Cuentas pendientes

Quedan por ahí, guardadas en los baúles de la memoria. Son, en su conjunto, el gran deseo subterráneo. Un bello salmón plateado que corre contra la fuerza de la corriente. Las cosas que un día nos propusimos hacer. Las metas que se llevaron parte de nuestro tiempo en el pasado. 

Algunas pocas conjugan una rara forma del presente continuo. Aún tienen una oportunidad de salir a flote. De sobrevivir a los años, a la constante distribución de energía, a las luchas cotidianas.
Sería muy injusto que se nos juzgara sólo por lo que hicimos. También somos aquello que no hicimos. Dignos hijos de las cuentas pendientes.
Soy un coleccionista de libretas y agendas donde he ido apuntando cosas que quería o aun pretendo realizar. 
A eso también me remito cuando pienso en mi configuración como persona, es la prueba de una búsqueda honesta por ser mejor. Por volar un poco más alto.
Mis deudas en este sentido son abundantes. Impagables. Pero por cada vez que tuve que declinar en el intento descubrí que había algo más por lo cual seguir adelante. Como si una decepción, por triste que esta fuera, anticipara el próximo entusiasmo. 
No niego la importancia de aprender a diferenciar la realidad de la fantasía. Los sueños de los delirios. Sin embargo, vivir atados a la cordura, caminar siempre por la vía del sentido común, puede terminar dándonos una incómoda sorpresa: el hecho de no haber sido lo suficientemente osados para tratar y equivocarnos. Nos habremos perdido la diversión.
Mis listas siguen ahí. Algunas noches repaso quien quise ser. Son momentos en los que hago dialogar a mis viejos apuntes con esa persona en la que aun pretendo convertirme. Ahora mismo creo poder mencionar unas cuantas locuras que seguramente no haré jamás. Incluso a medias, me conducirán hacia algún sitio.
Dar la vuelta al mundo en bicicleta, acampar un mes en el Parque Nacional Torres del Paine, a la orilla de los glaciares, escribir un libro de poesía llamado: “Manual de Instrucciones para sobrevivir al Sur”, escribir el guión de una telenovela, integrar una banda de rock punk, besar a Isabelle Adjani, filmar un western en la Patagonia, construir un barco de madera que se convierta en mi casa de verano, tocar blues al piano y en un piano-bar, vestir de elegante traje y corbata y andar así por la Quinta Avenida, aprender japonés, inaugurar una cadena de “cool” almacenes, entrevistar al escritor cubano Abilio Estévez, ¡Y a Mickey Rourke!. Y tengo más.
No son grandes cosas. Pero van quedando. Igual que un vino que guardo y no me atrevo a abrir.
Entretanto, con mayor respeto y temor, me empeño en otras en las que no quisiera fracasar. No las contaré acá, por cábala.
Pero para que el asunto no quede en unos odiosos puntos suspensivos, diré que tengo una bicicleta con la que ruedo por los bordes de mi ciudad. Que de lunes a lunes entreno ejercitándome con el estómago vacío y la mirada puesta en las montañas de febrero, que mis poemas se diluyen en internet y que no dejo de fisgonear pasajes Buenos Aires-Nueva York.
Cada cual tendrá sus listas. Sus proyectos. Aferrados a un puñado de propósitos es que le damos sentido a esta vida. Hasta un pesimista como Cioran dejó un margen a las entrevistas en las que se refería al “inconveniente de existir”.
En el trayecto entre el deseo y la decepción, hay muchos placeres que merecen ser vividos. El dolor, en cambio, es el precio que pagamos por nuestro enorme apetito.

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