Papá Oso

 

Se llamaba Julio, pero en la intimidad todos le decíamos “Papá Oso”. Yo lo bauticé así. Siglos atrás, junto a sus hijos, Cochelo y Chacho, formábamos una pandilla de impresentables. Estaban Murci, Tito, Rosales, Chocho, y alguno más.
Era un hombre manso. Morocho intenso. De rostro duro. De abrazos sinceros. De estar en su sillón a la espera del próximo partido de fútbol. Y nosotros, chicos soñando con transformarnos un día en hombres y largarnos del pueblo, pasábamos el tiempo con él. Como si fuera el líder honorario de una cofradía donde nadie llegaba a los 16. Por eso le puse Papá Oso, porque aunque era padre de tres, dos varones y una mujer, aun tenía espacio en su corazón para entregar afecto a los demás. Hijos adoptados en el transcurso de la rutina y la carencia que traen aparejados los días. Papá en abundancia. 
No era casualidad entonces que la banda de esos “lost boys” recalara en su hogar, como lo hacen los veleros en los puertos del fin del mundo, cansados de tanto andar. Sin pedir auxilio recibíamos de su parte la dosis de atención y confianza (y de comida también hay que decirlo) que no encontrábamos en nuestros lugares de origen. Julio estaba presente en cuerpo y alma. Es una virtud que saben valorar quienes deben acostumbrarse a que sus propios padres desaparezcan en la bruma del camino que conduce al exilio de no pensar.
Nos gustaba su pose de rockero en cuarteles de invierno. Y en las épocas más frías, adorábamos el calor que se fugaba por la puerta cuando nos abría expectante. También el aroma a torta recién horneada que envolvía a la cocina donde su esposa, Sara, preparaba incontables tortas para incontables cumpleaños y casamientos. 
Con los años dejamos de usar la muletilla: ¿está Cochelo? ¿Llegó Chacho? Si él estaba alcanzaba y pasábamos. Recuerdo que el primer saludo de fin de año, después de brindar en familia, era para Papá Oso. Como una tradición, antes de salir un viernes o un sábado nos dejábamos caer por su casa, a ver en que andaba. A ver que onda. Que broma nos tenía preparada para despacharnos a la disco con una sonrisa en los labios.
En un mundo poblado de seños fruncidos, Papá Oso era un amigo. Su dedo jamás te apuntaba. Su mirada jamás te hacía sentir culpable. Albergaba en sí mismo una rara capacidad para entender a esos seres en dolorosa transición que son los adolescentes.
Entre su presencia y nuestro delirante derrotero juvenil no había interrupciones ni obstáculos. Pasábamos de su partido de fútbol o de sus disparatadas anécdotas de pesca, a la voz ginebrosa de Luca Prodán o al último disco de los Rollings Stone. El abanico de posiblidades se ampliaba en el intercambio de ambas generaciones. Bromeando acerca de nuestros raros peinados punks, burlándose de nuestros gestos de chicos aduros recién aprendidos en algún filme de Bruce Willis, nos dejaba ser. Nos mantenía intactos.
Hace unos días se fue. Todavía joven se lo llevó el cáncer. No creo en el más allá. La muerte es el silencio imperturbable. La noche perfecta. Un espejo en la nada donde el rumor de la vida cesa. Paradójicamente me lo imagino como un lugar de descanso. Un merecido descanso que ahora alberga a Julio.

2 Respuestas a “Papá Oso

  1. PAPA OSO

    ES UN MUY BUEN QUERIDO SEUDONIMO O CON CARIÑO LE DECIAMOS A JULIO,, INCANSABLE AMIGO DE SUS HIJOS Y DE LOS AMIGOS DE SUS HIJOS…-

    PARECE AVECES TAMBIEN MAS Q UN OSO UN DOMADOR,, QUE TE DABA RIENDA CUANDO EL QUERIA O SI NO JALABA BRUSCAMENTE PARA DECIRTE QUIEN ERAS TU …

    MUY BONITAS PALABRAS CLAUDIO.. QUE ESTES BIEN

    TU AMIGO

    CRISTIAN

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