Busca la vida

Como un torrente que sale de tu cuello
Como el rayo de una tormenta que preanuncia el fin de todo
Como un beso tan húmedo que te desnuda antes de que muestres la plenitud de tu inocencia
Como el tatuaje de un dragón que cobra vida y te enfrenta con sus ojos en llamas
Como una frase mágica que abre las puertas del tesoro de Ali Babá
Como el aroma de una piel que te emborracha
Como el primer helado. Como un cigarrillo perfecto. Como un paisaje estremecedor.
Como la canción que te mueve y te dispara y te eleva.
Estalla la vida. Sigue la vida. Cruje la vida. Insiste la vida.
Busca la vida. Vive la vida.

El cronista elegante

Publicado en diario “Río Negro”

No es sencillo ni gratuito poner en pasado eventos que seguramente se prolongarán en el futuro. Me refiero a los eventos literarios y periodísticos que fueron y serán autoría de uno de lo más agudos intelectuales argentinos.

Tomás Eloy Martínez tuvo la virtud de jugar en dos campos distintos y no sentirse ajeno en ninguno. Su literatura será material de amplia discusión por parte de los críticos. Sin embargo, su obra periodística alcanza una dimensión de ningún modo inferior al de su trabajo como novelista.

Sin hacer gala de hombre de mundo, sin pontificar, Eloy Martínez se transformó en una figura de enorme peso cuando de periodismo se hablaba. Suena un poco trillado ponerlo en estos términos pero era así: Eloy Martínez representa a la vieja escuela. A esos hombres que soñaban, y tal vez alguno lo haga todavía, con parir la más precisa y preciosa de la líneas de texto a partir de un dato de la realidad.

Eloy Martínez ocupará un lugar de privilegio en el cielo de los periodistas-escritores, junto a Osvaldo Soriano, Miguel Briante, Roberto Arlt y Rodolfo Walsh, entre otros.

Su estilo periodístico era claro y profundo. Matizado con amplias dosis de lo que no dudaría en definir como erudición. Por décadas, la imagen del cronista por demás inteligente, leído, hijo de cierta bohemia, conocedor de esta y otras geografías, fue casi un estereotipo en este país. Eloy Martínez lo representaba con estilo.

Su prosa es un ejemplo de equilibrio y en ella convergen el buen gusto, la cultura y una cuota nada menor de elegancia. Unos modos que cualquier aprendiz podía comprobar con el sólo hecho de cruzárselo en una redacción, puesto que Tomás Eloy Martínez, el consagrado escritor, tenía un saludo agradable y educado para cada habitante de aquel micromundo.

La realidad puede ser dicha de muchas maneras. Eloy Martínez había conseguido ganarse el siempre esquivo reconocimiento masivo y, por eso, su crónica, su punto de vista acerca de algo que nos había tocado a todos, se hacía esperar tanto en las páginas de “La Nación”, “The New York Times” como en las de “El País”.

Su premiada novela “El vuelo de la reina” le sirvió como una verdadera herramienta de análisis. El periodista se disfrazó de escritor para reflejar la coyuntura nacional a través de la industria de los medios. Sus personajes se debaten entre el deseo, el asco y el poder. Y lo hacen en el marco de esa batahola que a veces es la redacción de un diario o una revista. Leer esta novela, aunque se trate de literatura, es una oportunidad de entender la Argentina de los 90.

Su ausencia en las página de los diarios será un hecho insalvable. Con Eloy Martínez se va un intelectual de excepción. Sin embargo, sus palabras permanecerán en los libros, en las recopilación, en los recortes de los diarios y, por supuesto, en la red.

Nuevas generaciones de buscavidas encontrarán allí pistas para sobrevivir a la aventura del lenguaje.