Solos

La soledad es un destino reincidente.
Un poderoso imán.
El final de un camino que no llegamos a entender por completo y que nos deposita, como hijos de las estrellas, en el auténtico principio.
Como la muerte, como la vida misma, la soledad espera pacientemente a que sus hijos vuelvan.
Y vuelven: desvalidos o enteros.
Con pretextos o sin ellos. Regresan al origen.
Los amigos nos redimen de las alternativas más tristes de esta singular aventura. No de su desenlace. Puesto que siempre estaremos solos.
Un día en el futuro, entre sombras y humo de cigarrillo, mantendremos un diálogo extraño y visceral con quien hemos sido y ya no seremos jamás.
La soledad no es una opción sino una condición.
Una regla de fuego que cruza el cielo por sobre nuestras cabezas.
Capeamos el temporal como lo hacemos con cualquier dolorosa ausencia.
A veces buscamos el silencio de las voces ajenas.
Las imágenes son vertidas sobre un líquido blanco.
Descansamos de los otros sabiendo que, al igual que una droga de alto poder, si nos excedemos, la soledad podría herirnos de gravedad. Matarnos incluso.
Entonces apuramos el encuentro de esos brazos tan queridos. De los coros amables que nos dicen: ¡tanto tiempo!
Y la palabra llega acompañada de un beso. Y el beso de alivio.
Ya no somos el único marciano en este planeta olvidado.
Alguien sabe nuestro nombre y que tomamos agua sin gas. O que no nos sabemos ningún chiste bueno.
Las cenas programadas, las actividades en conjunto que no necesitan en lo más mínino del conjunto, las más triviales tareas compartidas y convertidas en minúsculas odiseas, son pócimas accesibles, discursos hechizados que tienen como mayor propósito deshacer aquella presencia fantasmal. El vértigo de lo infinito.
“¡Me compré muchos libros, ya no estoy sola!”, me escribe una amiga al celular.
Me escribe y se traiciona.
Su mail y la explicación de su compra detallada, título por título, crítica por crítica, nos asocia una vez más.
Nos proteje.
Negar el plano de la soledad es negarnos también como propósito. Como imposible.
Es no mirarnos en el espejo de agua que nos devuelve apenas un retrato a mano alzada. Una mueca.
La soledad nos constituye.
Nos precede.
Nos expulsa hacia lo lejano y nos devuelve.
Para curar mi alma, para explicarla, leeré divertido y el calor de las palabras ajenas, cuidará de mi frágil y ansiosa humanidad.
Y una canción me acompañará en el tren hacia “quién sabe dónde”.
Y un mail diciendo “te extraño, amigo”, me devolverá el alma al cuerpo.
Del otro lado del mundo, hay un Robinson que piensa en mi.
Y la comida del próximo viernes, a la cual debo llevar el postre, será un perfecto conjuro contra la tristeza que como el polvo se nos adiere a la conciencia.
Partícula por partícula.
Por eso amar tiene sentido.
Porque es el truco perfecto para engañar el vacío.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s