On the road

(Es deliciosa la forma y el ritmo con el cual lee Kerouac. Hacia el final, está básicamente jugando con su voz sobre la melodía del piano)

Quiero sacarme esta remera blanca, sudada. En este extraño día, ventoso e histérico. Enamorado y perdido. Quiero tirarme en la cama y leer “En el camino”.

Se cumplen 40 años de la muerte de Jack Kerouac.

Poemas de amor

Los poemas de amor no tienen remitente. Son escritos en el aire por manos invisibles. Soplados por la boca de dios como un capricho ancestral. No hay margen de duda en ellos. No hay temor. No son de nadie aunque los poseen múltiples dueños. Siempre temporales. Siempre cambiantes.
Palabras que contienen energías. Palabras que enmascaran simbologías cósmicas. Palabras dulces que, lanzadas al vacío como dados, se juegan su propia existencia. Los poemas de amor son la carta en la botella que un náufrago recupera en su isla solitaria. Son el mapa del tesoro que guarda con codicia el pirata en su pata de palo. Son un ovni destellando mensajes en clave. 
Aun sin una imagen precisa y sin un nombre en la mente se puede improvisar un poema de amor. Porque aquella sensibilidad necesita ser despertada. Lo requiere el espíritu. Lo pide el cuerpo. Lo suplica una realidad que a veces peca de aburrida.
Todavía repaso eternos y maravillosos poemas de Pablo Neruda. Pasan los años y su exquisita poesía surfea sobre todos los estereotipos. Y no es que no haya leído a muchos otros. Es sólo que él parece haber logrado (él más que ninguno) el sortilegio del anonimato. Como si al escribirlos los hubiera echado a volar. Desde entonces, un poco atrapados y un poco en pacto vivencial con sus versos, intentamos construir los nuestros.
He escrito, pletórico de amor poeta y poco menos que soñándome con una lira en la mano: “Yo sé que tus besos no son mis besos/Que tu boca mira al norte/Y yo vivo en el sur/Que dibujo en el cielo puentes que nadie cruza/tirado en el pasto, mordiendo en silencio, pienso en vos.
Pero sé que cada palabra en un modo u otro es deudora del estimado Pablo. Entonces me desdigo, al menos en su caso, los poemas de amor si tienen remitente y un ser identificable que los escriba. Por supuesto, no olvido que Pablo Neruda no existe, es la construcción del hijo de un ferrocarrilero, un chico que una vez bautizaron Neftalí Reyes Basoalto.
Creo tener una deuda también con Sam Sherpard. Y con las letras de las canciones de Ryan Adams y Bob Dylan. Artistas que viven y desaparecen detrás de su música.
Sin embargo, ahí está Pablo, el poeta en su máxima expresión. Enamorado y borracho. Literario y transhumante. Atado a su libertad: su bandera. Leo de nuevo y me emociono, y soy tonto y frágil, naif y perseverante, pero un seguidor al fin: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. Parece que los ojos se te hubieran volado y parece que un beso te cerrara la boca.”
Entonces, me quedo en silencio.