La frontera del espejo

La vida, ese extraño e indescifrable lugar donde nos hospedamos.

Recibo el mail de un amigo donde me cuenta que se ha ido a vivir con su pareja. Se lo escucha alegre. Pleno. Poco después converso con alguien que me da la noticia de su separación. Pero todo bien: nos hemos reinventado, me aclara. Una mujer muy simpática, a la que no conozco en persona, me escribe preguntándome dónde estoy, que si me he perdido. Entonces me doy cuenta de que no tengo la menor idea de donde se encuentra ella ni cual es su rostro o su tono de voz.

Acabo de empezar un libro de Haruki Murakami (“Kafka en la orilla”) con la seguridad de que otra persona ha terminado justo hoy el suyo en un lejano rincón del planeta. Mientras observo en sueños el fuego de mi chimenea, un completo desconocido (con el cual nos debemos una charla) alimenta una fogata al pie de las montañas.

La muerte es el prólogo de una existencia que recién despierta a la luz con ojos asustados. Un castillo de naipes derrumbándose nos habla de todos los proyectos con los que estamos en deuda y que debemos construir. La caricia fría del océano explica el calor de los brazos de una madre. La velocidad ultrasónica de un jet, el andar centenario de la tortuga y del anciano.

Somos porque vamos en procura de no ser nunca más esto que somos. Seremos pero distintos. Nos fugamos para encontrarnos en el camino. Olvidamos para comenzar a digerir nuevos recuerdos.

No estamos realmente destinados a la desaparición. Tampoco al descenso a los infiernos. Probablemente el Paraíso tampoco exista. Transcurrimos. Vos y yo, como agua que un día será residuo cósmico, como partículas dentro de partículas dentro de partículas.

La fragilidad de esto que llamamos vida antes que una contraindicación es un consejo. Podemos acceder a la alegría porque reconocemos la textura de la desgracia. Reímos aprendiendo a llorar. Amando es que nos transformamos en un corazón despechado. Odiamos porque adoramos.

Somos poemas breves. La siguiente página del libro. La letra. La tinta. El primer gesto del autor.

Esta insólita paradoja -fugaces aunque intensos- es una invitación a la aventura. De un modo muy poco solemne se nos ha otorgado el pasaporte para atravesar la frontera del espejo.

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