Barata

En el más impensando escenario encontré una “barata de libros”. Un supermercado.
Por delante de las latas de atún y las gaseosas, entre la línea de cajas y los artículos de limpieza, los libros permanecían en una extraña postura, no excenta de dignidad, en una mesa de saldos. Alguien los había ubicado allí sin demasiada coherencia. Como si hubieran sido recuperados del sótano de una editorial. Como heredados de mala gana.
Tomando en cuenta los precios prohibitivos a los que se venden los libros en estos días, en los lugares en los tradicionalmente se comercializan libros, aproveché la oportunidad. Había apenas un clásico: “Los funerales de Mama Grande”, de Gabriel García Márquez. Pero a 25 pesos. El resto oscilaba entre los 9,50 y los 16,50. Con esos valores debí aplicarme por entero y en pocos minutos a conocer tanto al autor como el argumento de cada obra. No fuera cosa de gastar en vano.
Sin embargo, como suele ocurrir, había valiosas plumas menos célebres. Autores aun no subrayados por la gloria pero que tampoco carecían de talento. Las pistas de siempre así lo indicaban: críticas alentadoras en la contratapa, datos reveladores en la solapas, interesantes primeras líneas de primeros párrafos de primeras novelas.
Aquellos libros despojados de glamour, semejaban hombres y mujeres acomodados en una barra a la espera de una conversación interesante. Una lectura. Un poco de atención. Las personas y sus obras merecen, necesitan una oportunidad. Al menos en este sentido, todos estamos parados en el mismo lugar. Así que compro y leo. Y en las barras del sur, escucho cuentos. Historias trasnochadas. Proyectos de futuro. Mentiras piadosas.
Por muy poco me llevé la primera novela de Eric Bogosian, “En el punto de mira”. Bogosian es un muy reconocido autor teatral que además ha hecho carrera como actor secundario de cine y televisión. Luego sumé un libro de la cubana Wendy Guerra, más por su nombre y por el de la novela, “Todos se van”, que por el contenido que anticipaba la síntesis. También agregué a mi canasto “Creadores” de Paul Johnson. Un libro que tal vez nunca llegue a terminar (con análisis de gente como Durero, Eliot y Turner). Y, finalmente, compré “Una historia en bicicleta” de Ron McLarty, como Bogosian, también actor (lo recordarán en el papel de un juez en “La Ley y el Orden”) y autor de su primera novela (en rigor, Bogosian ya escribió dos más).
A “Una historia en bicicleta” le he dedicado especial atención en parte porque andar en bicicleta me parece un placer insistituible. Pero existe un elemento extra: el protagonista de la historia, un tal Smithy, es un grandote de 43 años que, una vez que ha perdido trágicamente a sus padres, inicia un extenso peregrinaje arriba de su vieja bicicleta de juventud. De una punta de la otra de los Estados Unidos. Y mientras avanza pierde peso y aliviana su triste alma.
Justo lo que necesito, pensé. Desde entonces Smithy y yo pedaleamos juntos y nos vamos haciendo amigos.

Una respuesta a “Barata

  1. Ayer vi un programa donde habian puesto un gps en un artículo para seguirlo y saber si llegaba a destino (una donación). A veces fantaseo con poner un chip a un libro y dejarlo correr. De ahí espiarlo cada tanto. Qué gustazo me daría verlo llegar a una estantería de un supermercado en el fin del mundo y que un chileno, apasionado por los libros, lo elija y se lo lleve bajo el brazo.

    Cómo disfruto tu contacto con los libros! Tu opinión. Ni te imaginas las puertas que me abres. Lo mucho que me ayudas. Ya lo sabes.

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