El cine de acción se puso lentes

cinturonrojo

El cine de acción, finalmente, ha logrado desarrollar un perfil culto. Y es bastante más que un simple gesto intelectual. Con un estilo y una concepción cinematográfica que se abre paso entre patadas voladoras, autitos chocadores y disparos a discreción, un puñado de películas ha comenzado a reivindicar (y a sorprender) este género que parecía destinado a la repetición y el ocaso creativo.

Directores que la industria no imaginaría ocupados en estos menesteres sudorosos y sangrientos se dejaron tentar por la adrenalina sólo para mostrar que un filme que incluye golpes y balazos de alto calibre también es capaz de ofrecernos un tour por las profundidades del alma humana.

Probablemente todo esto dio inicio hace ya muchos años con los policiales negros en los que Humphrey Bogart no necesitaba alzar el puño para imponer su ley. Una idea que se perfeccionó en el rostro de Clint Eastwood, brutal pero sufriente protagonista de auténticos dramas teatrales resueltos mediante el monólogo atronador de un revólver.

Sin embargo, fueron los noventa los que nos permitieron asistir a una de las más extrañas y perturbadoras películas de acción de los últimos 30 años: “El perfecto asesino”, de Luc Besson. En ella, León (un sicario de la Mafia que Besson había perfilado en “Nikita”, especialmente para su amigo el actor Jane Reno), se enamora de una preadolescente dejando un tendal de muertos en procura de un amor imposible. “El perfecto asesino” consagró a Reno y dio a conocer a Natalie Portman, pero pasó sin pena ni gloria frente a los ojos de la industria. El conflicto de León no ayudaba mucho, sin duda.

Besson es un gran conocedor del tema. Ha trabajado en el papel de productor y guionista en otros filmes que dejaron su marca en el universo de los tiros, tales como: “El transportador” y “Ríos color púrpura”.

A fines de los ´90, otro director independiente sorprendió al mundo del cine con una película que poco tenía que ver con sus anteriores creaciones. Jim Jarmusch había filmado “Extraños en el paraíso” y “Bajo el peso de la ley” (con la participación de Tom Waits), sobresalientes y originales obras hijas de un mismo tono y estilo visual que terminó siendo interrumpido por una búsqueda en una nueva dirección: “El camino del samurai”, protagonizada por el enorme, en todos los sentidos, Forest Whitaker.

Whitaker interpreta a “Ghost dog” un asesino que eventualmente trabaja para una familia mafiosa y que en pleno fin de milenio sigue los preceptos samurai tal cual si viviera en la Edad Media japonesa. Por un conflicto de intereses, que sólo tiene sentido para este grupo de criminales irracionales y patéticos, es condenado a muerte por sus propios contratantes. Pero “Ghost dog” decide que antes de aceptar su destino y dejarse matar por su maestro (un mafioso que le salvó la vida una década atrás) pondrá patas arriba la organización. Resulta delicioso dejarse llevar por la música de RZA compuesta para el filme.

Mucho más acá en el tiempo, David Mamet, un nombre sin mancha en el universo del cine norteamericano, se atrevió a filmar una película protagonizada por militares, agentes especiales y asesinos, todos bajo el mando de alguna operación o contraoperación, de una organización o contraorganización del gobierno de Estados Unidos. La historia cuenta las andanzas de un militar de amplia experiencia interpretado por Val Kilmer que sin ningún tipo de presentaciones oficiales al espectador (es la idea) va desarrollando diversos tipos de actividades de inteligencia. Desde un interrogatorio con cuotas de tortura hasta investigaciones oscuras entre agencias, pasando por el rescate de la hija del presidente. Un cóctel conocido aunque planteado de una manera tan dinámica que requiere por parte del espectador no una sino dos miradas sobre ciertas escenas para comprender su verdadero significado.

Antoine Fuqua ya nos había ofrecido un policial bastante duro hace unos años llamado “Día de entrenamiento”, en el cual se observan conductas corruptas por parte de los agentes de la ley que los emparentan fuertemente con las más tradicionales organizaciones delictivas. En “El tirador”, Mark Wahlberg interpreta al ex soldado y especialista en disparos desde distancias poco menos que siderales Bob Lee Swager, que es reclutado por una supuesta agencia de seguridad nacional para proteger la vida del presidente. El militar termina siendo engañado e inculpado de un intento de magnicidio y entonces la ruta empieza a teñirse de sangre. El filme hace pensar y mucho en la excelente saga de Jason Bourne, encarnada por Matt Damon. Aunque en este caso el protagonista se revela mucho más cruel que el desmemoriado Bourne. El filme, por un lado presenta la psicología torturada de un guerrero que quiere vivir lejos del ruido de las armas de guerra y, por otro, impone escenas de acción que sólo pueden encontrarse en las grandes producciones de Hollywood. Rara combinación.

Y, claro, cómo olvidarnos de Bourne y su doloroso camino hacia sí mismo -con la participación de un director brillante como Paul Greengrass, el de “Domingo sangriento”- y del policial de policiales “Fuego contra fuego” dirigido por Michael Mann (el hombre detrás de “Miami Vice”, la serie y la película) y protagonizado por Al Pacino y Robert De Niro. En el filme de Mann se produce este histórico contrapunto de actores y personajes. El director nos relata las vidas paralelas de un policía devastado por su trabajo y la de un ladrón metódico y genial que quiere abandonar el crimen y la soledad que le imponen sus acciones.

Hace poco Liam Neeson se involucró en un género sin antecedentes para él (aunque uno puede pensar en la ya lejana “Darkman” como una aproximación). Pero el hombre tiene la presencia necesaria, la estructura muscular y la mirada del tiburón que requieren estas travesías. La película, con guión de Luc Besson, dista mucho de ser excelente, sin embargo, pone a Neeson en un papel que le calza bien: un policía paranoico y salvaje que se enfrenta al peor de sus terrores. Y con más terror aún resuelve su problemita.

“Cinturón rojo” es la última “locura” de Mamet. Sus allegados dicen que el director de “Investigación de un homicidio” y guionista de “Los intocables” se sumergió en el mundo de las artes marciales mixtas durante cuatro años, un trabajo de investigación que desembocó en un filme de guerreros samurais posmodernos y televisados en vivo y en directo. Lo curioso del filme es que si se hace una segunda lectura uno descubrirá que Mamet, en realidad, no habla de Jiu-Jitsu sino de la industria del cine.

La historia relata el accidentado y doloroso camino que un humilde maestro de artes marciales debe soportar mientras a su lado le aparecen oportunidades de vender su integridad por dinero y cambiar su declinante posición económica. Al final, la pureza del guerrero prevalece contra todos los pronósticos y oponentes que le van surgiendo (hay escenas que quedarán entre lo mejor del cine de artes marciales de la historia) hasta llegar al centro del ring para testimoniar su verdad en respetuoso silencio.

¿No suena un poco a la historia del director que no sucumbe a las malas producciones cinematográficas que ven oportunidades comerciales en todo y arruinan vidas, carreras y excelentes guiones por un comercial de papas fritas? Bueno, algo de eso hay. Aunque aquí los huesos rotos y las narices sangrantes sirven para simbolizar el cuerpo a cuerpo que caracteriza la existencia como Mamet.

Publicado originalmente en diario “Río Negro”

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