Soy un perdedor

Perder, o su versión acaso más glamorosa, fracasar son actividades a las que uno debe irse acostumbrando. Después de años de insistente práctica he aprendido, para tales circunstancias, a gesticular mi mejor rostro de poker. Frente a la desdicha de no obtener lo que busqué con desesperación y empeño: cara de vaca. Ante los imposibles que talan el árbol de los sueños: alego demencia. Y persisto.
No estoy dispuesto a que los muy fundados hechos de la realidad me indiquen el camino y subrayen el escenario de mi derrota. Soy un perdedor: puedo manejarlo. No descarto cierto glamour en esto de morder el polvo. De jeans y remera, fresco como un animal salvaje y emitiendo desde la piel ondas de un perfume Hugo. No suena mal. 
He nacido para luchar. Sigo en la ruta sólo para enfrentar molinos de viento. Ser primero nunca ha desvelado a un espadachín. Según dicta “El libro del samurai”, aun sin cabeza el guerrero puede acabar con algunos de sus adversarios.
No es tan valioso el grito de la victoria como la fricción en sí misma. 
No siento pena por mi mismo. Lamo mis heridas. Invento mundos paralelos. Escribo detalles de mis próximos planes secretos. El arte, en definitiva, me ha enseñado que fracasar es parte del ciclo vital. Una reencarnación enlaza a la siguente. Un dolor reinterpreta a cualquier felicidad reinante.
Tomás Eloy Martínez recordó, hablando de Juan Carlos Onetti, que el escritor uruguayo le dijo a María Esther Gilio: “Todos los personajes y todas las personas nacieron para la derrota. Uno puede detener la trayectoria del personaje en un instante de triunfo pero, si continuamos, el final es siempre Waterloo”.
Y se podría agregar que Charles Bukowski no sólo hizo culto de su imagen de sacerdote sucio y pagano sino que además escribió un espléndido libro llamado “La senda del perdedor”.
En el blog de Andrés Borbón -http://tecnoculto.com- he encontrado una verdadera declaración de principios: “Ser un perdedor no tiene ninguna importancia. De una forma u otra, todos lo somos, ya que no existe una sola persona que pueda triunfar en todos y cada uno de los aspectos de su vida. Lo importante es no ser un perdedor en aquello que tiene más valor para nosotros. Lo demás, que se vaya a la mierda”.
Pero digamos que si, que importa, que nos duele, que nos hiere, que nos afecta, que perder la dignidad y el aliento en un proyecto nos obligan a retorcenos en la cama, pero que de igual modo la herida nos provoca y nos impulsa hacia a nuevos esfuerzos y nuevas claudicaciones.
Fue Beck el que siendo un chico cantó: “Soy un perdedor. I’m a loser baby, so why don’t you kill me?” y se volvió célebre. Y “Firmin”, un ratón creado por Sam Savage, escritor que dicho sea de paso tiene una cara “loser” tremenda, el personaje que transcurrió atado a su destino trágico, mientras la librería que alimentaba sus sueños iba desapareciendo.
La palabra éxito es un invento artificial. Pura química que no encontrarás en los ríos que nacen en el deshielo de las montañas. No se puede navegar hacia el horizonte en un barco al que alguien ha bautizado “El mejor”.
Francis Ford Coppola, que hipotecó una y otra vez su casa para financiar sus proyectos cinematográficos, se explicó en un reciente entrevista: “Mi éxito se basa en fracasos. En general mis películas fueron fracasos y luego gustaron. Por lo tanto, no hay que preocuparse tanto por el que dirán”.
Partiendo de una actividad distinta y desenfrenada como el fútbol, Marcelo Bielsa señaló, en un conferencia ante líderes empresarios, desarrollada hace unos meses en Chile: “Soy un especialista en fracasos y sé perfectamente que las adhesiones se pierden cuando se acaba el éxito. Hay gente exitosa que no es feliz, y gente feliz que no necesita del éxito. El éxito es una excepción y no un continuo”.
La ilusión, el deseo y la alegría, son explosiones luminosas que nada tienen que ver con la celebridad y el bronce. Se sube a increíbles alturas sólo para comprobar que no se alcanzá a tocar el cielo. El aprendiz de Buda sonríe sobre la extraña paz que ha alcanzado en una borrachera.
El fracaso es un combustible. Ser un perdedor, y a mucha honra, nos ubica en un lugar sagrado. Nunca somos tan humanos y tan divinos como cuando nos aceptamos verdaderos acróbatas de circo, saltando una y otra vez al vacío.

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