Tiempo perdido

“Todo tiempo es tiempo perdido”, leí por ahí que dijo Esteban Schmidt. Desde entonces las implicancias de esta idea me rondan. Dan vueltas alrededor de mi mente como lobos hambrientos. Me gritan al oído como suelen hacerlo los demonios en el cuerpo de un poseso.
La máxima del autor de “The Manifiesto Palermo” sirvió para recordarme que el tiempo, además, es escaso. Es una ironía que sea tan difícil establecer la edad del universo o, en otras palabras, calcular la fecha de nacimiento del infinito y, sin embargo, nosotros, vanidosos monos parlantes, genios recién salidos de la lámpara todavía borrachos de tanto oxígeno, tengamos un pequeño reloj de arena contando lo que nos queda de vida. Un odioso cronómetro sobre nuestras cabezas.
Todo tiempo es tiempo perdido porque el tiempo que nos fue otorgado, por razones misteriosas, es un tiempo único. Pueden caber muchas vidas en el transcurso de una vida pero lo cierto es que siempre hablamos de la misma. Y lo que no hagamos hoy, en este plazo caprichoso que sostenemos malamente entre las manos, no lo haremos jamás. Esta, tu historia, no continúa la próxima temporada. Hollywood no hará la segunda parte de tu biografía. Morirás brillando con la intensidad que es capaz de alimentar tu fuego íntimo. Y si no brillas. Y si no cuidas de ese fuego sagrado, cruzarás sin gloria el espacio de la indiferencia.
Con todo esto quiero decir que Schmidt me ha hecho recordar que mi tiempo es ahora. Que como cierta vez le escribió el polémico Jaime Bayly a sus hijas: debemos hacer sobretodo lo que nos dé placer. Puesto que la felicidad no existe consolémonos con el punto “G”.
Hace unos días que escucho una canción de Foo Fighter: “The Best of you”. Mi versión preferida es la que hicieron en una serie de conciertos llamada “Skin and Bones”. La letra es una declaración de principios. Lo mejor de vos, es aquello por lo que debes luchar, aquello que debería ocupar todo ese espacio que es tiempo perdido y que es tan pero tan poco.
La letra dice en uno de sus párrafos: “Tengo otra confesión que hacer/Soy tu tonto/Cada uno tiene sus propias cadenas que romper/Sosteniéndole/¿Has nacido para resistir o ser abusado?/¿Es alguien tomando lo mejor de vos?/¿Es alguien tomando lo mejor de vos?/Estaba demasiado débil para rendirme/Demasiado fuerte para perder/Mi corazón está bajo arresto de nuevo/Pero me suelto/Mi cabeza va dándome vida o muerte/Pero no puedo escoger/Juro que nunca me rendiré/Lo rechazo”.

“Todo tiempo es tiempo perdido”, leí por ahí que dijo Esteban Schmidt. Desde entonces las implicancias de esta idea me rondan. Dan vueltas alrededor de mi mente como lobos hambrientos. Me gritan al oído como suelen hacerlo los demonios en el cuerpo de un poseso.

La máxima del autor de “The Manifiesto Palermo” sirvió para recordarme que el tiempo, además, es escaso. Es una ironía que sea tan difícil establecer la edad del universo o, en otras palabras, calcular la fecha de nacimiento del infinito y, sin embargo, nosotros, vanidosos monos parlantes, genios recién salidos de la lámpara todavía borrachos de tanto oxígeno, tengamos un pequeño reloj de arena contando lo que nos queda de vida. Un odioso cronómetro sobre nuestras cabezas.

Todo tiempo es tiempo perdido porque el tiempo que nos fue otorgado, por razones misteriosas, es un tiempo único. Pueden caber muchas vidas en el transcurso de una vida pero lo cierto es que siempre hablamos de la misma. Y lo que no hagamos hoy, en este plazo caprichoso que sostenemos malamente entre las manos, no lo haremos jamás. Esta, tu historia, no continúa la próxima temporada. Hollywood no hará la segunda parte de tu biografía. Morirás brillando con la intensidad que es capaz de alimentar tu fuego íntimo. Y si no brillas. Y si no cuidas de ese fuego sagrado, cruzarás sin gloria el espacio de la indiferencia.

Con todo esto quiero decir que Schmidt me ha hecho recordar que mi tiempo es ahora. Que como cierta vez le escribió el polémico Jaime Bayly a sus hijas: debemos hacer sobretodo lo que nos dé placer. Puesto que la felicidad no existe consolémonos con el punto “G”.

Hace unos días que escucho una canción de Foo Fighter: “The Best of you”. Mi versión preferida es la que hicieron en una serie de conciertos llamada “Skin and Bones”. La letra es una declaración de principios. Lo mejor de vos, es aquello por lo que debes luchar, aquello que debería ocupar todo ese espacio que es tiempo perdido y que es tan pero tan poco.

La letra dice en uno de sus párrafos: “Tengo otra confesión que hacer/Soy tu tonto/Cada uno tiene sus propias cadenas que romper/Sosteniéndole/¿Has nacido para resistir o ser abusado?/¿Es alguien tomando lo mejor de vos?/¿Es alguien tomando lo mejor de vos?/Estaba demasiado débil para rendirme/Demasiado fuerte para perder/Mi corazón está bajo arresto de nuevo/Pero me suelto/Mi cabeza va dándome vida o muerte/Pero no puedo escoger/Juro que nunca me rendiré/Lo rechazo”.

El cielo y el infierno desatados

El cine de Kusturica es un salto al vacío. No hay redes allí abajo. Si después del impulso aun caes parado te esperará una fiesta: alcohol, música y una troup de singulares personajes en éxtasis permanente. Más que un cine de “cámara en mano”, el de Kusturica es un trabajo realizado al amparo de una enorme, gigantesca energía espiritual. Sin que en la pantalla resulte obvio, hay algo sacro, una búsqueda de la santidad por medio del desenfreno.

Su obra ha terminado, al fin de cuentas, por elaborar una suerte de religión con sus propios santos colgando del techo. No era para menos. El impacto que significó “Underground” en el panorama de la cinematografía internacional sólo puede ser comparado con el que produjo “Tiempos violentos” de Quentin Tarantino. El cine de Kusturica es excesivo, delirante, poderoso y desenfrenado. Los personajes que el director convoca van adquiriendo contornos tan propios que en ocasiones uno siente que van a fugarse de la pantalla. Hay vida en la obra de la Kusturica.

La explosión -el estallido de emociones, colores y texturas-, a lo largo de sus películas no es un recurso sino un elemento constitutivo. Un destino arrollador. En Kusturica la existencia se puebla de posibilidades. Nadie puede ser dado por muerto. Como si el director de “Gato negro, gato blanco” dejara siempre abierta la puerta de la redención. ¿Nos reímos o lloramos con Kusturica? ¿Es la muerte una puerta hacia una geografía distinta? ¿Es decisión o destino lo que descubrimos en el camino de sus personajes? ¿Son estos entrañables o repulsivos? ¿Estúpidos o maravillosos bebedores de lo que llamamos tan tímidamente pasión?

Es cierto que desde “Underground” cada filme de Kusturica ha ido perdiendo vigor. Como si el trotamundos y el músico, se hubieran ido comiendo el alma del director. Sin embargo, su cine aun resiste una mirada crítica. Su vocación todavía es pura como un vaso de vino.