y equivocarnos. Nos habremos perdido la diversión.
Mis listas siguen ahí. Algunas noches repaso quien quise ser. Son momentos en los que hago dialogar a mis viejos apuntes con esa persona en la que aun pretendo convertirme. Ahora mismo creo poder mencionar unas cuantas locuras que seguramente no haré jamás. Incluso a medias, me conducirán hacia algún sitio.
Dar la vuelta al mundo en bicicleta, acampar un mes en el Parque Nacional Torres del Paine, a la orilla de los glaciares, escribir un libro de poesía llamado: “Manual de Instrucciones para sobrevivir al Sur”, escribir el guión de una telenovela, integrar una banda de rock punk, besar a Isabelle Adjani, filmar un western en la Patagonia, construir un barco de madera que se convierta en mi casa de verano, tocar blues al piano y en un piano-bar, vestir de elegante traje y corbata y andar así por la Quinta Avenida, aprender japonés, inaugurar una cadena de “cool” almacenes, entrevistar al escritor cubano Abilio Estévez, ¡Y a Mickey Rourke!. Y tengo más.
No son grandes cosas. Pero van quedando. Igual que un vino que guardo y no me atrevo a abrir.
Entretanto, con mayor respeto y temor, me empeño en otras en las que no quisiera fracasar. No las contaré acá, por cábala.
Pero para que el asunto no quede en unos odiosos puntos suspensivos, diré que tengo una bicicleta con la que ruedo por los bordes de mi ciudad. Que de lunes a lunes entreno ejercitándome con el estómago vacío y la mirada puesta en las montañas de febrero, que mis poemas se diluyen en internet y que no dejo de fisgonear pasajes Buenos Aires-Nueva York.
Cada cual tendrá sus listas. Sus proyectos. Aferrados a un puñado de propósitos es que le damos sentido a esta vida. Hasta un pesimista como Cioran dejó un margen a las entrevistas en las que se refería al “inconveniente de existir”.
En el trayecto entre el deseo y la decepción, hay muchos placeres que merecen ser vividos. El dolor, en cambio, es el precio que pagamos por nuestro enorme apetito.

Palabras de siempre

 

Mi estimada amiga y poeta Ana Yalour anda con ganas de publicar un nuevo libro donde se entreveren sus poemas con los míos. Lo hizo hace unos años en un ejemplar que llamó (y el nombre me encanta) “Así de una”.
Su idea, me cuenta en un mail, es hacer una versión digital que tendrá también su pata en el papel. No lo imagino aunque estoy seguro de que me gustará.
Me anunció su propósito justo en la semana en que Apple llegó al millón de Tablets vendidas en Estado Unidos. Espero que un día nuestros poemas, y los de muchos otros, tengan también un espacio en la pantalla de Steve Job.
Lo digo con alegría porque aunque entiendo que cambiarán los soportes (sucesivas tablets se reemplazarán unas a otras), las palabras, los códigos a través de los cuales expresamos lo inexpresable, persistirán en su intento.
Por lo general, no me siento inspirado a escribir otra cosa que no sean poemas de amor. Como si fueran cartas que diseño, perfumo y luego firmo pensando en alguien o en nadie en especial. Pero incluso en un formato multimedia las palabras de amor seguirán diciendo lo mismo. Mantendrán su delicada autonomía. Infieles a sí mismas.
Están destinados los poemas del género a provocar la inquietud de un tercero y eso continuará. Demás está decir que muchos terminarán por ahí, en el buzón, en la papelera, pero algunos serán conservados como un lindo regalo. Un obsequio que sólo es capaz de hacerse el corazón abierto.
De modo que el nuevo libro en coautoría con Yalour (quien me ofrece este raro privilegio y nunca dejo de agradecérselo) destilará, en sus versiones multimedia y papel, perfume y románticas intenciones.
Encontrarán entre los versos herramientas como “piel”, “deseo”, “estrellas” y “cielo”. Palabras antiguas enmarcadas en un sistema flamante o tradicional. Palabras que recorrieron un largo y sinuoso camino en procura de convertirse en perfectos emisarios de los sentimientos. Capaces de sonar, de albergar y de definir aquello que guardamos en un rincón del espíritu.
Uno de los poemas que formarán parte del libro aun sin nombre es este:
“Porque no hay escritos sobre nosotros
Porque no tenemos una canción
Porque no somos dueños del destino
Porque hemos inaugurado algo
Porque un beso descubre secretos
Porque sobre el cristal mojado
puedes dibujar el mapa del amor
Porque no te escondes detrás de una careta cuando deseas
Porque no mientes si te entregas
Porque empezamos de cero
Porque somos milenarios
Porque la canción del tiempo nos pertenece
y siendo la misma, es diferente
Porque nos prometimos estrellas
Porque vamos
Porque volvemos pisando sobre la nieve
Porque el espacio es una metáfora
del corazón.”

