Versiones

Los covers, las versiones que un artista hace de la canción de otro, son exquisitos símbolos del entramado cultural sobre el que vivimos. O podríamos vivir. En un mundo ideal la convivencia pacífica, la relación que antecede posteriores relaciones, la infinita combinación de los elementos, la confusión de los colores y las formas, deberían fluir como un río. No ocurre. Por se establecen parámetros incómodos. Agresivos. Brutales. Por eso se levantan banderas. Por eso las fronteras. 
Los artistas tienen la virtud y la oportunidad de saltar las vallas que dividen los campos. Como si fuera nada. Con la impunidad de lo sencillo. La pintura, buscando en lo ancestral para convertir lo mitológico en modernidad. El cine, hurgando en los recursos menos pensados y más obvios. Filmando con el celular lo que una vez se hizo con un armatoste. La literatura, increpando a la poesía para conformar la nueva prosa. La lírica espléndida. Con autores que traducen el realismo mágico a la cruda realidad digital.
Y la música. Jamie Cullum, una de las más interesantes figuras del jazz actual, es un joven que desconoce, o pretende hacerlo amparado en su enorme talento, las barreras que un día fueron impuestas para provocar los géneros. El jazz y el flamenco emprendieron en el siglo pasado un camino de encuentro que produjo discos que quedarán como clásicos de la música contemporánea. Ketama, un grupo de avanzada de la movida gitana se adentró en el pop y desde entonces el fenómeno no hizo más que avanzar. Bebo y Cigala, Alejandro Sanz y Paco de Lucía, Ricky Martin y La Mari, y tantos otros experimentos exitosos. También el rock con el clásico. También el rock con el pop. Y la amalgama no tiene nombre. Que bien. Esa es la mata.
Cullum hizo algo bastante llamativo un par de años atrás cuando versionó, en clave de jazz, el hit de Radiohead, “Dry & High”. Una loca ocurrencia. Una fantástica pegada. En su último álbum “The pursuit” ha ido más lejos al hacer un cover del exitoso “Don’t stop the music” de Rihanna. 
Días atrás encontré a mi hija de doce años, seguidora de cuanto canal de música exista, compenetrada con el ritmo inquieto, extraño, distinto y atractivo que ha logrado desarrollar el músico británico con esta canción. En muchos sentidos “Don’t stop the music” aun está allí, su cuerpo principal no perdió ni grosor ni sentido. Sin embargo, Cullum buscó donde parecía no haber nada hasta descubrir -y abrir- un aura dramática en la melodía. Una canción hot se transforma así en un tema de amor, dramático y desesperado en cuyo momento culminante resplandece un típico fraseo de jazz “made in Jamie Cullum”. “Es una letra tan sexy. Y fui capaz de transformar la canción en algo que sonaba realmente nuevo”, dijo Cullum, que es apenas un chico, acerca de la lírica que movió sus entrañas y ahora hace lo propio con las nuestras.
Y, leyendo la trama, uno diría, pues no es la gran cosa. Aunque sumando planetas, estratósferas, líneas y sensaciones, es que terminamos por entender. Que no pare la música, entonces. Que tengamos la suerte de adentrarnos en ella abrazados a alguien y, al fin, perdernos.
O algo así dice el tema. Tendré que preguntárselo a mi hija.

Una respuesta a “Versiones

  1. Algo pasa con los chicos y esta versión fantástica, porque en casa pasó algo similar. Pero no solo a los chicos, a mi también me ocurre algo muy especial. La primera vez que lo escuche fue mediante un vídeo. La conjugación de la voz, el ritmo parsimonioso y el efecto visual que genera el desmembramiento del piano, hacen que la versión sea profunda e inquietante. Genial ocurrencia!!!

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