Historia de Tito

Soy Tito. Vivo en el campo, en una casa de madera que me prestó mi amigo Ernesto. Soy su cuidador. Me levanto a las 5 de la mañana y veo como la luz pasa apretadita entre las nubes.
Soy un madrugador de siempre. Antes, cuando estaba en el negocio de la música, también andaba parado a estas mismas horas. Fue Ernesto el que me sacó al mundo. Porque hasta los 17 yo estaba el día entero en mi casa. No de tímido. Una enfermedad maldita me agarró cuando era un bebé y entonces todo me costó el doble. De grande todavía usaba muletas. Suerte que mi mamá me enseñó a no dejarme estar. “No existen los milagros, Tito, existís vos”, me dijo.
Me la pasaba con una oreja pegada a la radio y arreglando cachirulos de la gente del barrio. Capaz que por eso salí decente para la batería. Una tarde, Ernesto que conocía a mi mamá, me descubrió haciendo ruido con unas latas de leche a las que yo les daba como un condenado. Meta ritmo tropical, meta folclore, que era lo que yo más escuchaba. “Este pibe tiene pasta”, le dijo Ernesto a la mami, y un mes después ya laburaba en su grupo “La Sonora Montecarlo”. No sé porque le puso Montecarlo. Un profesor me explicó que era el nombre de una ciudad de México y de un reino en Europa. De todos modos, tan lejos de acá. El sur, donde ahora estamos.
Tocabámos en casamientos, en bautismos, en fiestas de fin de año. Una vez fuimos a  una estancia y cantamos cumbias y chacareras tres días seguidos y sin dormir.
Cuando el trabajo escaseaba trabajábamos en los prostis del barrio alto. Estaba bien, teníamos plata los fines de semana y si nos gustaba una chica nos hacían un descuento. En ese ambiente me perdí. Después que Ernesto terminó con la Sonora, yo me quedé tocando en los prostis con un guitarrista muy capo, el Tuerto, le decían. Al principio me pagaban con dinero, después con amor y al final con botellas de ginebra. Dos por show me tomaba. Pero como era mucho se me iba el ritmo. Un día no me dejaron entrar más. Pero con el frasco seguí.
Lo bueno es que volví a mi casa. Y lo malo es que no dejé de mamarme. En semejante estado no reconocía un cable de una válvula. Unos líos armé. A un cliente se le estalló un televisor. Dejaron de mandarme los aparatos rotos. Cuando me quise dar cuenta tenía una barba grandota y el pelo tan parado que llegaba al marco de la puerta. Estaba como al principio: metido como una tortuga en su caparazón y al cuidado de mi mamá.
En los ratos de lucidez me dedicaba a leer. Revistas con historias de pistoleros, novelas de García Márquez, cosas que traía mi mamá de la biblioteca. Hasta inglés estudié. Algo me acuerdo: can i play the piano?.
Entre ella y Ernesto me sacaron a la luz. Ernesto se compró este campito. No tenía quien se lo mirara y confío en mi. “Tito, no tomes, así no te perdés las estrellas ni el amanecer”, me dijo. Me quedé.
Hay unas pocas casas por acá y como se fue comentando que soy habilidoso me empezaron a traer sus televisores y sus radios viejos. Igual al “chupe” no volví. Una vez cada tanto me agarro una tranca. Una botella me tomo. Medio en pedo, vestido con mis calzas de ciclista, antiparras y tres linternas encendidas me meto a lo más profundo del campo. Parezco un ovni. Calladito y luminoso, pienso en una chica muy linda que conocí en el prosti. De su nombre no me acuerdo.

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