El ladrón regresa: Robin Hood

“Robin Hood” es la profecía autocumplida de Ridley Scott.
Hace unos años, después de haber cosechado largamente el éxito de “Gladiator”, el director predijo la vuelta de “El Español”, aquel guerrero que antes de morir asesina al emperador Maximus con su propia espada. “No sé cómo vamos a hacer pero va a revivir”, dijo Scott, palabras más, palabras menos. Pues, aquí lo tienen, se llama Robin Hood y vive oculto en lo profundo de un bosque.

La historia del ladrón que roba a los ricos para alimentar a los pobres ha sido presentada muchas veces por el cine. Quizás demasiadas. Los resultados nunca fueron sobresalientes. A lo más, pasables. Ya encarnaron al personaje de dudosa estirpe histórica Sean Connery y Kevin Costner, sólo por mencionar dos estrellas del cine contemporáneo. Son dos esfuerzos malogrados pero, al fin del cuentas, es lo que Hollywood quiso y lo que Hollywood quiere.

Robin Hood se puede enmarcar dentro de una larga lista de nuevas versiones de películas y series que funcionaron en décadas pasadas y que comenzarán a verse a lo largo del 2010.

“Los cazafantasmas”, por ejemplo, tendrán su remake y, a menos que convenzan a Bill Murray de sumarse al elenco, seguramente será otro experimento lamentable. Ya volvió “Fama” que pasó con pena antes que gloria por la pantalla grande.

Volvamos a los orígenes del personaje que son pretéritos. En rigor, nada indica que Robin Hood haya existido. Diversos cantos populares, entre los siglos 12 y 13, lo ubican a la cabeza de un grupo de mercenarios que desquiciaban el cotidiano devenir de los miembros de la aristocracia inglesa. Se dijo de él que era un caballero devenido en justo luchador de los necesitados, un cruzado, o incluso un hombre común que llegó a transformarse en símbolo de su época con una fuerte faceta solidaria. Por llamar de algún modo su vocación por el crimen. La verdad es que su biografía está poblada de supuestos.

Muchos años después de los cánticos laudatorios, Walter Scott y Alejandro Dumas lo incluyeron en sus exitosas obras literarias. Y muchos pero muchos años más tarde alguien encontró documentos que prueban que un fugitivo del siglo 12 vendió sus muebles en York. ¿El nombre de quien figura en dichos papeles? Robin Hood.

Scott, un gran director y un buscador de experiencias adrenalínicas, no hizo demasiado por cambiar el curso del relato principal. No era necesario. Si algo sabe hacer el hombre que filmó “Aliens, el octavo pasajero”, es dejar su huella. De modo que podemos adelantar que todo está en su lugar: Robin roba, corre y lucha. Los malos hacen básicamente lo mismo pero, claro, son malos.

Es el siglo 12 y Sir Robin Longstride, un destacado arquero al servicio de Ricardo Corazón de León, lucha junto a su rey en contra de las tropas francesas. Cuando éste muere, decide volver a su lugar origen: una villa en el norte de Inglaterra. El problema, y sin problema no hay historia, es que el caballero se encuentra con que un sheriff (Matthew Macfadyen) está oprimiendo a la gente del lugar. También descubre el amor en la figura de Lady Marian (Cate Blanchett), una bella mujer que acaba de enviudar. El camino de Robin no es una picardía: convertirse en un paria, habitante de los bosques de Sherwood, empeñado en robar a los explotadores para repartir entre los humildes. Hasta le quedarán unas horas libres destinadas a seducir el noble corazón de la chica medieval de moda.

Russell Crowe ha asegurado ser un verdadero fanático del personaje, un rebelde como él mismo que en la vida real resuelve a las trompadas sus encuentros con los paparazzis, por lo que se pasó casi un año leyendo libros acerca de la leyenda.

Lo cómico del asunto es que mientras leía, se le olvidó que debía bajar los muchos kilos que había aumentado para su anterior película “Red de mentiras” (otra de Scott). Por lo que la filmación fue suspendida y tuvo que adelgazar con la ayuda de un preparador físico de la NBA enviado por la Universal. El actor también practicó cuatro meses tirando con arco y flecha, al punto de acertar en un blanco ubicado a 45 metros de distancia. Como sea, en la película se lo ve bastante gordo.

El filme fue realizado en escenarios naturales. Lugares como Freshwater West, Pembrokeshire, Wales, Ashridge Estate, Little Gaddesden, Bourne Wood, Dovedale, Ashbourne y Derbyshire forman parte de la lista. La película, producida por un estudio norteamericano de Los Ángeles, tendrá un indiscutible sabor anglo aunque su protagonista haya nacido en Nueva Zelanda y la dama en cuestión en Melbourne, Australia. ¿Dónde están los ingleses se pregunta un amante del cine en un foro dedicado a la película? Obvio, dónde.

Otro fan, que había visto un preestreno en Nueva York, asegura que la versión de Scott le había gustado porque le parecía entretenida (¿para qué está el cine sino?, se preguntaba él) pero que “el guión, los personajes, las bromas, las escenas de acción y la cinematografía toda son copias de lo que ya se ha hecho antes”. Sobran los comentarios acerca del comentario.

La lista de “Robins” es tan extensa como disparatada. Cómo olvidar aquel de los estudios Disney’s con Brian Bedford en la voz de un zorro sospechosamente parecido a Robin Hood. O al “Robin de los bosques”, con Errol Flynn. O, tal vez olvidar sería lo mejor en este caso, “El príncipe de los ladrones” con Kevin Costner, y esas flechas que ¿portaban? una minicámara capaz de reflejar su preciso andar.

A Ridley Scott el personaje nunca le entusiasmó. Cuando fue preguntado por cual era su película favorita aseguró que “Las locas aventuras de Robin Hood” (en inglés se llamaba “Hombres en medias”), de Mel Brooks sobretodo por la cómica caracterización de Cary Elwes. ¿Recuerdan el cruce a nado de Robin entre un continente y otro y que al llegar a Inglaterra (donde lo espera un cartel estilo Hollywood) grita “Home! Home!”? ¿Y cuando el joven arquero mantiene una ridícula pelea con el Pequeño Juan que termina con este último en un charco suplicando auxilio? ¿O las coreografías musicales tan cursis? ¿O de cuando él y su grupo le reparten muy femeninas medias verdes a sus futuros secuaces? ¿Si? Pero esa es otra película y para verla habrá que ir a la casa de video más cercana.

En esta, la de los estudios Universal, la del gran Ridley Scott, la protagonizada por una estrella que cobró 20 millones de dólares por poner el cuerpo (y un porcentaje en las ganancias), las cosas se tornan serias. Acá nadie se está riendo. Acá no hay chiste.

Entonces veremos a Crowe gritando sus ganas de libertad como un loco, con el rostro ensangrentado, la espada en alto y acertándole sin mirar con su flecha al ojo de un águila.

Esto sí que es Hollywood.

Publicada en Río Negro

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