El diablo en el agujero

 

Mantén al diablo en el agujero. Sólo eso y la cosa andará bien. Lo aprendí de una de las canciones que más me gustan de Tom Waits: “Way Down In The Hole”. O, sin exagerar, de la canción que más me gusta de todas las canciones que he escuchado a lo largo de mi vida, sean suyas o de otros.
No soy cristiano pero profeso la fe en Tom Waits. No creo precisamente “en dios” aunque yo, al igual que Frank (uno de los personajes de la mitología Waits), he tenido mis años salvajes y necesito perdón.
Son esos momentos oscuros los que te perfilan aunque pretendas dejarlos atrás. Sin embargo, nada habla con tanta exactitud de una persona como el modo en que esta lucha contra sus peores demonios.
Esta es mi libre interpretación. “Way Down In The Hole” trata de cómo deliberas con tus fantasmas más perversos. Quién ha sido violento y un día descubre que debe controlar su lado feroz por amor a quien tiene enfrente y por respeto a sí mismo, seguramente entiende de que estoy hablando. O aquel que luego de haber prometido no beber una gota más, discurre por un resbaladizo infierno ante un vaso whisky.
Los pecadores lo sabemos bien, una y otra vez, el diablo saldrá de su agujero para tentarnos con su poesía dulce y cruel. Ese día, esa noche, estaremos bajo sus órdenes. Tiraremos el televisor por la ventana. Beberemos mucho más de lo conveniente. Soltaremos la lengua. Cerraremos la puerta con furia. Gastaremos el dinero en una tontería. El diablo en el jardín. Tu jardín, tu casa.
Por eso, tal como canta Tom, sólo debes mantener al diablo en su agujero. Para seguir adelante, amparado en la fuerza de tu voluntad.
“Way Down In The Hole” posee, además de una letra divertida y de corte cristiano, una cadencia sexual. Dura unos tres minutos. Y al tiempo que se escapa, la sientes eterna.
Te dejo la letra de la canción que apareció en el disco “Franks Wild Years” en 1987. Podría definírselo como un moderno clásico del gospel que hace poco resucitó con la serie de televisión americana “The Wire”, en cuya apertura la versionaron distintos artistas.
Dice así: “Cuando caminas a través del jardín/Cuida tu espalda/Así que te pido perdón/Anda por la recta y estrecha vía/Si caminas con Jesús/El salvará tu alma/Tienes que mantener el diablo en el agujero/El posee el fuego y la furia y estás a sus órdenes/Así que no debes preocuparte si aferras la mano de Jesús/Todos estaremos a salvo de Satanás/Cuando el trueno llegue/Sólo tienes que ayudarme a mantener el diablo en el agujero/Todos los ángeles cantan acerca de la poderosa espada de Jesús/Ellos te protejerán con sus alas y te mantendrán cerca del Señor/No le hagas caso a la tentación/Sus manos son tan frías/Tienes que ayudarme a mantener el diablo en el agujero/Sólo tienes que me ayudarme a mantener el diablo en el agujero.”

Probablemente libres

 

No me lo creo.
Que esto sea una mera coincidencia. Que estemos hablado del más puro azar. Que las puntas de las enormes líneas de fuego, esas que nos representan, se encuentren “porque sí” para establecer un nuevo lenguaje. Que la cosa fluya como un río o brote o explote sin una razón. Sin un deseo preestablecido. Sin una voluntad milenaria que nos guíe o se burle o qué sé yo. Y qué sabe nadie.
La vida es corta, dice el galán en su película. No, corrijo, dice: “life is short”. Y va vestido de un modo elegante. Y fuma. Y mira hacia un horizonte que jamás alcanzará. 
La vida es el perfume fugaz de los dioses. Una instantánea que como la nieve va derritiéndose. Va apagando sus colores. “¡Qué poco me quedaaaa!”, exclama mi madre mientras atravesamos en camioneta el sur hacia su campito, y las montañas y los glaciares y los desiertos me resultan eternos. Tiene 66 y una vez tuvo 20. Allá vamos. 
Esta, en verdad, es una cuestión de tiempo. De aquello que queremos y no podremos hacer porque el reloj nos persigue igual que un cazador empecinado. De tiempo y voluntad. Lo que deseamos, lo que podemos, lo que decidimos, lo que intentamos.
Soy un rebelde sin causa que intenta explicar la inexplicable. Rechazo la idea de mi finitud y en el mismo esfuerzo me condeno y la confirmo. No hay dados en el aire, hay escritura sagrada, tatuaje estelar, palabras sueltas en un idioma ajeno.
Mientras tanto me entretengo. Me ocupo. Acabo de terminar tres libros a las carreras. Porque tal vez mañana. Tal vez mañana. Una novela de Serguio Olguín, “Oscura monótona sangre”, sobre la depravación y el camino al infierno de un empresario aburrido, “Cosmética del enemigo” de Amélie Nothomb, acerca de la locura y la violencia desentrañadas en la vacuidad de un aeropuerto y “Deception” de Phillip Roth, que relata el patético ocaso de un famoso actor teatral. 
Todas hablan de la muerte. De la enfermedad de la psiquis. Del paso de las horas y de los momentos que fueron dulces o agrios, pero que ahora corren a una velocidad inaudita. Atraviesan desenfrenados la mirada perdida de los protagonistas.
Sin embargo, desde su óptica sombría y desgarradora, cada uno de los libros deja abierta una puerta. 
Entre tragedias, entre penas que parecen definitivas, al menos, permanece vacante un espacio para la redención. Si este es un plan secreto, un juego en el cual interpretamos a veces peones, a veces reinas, a veces nada. Si las estrellas hablan en un lenguaje angelical y esquivo, entonces nuestro pasaporte lleva timbrada una visa que autoriza el siguiente salto. Frente a la exactitud del destino nos volvemos seres accesibles. 
La fragilidad nos permite discurrir sobre la contradicción: delicados y por lo mismo valiosos. Mortales y por eso mismo desvergonzados. Probablemente libres.

