Para iniciar el viaje

“El miedo te proteje o te obnubila”, me susurra Martín al oído y se va dejándome más solo que nunca. Lo del susurro es una imagen literaria puesto que, en realidad, Martín habla fuerte y claro. Como si estuviera encaramado al mastil de un barco, a punto de descubrir América, y fuera el encargado de gritar en español antiguo: “¡Tierra a la vista!”.
Antes de marcharse, me advierte:“hacé una columna con eso”. Y la hago pensando en que no hay desorden, en que no hay verdadero caos sino piezas de un gigantesco puzzle disparadas al infinito a una velocidad, si, infinita colapsando y calzando unas con otras. No creo en las casualidades. No creo que uno viva por capricho en un lugar y tenga los amigos que el azar le ha impuesto. Martín estaba allí y dijo justo lo que yo necesitaba. Para entender los siguientes metros de mi camino, para albergar un buen pretexto y así escribir lo que sigue. Me apropié de su sabiduría.
Lo que emprendemos y lo que dejamos de intentar está apasionadamente vinculado con el instinto de preservación. El miedo es el factor de alerta. El cartel que nos obliga a pensar en una estrategia. La timidez, el lío y el desorden son otras caras del miedo. Otras formas de mantener un sistema de emergencia encendido.
¿Qué tan lejos podemos saltar si nos lo proponemos? ¿cual es el límite de nuestra voluntad? ¿de qué color está hecha la locura que albergamos? ¿somos soñadores o desquiciados? ¿puerto o velero?
Aunque los procesos existen, descreo de ellos. Muchos procesos apenas si sirven para aletargar decisiones importantes. Son excusas bucrocráticas que nos alejan de los verdaderos objetivos. Son distractores. Sin embargo, adhiero a los planes. Nunca salen como uno los escribe sobre la hoja de papel pero tienen un sentido profundo: alejar los fantasmas que nos señalan como inmerecedores de una vida mejor.
Si avanzar implica equivocarse, entonces sufrir y consolarse, caer y levantarse, son parte del mismo juego. Porque, sin duda alguna, este es un juego. Acaso inventado por dios. O por más de uno. Nos encontramos en el medio del tablero con ciertas herramientas y no podemos negarle tal placer al cielo.
Si algo te ha sido dado, pues, úsalo. Así lo siento. Por eso escribo. Por eso discurro. Como otros cocinan o andan en patín. Cada cual puede darde curso a sus propias armas con el fin de modelar su historia.
Me hubiera gustado ser pianista y carpintero. No fue el miedo lo que me detuvo sino la certeza de mi incapacidad para tales oficios. Pero ante la obviedad de que me ha sido otorgado el talento para otros, me debato de un modo distinto con mis temores. Debo honrar esas virtudes. El corazón dicta y la mente sabe. Con eso alcanza para iniciar un viaje.

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