Comentario: “Lejos de dónde”

 

¿Dónde es lejos si no tenemos pasado al que regresar? ¿Cuál es nuestro verdadero nombre si hemos nacido bajo el signo de un personaje? ¿Tiene posibilidad de redención quien es hijo de una biografía apócrifa?
Estas y muchas otras preguntas semejantes rondan la estructura básica de la novela de Edgardo Cozarinsky, “Lejos de dónde” (Tusquets). En el relato, que abarca un tramo de tiempo que va desde la Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad y a dos personajes excluyentes, no hay respiro. No hay treguas. No abundan los llanos donde reposar. Escrita con un estilo que se sumerge en lo profundo sin olvidarse de una depurada línea estética, la novela descifra el alma de una madre y de su hijo, seres condenados por el destino, y al menos en parte, por una voluntad empecinada.
El libro de Edgardo Cozarinsky posee un vértigo desesperante que nos conduce hacia un final existencialista y definitivo. Como si la condición humana y su trágico andar pudieran reflejarse en el rostro de sus protagonistas. Ella, que trabajó como administrativa en un campo de concentración y que jamás llega a entender la dimensión del horror del cual participó ni a repensar sus creencias fascistas, decide huir a la Argentina para comenzar una nueva vida poblada de nostalgias. El, un hijo ni siquiera imaginado producto de una violación y que aun en su madurez no alcanza revelar el misterio de la verdadera identidad de su madre y, por lo tanto, de la suya misma.
Esta alemana inexpresiva, fugada de un país en llamas se deja envolver con gesto resignado por los aromas, las formas y los colores de Buenos Aires. Viva pero ausente. Convertida en un fantasma. En una voz sin eco. Muchos años después, el hijo también se convertirá en un exiliado del país que lo vio nacer.
En Europa oficiará, a cambio de dinero, de portador de quien sabe qué documentos secretos. El pibe criado entre las sombras de la memoria, ahora es un adulto que carga la cruz de saberse nadie.

Entrevista con Diego Fischerman

 

El silencio puede ser un narrador implacable.
Mucho sabe de esto Diego Fischerman, prestigioso crítico de música y escritor. Su libro “El principio del terror” (Mondadori), invoca una época de la historia nacional a través de relatos que si bien no la niegan, la omiten desde la palabra. Sin embargo, el terror y el drama están allí presentes. Su colección de relatos es una vía literaria a través de la cual acercarse al pasado. Aquí no hay precisiones accesorias ni preciosismos. Hay vida cotidiana. Sucesos naturales bajo el signo del peligro construidos con prosa limpia y económica. “El principio del terror” es una de las más interesantes novedades literarias en lo que va del año. Su lectura nos deja sumergidos en una encrucijada: entre el nerviosismo y la duda.
–Tus historias tienen como fondo omnipresente la realidad y el peso de la dictadura militar. Sin embargo, como si fuera una especie de fantasma capaz de aparecer mediante un conjuro, no lo nombras. Le quitas el poder de su apodo. ¿Cómo fue el proceso de construcción de estos relatos con esa palabra ausente aunque implícita en las narraciones?
–Siempre es mejor el silencio. Lo que no se nombra obliga a la imaginación. Y, en general, las conversaciones, las relaciones entre las personas, son largos rodeos alrededor de cosas no dichas. Por otra parte, aquello que está, de lo que no se duda, no se menciona. Como decía Borges, Mahoma no hablaba de camellos en el Corán. Quienes se sentían obligados a mencionarlos eran los turistas o los falsarios. En todo caso, eso se conectaba, para mí, de una manera directa con la vida cotidiana durante la dictadura. Con los silencios incluso ante uno mismo. Me parecía que hablar de esos años de terror implicaba hablar del silencio y hacerlo con silencios.
–Por otro lado, si bien existe un principio del terror también hay cierto juego, una ironía que no prevalece, está ahí, buscando un gesto cómplice. Hasta diría, esperando una mueca, una sonrisa mínima. ¿Te resultó difícil trabajar con un material delicado y, al mismo tiempo, darle este tipo de giros estéticos y conceptuales que menciono?
–No me gustan los retratos obvios, sin grietas, ni dobleces, ni miradas extrañas ni gestos equívocos. No me gustan los dramas donde nadie ríe ni las comedias donde falta alguna muerte o algún abandono atroz.
–¿Por qué el arte de la pesca está presente en el libro? ¿De dónde te viene y hacia dónde va como impulso narrativo?
–El apellido me condena. Fischerman significa pescador y los pescadores cuentan cuentos. Pero, sobre todo, la pesca me parece una metáfora fantástica de la literatura. Se trata, en una y en la otra, de tentar con un señuelo –la realidad, al fin y al cabo, siempre está en otra parte– y de hacer que no se lo abandone hasta el final.
–Una vez terminado el libro me quedó en el cuerpo una sensación que sólo he encontrado en algunas películas de suspenso: una tensión eléctrica, la necesidad de mirar sobre mi hombro, una sonrisa nerviosa. ¿Buscabas eso cuando escribiste estos relatos?
–Cualquier respuesta que diera sería un poco mentirosa. No escribo pensando en las reacciones. No todo es premeditado. Pero, por supuesto, creo que el arte debe ser inquietante, es decir mover a alguien desde la quietud, sacarlo de ella, y no me es indiferente si eso se logra o no.
–¿Cómo resolviste la ecuación de encontrar un ritmo y una cadencia justa para estos relatos que quedan enmarcados en un contexto histórico sombrío? ¿Es decir, cómo te transportaste al sentimiento de una época, si bien más o menos reciente, pasada?
–No es algo de lo que me haya dado cuenta. No se trató de un proceso muy meditado. Ese era el tono que quería y hasta diría que en algunos casos fue el tono el que guió a la trama. Eventualmente, escribir ese grupo de cuentos que recorren una cierta época sombría me sirvió para contar historias de soledad, de traiciones, de miedos, de sospechas, de desencuentros. Es decir historias humanas.
–Tu condición de crítico de música debe haber influido en la composición de tus historias ¿qué fondo musical les pondrías?
–No influyó tanto el escribir de música como la música en sí. Hay, creo, una percepción del ritmo y de la estructura que vienen de la música. Y, claramente, no pondría fondo musical. A lo sumo, podría haber un sonido. El de un pequeño oleaje de río, ese testarudo ir y venir del agua contra la orilla, golpeando apenas un bote atado a una soga; un bote que no dejaría nunca de balancearse y, también, de producir un cierto crujido.