Malcolm

“El rock es esa cuestión de tratar de ser inmortal”. Lo dijo Malcolm McLaren, un hombre que días atrás murió de cáncer. Mclaren fue un auténtico innovador. Un precursor de modelos artísticos y comerciales alternativos. Sin embargo, pasará a la historia por haber creado a los Sex Pistols, algo que si todos los Sex Pistols vivieran y pudieran articular una palabra al unísono, negarían de plano. Pero si uno revisa con cierta dedicación la historia del punk descubrirá que la leyenda es cierta y que el título nobiliario es merecido.
Malcom McLaren inventó a los Pistols y con ello y con ellos revolucionó la forma de hacer música en el siglo XX. No le fue necesario un discurso muy profundo para tal fin. Las memorias de McLaren no están compuestas de gruesos volúmenes. No, McLaren utilizó una herramienta mucho más directa. Le bastaron unos acordes, unos colores y unas formas, una estética en definitiva, para hacer enaltecer su punto de vista.
Hasta que los Pistols aparecieron no había nada nuevo bajo el sol. Su estilo resultó tan controversial, tan impresionante que, como si tratara de inquietantes agitadores políticos, fueron perseguidos y censurados.
Antes y después de los Pistols, McLaren se reveló como el propietario de ideas que estaban destinadas a escandalizar conciencias. Incluso aquellas personas que se consideraban a sí mismas flexibles y abiertas quedaban al borde de la estupefacción toda vez que el músico, el diseñador y anfitrión de lo alternativo, salía a la vía pública a gritar su verdad.
Fue McLaren quien proyectó la energía solar del sexo sobre la piel de la moda (inauguró y cerró dos pequeñas aunque exitosas tiendas, ambas con motivos eróticos: Let It Rock y Sex). Y fue McLaren quien encontró en la música un canal de comunicación con una juventud anestesiada por el gobierno inglés de turno y por la cadencia dulzona de las estrellas de entonces. Muchas subsisten hasta hoy.
Para McLaren, Mick Jagger, Ringo Star y Rod Steward no eran más que las figuras emblemáticas de un pensamiento represivo y conservador. Su rock and roll furioso, su pop sexy y desacartonado, tenía como telón de fondo un propósito, o dos: la máquina registradora y el status quo. Ya entonces, el rock había dejado de ser peligroso.
“Por Dios, si la gente comprara los discos por la música, esto estaría muerto hace mucho”, dijo alguna vez. En la era de los archivos intercambiables y gratuitos esta idea ha cobrado un un sentido inesperado. La grandes compañías siguen sin entenderlo.
La imagen es todo. Podría haber sido uno de los himnos en el escudo familiar de McLaren. Su visión fluyó a través de la música de los Pistols el tiempo apropiado, para cuando comenzaron a transformarse en una excelente banda de rock, con todas las de la ley, él los dejó.
“The Sex Pistols no era tanto un grupo con una carrera como la materialización de una actitud que todavía molesta a la gente, porque ninguna forma de la música popular de entonces era capaz de erosionar la sociedad. Simplemente proporcionaba una excusa para suavizar el palo de la vida cotidiana. Sin embargo, The Sex Pistols aparecieron en escena para clavar el cuchillo y removerlo bien en la herida.”, explicó McLaren quien junto a ellos atravesó el umbral de la vida eterna.
Si uno entra a su sitió personal por estas horas encontrará un cartelito que lo confirma: “Malcolm will return shortly…”