Hacer algo

 

En años de bolsillos vacíos caminaba entre las librerías de viejo con mis últimos dos pesos aferrados a mi mano. No había trabajo. Volvía a mi casa después de recibir avalanchas de “No” y, en el camino, en esos templos profanos e informales de la cultura, gastaba la mitad de mi riqueza en un libro usado. El otro peso era para el pan.
Pensaba mucho en el futuro pero aun más en el presente. Con tiempo de sobra, triste pero a la vez cargado de deseo, leía hasta que los ojos me ardían. También dibujaba planes secretos en pequeñas libretas negras. Sueños que un día alcanzaría y me harían un hombre libre. Hacía algo.
Soy hijo de una incómoda sensación generacional: la de que no son estos buenos tiempos para emprender nada. La de que justo cuando llegué al banquete este ya finalizaba. Contra tal máxima he transcurrido el largo camino de sonrisas y lágrimas que unos llaman vida, otros accidente y que quizás sólo sea un juego, un laberinto a resolver al que hemos sido invitados de “prepo”.
Aun en las peores circunstancias las personas abandonan sus infiernos moviendo el cuerpo y la mente. Agitando el alma. Derrotando con la acción la tentación de permanecer muertos en vida.
Conozco hombres que han permanecido recluidos en su triste soledad sin pedir ayuda. Y a otros que simplemente dieron un paso primero y otro después para luego encontrar un sentido al sinsentido de la existencia. Resolver acertijos es una de las condiciones que impone vivir. No son épocas de vacas gordas. No abunda casi nada excepto la escasez de posibilidades y por la mayoría de las cosas que amo hacer, nadie me pagaría un centavo. 
Mi admirado Horacio Licera, ilustrador e infografista de este diario, me dio una agradable lección el otro día al mostrarme su última ocurrencia: un motor a vapor. No tiene precio. No será vendido. 
Le llevó tiempo, inteligencia y ganas. Pero ahí está aquel divertido mecanismo, funcionando a buen ritmo, hijo de una energía distinta y de la sabiduría bien adquirida por Horacio. Lo hizo porque sí. Porque de este modo, aun sin contraprestaciones evidentes, el motor le permite dejar su huella en el mundo y subrayar su punto de vista.
Hay acciones que dignifican la condición humana, que establecen límites. El hombre que barre y lava el piso de la más humilde de las moradas vivirá en la pobreza más no en la miseria.
El buscavidas que ya maduro aprende un oficio y con esfuerzo continúa en la ruta, encarnará al novato pero también a un experto para tener en cuenta. Aquel que dibuja en una servilleta el rostro de su amada. El que lee un libro de un autor que no conoce por razones que no le importan. El que te recomienda una película que “te cambiará la vida”. Son detalles. Señales de parte de alguien que aun en un mundo en sombras aspira a más. 
No importa que tan dura esté la calle. Que tan nulas sean las posiblidades de crecimiento, creo fervientemente en hacer algo. Algo por qué continuar. Algo por lo cual brindar. 
Lo considero una suerte conjuro. Un acto de alta brujería que me permite invocar a fuerzas superiores. Antes de pasar a lo mejor, debemos recurrir a lo más profundo de nuestras fuerzas y proponer. Lanzar los dados.
Escribir es mi oficio. Y organizar, junto a un grupo maravilloso de gente, un festival como “El Valle de los Músicos”, una forma de cambiar el mundo. De refutar con un paisaje artístico, el discurso de la imposibilidad.
Será este domingo 22, entre las 18 y las 24. Quienes deseen más información pueden obtenerla en www.valledelosmusicos.wordpress.com

 

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