Esto que sé, lo ignoro

A lo largo de una vida se muere y se renace más de una vez. 

Nos volvemos conscientes de ello bajo la impronta de experiencias fulminantes o de una carga emocional que nos impide seguir adelante como si nada ocurriera. Después nos olvidamos de aquel vértigo durante el cual entendimos todo. Quedan fragmentarias postales. Imágenes que con los años van perdiendo su intensidad.

Puedo mencionar algunas. El día en que nació mi primera hija y supe que, siendo nada, un come libros, lleno de sueños codiciosos, encontraría el modo de cuidarla y de transcurrir juntos sin la urgencia de existir.
La tarde en que a mis cinco o seis años apaleaba nieve en el sur y un automóvil marrón cruzó la ruta interrumpiendo el paisaje. Por contraposición me devolvió mi lugar en la tierra. 
El día en que los labios de una mujer me enseñaron la palabra sensualidad. Nueva York desde la ventanilla de un avión y la frase “Roma año I” cruzando mi mente. La noche en que discutí ferozmente con mi padre para nunca más volver a hablar con él. Las madrugadas en la calle, acurrucado en plazas, entradas de subtes e iglesias, reporteando a los indigentes de Buenos Aires, apenas un milímetro por debajo de mi humilde economía. El día en que mi compañera y yo volvimos de un maldito y urgente trámite, y nos abrazamos llorando porque no lo habíamos conseguido y todo parecía venirse abajo. Frágiles pero invencibles.
Hay varias de esas fotografías en mi mente. Cada una detuvo mi reloj de arena. Cada una me enseñó algo aunque yo, mal alumno al fin de cuentas, aprendí apenas un poco. 
Gracias al dolor y al placer que me produjeron me acerqué a esta certeza: que delicado es el puente de seda sobre el que vamos y venimos a las corridas. 
Comprendí que el sabor de una gota de agua en tu boca dice lo que ningún diccionario. Lo que ningún maestro. Que seremos pasado muy pronto. Que cada minuto cuenta. Que somos hijos de nuestras búsquedas antes que de nuestros hallazgos.
En este camino de excepciones y decepciones aprendí también que hay reglas que han sido establecidas para ocultar el verdadero significado de las cosas. ¿Por ejemplo? Que no se trata de amar y ser amado sino de amar y ser deseado. Que lo que parece, por lo general, es. Que en una relación de dos casi siempre hay tres. O cuatro. Que, en serio, somos antes piel que divinidad. Y que no puedes controlar las variantes de la vida. En un punto, no mucho más allá de nuestras narices, estamos sujetos a los caprichos de dios. 
Y que el único amor “para siempre” es el que guardas para tus hijos.
Pero tampoco es para tomarme en cuenta. Invocando a Alejandro Jodorowsky: esto que sé, lo ignoro. Esto que digo, ya lo he olvidado. Esto que escribo y repito me entra por una oreja y me sale por los poros. Esculpo sobre el viento. Le doy forma a un montón de antiguos conjuros. 
Si puedo apostar a que en la hora señalada, cuando la tormenta arrase, recuperaré una parte de la sabiduría milenaria. Por unos instantes me sentiré menos estúpido y más tranquilo.

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